DOS MADRES , UNA AMISTAD
Mucho antes de que Valeria y Sofía se conocieran, antes de que existieran sus primeras fotografías juntas, antes de las promesas, las risas, las peleas y las lágrimas...
ya había una historia que las unía.
Una historia que comenzó con dos mujeres.
Dos mujeres que nunca imaginaron que su amistad terminaría uniendo para siempre la vida de sus hijas.
—¡Laura! ¡Espérame!
Una joven de cabello oscuro corría por el pasillo de la universidad mientras sostenía varios libros contra el pecho.
La chica que caminaba delante de ella se giró y soltó una carcajada.
—¡Mariana, vas a llegar tarde!
—¡Por tu culpa! Tú dijiste que teníamos tiempo.
—Yo dije que teníamos diez minutos.
—¡Eso es tiempo suficiente!
—Para ti quizá.
Mariana llegó hasta ella completamente agitada.
—Algún día vas a matarme.
Laura sonrió.
—Pero por lo menos morirías acompañada.
Las dos comenzaron a reír.
Así eran ellas.
Desde que se conocieron en la universidad, se habían vuelto inseparables.
Laura era más tranquila, aunque tenía un carácter fuerte cuando algo le molestaba.
Mariana, en cambio, era impulsiva, divertida y capaz de convertir cualquier situación seria en una razón para reír.
No se parecían demasiado.
Y quizá por eso funcionaban tan bien juntas.
—¿Sabes qué? —dijo Mariana mientras retomaban el camino.
—¿Qué?
—Cuando seamos viejitas, quiero que sigamos siendo amigas.
Laura levantó una ceja.
—¿Viejitas?
—Sí.
—¿Y qué vamos a hacer?
Mariana pensó unos segundos.
—Vamos a sentarnos juntas en una banca, a criticar a todo el mundo.
Laura soltó una carcajada.
—Eso sí te lo creo.
—Lo digo en serio.
Laura la miró.
Había algo diferente en la expresión de Mariana.
—Yo también.
Se quedaron en silencio durante unos segundos.
Después Laura extendió su mano.
—Promesa.
Mariana la miró confundida.
—¿Promesa de qué?
—De que nunca vamos a dejar que nada nos separe.
Mariana sonrió.
Entrelazó su dedo meñique con el de ella.
—Prometido.
Ninguna de las dos sabía que aquella promesa sería puesta a prueba muchos años después.
VEINTE AÑOS DESPUÉS
El sonido de un teléfono despertó a Laura.
Abrió los ojos lentamente y miró la hora.
6:15 de la mañana.
—No puede ser...
Se levantó de la cama y caminó hasta la ventana.
Afuera todavía estaba oscuro.
Suspiró y llevó una mano a su vientre.
Sonrió.
—Buenos días, pequeña.
Su esposo seguía dormido.
Laura volvió a mirar su vientre.
Todavía faltaban varios meses para conocer a su bebé.
Pero ya la amaba.
No sabía cómo sería su rostro.
No sabía si tendría sus ojos o los de su padre.
No sabía qué personalidad tendría.
Pero sabía algo.
Iba a hacer todo lo posible para que nunca le faltara amor.
Tomó el teléfono.
Tenía un mensaje.
Mariana: ¿Estás despierta?
Laura sonrió.
Laura: Son las 6 de la mañana.
La respuesta llegó inmediatamente.
Mariana: Entonces sí estás despierta.
Laura negó con la cabeza.
Laura: ¿Qué quieres?
Mariana: Necesito verte.
Laura frunció el ceño.
Laura: ¿Pasó algo?
Los tres puntos aparecieron en la pantalla.
Desaparecieron.
Volvieron a aparecer.
Finalmente llegó el mensaje.
Mariana: Estoy embarazada.
Laura se quedó completamente quieta.
Leyó el mensaje una vez.
Después otra.
Y otra.
—No puede ser...
Una enorme sonrisa apareció en su rostro.
Laura: ¡¿QUÉ?!
Mariana: Sí.
Laura: ¡Voy para tu casa!
Una hora después, Laura tocó desesperadamente la puerta de Mariana.
—¡Abre!
La puerta se abrió.
Mariana apareció con una sonrisa enorme.
—¡Estás loca! ¿Por qué vienes tan temprano?
Laura ni siquiera respondió.
La abrazó.
—¡Vas a ser mamá!
Mariana comenzó a reír mientras la abrazaba.
—Y tú también.
Laura se separó.
—¿Cómo que yo también?
Mariana señaló su vientre.
—Tu bebé y el mío van a crecer juntos.
Laura abrió los ojos.
—Es verdad.
Las dos se quedaron mirándose.
Y de repente comenzaron a imaginar un futuro que todavía no existía.
—Van a ser mejores amigas —dijo Mariana.
Laura sonrió.
—¿Y si son niños?
—Entonces serán mejores amigos.
—¿Y si una es niña y el otro niño?
Mariana levantó los hombros.
—Pues también.
Laura soltó una carcajada.
—Ya estás planeando sus vidas y ni siquiera sabemos cuándo van a nacer.
—Déjame soñar.
—Está bien.
Mariana se sentó en el sofá.
—Imagínate que van juntos al kinder.
—Luego a primaria.
—Secundaria.
—Preparatoria.
—Y universidad.
Laura la miró.
—Eso sería bonito.
Mariana sonrió.
—Y nosotras vamos a seguir juntas.
—Siempre.
Se dieron la mano.
Ninguna podía imaginar lo mucho que esas palabras significarían años después.
EL DÍA QUE TODO COMENZÓ
Meses después, una noche de lluvia, Laura sintió que algo no estaba bien.
—Amor...
Su esposo se levantó inmediatamente.
—¿Qué pasa?
Laura respiró profundamente.
—Creo que ya viene.
—¿Ya?
—Sí.
Él se quedó paralizado.
—Pero...
—¡No te quedes ahí parado!
—¡Sí, sí!
Tomó las cosas que habían preparado y corrió hacia la puerta.
En el auto, Laura intentaba controlar los nervios.
—Tengo miedo.
Su esposo tomó su mano.
—Todo va a estar bien.
Laura cerró los ojos.
—¿Y si algo sale mal?
—No pienses eso.
—No puedo evitarlo.
—Vas a conocer a nuestra hija.
Laura abrió los ojos.
Sonrió.
—Nuestra hija...
Horas después, un llanto llenó la habitación.
Laura comenzó a llorar.
La enfermera colocó al bebé sobre su pecho.
Era pequeña.
Perfecta.
Laura la miró como si el mundo entero hubiera desaparecido.
—Hola...
La pequeña abrió los ojos.
Laura acarició suavemente su mejilla.
—Soy mamá.
Su esposo se acercó.
Tenía lágrimas en los ojos.
—Es hermosa.
Laura sonrió.
—Se llamará Valeria.
Pero aquella misma noche, a cientos de kilómetros de distancia...
Mariana también estaba en el hospital.
—¡Mariana! Respira.
—¡Estoy respirando!
—¡No parece!
—¡Porque me duele!
Su esposo intentaba tranquilizarla.
—Ya casi.
Mariana apretó su mano.
—Si sobrevivo a esto...
—¿Sí?
—Nunca volveré a tener hijos.
Él soltó una pequeña risa.
—Eso dijiste hace nueve meses.
—¡Ahora sí lo digo en serio!
Unos minutos después, otro llanto llenó una habitación.
Mariana comenzó a llorar.
—Mi bebé...
La enfermera sonrió.
—Es una niña.
Mariana extendió los brazos.
Cuando la colocaron sobre su pecho, la miró completamente enamorada.
—Sofía...
Su esposo se inclinó junto a ella.
—¿Sofía?
Mariana asintió.
—Sí.
Le acarició la pequeña cabeza.
—Nuestra Sofía.
A la mañana siguiente, Laura recibió una llamada.
—¿Mariana?
—Ya nació.
Laura sonrió inmediatamente.
—¿Niña o niño?
—Niña.
Laura comenzó a reír.
—¡Yo también!
Hubo un silencio.
Después Mariana dijo:
—Entonces ya está decidido.
—¿Qué?
—Van a conocerse.
Laura sonrió.
—Claro que sí.
—Y serán amigas.
—Como nosotras.
—Exactamente.
DOS BEBÉS
Unas semanas después, las dos madres se encontraron.
Laura llevaba a Valeria en brazos.
Mariana llevaba a Sofía.
Cuando se vieron, ambas comenzaron a reír.
—Mira nada más —dijo Mariana—. Aquí están.
Laura se acercó.
—Son preciosas.
Mariana miró a Valeria.
—Hola, pequeña.
Después acercó a Sofía.
Las dos bebés se miraron.
Laura soltó una carcajada.
—¿Crees que saben que van a ser mejores amigas?
Mariana sonrió.
—Todavía no.
—Entonces tendremos que enseñárselos.
Las dos mujeres sentaron a las bebés juntas.
Valeria movió una pequeña mano.
Sofía la tomó.
Las madres se quedaron en silencio.
Era un gesto pequeño.
Inocente.
Pero ninguna de las dos sabía que acababan de presenciar el comienzo de una amistad que duraría toda la vida.
O al menos eso creían.
Porque muchos años después, esas dos niñas crecerían.
Se enamorarían.
Conocerían el dolor.
Y descubrirían que incluso las promesas hechas con el corazón pueden romperse.
Pero esa era una historia para otro día.
Por ahora...
solo eran dos bebés.
Dos mejores amigas que todavía no sabían que el destino ya había decidido cruzar sus caminos.
Y así comenzó todo.⁹








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