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¡¿Wednesday is SPIDER-WOMAN?!

Summary

Wednesday nunca imaginó que una simple mordida de araña terminaría cambiándole la vida. Ahora tiene poderes que no entiende, una identidad que mantener en secreto y un montón de problemas nuevos.

Status
8d ago
Chapters
8
Rating
5.0 (1 review)
Age Rating
18+

Chapter 1

— En serio, Enid —dijo Yoko Tanaka, ajustándose sus gafas de sol dentro de la habitación a oscuras. Aunque eran las ocho de la noche, ella mantenía su estética de vampiro de cine—. Tienes que soltarlo ya. ¿Cuánto llevas con el flechazo? ¿Dos años? ¿Tres?

— ¡No es un flechazo! —Enid se cubrió la cara con una almohada de arcoíris con forma de nube. La tela ahogó sus palabras, pero no pudo ocultar el tono agudo y defensivo que delataba su nerviosismo. Era mentira y todos lo sabían. Las puntas de sus orejas, asomando entre sus mechones rubios teñidos de rosa y azul, ardían con la intensidad de un faro—. Es... admiración platónica hacia su estructura facial. Es puramente estético. Como cuando ves un cuadro de Vicent van Gogh y aprecias el arte. Eso es todo.

— Su estructura facial te pone mojada, cariño —intervino Divina, acariciando el brazo de Yoko con una sonrisa cariñosa mientras apoyaba la cabeza en su hombro. Yoko y ella llevaban dos años siendo la pareja más empalagosa de Nevermore, y se habían especializado en convertir el sufrimiento ajeno en su principal fuente de entretenimiento.

Bianca soltó una risa seca mientras se pintaba las uñas de un verde esmeralda metálico, sentada con una pierna cruzada sobre el escritorio de Enid como si fuera su trono personal. No levantaba la vista de su labor, pero su sonrisa era afilada como un cuchillo de caza.

— Admiración platónica. Claro. Por eso casi te meas encima cuando Wednesday se puso ese jersey de cuello alto gris la semana pasada. Lo vi, Sinclair. Tus rodillas literalmente temblaron. Pensé que ibas a necesitar una silla de ruedas.

— ¡TODAS CÁLLENSE CON EL JERSEY DE CUELLO ALTO! —gritó Enid, lanzándoles una papa de la bolsa que tenía en el regazo con una fuerza que traicionaba su frustración.

Yoko la atrapó con la boca sin despegar la cabeza del cabecero, sus colmillos hundiéndose en la papa con un crujido satisfactorio. Masticó con lentitud deliberada, saboreando no el sabor de la papa, sino la derrota de su amiga.

— Lo que me jode —dijo Yoko, haciendo una pausa para tragar con una sonrisa de suficiencia— es que tú eres todo color y abrazos, y ella es una sepulturera en miniatura. Literalmente, en miniatura. Mide como un metro cincuenta y parece que va a un funeral todos los días de su vida. ¿Cómo vas a seducir a alguien que afila su propia navaja antes de desayunar? ¿Le vas a regalar un arcoíris y ella te va a devolver el corazón de tu enemigo en una cajita?

— No voy a seducir a nadie —refunfuñó Enid, aunque sus mejillas rosadas decían mientes, mientes con los dientes. Apretó la almohada contra su pecho como si fuera un escudo emocional—. Además, esta noche no está. Se fue a... ya saben.

— ¿A hacer qué? —preguntó Bianca con una ceja arqueada, soplando su uña recién pintada.

— A su hobby —dijo Enid, haciendo un gesto vago con la mano que pretendía ser casual pero que más bien parecía un espantapájaros teniendo un ataque.

Su hobby, claro, era desenterrar cadáveres. Pero Enid había aprendido por las malas que decirlo en voz alta solo provocaba que sus amigas se burlaran de ella por encontrar eso "romántico". Lo cual no era cierto. Ella encontraba a Wednesday fascinante. Lo de los cadáveres era... un plus. O eso se repetía a sí misma mientras mordía el interior de su mejilla.

Mientras tanto, en el cementerio municipal

Wednesday Addams estaba feliz.

Bueno, su versión de la felicidad. Que implicaba tener las manos llenas de tierra podrida, la ropa salpicada de algo que olía a descomposición avanzada —esperaba que fuera lodo, pero no podía estar segura— y una pala oxidada como única compañía bajo un cielo de luna llena que teñía de plata las lápidas inclinadas. El cementerio Municipal de Brooklyn era su santuario personal cuando la energía de Nevermore se volvía insoportable, que era casi siempre.

La luna llena iluminaba la lápida de un tal Ezekiel Thorn, cuya inscripción aún era legible después de dos siglos: "Que la tierra que lo cubre pese eternamente sobre su alma inmunda". Wednesday había sonreído cuando lo leyó por primera vez. Un juez que ejecutaba brujas por diversión, enterrado con un epitafio que parecía sacado de una maldición. El universo tenía sentido del humor, después de todo.

— Si desentierro tu cráneo, prometo usarlo como maceta para mis plantas carnívoras —susurró Wednesday con una sonrisa macabra que solo la luna era testigo. Sus dientes blancos brillaron en la oscuridad, y el viento helado que sopló entre las lápidas pareció un suspiro de aprobación de los muertos que la rodeaban.

La pala mordió la tierra con un sonido húmedo y satisfactorio. Wednesday trabajaba con eficiencia: primero un cuadrado perfecto alrededor de la lápida, luego excavar en ángulo para que las paredes no se derrumbaran, y finalmente, cuando la resistencia de la tierra cambiaba de textura, sabía que estaba cerca.

Justo cuando la pala golpeó la madera podrida del ataúd con un eco hueco que reverberó en la noche, algo en su visión periférica la hizo detenerse.

Bajó la mirada.

Una araña. Pero no una araña normal. Wednesday había estudiado arácnidos desde los seis años —su madre le había regalado una tarántula chilena por su cumpleaños y desde entonces no había vuelta atrás—, y ninguna de las especies que conocía se parecía a esto.

Era negra como el carbón, pero no un negro mate: un negro que absorbía la luz, como un agujero pequeño y perfecto en el tejido de la realidad. En su abdomen, un patrón rojo que parecía una calavera latía con un brillo propio, como si tuviera una luz interna. Era pequeña, no más grande que la uña de su pulgar, y brillaba como si estuviera hecha de pesadillas.

— Curiosa —dijo Wednesday, alargando un dedo manchado de tierra. No sintió miedo. Los Addams no sentían miedo de las criaturas de la noche; las acogían como a parientes lejanos.

La araña no huyó. Por un momento, ambas se observaron: la chica de mirada hipnótica y el arácnido de brillo sobrenatural. Luego, la criatura caminó con una lentitud deliberada hacia su mano, trepó por la falange de su índice, recorrió el dorso de su mano con pasos que parecían medidos, exploró su muñeca...

Y la mordió.

Wednesday soltó un gruñido bajo, más por sorpresa que por dolor. El pinchazo fue breve pero intenso, como si una aguja caliente hubiera perforado su piel y luego se retirara dejando un zumbido. Sacudió la mano con un movimiento brusco, y la araña cayó al suelo, retorciéndose entre la tierra suelta.

— Hijo de perra —murmuró, llevándose la muñeca a la luz de la luna.

Miró la herida. Dos pequeños puntitos rojos perfectamente simétricos, como si le hubieran hecho una miniatura de colmillo de vampiro. La piel a su alrededor estaba ligeramente inflamada, pero nada del otro mundo. Se limpió la sangre en el pantalón (total, ya estaba lleno de mierda) y volvió a agarrar la pala.

Pero sintió un leve mareo.

Un vértigo pasajero, como si el mundo hubiera girado un cuarto de vuelta sin avisar. Parpadeó varias veces, enfocando la lápida de Ezekiel Thorn hasta que dejó de duplicarse.

— Bah. Será el plomo de las tumbas —murmuró, aunque en el fondo sabía que las tumbas antiguas no tenían plomo. Era una excusa que se dijo a sí misma para no pensar en el ardor que comenzaba a trepar por su brazo, como si su sangre se hubiera vuelto repentinamente carbonatada.

Dos horas después, volvió a Nevermore con su mochila llena de huesos interesantes (la mandíbula del juez estaba en perfecto estado; ya imaginaba cómo se vería en su mesita de noche) y una inquietud que no podía identificar. Entró a la habitación con la parsimonia de una sombra, cerrando la puerta sin hacer ruido.

Enid y sus amigas ya roncaban en un improvisado nido de mantas en el suelo. La escena era casi conmovedora: Divina se había enrollado en la pierna de Yoko, Bianca dormía con una mascarilla de jade sobre los ojos, y Enid abrazaba su almohada de arcoíris como si fuera un salvavidas. Apestaban a papas fritas, esmalte de uñas y, en el caso de Yoko, a ese olor peculiar a viejo que la delataba como la criatura más antigua de la habitación.

Wednesday guardó sus herramientas con la precisión de un relojero: los huesos en una caja forrada de terciopelo, la ropa sucia en una bolsa de basura negra. Se duchó en silencio en el baño compartido —el agua le pareció extrañamente fría, como si su termostato interno estuviera descalibrado, pero no le importó—, se puso un pijama negro de algodón que le llegaba hasta los tobillos y las muñecas, y se dejó caer en su cama con rigidez.

Pero el cansancio la venció antes de que pudiera terminar su lista mental de posibles causas del mareo. La última imagen que registró antes de que la oscuridad la reclamara fue la de la mancha roja en su muñeca, que en la penumbra de la habitación parecía latir con un ritmo propio.

A la mañana siguiente.

Wednesday despertó con la sensación de que su cuerpo estaba ardiendo.

No era el calor superficial de una fiebre, sino algo más profundo: una combustión que le recorría los músculos como si estuvieran siendo tensados desde dentro, estirados y reconfigurados en una geometría que no le pertenecía. Cada fibra parecía vibrar con una energía que no había pedido, un zumbido que le llenaba los huesos como si alguien hubiera enchufado su esqueleto a una fuente de poder que no comprendía.

Abrió los ojos. El techo de la habitación era el mismo de siempre: las manchas de humedad que ella había bautizado con nombres de poetas malditos, la grieta que atravesaba la esquina superior derecha como un rayo petrificado. Pero algo en su percepción había cambiado. Los colores eran más intensos. El olor a Enid —flores, detergente de fresa y ese perfume corporal dulce que tanto la irritaba— era casi abrumador. Y la luz que se filtraba por las cortinas, normalmente un fastidio menor, ahora le picaba en los ojos como agujas.

Se incorporó. O intentó hacerlo.

— ¿Qué mierda...?

Su mano derecha estaba pegada a la pared.

Literalmente. No podía soltarla. No era una succión débil, como cuando la piel se adhiere a una superficie fría. Era una unión perfecta, como si sus dedos se hubieran fundido con la pintura del muro. Tiró. Volvió a tirar. Nada. Sus nudillos se tensaron, los tendones de su antebrazo se marcaron bajo la piel pálida, pero la unión no cedía.

— Esto es nuevo —dijo con su tono más plano, aunque por dentro ya empezaba a sudar frío. La calma era su armadura, pero las costuras comenzaban a ceder.

Con un tirón seco, desgarrando la superficie con un sonido que parecía arrancar cinta adhesiva gigante, logró despegar la mano. Un trozo de pintura quedó adherido a su palma. Bajó las sábanas con la otra mano para salir de la cama, y al poner el pie en el suelo...

Su pie también se pegó.

— ¿Pero qué...?

Esta vez sintió el momento exacto de la unión: la planta de su pie descalzo tocó las tablas de madera y, en lugar de apoyarse, se fusionó. Como si su piel hubiera decidido que el suelo era una extensión natural de su cuerpo.

Miró su cuerpo. Su pijama, antes holgado, ahora le quedaba ajustado de una manera que nunca antes había experimentado. La tela negra se ceñía a sus brazos de forma reveladora, y cuando flexionó los dedos para liberar su pie del suelo, vio cómo los músculos de su antebrazo se movían bajo la piel con una definición que no estaba allí la noche anterior. Alzó la camiseta con un movimiento brusco: su estómago, que siempre había sido plano por genética y no por esfuerzo, ahora mostraba abdominales marcados, como si hubiera hecho mil abdominales en una noche. Sus pectorales, modestos pero definidos, también habían crecido, dando a su torso una forma que no reconocía.

Se levantó de la cama —el pie se despegó con el mismo sonido de arrancamiento— y caminó hacia el espejo con pasos que se sentían extraños, como si su centro de gravedad hubiera cambiado. Cada movimiento era más potente de lo que esperaba, como si su cuerpo estuviera calibrado para un mundo de mayor resistencia y este fuera demasiado frágil para contenerlo.

— Estoy marcada —dijo, sin saber si reír o ahorcar a alguien. Su voz sonó extraña en sus oídos, más grave, más resonante.

Fue al espejo que colgaba detrás de la puerta. Su rostro era el mismo: pelo negro lacio enmarcando su cara angulosa, mirada mortal que podía hacer llorar a un fantasma, palidez cadavérica que era su herencia familiar. Pero sus hombros eran más anchos, tirando de la costura de su pijama. Sus manos, que antes eran delgadas y casi frágiles, ahora mostraban venas que serpenteaban bajo la piel y nudillos que parecían nudos de árbol.

Y entonces, sin saber cómo, sintió algo en la muñeca. Un cosquilleo. Una presión. Como si debajo de la piel hubiera un mecanismo esperando ser activado. Apuntó con la muñeca hacia el techo, movida por un instinto que no comprendía.

— Esto es ridículo. No voy a...

Un hilo negro y brillante salió disparado de su muñeca.

No fue un chorro líquido, ni un cordel fino. Fue un torrente sólido de oscuridad que cruzó el espacio en una fracción de segundo, se pegó al techo con una precisión quirúrgica, y la levantó de golpe.

Wednesday quedó colgando como una maldita araña humana, suspendida en el aire de su propia habitación con la muñeca extendida y el hilo negro tensándose bajo su peso. El pijama se le subió hasta las costillas, dejando al descubierto su torso tonificado.

— ¡Mierda! —gritó, lo que en su vocabulario era un alarido de pánico de proporciones épicas.

El hilo se soltó de su muñeca tan repentinamente como había aparecido. Cayó de pie, con un impacto que hizo crujir la estructura de madera, y sus rodillas se doblaron para absorber la caída con una gracia felina que tampoco le pertenecía. Su corazón latía a mil, un martilleo que sentía en las sienes, en la garganta, en el centro del pecho.

— La araña —susurró, con los ojos fijos en su muñeca, donde dos pequeños puntitos rojos seguían visibles, ahora rodeados de un enrojecimiento que se extendía hacia el antebrazo—. Esa maldita araña...

De repente, calor. Mucho calor. Como si estuviera dentro de un horno. Un sudor pegajoso brotó de cada poro, empapando su pijama en segundos. Su piel brillaba bajo la luz de la habitación.

Sin pensarlo, se quitó la ropa. La camiseta voló hacia la silla de Enid. El pantalón de pijama cayó al suelo con un sonido húmedo. Se quedó solo en bragas negras de algodón y un sujetador deportivo que de repente se sentía demasiado pequeño.

Su cuerpo sudaba. Los músculos brillaban bajo la luz tenue, cada fibra definida como si la hubieran esculpido en mármol. Sus brazos, sus piernas, su torso: todo era más grande, más fuerte, más presente. Se miró las manos y vio cómo temblaban ligeramente, no de miedo, sino del exceso de energía que recorría sus nervios como un cable de alta tensión.

Y justo en ese momento, cuando estaba allí de pie en medio de la habitación, cubierta de sudor, con el pecho subiendo y bajando por la respiración acelerada y la mirada perdida en sus propias manos transformadas...

La puerta del baño se abrió.

Enid salió envuelta en una toalla de felpa con estampado de unicornios, el pelo todavía húmedo y enmarañado, una mascarilla de pepino en la cara.

— Oye, Wednesday, ¿has visto mi...?

Se quedó congelada.

La mascarilla de pepino se resquebrajó cuando sus mejillas se tensaron. Los ojos de Enid, enormes y azules como el océano en tormenta, recorrieron la imagen frente a ella con la lentitud de un documental de naturaleza: primero los pies descalzos y firmemente plantados en el suelo, luego las piernas tonificadas, las caderas estrechas, el estómago marcado con abdominales que parecían esculpidos en piedra, los pectorales que se levantaban bajo el sujetador deportivo, los hombros anchos, los brazos con venas marcadas que serpenteaban bajo la piel pálida, el cuello donde dos pequeñas marcas rojas latían con un pulso visible...

Allí, en medio de la habitación, estaba Wednesday Addams. Casi en pelotas. Sudorosa. Musculosa. Con el pelo ligeramente despeinado, cayendo sobre sus hombros como una cascada de tinta, y una mirada que alternaba entre el pánico genuino y la promesa de asesinato ritual.

Las mejillas de Enid se pusieron rojas como un semáforo. El rubor se extendió desde sus pómulos hasta las puntas de sus orejas, bajó por su cuello y desapareció bajo la toalla. Su boca se abrió y se cerró varias veces, emitiendo sonidos que no llegaban a formar palabras.

— ¡OH POR DIOS! —chilló, tapándose los ojos con ambas manos, pero separando los dedos de manera tan obvia que parecía estar haciendo un gesto deliberado de "no estoy mirando pero en realidad estoy mirando absolutamente todo"—. ¡WEDNESDAY! ¡¿QUÉ... QUÉ...?!

— Nada. Estoy bien. Sal.

Wednesday se movió para agarrar su bata negra que colgaba del respaldo de la silla, pero en su estado de confusión y con la coordinación todavía desajustada por la transformación, su mano calculó mal la distancia. En lugar de agarrar la bata, su palma se pegó a la pared junto al armario con un sonido húmedo y contundente.

— ¡¿Bien?! ¡Estás en ropa interior! —Enid señalaba con un dedo tembloroso, sus ojos azules brillando con una intensidad que no era solo sorpresa—. ¡Y estás...! ¡Estás marcada! —El dedo bajó temblorosamente, recorriendo el aire sobre el torso de Wednesday como si trazara un mapa invisible—. ¿Desde cuándo tienes abdominales? ¡¿Y esos pectorales?! ¡WEDNESDAY, TIENES PECTORALES! ¡¿DESDE CUÁNDO TIENES PECTORALES?!

— Dije que estoy bien —repitió Wednesday, y esta vez su voz salió más baja, más peligrosa, con un filo que podría cortar vidrio. Pero sus ojos negros se clavaron en los de Enid con una intensidad que no era solo amenaza. Había algo más allí: una vulnerabilidad que ninguna de las dos esperaba, un momento de desnudez que iba más allá de la ausencia de ropa—. Sal. Ahora.

Enid tragó saliva. La manzana de su garganta que ni siquiera tenia marcada subió y bajó visiblemente, y sus dedos se aferraron a la toalla con fuerza. Dio un paso atrás. Y otro. Y otro. Hasta que su espalda chocó contra la puerta con un golpe sordo.

— Voy... voy a desayunar —dijo con la voz rota, entre un sollozo y una risa nerviosa—. Tardaré... una hora. O dos. O todo el puto día. O tal vez me mude. ¿Sabes? He oído que la Antártida está muy bien en esta época del año. Muy fría. Muy... lejos de aquí. De ti. De tus... pectorales.

Salió.

Cerró la puerta.

Y desde el pasillo, se escuchó un grito ahogado, seguido del sonido de sus uñas arañando la pared mientras se alejaba, mezclado con lo que sonaba peligrosamente como emoción contenida.

Wednesday, sola en la habitación, exhaló un suspiro que había estado conteniendo desde que Enid apareció en el umbral. Se desplomó contra la pared —la mano seguía pegada, así que tuvo que usar la otra para apoyarse— y cerró los ojos.

Miró sus manos. Las pequeñas marcas rojas en su muñeca. Las telarañas negras que ahora sabía cómo invocar. Su cuerpo cambiado, más fuerte, más rápido, más algo que todavía no podía nombrar.

— Mierda —murmuró.

Pero lo peor no era eso.

Lo peor era que, en el breve instante en que los ojos de Enid habían recorrido su cuerpo, Wednesday había sentido algo que no había pedido: un orgullo estúpido y adolescente por la reacción que había provocado. Y ese sentimiento la aterraba más que cualquier mutación genética.

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Strong Dialog

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Wattpad no nos va a detener

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Fan desde sus inicios.🤭💜

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amé, actualiza porfavor.

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