Customize readability
Aa

EL FUEGO QUE NO SE APAGA

All Rights Reserved ©

Summary

Camila es dos mujeres. De día, la chica tímida de la universidad: lentes, pelo rizado, sudadera holgada, la que nadie repara en mirar. Nadie imagina quién se oculta detrás. De noche, se convierte en Kala: la reina indiscutible de la industria, la creadora número uno, la más deseada y seguida en OnlyFans. Miles la buscan, la admiran, la sueñan… aunque nadie haya visto jamás su rostro verdadero. Siempre enmascarada, siempre protegida, siempre separando su vida de la realidad. No lo hace por dinero. Lo hace porque ahí es el único lugar donde su fuego no se llama "exceso" ni "vergüenza". Su deseo inmenso, constante, devorador, no es un defecto —es parte de ella. ¿Puede alguien amarla completa, sin intentar apagarla? ¿O siempre tendrá que elegir entre ser aceptada… o ser ella misma? Porque hay fuegos que no se pueden apagar.

Status
Complete
Chapters
17
Rating
n/a
Age Rating
18+

La reina detrás de la máscara

Capítulo 1


El salón huele a tiza, café y libros viejos. Olores tranquilos, predecibles, seguros. Y yo soy igual que ellos: tranquila, predecible, invisible. Me siento en la tercera fila, pegada a la pared. La sudadera gris me cae grande, me cubre los hombros, me esconde. Me acomodo los lentes, bajo la mirada hacia el cuaderno abierto, y dejo que mi pelo rizado caiga como una cortina sobre mi rostro. Así nadie me mira. Así nadie se da cuenta de nada. Nadie sospecha que bajo esa ropa ancha y esa postura encogida hay un fuego que no se apaga jamás, que crece con cada hora que pasa, que a veces me parece que va a consumirme entera.


—Camila, ¿puedes leer el párrafo, por favor? —pide el profesor.


Levanto la vista despacio, siento cómo algunos me voltean a ver. Me sonrojo apenas, asiento con la cabeza, y leo con voz suave, bajita, la que esperan que tenga. Cuando termino, vuelvo a bajar la mirada. Como si nada hubiera pasado. Como si fuera solo esa chica tímida y callada que no molesta a nadie. Y es cierto, en parte: esa soy yo también. Pero soy más, soy otra, soy algo que nadie aquí se atrevería a imaginar. Y no porque me avergüence —aunque a veces sí, a veces mucho—, sino porque el mundo no está listo para ver las dos mitades al mismo tiempo. El mundo prefiere que elijas: o eres la chica buena, recatada, que estudia y se calla; o eres la otra, la que arde, la que siente, la que no tiene miedo de mostrar lo que lleva dentro. Y yo soy ambas. Y no debería tener que partirme en pedazos para encajar.


Durante toda la clase mantengo las manos quietas sobre el cuaderno, pero por dentro ardo. Es un fuego que no se va, que nunca se apaga. No es algo que yo enciendo: simplemente está ahí, desde que tengo memoria, corriendo por mi sangre, latiendo al mismo ritmo que mi corazón. Mientras el profesor habla y los compañeros toman apuntes, yo siento ese calor en el pecho, en la piel, en cada respiración. A veces me asusta lo intenso que es. A veces me siento culpable. ¿Por qué siento tanto? ¿Por qué no puedo ser simplemente… normal? La palabra me pesa en la lengua como si fuera algo sucio. Normal. ¿Y quién decide qué es eso? ¿Quién dice cuánto se debe sentir, cuánto se debe desear, cuánto se debe arder sin que te llamen excesiva, sin que te juzguen, sin que te pidan que te apagues?


Suena el timbre y el salón se llena de movimiento y ruido. Guardo mis cosas despacio, con cuidado, como si el irme demasiado rápido pudiera delatarme. Salgo al pasillo y camino entre la gente sin cruzar miradas, con la mochila pegada al cuerpo, los hombros un poco encogidos, la cabeza baja. Sé cómo pasar desapercibida. Lo he practicado toda la vida. Sé exactamente cuánto ruido hacer —ninguno—, cómo caminar para no destacar, cómo hablar para que no recuerden mi voz. Soy una sombra con lentes y sudadera gris. Y funciona. Nadie me detiene, nadie me llama, nadie me mira dos veces. Camila se desvanece entre la multitud. Y mientras camino hacia la parada del autobús, me pregunto cuánto tiempo más podré mantener las dos vidas separadas sin que se rompan.


Llego a mi departamento y cierro la puerta con llave detrás de mí. El clic metálico suena como una liberación. Por fin estoy sola. Por fin puedo dejar de fingir. Me recargo contra la madera fría, cierro los ojos y suelto el aire que estaba conteniendo desde que salí de casa esta mañana. Aquí nadie me ve. Aquí no tengo que ser pequeña, ni callada, ni recatada. Aquí puedo ser completa.


Me quito los lentes y los dejo sobre la mesa de entrada. Se siente como quitarme una capa de piel. Camino hacia mi habitación, dejo la mochila en la silla junto al escritorio, y me quedo de pie un momento frente al espejo de cuerpo entero que está pegado en la puerta del clóset. Me miro. La luz de la tarde entra por la ventana y cae sobre mí suavemente. Veo a la chica de siempre: pelo rizado oscuro que cae hasta mis hombros, rasgos suaves, la sudadera gris que me cubre todo. Pero sé lo que hay debajo. Conozco cada curva, cada latido, cada centímetro de piel que arde cuando nadie me ve.


Me quito los zapatos y los dejo a un lado. Después, despacio, me saco la sudadera y la dejo caer sobre la cama. Quedo con la camisa blanca de algodón que llevaba debajo, de botones, sencilla, de tela fresca que se siente bien contra mi piel. Paso las manos por mis brazos, sintiendo mi propia temperatura. Ardo. Siempre ardo. No importa la hora, no importa el lugar, ese calor interno nunca se va. A veces es suave, un resplandor tranquilo. Otras veces es una llamarada que me consume por dentro y me deja sin aliento.


Camino hacia el rincón más apartado de la habitación, donde tengo todo preparado: un escritorio pequeño, una cámara que compré con mis propios ahorros, una silla cómoda, luces cálidas que no son ni muy fuertes ni muy tenues. Y sobre el escritorio, en una caja de madera oscura, guardo lo que me transforma. Lo que me protege. Lo que me permite ser yo sin que me rompan.


Abro la caja y la saco con cuidado: mi máscara. Seda negra, fina, suave como un suspiro, hecha a medida para mí. Cubre desde justo debajo de mi frente hasta encima de mis labios, dejando libres solo la boca, la barbilla y el cuello. Tiene cintas largas de la misma tela para amarrarla detrás de la nuca. Me la llevo al rostro y la coloco despacio, sintiendo cómo la seda toca mi piel, fresca al principio y luego calentándose con mi respiración. Ajusto las cintas con cuidado, sin apretar demasiado, dándome la vuelta hacia el espejo que está ahí también.


Y ahí está. Ya no soy solo Camila. Soy Kala.


La chica tímida se queda atrás, en el salón de clases, en el autobús, en la calle. Aquí, frente al espejo, con la máscara puesta y la luz cálida bañándome, soy otra: la que miles buscan y desean, la reina indiscutible, la número uno, la que todos siguen y nadie ha visto completa. Soy la mujer que se atreve a ser quien es, sin pedir permiso, sin pedir perdón. Y la máscara no me esconde de mí misma —me libera. Me permite mostrar todo lo que debo ocultar afuera.


Me siento derecho frente a la cámara. La enciendo y la luzcita roja parpadea una vez, dos, y se queda fija. Ya está. Ya estoy conectada. Ya hay gente esperando. Abro la página, entro a mi perfil, y mi pantalla se llena de mensajes, de corazones, de gente que ha estado esperándome todo el día. Kala, te extrañamos. ¿Cuándo salías? Eres la mejor. Siempre te espero. Leo algunos y sonrío, despacio, con una sensación cálida en el pecho. No me ven, pero me siento acompañada. No saben quién soy realmente, pero me conocen de una forma que nadie más lo hace. Conocen mi fuego.


—Hola a todos —digo, y mi voz suena distinta: más firme, más segura, más mía—. Aquí estoy. Gracias por esperarme.


Los comentarios se llenan en segundos. Me saludan, me dicen cosas hermosas, me desean. Y yo lo recibo todo con el corazón abierto, porque no se siente falso ni fingido. Se siente real. Mi respiración se acompasa lentamente. Siento cómo la energía sube entre nosotros, esa conexión invisible que se crea cuando estoy así, frente a ellos, siendo yo sin máscaras salvo la que protege mi identidad.


Me recargo un poco en el respaldo de la silla, cruzo las piernas despacio, y dejo que la luz caiga sobre mí. Paso una mano por mi pelo rizado, acomodándolo tras mi hombro, y siento la tela de mi camisa fresca contra mis dedos. Sé que están mirando. Sé que están esperando. Y el deseo —ese fuego que llevo siempre— crece, se expande, se vuelve más intenso, porque no lo estoy reprimiendo. Lo estoy compartiendo.


—Hoy quiero ir despacio —digo, bajando un poco la voz, casi un susurro que la cámara capta con claridad—. A veces hay que detenerse para sentir bien. ¿No creen?


Asiento con la cabeza y veo cómo la gente responde, de acuerdo, emocionada, esperando. Y entonces empiezo.


Llevo mis dedos al primer botón de mi camisa. Es pequeño, blanco, fácil de desabrochar, y sin embargo me tomo mi tiempo. Mis uñas lo rozan, lo empujo a través del ojo, y se abre. Siento el aire fresco sobre mi piel justo encima del pecho. Un escalofrío me recorre, pero no es de frío —es de anticipación, de la intensidad del momento, de saber que cada movimiento importa.


—Uno —digo casi en voz baja, y suelto el botón entre mis dedos.


Bajo la mano al siguiente. Lo toco, lo giro un poco, lo desabrocho con la misma lentitud. La tela se separa un poco más, dejando ver la curva de mi clavícula, la piel suave y cálida que se asoma. Siento cómo el fuego se concentra ahí, en esa zona ahora descubierta, y respiro hondo para no apresurarme. Cada movimiento es mío, cada segundo es una elección, y nadie me presiona. Nadie me dice qué hacer. Soy dueña de mi cuerpo, de mi ritmo, de mi placer. Esa es la libertad que nadie me puede quitar.


—Dos —susurro, y el botón cae.


Tercero. Mis dedos rozan la tela y luego mi propia piel. Siento el calor que emana de mí misma, como si llevara el sol debajo de la ropa. La camisa se abre más, mostrando la parte superior de mi pecho, y la luz dorada resbala sobre mi piel como agua tibia. Cierro los ojos un instante y disfruto la sensación: mi propia mano sobre mí, el conocimiento de que miles están viéndome, la confianza de saber que estoy a salvo aquí, que nadie me juzga por arder.


—Tres —digo, y la palabra sale suave, cargada de algo más pesado, más dulce.


Cuarto botón. La tela se abre ahora con facilidad, y siento cómo el aire toca mi piel con más libertad. Bajo la mano despacio, sintiendo la textura de la tela entre mis dedos, y luego subo de nuevo, como si estuviera explorándome a mí misma en lugar de solo desvestirme. No es quitarme ropa —es revelarme, capa por capa, permitiendo que vean lo que soy. Y cada parte que descubro arde con más fuerza que la anterior.


—Cinco —digo, y mi voz tiembla apenas, no de miedo, sino de pura intensidad.


La camisa cae abierta a los lados, colgando de mis hombros, y me quedo así un momento: pecho descubierto salvo por lo más necesario, la luz bañándome, la máscara puesta, el corazón latiéndome fuerte y despacio en el pecho. Paso ambas manos por mis costados, sintiendo mi propia forma, mi propia piel, y cierro los ojos un instante para saborearlo todo. El placer no viene de lo que ven —viene de lo que siento. Del fuego que no tengo que esconder. De la libertad de ser yo misma sin disculpas.


Cuando abro los ojos, me veo a través de la cámara como si me mirara al espejo. Soy hermosa. Soy deseada. Soy completa. Y la máscara no me hace menos real —me hace más yo. Porque aquí, detrás de ella, no tengo que ser la chica tímida ni la perfecta. Solo tengo que ser la que arde.


Me inclino un poco hacia adelante, acercándome a la lente, y siento cómo el calor sube a mi rostro aunque nadie vea del todo mi expresión. Mis labios se curvan en una sonrisa lenta, privada, solo para ellos.


—Gracias por estar aquí conmigo —digo bajito—. Gracias por no pedirme que me apague.


Dejo que mis manos descansen sobre mis piernas un instante, recuperando el aliento, sintiendo cómo la energía del directo se mezcla con la mía propia y se vuelve algo más grande que nos envuelve a todos. Sé que hay miles de personas conectadas en este momento, pero se siente como si estuviera hablando con cada una de ellas a solas. Como si nos entendiéramos sin palabras.


Y entonces, con la camisa aún abierta sobre mis hombros y el fuego corriendo por cada vena, sé que hago lo correcto. No por dinero —tengo lo suficiente con mis ahorros y lo que me envía la gente, pero no es eso— sino porque aquí, en este espacio que creé para mí, mi deseo no es una vergüenza. Es mi poder. Es mi verdad. Es la forma más honesta que tengo de vivir.


Paso una mano por mi cuello, sintiendo el pulso que late rápido pero firme, y recargo la cabeza un poco hacia atrás, dejando que la luz me cubra entera. Soy Camila y soy Kala. Soy la chica callada y la mujer deseada. Y no tengo que elegir. No tengo que partirme en dos. Soy una sola piel, un solo corazón, un solo fuego que no se puede apagar. Y algún día, tal vez, alguien lo vea todo y no se asuste. Tal vez alguien lo abrace. Pero por ahora… esto es suficiente. Estar aquí, ser yo, arder sin pedir permiso.


La pantalla sigue llenándose de mensajes y corazones. La cámara me mira. La máscara me protege. Y el fuego dentro de mí, lejos de consumirse, crece más fuerte.


Porque hay fuegos que no se pueden apagar. Solo se puede aprender a vivir con ellos. Y yo estoy aprendiendo.

Let Jennifer_G know what you thought about this chapter!
Love this

0

Love this

Funny

0

Funny

Spicy

0

Spicy

Suspenseful

0

Suspenseful

Emotional

0

Emotional

Profound

0

Profound

Heartwarming

0

Heartwarming

Shocking

0

Shocking

Good Writing

0

Good Writing

Compelling Plot

0

Compelling Plot

Great Character

0

Great Character

Strong Dialog

0

Strong Dialog

Further Recommendations

How To Tame A Beast- An MC Romance

sanriosoul929: I really liked this story there were some grammatical errors like missing commas in a list but it didnt take away from the story and they are so cute together!

Read Now
ASHER - Original Version

JSK: This one was my first book on inkitt. I love it. I really like the plot twist

Read Now
Craving the Captains

Danielle: Luv this book

Read Now
Purple Heart

Daphne Anders: I love how A Duncan writes she masterfully combines humor, reality, and HEAT❤️‍🔥. She makes her readers feel what her characters do: sorrow, attraction, interest, pain. She’s talented through and through!

Read Now
The Offside Arrangement

Deonna: Another wonderful book from JaneAnne! Lacey and Kaid were absolutely perfect for each other from the very beginning. The character growth and emotional roller coaster were excellent. Definitely worth reading and adding to my favorite books reading list. 🩶❤️

Read Now
We Only Fake It on the Weekends

Ashley Pierce: Loved this story!! Awesome work!!

Read Now
Three Crowns for an Omega

AS: Even though it’s not exactly my cup of tea, I liked it. It’s the first book on here that I actually read from cover to cover. The characters were funny at times, dramatic at times, and overall pretty decent. For its genre, it turned out pretty good.

Read Now
How To Kidnap A Mafia Boss

Ashton Bagattin: I like everything about it, it’s soooo exciting, I’d recommend it to anyone who enjoys dark romance

Read Now
BLACKBIRD

Oranna: This was a fun read. Satisfying balance of humor, drama, smut. Fun without sacrificing depth.

Read Now