A Silent Voice | Wenclair by π‘Ίπ’‘π’Šπ’…π’†π’“π’Žπ’‚π’ π‘©π’π’‚π’„π’Œ at Inkitt
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A Silent Voice | WENCLAIR

Summary

Narra la vida de Wednesday Addams, una joven deprimida que de niña acosó cruelmente a Enid Sinclair, una compañera sorda. Años después, tras sufrir ella misma el rechazo escolar, Wednesday busca a Enid para pedirle perdón, aprender lenguaje de señas y redimir su pasado. Inspirado en la trama de: "Una voz silenciosa (Koe no Katachi)" cuya autora es Yoshitoki Ōima. Adaptación.

Chapter 1


La habitaciΓ³n estaba vacΓ­a.


Las paredes desnudas, sin los pΓ³sters de bandas ni las fotografΓ­as de crΓ­menes que solΓ­a coleccionar. La cama, solo el colchΓ³n despojado de sΓ‘banas, mostrando las manchas de uso en el tejido gastado. El escritorio, sin los libros apilados que antes lo cubrΓ­an, sin la lΓ‘mpara de luz tenue que iluminaba sus lecturas, sin el viejo cuaderno de caligrafΓ­a que habΓ­a guardado durante aΓ±os sin saber muy bien por quΓ©. El armario, abierto, mostrando solo los ganchos vacΓ­os y el fondo de madera desnuda, con ese olor a polvo.


Wednesday Addams se quedΓ³ en el centro de la habitaciΓ³n, mirando alrededor. Sus ojos oscuros, de ese negro profundo que parecΓ­a absorber la luz en lugar de reflejarla, recorrieron cada rincΓ³n, cada espacio vacΓ­o que antes estuvo lleno de objetos que alguna vez le importaron. Ahora no quedaba nada. HabΓ­a guardado todo en cajas que habΓ­an sido donadas, tiradas o simplemente desaparecidas. No querΓ­a dejar rastro. No querΓ­a que su madre tuviera que lidiar con el peso de sus cosas despuΓ©s de que ella ya no estuviera. No querΓ­a que nadie tuviera que preguntarse quΓ© hacer con los restos de una vida que habΓ­a decidido terminar.


El sobre estaba sobre el colchΓ³n. Grueso. Pesado. ContenΓ­a el dinero que habΓ­a ahorrado durante meses, robΓ‘ndole horas al sueΓ±o, trabajando en turnos que nadie mΓ‘s querΓ­a, guardando cada billete como si fuera una prueba de que aΓΊn podΓ­a hacer algo bien. No era mucho. No era suficiente para cubrir todo lo que debΓ­a. Pero era todo lo que tenΓ­a. Lo habΓ­a contado y recontado docenas de veces, como si el nΓΊmero pudiera cambiar, como si de repente pudiera aparecer mΓ‘s dinero si lo miraba con suficiente intensidad. Pero el nΓΊmero seguΓ­a siendo el mismo. Siempre el mismo.


15,000 dΓ³lares.


No era solo un nΓΊmero. Era la medida concreta de lo que un niΓ±o puede hacerle a otro cuando nadie lo detiene. Era cada par de audΓ­fonos que habΓ­a arrancado de la cabeza de Enid Sinclair. Era cada vez que la habΓ­a visto caer al suelo, sangrando, y se habΓ­a reΓ­do. Era cada cuaderno que habΓ­a tirado al estanque, cada palabra cruel que habΓ­a pronunciado con la indiferencia de quien no entiende el peso de sus propias acciones. Era el costo de ocho pares de audΓ­fonos destruidos, de ocho veces que Enid habΓ­a vuelto a casa con las orejas sangrando y una sonrisa falsa pegada al rostro para que su madre no se preocupara. Era el precio de aΓ±os de acoso, de aΓ±os de silencio cΓ³mplice, de aΓ±os de miradas que se desviaban cuando alguien necesitaba ayuda.


Wednesday mirΓ³ el sobre y sintiΓ³ algo en el pecho. No era arrepentimiento exactamente. No era tristeza. Era algo mΓ‘s frΓ­o, mΓ‘s definitivo. Era la certeza de que no habΓ­a nada mΓ‘s que pudiera hacer para reparar el daΓ±o. El dinero no devolverΓ­a la audiciΓ³n a Enid. No borrarΓ­a los aΓ±os de aislamiento. No desharΓ­a el hecho de que ella, Wednesday Addams, habΓ­a sido la causa de tanto dolor. Los 15,000 dΓ³lares no podΓ­an comprar el tiempo perdido, las lΓ‘grimas derramadas en silencio, los intentos fallidos de Enid por comunicarse con alguien que se negaba a verla.


HabΓ­a aprendido lengua de seΓ±as. Lo habΓ­a hecho en secreto, en las noches, cuando su madre creΓ­a que estaba durmiendo. HabΓ­a visto videos en su telΓ©fono, con el brillo de la pantalla iluminando su rostro en la oscuridad de su habitaciΓ³n. HabΓ­a practicado frente al espejo, moviendo sus manos con torpeza, repitiendo los gestos una y otra vez hasta que los mΓΊsculos le dolΓ­an. HabΓ­a escrito las seΓ±as en un cuaderno, las habΓ­a memorizado, las habΓ­a ensayado en silencio mientras caminaba por las calles de Jericho. Lo habΓ­a hecho con la dedicaciΓ³n imperfecta de alguien que sabΓ­a que quizΓ‘s ya era demasiado tarde, pero que aun asΓ­ necesitaba estar preparada. No querΓ­a llegar sin haberlo intentado. No querΓ­a que la ΓΊltima oportunidad de comunicarse con Enid se perdiera porque no habΓ­a hecho el esfuerzo.


El cuaderno estaba en su mochila. El mismo cuaderno que habΓ­a tirado al estanque aΓ±os atrΓ‘s. Lo habΓ­a recuperado, lo habΓ­a secado pΓ‘gina por pΓ‘gina, con una paciencia que no sabΓ­a que tenΓ­a. HabΓ­a planchado las hojas arrugadas, habΓ­a borrado con cuidado las manchas de agua, habΓ­a pegado las pΓ‘ginas rotas. Lo habΓ­a guardado como un relicario de su peor momento, como un recordatorio de todo lo que habΓ­a hecho y de todo lo que nunca podrΓ­a deshacer. TenΓ­a las tapas decoradas con dibujos de colores: un arcoΓ­ris, un sol sonriente, una nube con forma de corazΓ³n. Los mismos dibujos que ella habΓ­a visto y habΓ­a despreciado, los mismos que habΓ­a seΓ±alado con el dedo y habΓ­a ridiculizado frente a toda la clase. Ahora los miraba y no podΓ­a entender cΓ³mo habΓ­a sido capaz de hacer todo lo que hizo. CΓ³mo habΓ­a podido mirar esos dibujos, hechos por una niΓ±a de nueve aΓ±os que solo querΓ­a ser aceptada, y sentir asco en lugar de compasiΓ³n.


Recordaba la primera vez que lo habΓ­a visto. Enid habΓ­a entrado a la clase con ese cuaderno en las manos, apretΓ‘ndolo contra el pecho como si fuera un escudo. Era pequeΓ±a, mucho mΓ‘s pequeΓ±a que los demΓ‘s niΓ±os de su edad, y llevaba una sonrisa tan brillante que casi dolΓ­a mirarla. Wednesday la habΓ­a odiado desde el primer segundo. No porque Enid hubiera hecho algo malo. No porque mereciera ese odio. Simplemente porque era diferente, y Wednesday, a los nueve aΓ±os, no sabΓ­a cΓ³mo procesar la diferencia. No sabΓ­a cΓ³mo mirar a alguien que no podΓ­a oΓ­r, que hablaba con una voz extraΓ±a, que escribΓ­a en un cuaderno en lugar de hablar, y sentir otra cosa que no fuera incomodidad. Y la incomodidad, para Wednesday, siempre se convertΓ­a en crueldad.


"Hola, me llamo Enid Sinclair. Soy sorda. Por favor, ayΓΊdenme."


La voz de Enid era extraΓ±a. Entrecortada. Imperfecta. No sonaba como la de los demΓ‘s niΓ±os. HabΓ­a algo en ella que Wednesday no podΓ­a soportar. Tal vez era la vulnerabilidad. Tal vez era la forma en que Enid sonreΓ­a, como si el mundo fuera un lugar amable y ella no hubiera aprendido todavΓ­a que no lo era. Tal vez era la forma en que sus manos se movΓ­an, haciendo seΓ±as que nadie entendΓ­a, buscando desesperadamente una conexiΓ³n que el mundo se negaba a darle.


Wednesday habΓ­a visto esa sonrisa y habΓ­a querido romperla.


Y lo habΓ­a logrado.


Durante meses, habΓ­a hecho todo lo posible por destruir esa sonrisa. Le habΓ­a gritado cerca de la cara para asustarla. Le habΓ­a arrancado los audΓ­fonos una y otra vez. Le habΓ­a tirado el cuaderno al estanque, habΓ­a borrado sus notas, habΓ­a escondido sus pertenencias. HabΓ­a hecho que su vida fuera un infierno, y lo habΓ­a hecho con una alegrΓ­a frΓ­a y calculada.


Pero la sonrisa nunca desaparecΓ­a del todo.


Siempre volvΓ­a.


Como si Enid tuviera una reserva infinita de esperanza, una fe inquebrantable en que eventualmente las cosas mejorarΓ­an. Como si creyera que si sonreΓ­a lo suficiente, si era lo suficientemente amable, si se disculpaba lo suficiente, el mundo terminarΓ­a por ser amable con ella.


Y esa esperanza, esa fe, era lo que mΓ‘s enfurecΓ­a a Wednesday.


Porque Enid no tenΓ­a razΓ³n para tener esperanza. El mundo no era amable. La gente no cambiaba. Y si Enid seguΓ­a sonriendo a pesar de todo, entonces algo estaba mal con ella. Algo que Wednesday necesitaba corregir.


Wednesday apretΓ³ el sobre contra su pecho, sintiendo el peso de los billetes. No era suficiente. Nunca serΓ­a suficiente. Pero era todo lo que tenΓ­a, y antes de que el sol saliera, planeaba dejarlo en la mesita de noche de su madre. Para que ella supiera que, al menos, habΓ­a intentado reparar una pequeΓ±a parte del daΓ±o.


El reloj marcaba las 3:47 de la maΓ±ana. Su madre estarΓ­a durmiendo. Su hermano tambiΓ©n. Nadie la verΓ­a salir. Nadie sabrΓ­a adΓ³nde iba.


Wednesday se puso la chaqueta negra, la misma de siempre. La tela estaba gastada en los codos, y el cuello tenΓ­a una mancha de tinta que nunca habΓ­a logrado quitar. GuardΓ³ el sobre en el bolsillo interior, sintiendo el peso contra su pecho. La mochila con el cuaderno al hombro, ajustando la correa con un movimiento mecΓ‘nico. No habΓ­a nada mΓ‘s que llevar. No habΓ­a nada mΓ‘s que decir.


CaminΓ³ por el pasillo en silencio. Los tablones del suelo crujΓ­an bajo sus pies, pero era un sonido familiar, uno que su madre ya no escuchaba despuΓ©s de tantos aΓ±os. PasΓ³ frente a la puerta de la habitaciΓ³n de su madre y se detuvo un segundo.


AbriΓ³ la puerta con cuidado. Su madre estaba dormida, su rostro relajado en la penumbra. Wednesday se acercΓ³ a la mesita de noche y colocΓ³ el sobre sobre la superficie de madera. No hizo ruido. No dijo nada. Simplemente lo dejΓ³ allΓ­, como una ofrenda silenciosa, como el ΓΊnico gesto de disculpa que podΓ­a ofrecer.


Luego se girΓ³ y saliΓ³ de la habitaciΓ³n.


La puerta principal se abriΓ³ con un chirrido suave, ese sonido que habΓ­a molestado a su padre durante aΓ±os y que Γ©l nunca habΓ­a logrado arreglar. La noche era frΓ­a, con ese tipo de frΓ­o que se mete debajo de la ropa y se instala en los huesos, que hace que el aliento se convierta en una nube de vapor. El cielo estaba despejado, lleno de estrellas que ella no se molestΓ³ en mirar. No habΓ­a nada en el cielo que pudiera detenerla. No habΓ­a nada en ningΓΊn lado que pudiera detenerla.


CaminΓ³ por las calles vacΓ­as de Jericho. Las luces de las farolas proyectaban sombras alargadas sobre el piso, sombras que se estiraban y se encogΓ­an con cada paso. No habΓ­a coches. No habΓ­a personas. Solo ella y el sonido de sus propios pasos contra el pavimento. El viento soplaba suavemente, moviendo las hojas secas que se acumulaban en las aceras. OlΓ­a a tierra mojada, a la lluvia que habΓ­a caΓ­do hace unas horas.


El puente estaba a veinte minutos a pie. Lo sabΓ­a porque lo habΓ­a calculado. Lo sabΓ­a porque habΓ­a hecho el recorrido varias veces en los ΓΊltimos dΓ­as, asegurΓ‘ndose de que no hubiera obstΓ‘culos, de que el camino estuviera despejado. No querΓ­a que nada la detuviera. No querΓ­a que nada la hiciera dudar. HabΓ­a cronometrado el trayecto, habΓ­a contado los pasos, habΓ­a memorizado cada esquina. QuerΓ­a que fuera perfecto. QuerΓ­a que no hubiera sorpresas. QuerΓ­a que el final fuera tan limpio y ordenado como el principio.


LlegΓ³ al puente cuando el reloj marcaba las 4:12 de la maΓ±ana.


Se detuvo en el centro, justo donde la barandilla metΓ‘lica se curvaba ligeramente hacia el exterior. Debajo, el rΓ­o se movΓ­a con una lentitud engaΓ±osa. El agua parecΓ­a oscura, casi negra, reflejando la luz de la luna. No era un rΓ­o profundo, no en la mayorΓ­a de los tramos, pero en ese punto especΓ­fico, bajo el puente, el agua era lo suficientemente profunda como para hacer el trabajo. Lo sabΓ­a porque lo habΓ­a investigado. Lo sabΓ­a porque habΓ­a medido la profundidad, habΓ­a calculado la corriente, habΓ­a evaluado la temperatura del agua. No querΓ­a fallar. No querΓ­a sobrevivir.


Wednesday apoyΓ³ las manos sobre la barandilla. El metal estaba frΓ­o, tan frΓ­o como sus dedos. MirΓ³ hacia abajo y sintiΓ³ el vacΓ­o llamΓ‘ndola. No era miedo. No era emociΓ³n. Era simplemente la ausencia de todo lo demΓ‘s. La ausencia de miedo, de duda, de esperanza. La ausencia de cualquier cosa que pudiera hacerla retroceder.


RecordΓ³ la primera vez que habΓ­a estado en ese puente. TenΓ­a nueve aΓ±os, la misma edad que Enid cuando la conociΓ³. HabΓ­a saltado desde lo alto con Tyler y Xavier, compitiendo por ver quiΓ©n llegaba mΓ‘s lejos, quiΓ©n hacΓ­a el mayor salto, quiΓ©n era el mΓ‘s valiente. En ese entonces, el puente era un lugar seguro, de risas, de desafΓ­os estΓΊpidos. Ahora era un lugar de despedidas.


"AtrΓ©vete a hacer esto. El que no lo haga es un cobarde."


Las palabras de Tyler resonaron en su cabeza como un eco distante. AΓ±os despuΓ©s, Tyler la habΓ­a abandonado con la misma facilidad con la que la habΓ­a seguido. La clase entera la habΓ­a seΓ±alado, y Γ©l, su amigo de infancia, habΓ­a levantado el dedo junto con los demΓ‘s. No habΓ­a dudado. No habΓ­a siquiera mirado hacia atrΓ‘s.


Wednesday no lo culpaba. No podΓ­a. Ella habΓ­a hecho lo mismo con Enid. HabΓ­a visto a la niΓ±a sorda sonreΓ­r a pesar del dolor, habΓ­a visto sus manos temblar mientras escribΓ­a en el cuaderno, habΓ­a visto la sangre caer de sus oΓ­dos cuando le arrancaba los audΓ­fonos, y no habΓ­a sentido nada. No habΓ­a visto a una persona. HabΓ­a visto a un blanco fΓ‘cil. HabΓ­a visto a alguien a quien podΓ­a lastimar sin consecuencias, alguien que no podΓ­a defenderse, alguien que era diferente y que, por lo tanto, merecΓ­a ser castigada por esa diferencia.


15,000 dΓ³lares.


Ocho pares de audΓ­fonos.


Una vida destruida.


Y todo por aburrimiento. Todo por necesidad de estimulaciΓ³n. Todo porque no habΓ­a aprendido la diferencia entre la aventura y el daΓ±o.


Wednesday cerrΓ³ los ojos y respirΓ³ hondo. El aire olΓ­a a humedad, a rΓ­o, a la tierra mojada de la orilla. OlΓ­a a la noche que se desvanecΓ­a lentamente, a la madrugada que se resistΓ­a a morir. OlΓ­a a la vida que estaba a punto de dejar atrΓ‘s.


Estaba lista.


Se preparΓ³ para subir a la barandilla.


Y entonces ocurriΓ³.


Un sonido. Un golpe seco y metΓ‘lico que rompiΓ³ el silencio de la noche. Luego otro. Y otro. Fuegos artificiales. Eran fuegos artificiales de feria, de esos que se compran en puestos callejeros y se lanzan en cualquier momento, sin razΓ³n aparente.


Wednesday abriΓ³ los ojos y levantΓ³ la vista.


Sobre el rΓ­o, a unos metros de distancia, una explosiΓ³n de color estallΓ³ en el cielo. Rojo. Luego azul. Luego un verde brillante que iluminΓ³ toda la superficie del agua. Los fuegos artificiales se reflejaban en el rΓ­o.


Desde la orilla, escuchΓ³ risas. NiΓ±os. Un grupo de adolescentes que probablemente habΓ­an estado despiertos toda la noche y habΓ­an decidido terminar la madrugada de esa manera. Sus voces eran jΓ³venes, llenas de energΓ­a, de esa alegrΓ­a inconsciente que solo se tiene cuando no se ha aprendido todavΓ­a que el mundo puede ser cruel.


"Β‘Oye, mira ese!"


"Β‘Lanza otro, lanza otro!"


Las risas se mezclaban con el estallido de los cohetes. Los colores se reflejaban en los ojos de Wednesday, en el metal de la barandilla, en la superficie del rΓ­o. La luz parpadeaba, cambiaba, se movΓ­a. Era caΓ³tica y hermosa. Era todo lo que su vida no era.


Se quedΓ³ inmΓ³vil, mirando.


Los fuegos artificiales no eran para ella. No sabΓ­an que estaban interrumpiendo su plan. Pero la interrumpieron de todos modos. Esa explosiΓ³n de color y sonido la devolviΓ³ al mundo por un instante. La sacΓ³ de su cabeza, de su decisiΓ³n frΓ­a y cerrada, y la puso frente a algo simple y brutalmente hermoso.


Cuatro adolescentes en la orilla, riendo, lanzando cohetes al cielo sin pensar en nada mΓ‘s que en el momento. No sabΓ­an que alguien estaba a punto de morir a pocos metros de ellos. No sabΓ­an que estaban siendo testigos de algo sin saberlo.


Wednesday observΓ³ el reflejo de los colores en el agua.


Era la primera vez en mucho tiempo que miraba algo sin poner una X. La primera vez que veΓ­a algo y no sentΓ­a la necesidad de distanciarse, de protegerse, de reducir lo que veΓ­a a algo que pudiera controlar.


Y no sabΓ­a quΓ© hacer con eso.


El ΓΊltimo cohete estallΓ³. Un destello blanco que iluminΓ³ todo el puente, todo el rΓ­o, toda la noche. Y luego el silencio. Los niΓ±os se rieron una ΓΊltima vez y comenzaron a alejarse, sus voces desapareciendo poco a poco en la distancia.


Wednesday seguΓ­a allΓ­, con las manos sobre la barandilla.


El plan seguΓ­a siendo el mismo. El dinero estaba en la mesita de noche de su madre. El cuaderno estaba en su mochila. La disculpa aΓΊn no habΓ­a sido dicha. Pero el final... el final seguΓ­a allΓ­, esperΓ‘ndola.


Pero las manos de Wednesday no se movieron.


No subiΓ³ a la barandilla.


Se quedΓ³ allΓ­, mirando el rΓ­o, sintiendo el frΓ­o del metal bajo sus palmas, esperando que el impulso regresara. Pero el impulso no regresaba.


En lugar de eso, recordΓ³ algo que habΓ­a olvidado.


La cara de Enid cuando le devolviera el cuaderno.


Eso era algo que aΓΊn tenΓ­a que hacer.


Wednesday se apartΓ³ de la barandilla.


No habΓ­a tomado una decisiΓ³n. No habΓ­a cambiado de opiniΓ³n. No habΓ­a decidido vivir. Simplemente no habΓ­a decidido morir.


Y esa diferencia, ese pequeΓ±o espacio entre una cosa y la otra, era suficiente para que bajara las manos y diera un paso atrΓ‘s.


No sabΓ­a por quΓ©.


No sabΓ­a quΓ© la habΓ­a detenido.


Tal vez eran los fuegos artificiales. Tal vez era el recuerdo de la sonrisa de Enid. Tal vez era simplemente que no estaba lista. O tal vez era algo mΓ‘s profundo.


Pero mientras caminaba, con las manos en los bolsillos y la mirada fija en el suelo, Wednesday Addams sintiΓ³ algo que no habΓ­a sentido en aΓ±os.


Era la conciencia de que aΓΊn habΓ­a algo que hacer.


Y no querΓ­a irse antes de hacerlo.


Las calles de Jericho seguΓ­an vacΓ­as cuando llegΓ³ a su casa. La puerta principal chirriΓ³ como siempre. El pasillo estaba oscuro. Su madre seguΓ­a durmiendo.


Wednesday subiΓ³ las escaleras en silencio y se detuvo frente a la puerta de la habitaciΓ³n de su madre. PodΓ­a escuchar su respiraciΓ³n tranquila desde el otro lado. El sobre seguΓ­a en la mesita de noche, donde lo habΓ­a dejado. Su madre lo encontrarΓ­a por la maΓ±ana.


Wednesday no entrΓ³. No dijo nada. Solo se quedΓ³ allΓ­, en la oscuridad, escuchando la respiraciΓ³n de su madre, sintiendo el peso de todo lo que habΓ­a hecho y de todo lo que aΓΊn estaba por hacer.


Luego se girΓ³ y entrΓ³ en su propia habitaciΓ³n.


El colchΓ³n seguΓ­a desnudo. Las paredes seguΓ­an vacΓ­as. El armario seguΓ­a abierto y vacΓ­o.


Pero algo habΓ­a cambiado.


Wednesday se sentΓ³ en el borde del colchΓ³n y abriΓ³ su mochila. El cuaderno de Enid estaba allΓ­, con sus tapas decoradas y sus pΓ‘ginas onduladas por el agua.


Lo abriΓ³ con cuidado.


Las primeras pΓ‘ginas estaban llenas de dibujos. Enid habΓ­a dibujado flores, animales, soles sonrientes. Cosas que una niΓ±a de nueve aΓ±os dibuja cuando quiere compartir su alegrΓ­a con el mundo. Wednesday pasΓ³ las pΓ‘ginas lentamente, viendo cΓ³mo los dibujos se volvΓ­an mΓ‘s simples, mΓ‘s torpes, como si Enid hubiera perdido la energΓ­a para hacerlos.


Luego vinieron las palabras. Mensajes escritos con letra temblorosa, la de alguien que estaba aprendiendo a comunicarse en un idioma que no era el suyo.


"Hola, me llamo Enid. ΒΏQuieres ser mi amiga?"


"Hoy la clase fue difΓ­cil. No entendΓ­ la lecciΓ³n."


"Me gusta cuando sonrΓ­es. No sonrΓ­es mucho, pero cuando lo haces, es bonito."


"ΒΏPor quΓ© no me hablas? ΒΏHice algo malo?"


"Lo siento. Lo siento mucho. No quiero causar problemas."


"Hoy me quitaron los audΓ­fonos. Me duele el oΓ­do."


"ΒΏPuedes ayudarme? Por favor. No sΓ© quΓ© hacer."


Wednesday cerrΓ³ el cuaderno y lo apretΓ³ contra su pecho.


HabΓ­a leΓ­do esas palabras antes, pero siempre las habΓ­a ignorado. Siempre las habΓ­a visto como una molestia, como la prueba de que Enid no entendΓ­a que no pertenecΓ­a allΓ­. Nunca habΓ­a visto el dolor detrΓ‘s de ellas. Nunca habΓ­a visto a la niΓ±a que las escribΓ­a.


Pero ahora las veΓ­a.


Y no podΓ­a dejar de verlas.


El sol comenzΓ³ a asomar por la ventana, tiΓ±endo el cielo de un naranja pΓ‘lido. Wednesday siguiΓ³ sentada en la oscuridad de su habitaciΓ³n, apretando el cuaderno contra su pecho, sintiendo el peso de todo lo que representaban.


No habΓ­a llegado al puente por lo que le habΓ­an hecho a ella.


HabΓ­a llegado ahΓ­ por lo que le habΓ­a hecho a otra persona.


Y esa diferencia, esa pequeΓ±a y enorme diferencia, era lo que la mantenΓ­a sentada en esa habitaciΓ³n vacΓ­a, mirando el amanecer, en lugar de estar flotando en el rΓ­o.


El dΓ­a comenzaba.


Y ella estaba ahΓ­ para verlo.


TodavΓ­a no sabΓ­a quΓ© iba a hacer con el cuaderno. TodavΓ­a no sabΓ­a si encontrarΓ­a el valor para devolvΓ©rselo a Enid. TodavΓ­a no sabΓ­a si el perdΓ³n era posible.


Pero sabΓ­a que tenΓ­a que intentarlo.

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