Prólogo
Shibuya, 2006
—Adeline, es hora de irnos. Tenemos que entregar más tarde el vestido y el yukata que nos encargó el joven Gojo.
La mujer mayor, cuya cabellera se veía veteada por algunas canas, se incorporó del banco de madera. Desde su posición, observó cómo el cielo se tornaba gris. La tormenta avanzaba y las nubes parecían a punto de exprimirse.
—¡Ya voy, abuela! —exclamó la pequeña de ojos azabache.
Adeline acariciaba con ternura a un conejo de pelaje gris que descansaba sobre la hierba del parque. La niña se despojó de su bufanda roja y envolvió a la criaturita en lo calentito de la lana. Lo estrechó contra su pecho y corrió hacia su abuela, ansiosa por mostrarle al pequeño.
—¡Nana, mira lo qué encontré! ¿No es la cosita más linda del mundo? ¿Podemos llevarlo con nosotras?
A la señora se le encogieron las pupilas, presa de un asombro mudo que la paralizó por un instante. Le costaba adaptarse a esa situación. Tras recuperarse, negó con suavidad.
—Nuestra casa ya está llena, Adeline. Es preferible que permanezca aquí, seguro le pertenece a alguien que lo busca.
A pesar de los ruegos y la insistencia de la niña, la autoridad de la abuela prevaleció. Con el corazón achicopalado, depositó al animal de vuelta en el césped. En el preciso instante en que la pequeña se dio la vuelta para buscar la mano de su nana, el conejo desapareció, disolviéndose en el aire como la niebla.
El conejito era un fantasma.
—Deberías de pintarte el cabello otra vez, nana. Ya tienes muchas canitas. Te vas a parecer al joven Gojo después.
La mayor la miró con reproche, pero la nieta tenía razón, ya era hora de teñirse el cabello de nuevo.
—Sí, de camino a la boutique compremos un tinte. ¿Qué color te gustaría para mí?
—El negro es aburrido. ¿Qué tal el rojo cereza? Queda contigo, nana.
—Ya veremos. Estoy pensando en dejarme mis canas un día de estos.
—Caminemos más rápido, nana, me da miedo que me caiga un rayo y yo quede frita como un pescado aquí.
Más tarde, en la boutique, la señora Ichijoin habló con Gojo preocupada mientras le daba su pedido, le explicó que su nieta Adeline ya había manifestado sus habilidades. El Portador de los Seis Ojos le dijo que él se encargaría de que los altos mandos no la encontraran.
Un año después, el don de Adeline solo se había vuelto más fuerte. Aprendió a leer y a escribir a una edad temprana, impulsada por la necesidad de redactar cartas que los fantasmas le dictaban para enviarlas a buzones lejanos. A dondequiera que iba, las almas buscaban su atención, rogándole ayuda para cumplir un último deseo antes de partir. A pesar de lo extraña que parecía esa tarea, jamás les tuvo miedo.
En la escuela, sus compañeros la evitaban. Siempre la veían murmurar cosas, con una libreta y un lapicero de colores en la mano, anotando como si estuviera escuchando un dictado. Cuando una maestra se acercaba, disimulaba de inmediato escondiendo el cuaderno bajo la camisa en su barriga.
Todo cambió el día en que la señora Ichijoin le prohibió volver a hablar con esos difuntos. Su abuela temía que los hechiceros descubrieran las habilidades de la niña y se la llevaran. Aunque Adeline se molestó, sabía que en esa casa mandaba la anciana, así que no tuvo más remedio que obedecer… pero fue cuestión de tiempo para seguir hablando con ellos a escondidas.
Un día, a las cinco de la tarde, Adeline jugaba con una muñeca de trapo sobre la mesa de costura en la boutique, entretenida con las noticias en la radio.
El tintineo de la campana en la entrada anunció una visita. Al asomarse tras el marco de la puerta de shoji, reconoció al instante la alta silueta del muchacho albino que venía a recoger el encargo para su pupilo, el mismo niño que asistía a su clase.
Adeline saltó de la mesa y corrió a la recepción.
—¡Gojo! —saludó, alternando la mirada entre los lentes redondos del hechicero y detrás de sus piernas largas, buscando con curiosidad si había un niño malhumorado con carácter de viejito sabiondo, acompañado por un perro. Al ver la puerta vacía, se entristeció un poco—. ¿Cómo... cómo está Tsumiki?
Evitó pronunciar el otro nombre que rondaba en su cabeza para no delatar su interés.
—Hola, pequeña. —Gojo se agachó a su altura y le revolvió el cabello con afecto. Sus muestras de cariño eran extrañas, ahora entendía al pobrecito malhumorado—. Ella está bien, en casa haciendo las tareas con Megumi.
Adeline quedó despeinada como un espantapájaros. Miró al hechicero con reproche a la vez que intentaba acomodarse el flequillo.
—Mmm, ya. Envíale mis saludos.
—Lo haré.
En ese momento, los pasos firmes de su abuela resonaron en el pasillo tras la vitrina.
—Listo, Gojo —dijo la dueña con un cigarro en la boca, entregándole tres bolsas con el logo de la boutique—. Si le quedan muy grandes o ajustados al pequeño Megumi y a Tsumiki, puedes venir mañana por la tarde a cambiarlos.
—Rápida como siempre, eres la mejor, Natsume. Deberías dejar de fumar si quieres vivir más años.
—¿Qué es lo que quieres ahora, Gojo? —preguntó la mayor, cruzándose de brazos. Conocía muy bien a ese jovencito.
Aprovechando que Gojo entretenía a su abuela pidiéndole un encargo especial para un supuesto viaje a Kioto, Adeline actuó rápido.
Se subió a un banquito de madera para alcanzar las bolsas y sacó del bolsillo de su vestido un pañuelo bordado con la figura de un lobo, una travesura en la que había trabajado en secreto. Lo deslizó con cuidado en una de las prendas, rezando para que la anciana canosa no la descubriera. Sin embargo, Gojo, a quien nada se le escapaba tras sus gafas, notó el gesto de la niña traviesa y tuvo que morderse una mejilla para no reírse.
Cuando lo logró, Adeline sonrió victoriosa, contando ya las horas para ir al colegio al día siguiente y ver a su compañero usando el regalito.
—¡Eres un sol, Mandam! —agradeció el joven albino—. Le daría un beso, pero voy con prisa.
Tomó todas las bolsas al mismo tiempo.
—Sí, sí, ya vete, muchacho. No dejes a los niños solos tanto tiempo. No olvides que ahora eres como su papá.
—¡Adiositooo!
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