Nada Personal by cossmoprime at Inkitt
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Nada personal

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Summary

Hola, soy Mr. Taylor. Seguramente te encantará leer mi historia. Soy maestro de Educación Física, bastante tranquilo, un poco nerd y, según todos, completamente inofensivo. Solo tengo un pequeño defecto: no me gusta que mis estudiantes se metan conmigo. ¿Rencoroso? Para nada. Digamos que tengo muy buena memoria… y una curiosa habilidad para caerles bien a sus madres. Pero no saquemos conclusiones apresuradas. Nada personal.

Status
Ongoing
Chapters
15
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1

¡Hola! Yo soy Nathan Taylor y soy maestro de Educación Física.

Sí.

Maestro de Educación Física.

Sé lo que están pensando.

Probablemente imaginaron a un hombre de cuarenta y tantos años, con barriga, una gorra vieja, un silbato pegado permanentemente al cuello y una obsesión enfermiza con hacer correr adolescentes bajo el sol.

Se equivocaron.

Bueno…

Tengo el silbato.

Pero hasta ahí.

Tengo treinta años, mido seis pies y dos pulgadas y corro cinco millas cada mañana antes de ir al trabajo. A veces seis. Algunas veces siete.

Depende de cuánto necesite pensar.

Y yo pienso bastante.

Demasiado, según algunas personas.

Mi cabello es castaño, tengo algunas pecas y uso espejuelos desde que tenía nueve años. Los necesito para ver, obviamente, pero reconozco que hacen algo interesante por mí. Me hacen parecer inofensivo.

Nunca subestimen unos buenos espejuelos.

La gente ve a un hombre alto con lentes, cabello ligeramente desordenado y cara de haber pasado demasiado tiempo dentro de una biblioteca y automáticamente piensa:

Oh. Qué tranquilo.

Seguro es introvertido.

Parece buena persona.

Es fascinante.

No sé en qué momento decidimos colectivamente que una persona con problemas de visión no puede ser una amenaza, pero no pienso corregirlos. La percepción que los demás tienen de uno puede ser extremadamente útil.

Yo, por ejemplo, tengo fama de ser reservado. No tímido exactamente.

Reservado.

Hay diferencia.

Las personas tímidas tienen miedo de hablar. Yo simplemente no considero necesario decir todo lo que pienso. Eso sería estúpido. La mayoría de la gente habla demasiado.

De hecho, si uno permanece callado durante suficiente tiempo, las personas comienzan a ponerse nerviosas y llenan el silencio por su cuenta y ahí es cuando empiezan a contarte cosas.

Problemas matrimoniales.

Deudas.

Inseguridades.

Infidelidades.

Complejos.

Odio hacia compañeros de trabajo.

Todo.

Luego terminan diciendo:

—Nathan, eres tan buen oyente.

No. No lo soy. Simplemente tengo buena memoria.

Mi alarma suena todos los días a las cinco y veinticinco. No necesito ponerla a esa hora. Podría levantarme a las seis y media y todavía llegar perfectamente al trabajo, pero me gusta correr antes de que el resto del mundo empiece a molestar.

Las calles están prácticamente vacías. No hay estudiantes gritándome desde la otra punta del gimnasio. No hay profesores intentando conversar conmigo en la sala de maestros. No hay padres enviando correos electrónicos porque su hijo recibió una B menos y aparentemente eso constituye una violación de derechos humanos.

Solo yo.

Mis tenis.

Y el sonido de mi respiración.

Esa mañana hacía frío.

Mucho.

El tipo de frío que te hace preguntarte por qué demonios alguien decidió construir una ciudad ahí. Me puse una sudadera gris, ajusté mis audífonos y salí.

Primer kilómetro.

Normal.

Segundo.

También.

En el tercero comencé a pensar en el trabajo. Eso ocurre frecuentemente. No porque ame especialmente mi empleo.

Lo tolero.

Hay una diferencia.

Pero trabajar en una escuela tiene ventajas interesantes. Uno aprende mucho sobre las personas. Los adolescentes, en particular, son criaturas fascinantes. Creen que son complicados.

No lo son.

Los estudiantes populares quieren seguir siendo populares. Los inseguros quieren desesperadamente que nadie note que son inseguros. Los inteligentes quieren demostrar que son inteligentes.

Y los idiotas…

Bueno.

Los idiotas normalmente anuncian su presencia bastante rápido.

Llegué a casa a las seis y treinta y cuatro.

Ducha.

Café.

Camisa deportiva negra.

Pantalón gris.

Reloj.

Espejuelos.

Me miré unos segundos en el espejo.

Nada extraordinario.

Perfecto.

Llegué a la escuela a las siete y veinte. Las clases empezaban a las ocho. Siempre llego temprano. La puntualidad dice mucho sobre una persona. Principalmente que entiende que mi tiempo no es menos importante que el suyo.

—Buenos días, Taylor.

La secretaria de la entrada levantó la mano.

—Buenos días.

—¿Corriste hoy?

Todos saben que corro.

No recuerdo haberle contado eso a tanta gente, pero aparentemente mi rutina matutina se convirtió en información pública.

—Cinco millas.

—Estás loco.

Sonreí.

—Eso dicen.

Ella se rio.

Yo también.

Es importante reírse cuando alguien hace una broma. Incluso cuando no es graciosa. Hace sentir cómodas a las personas.

El gimnasio estaba vacío cuando llegué.

Encendí las luces.

Silencio.

Perfecto.

Dejé mi mochila en la oficina, revisé el horario del día y tomé el silbato.

—Taylor.

Cerré los ojos un segundo.

Ya empezábamos.

El entrenador Williams apareció detrás de mí sosteniendo una carpeta.

Williams tenía cuarenta y nueve años y hablaba como si cada pensamiento que entraba en su cabeza necesitara inmediatamente abandonar su boca.

—¿Quieres saber lo que pasó ayer?

No.

—Claro.

—Mi esposa—

Perfecto.

Problemas matrimoniales a las siete y treinta de la mañana.

Escuché durante seis minutos.

Asentí tres veces.

Dije “entiendo” dos.

Hice una pregunta.

Al final, Williams respiró profundamente y me dio una palmada en el hombro.

—Gracias, hermano. Siempre sabes escuchar.

Ahí estaba otra vez.

—Cuando quieras.

Sonrió y se marchó.

Me quedé mirándolo alejarse.

Su esposa estaba molesta porque él había olvidado su aniversario.

Por segunda vez.

También descubrí que ella llevaba tres semanas durmiendo en la habitación de invitados.

No necesitaba saber eso.

Pero ahora lo sabía.

Y una vez que sabes algo, no puedes dejar de saberlo.

Información.

Las personas no entienden el valor de la información.

Yo sí.

Los primeros estudiantes comenzaron a entrar alrededor de las siete cincuenta.

Algunos saludaron.

Otros pasaron directamente.

Uno me pidió una extensión para entregar una tarea.

Le dije que no.

Intentó explicarme por qué.

Le volví a decir que no.

No entiendo por qué la gente piensa que repetir una historia cambia la respuesta.

A las ocho en punto tenía veintisiete estudiantes frente a mí.

—Cinco vueltas.

Los quejidos fueron inmediatos.

—¡Mr. Taylor!

—Cinco.

—¡Pero ayer corrimos!

—Qué tragedia.

Algunos se rieron.

Uno levantó la mano.

—¿Podemos hacer cuatro?

Lo miré.

—Ahora son seis.

Silencio absoluto.

Sonreí.

A veces la educación requiere creatividad.

Mientras comenzaban a correr, caminé hacia el centro del gimnasio.

Y entonces lo escuché.

—Cuidado, chicos. No hagan enojar al señor Wikipedia.

Risas.

No muchas.

Cuatro o cinco.

Suficientes.

Giré la cabeza.

Edward.

Por supuesto.

Edward Bennett.

Último año.

Jugador de football.

Número veintitrés.

Casi seis pies.

Cabello rubio.

Demasiado seguro de sí mismo para alguien que todavía necesitaba pedir permiso para ir al baño. Edward tenía esa clase de confianza que solamente poseen los adolescentes populares y algunos perros pequeños.

Completamente injustificada.

Él me miró desde la pista interior mientras corría hacia atrás.

—Buenos lentes, Taylor.

Más risas.

Me acomodé los espejuelos.

—Gracias, Bennett.

—¿Los compraste con descuento de maestro?

Algunos volvieron a reírse.

Yo también.

Edward pareció sorprendido. Eso era lo que más le gustaba.

Provocar reacciones.

Las personas como Edward necesitan sentir que controlan la habitación.

Si te enfadas, ganan.

Si gritas, ganan.

Si los castigas delante de todo el mundo, incluso eso puede convertirse en una victoria.

Así que sonreí.

—Séptima vuelta para Bennett.

Las risas cambiaron de dirección.

Edward dejó de correr hacia atrás.

—¿Qué?

—Escuchaste perfectamente.

—Era una broma.

—Y fue divertidísima.

—Entonces ¿por qué tengo otra vuelta?

Me encogí de hombros.

—Yo también estoy bromeando.

Los demás comenzaron a reírse.

Edward no.

Interesante.

Me sostuvo la mirada durante unos segundos antes de continuar corriendo.

Yo miré el cronómetro.

Nada más.

No estaba molesto.

De verdad.

La gente suele pensar que soy rencoroso.

No lo soy.

Guardar rencor implica mantener emociones negativas durante mucho tiempo.

Yo no hago eso.

Las emociones estorban.

Prefiero recordar hechos.

Edward Bennett había hecho un comentario sobre mis espejuelos a las ocho y siete de la mañana de un martes.

Eso era todo.

Un hecho.

Nada más.

Mi día terminó a las tres y quince.

A las tres y veintitrés ya estaba recogiendo mis cosas.

A las tres y treinta, Williams volvió a aparecer.

—¿Te vas?

Miré mi mochila.

Luego lo miré a él.

—Ese era el plan.

—Unos vamos a tomar algo.

—No bebo entre semana.

—Taylor, tienes treinta años, no setenta.

—Gracias por recordármelo, pero te recuerdo que aún eres menor de edad.

Se rio.

—Algún día voy a conseguir que tengas vida social.

No respondí.

La gente tiene una obsesión curiosa con pensar que una persona que disfruta estar sola debe estar secretamente miserable.

No estoy miserable.

Me gusta mi vida.

Tengo mi apartamento.

Mi rutina.

Mi trabajo.

Corro.

Leo.

Cocino bastante bien.

Salgo cuando quiero.

Tengo citas cuando me interesa. Y, contrario a lo que todos parecen asumir, nunca he tenido problemas con las mujeres.

Eso también deben ser los espejuelos.

Las personas ven esto—

Me los acomodé con un dedo mientras caminaba hacia el estacionamiento.

—y automáticamente piensan que paso los viernes por la noche armando computadoras.

No armo computadoras.

No sé armar computadoras y no soy particularmente tímido, pero tampoco voy por ahí explicándolo. Hay ciertas cosas que es mejor dejar que las personas descubran solas.

Abrí la puerta del auto.

—¡Taylor!

Miré hacia atrás.

Edward estaba cerca del estacionamiento de estudiantes con otros tres jugadores del equipo.

Levantó la mano.

—¡No olvides hacer backup de tus archivos esta noche!

Carcajadas.

Sonreí.

Levanté la mano también.

—Buenas tardes, Bennett.

Entré al auto y cerré la puerta. Encendí el motor y permanecí ahí sentado unos segundos.

No molesto.

Quiero dejar eso claro.

No estaba molesto.

Simplemente pensaba.

Edward Bennett.

Dieciocho años.

Jugador de football.

Último año.

Popular.

Arrogante.

Una sonrisa demasiado grande para alguien tan poco interesante.

Apoyé ambas manos sobre el volante.

Todo el mundo tiene algo.

Una inseguridad.

Una debilidad.

Una persona.

Algo que, si desapareciera, les dolería. No significa que uno deba buscarlo. Obviamente. Eso sería una locura.

Puse el auto en reversa, pero siempre he sido una persona curiosa. Y la curiosidad, después de todo, no es un crimen.

Todavía.

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