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Ayuno 3: Éxtasis de la Carne

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Summary

Esta es la Tercera Novela de Krónida y de la Saga Ayuno. Después de que la verdad sale a la luz, ya no existe la posibilidad de regresar al mundo que alguna vez fue. Viejos enemigos resurgen, nuevas alianzas se forman y los límites entre héroes y monstruos comienzan a desaparecer. La lucha ya no consiste únicamente en sobrevivir, sino en decidir qué clase de humanidad merece continuar existiendo. Mientras el futuro del Continente Férreo se define en una última confrontación, cada elección tendrá consecuencias que resonarán mucho más allá de una sola generación. Algunas guerras terminan con una victoria. Otras cambian para siempre el significado de la palabra "humano".

Status
Complete
Chapters
9
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1: Sombras en el Horizonte

El puerto de Ouroboros había olvidado el sabor del miedo auténtico. Durante décadas, la metrópolis había operado con la inercia de un matadero bien engrasado, bajo la regencia de un Varic Vane que, aunque implacable, era una constante predecible. Pero esa mañana, el aire se volvió denso, cargado de una estática que erizaba la piel. El aroma a salitre y brea fue desplazado por una presión barométrica antinatural; un peso en el diafragma que solo los depredadores reconocen cuando una entidad de una escala trófica superior invade su territorio.

Desde el muelle, un grupo de licántropos de la Horda de Hierro —mercenarios endurecidos por siglos de carnicería— observaba el horizonte con el pelaje del cuello erizado y los colmillos al descubierto en un gesto involuntario de sumisión aterrada. No eran barcos mercantes lo que emergía de la bruma perpetua. Eran ciudadelas flotantes de hierro forjado y bronce oxidado, impulsadas por calderas que no consumían carbón, sino una mezcla refinada de vapor y Esencia Roja, destilada para alimentar motores que rugían con el lamento mecánico de mil gargantas secas.

En la proa del Leviatán de Vane, la nave capitana que parecía una costilla de metal arrancada de un gigante, una figura permanecía inmóvil, desafiando el viento gélido.

Aurelius Vane no había envejecido un solo segundo desde la noche en que, tres siglos atrás, reclamó el Castillo Carmesí sobre los cadáveres de la antigua aristocracia vampírica. Su rostro era una máscara de marfil pulido, una superficie de calma absoluta carente de cualquier rastro de la duda humana que alguna vez, en un laboratorio olvidado, lo atormentó. Vestía un abrigo largo de cuero de grano grueso, cuya piel parecía seguir viva, absorbiendo la escasa luz que lograba filtrar el sudario de ceniza de Ouroboros.

—Huele a negligencia y a biomasa en descomposición —sentenció Aurelius. Su voz no era alta, pero poseía la precisión de un escalpelo cortando el estruendo de las turbinas.

Detrás de él, Elara Vane, su primera y más perfecta creación, dio un paso al frente. Sus ojos, del mismo dorado anémico que los de su padre, escanearon la silueta de la ciudadela.

—Varic ha permitido que las granjas se autogestionen, padre. La jerarquía se ha diluido —comentó con un desprecio gélido, ajustándose los guantes de cirujano que siempre vestía—. El Consejo es una carcasa vacía y nuestra sangre se dispersa en chismes de taberna como un contaminante cualquiera.

Aurelius no respondió. El mecanismo hidráulico de la pasarela bramó mientras descendía, golpeando el muelle de madera con una fuerza que hizo vibrar los cimientos de la costa. A medida que avanzaba, los Núkros menores de cuarta y quinta categoría que se habían agolpado por curiosidad cayeron de rodillas, golpeando el suelo con un estrépito de huesos y sumisión. No era un acto de respeto; era una respuesta biológica programada. El Nú-core de cada habitante de la ciudad reconoció la frecuencia de banda ancha del Progenitor. El Creador había vuelto a reclamar su red.

El Patriarca caminó entre los cuerpos postrados sin concederles una mirada. Se detuvo ante un vigilante de la estirpe de Casta, un espécimen con extensiones alares atrofiadas que vibraban en un paroxismo de terror. Aurelius extendió una mano y, con una delicadeza que precedía a la disección, le levantó la barbilla.

—¿Dónde está mi nieto? —La pregunta de Aurelius resonó en la médula espinal del vigilante.

—Lord Varic... él... huyó, mi Señor. Con una unidad del Lote A... una muda —balbuceó el guardia, sintiendo cómo su propio Nú-core intentaba encogerse dentro de su pecho—. Destrozó el anfiteatro. Ejecutó a los jueces. Se dice que se han refugiado en la Costa de Huesos... se han... vinculado.

Aurelius cerró los ojos un instante. En el vacío de su mente, procesó la noticia no como una afrenta familiar, sino como un error crítico en un experimento de trescientos años. Varic, su obra maestra de ingeniería social y biológica, el regente diseñado para sostener el orden, había roto la correa por una muestra de tejido sin procesar. Una anomalía sentimental que Aurelius no había previsto en la secuencia.

—Dime —susurró Aurelius, inclinándose hasta que sus labios rozaron el oído del vigilante—, ¿tenía esa hembra una composición tan única como para permitir que mi imperio colapsara en la entropía?

El vigilante no pudo articular palabra; el miedo le había bloqueado las vías respiratorias. Aurelius lo soltó con indiferencia y clavó su vista en la Torre Oeste, donde el humo de sus antiguos laboratorios aún manchaba el cielo.

—Limpia la ciudad, Elara —ordenó sin volverse—. Aquellos Clanes Menores que olvidaron quién les proporcionó los colmillos deben ser reciclados. Que los perros entiendan que el dueño de la perrera ha regresado. Y esos ratones voladores, deben sentir el eco de la vos del Clan Vane. Yo iré a mi torre. Mis herramientas necesitan ser calibradas para una nueva clase de disección.

Mientras el Patriarca se alejaba, el cielo sobre Ouroboros comenzó a mutar hacia un violeta necrótico. La Luna Roja se perfilaba en el horizonte, anunciando el Séptimo Frenesí. Aurelius no regresaba solo por un nieto errante; venía a purgar un linaje que se había atrevido a buscar una simbiosis fuera de sus leyes.

En la lógica del Creador, la sentencia era irrevocable: la carne que no cumple su función en el diseño de la Dinastía, solo es útil como combustible.

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