Customize readability
Aa

Flechazo a primera vista; (Erling-Gilberto-Jude)

All Rights Reserved ©

Summary

Gilberto se va de intercambio a una nueva Universidad, sin imaginar que en ella encontraría a los dos Alfas que le robarían los suspiros de enamorado.

Genre
Erotica
Author
LARoa9
Status
12d ago
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
18+

One

El calor de Agosto en Madrid era abrazador y le quemaba en la piel, pero ese era el vivo recuerdo de que estaba ahí; en la Universidad de sus sueños.

El intercambio internacional entre México y España salió relativamente bien; Gilberto consiguió un lugar allí gracias a su promedio perfecto y destreza en el estudio.

Sus padres lo apoyaron en esa decisión, y ahora estaba ahí, a punto de cursar el cuarto semestre de la carrera de Administración de empresas en una de las escuelas más prestigiosas de España.

El campus era extenso, el olor a tierra mojada se le metía por las fosas nasales; el césped cortado y húmedo de manera simétrica. Los alumnos caminaban por los senderos pavimentados y algunos descansaban bajo la sombra de los árboles. Todo era maravilloso.

Esta era una de sus metas; salir de México y conocer el mundo. No lo malinterpreten; ama México, su país, su hogar. Pero quiere ver el mundo, conocer algo más allá de las fronteras mexicanas. Todo. Y esa oportunidad resultó perfecta.

Gilberto es un Omega; desde que llegó fue fácil hacerse de amigos, de lograr caerles bien y no ser odioso. En general, su grupo era bastante amigable.

Pero la tercera semana de clases, conoció a Lamine Yamal; un Alfa de 21 años que cursaba la carrera de Gestión de empresas. Su encuentro fue casual, o algo así; Gilberto le tiro un jugo encima por accidente, y el Alfa lo castigó dándole su amistad.

El tipo era agradable, alguien que se llevaba bien con todos y casi conocía a medio campus. Desde que se conocieron; el Alfa se le pego como chicle y no se le separó.

Y bueno, a Gilberto le cayó bien.

—Acompáñame a mi salón, Mora.

El Omega hundió el ceño, clavando su mirada castaña en el rostro del Alfa moreno.

—¿A qué o qué?

—Olvide mi cartera en la mochila.

—Ni que fueras un niño, Lamine —regañó el menor, señalándolo con acusación.

Lamine se frotó la nuca y soltó una risa divertida; le pasó un brazo por los hombros y lo obligó a caminar con él.

—Acompáñame y te compro una hamburguesa.

Le salió una inhalación pesada y perezosa, Pero ¿quién era él para negar una hamburguesa gratis? Eso era casi un manjar en su situación.

Se dejó guiar por Lamine, que iba saludando a todo el mundo; chocaba los puños y se detenía un segundo a platicar con otros compañeros. El trayecto hasta el salón del moreno fue corto, unos 10 minutos aproximadamente.

Y, al cruzar la puerta, el golpe a aire glacial con musgo escandinavo combinado con el aroma a ámbar espeso y madera de caoba lo golpeo duramente en la nariz.

Se detuvo de golpe bajo el marco de la puerta; ese aroma era territorial, imponente y sumamente adictivo. La combinación resultaba casi sorprendente considerando que eran dos Alfas imponiendo un dominio al mismo tiempo.

Sus ojos avellana recorrieron el salón a la velocidad de la luz, y fue fácil encontrarlos; en las bancas junto a las ventanas del lado izquierdo había un grupo de Alfas, y ahí, justo en medio, dos cuerpos altos, firmes y llenos de seguridad se mantenían serenos, ajenos a que habían quebrajado toda la tranquilidad de Gilberto en un microsegundo.

Gilberto se quedó debajo del marco de la puerta, con la mirada clavada en esos dos Alfas, encantado por lo que sus ojos veían.

¡Es que era imposible no hacerlo! Esos dos irradiaban seguridad, dominio y una autoridad natural que le ponía los pelos de punta.

No era el tipo de los que se enamora a primera vista —y esto tampoco es amor, sino atracción inmediata—, pero esos dos lograron bajarle las defensas por completo y hacer que su Omega reaccionará inmediatamente, reconociendo a dos Alfas Dominantes que habían hecho despertar a su Omega normalmente dormido.

Su aroma salió traicionero y sin aviso, no fue consciente de el aroma a durazno silvestre con azahar que formo una capa suave por ese salón, contrarrestando la ola de feromonas Alfa territoriales.

Se quedó mirando un segundo más de lo necesario, y entonces observó como las fosas nasales de esos dos se dilataron suavemente al percibir su olor. El primero en girarse fue el rostro del moreno, que clavo sus ojos azabaches en sus iris avellana con recelo e incertidumbre. Gilberto trago saliva con dificultad, dándose cuenta de que había sido pillado viendo a esos dos descaradamente.

El rostro del rubio se giró de forma lenta también, clavando su mirada en su rostro pasmado. Ambos pares de ojos lo miraron con curiosidad y expectación; pero permanecieron en silencio sin mover ni un músculo.

Gilberto sintió la falta de aire en los pulmones, los nervios picando cada centímetro de su piel; sus ojos querían desviarse, mirar a cualquier lado de ese salón, pero sus ojos no se apartaron ni por un segundo.

—¡Hombre! Vamos ya —Lamine le dio un golpe suave en el hombro, tomándolo del antebrazo para jalarlo. El moreno acababa de salvarlo sin saberlo, y solo así Gilberto fue consciente de que su Omega se había encaprichado con dos Alfas Dominantes.

Caminó sin poder sacarse esas miradas de su mente; aún podía recordar el olor, las feromonas y los cuerpos masculinos que habían robado toda su atención. No supo cuánto tiempo debió perderse entre sus pensamientos, pero el golpe "suave" del rizado en su hombro lo trajo de vuelta.

—¡Te hablo!

—¡Ay! ¿Qué? —gruñó, frotándose el brazo con una mano mientras miraba a Lamine con irritación.

—Te estoy contando de una chica que me gusta y tú ni caso me haces —acusó el Alfa, con los ojos entrecerrados seriamente—. ¿Qué traes? Te notó raro.

Las mejillas del menor se sonrojaron —apenas un poco— y su mirada se desvió, metiendo las manos en sus bolsillos para que no viera el temblor de sus dedos.

—Nada.

—Pues ese "nada" te está poniendo bien pendejo.

Gilberto no dudo al darle una patada en la pantorrilla que casi hizo tropezar a Lamine, pero sólo se carcajearon como dos pubertos a mitad del pasillo.

—Venga ya, ¿cuál es la chica?

—Se llama Inés, ella es hermosa, la conocí ayer y creo que me enamoré —dijo Lamine, flotando en las nubes del amor.

—¿Enamorado? Seguro que se te pasa el capricho en unos días.

—No, de verdad que no —se negó el moreno con euforia, sonriendo bobamente—. Ella es preciosa.

—Entonces habla con ella.

Lamine rodó los ojos y comenzó a argumentar que no era tan fácil acercarse a una persona cuando sientes una atracción real por ella, que cada contacto le causaba millones de nervios que lo hacían tartamudear y verse como un estúpido. Su plan; buscar la oportunidad perfecta para acercarse sin verse como un maldito acosador que sabía todo de ella.

Gilberto escuchó con paciencia, jugueteando con una servilleta de papel y desviando la mirada por los pasillos antes de darle un consejo a su amigo.

Y ellos volvieron a aparecer. Cerca de la cancha de fútbol, cuando Gilberto y Lamine habían concluido con una cascarita y se pusieron a descansar bajo la sombra de las gradas, llegaron esos dos junto a sus amigos; reían en sincronía, se quitaban las sudaderas y las dejaban de lado junto a la portería.

Los ojos del Omega volvieron a clavarse en esos dos casi de inmediato; el mundo a su alrededor dejo de existir, sus ojos chocolatosos estaban clavados en los cuerpos firmes y dotados que apretaba la camisa descaradamente. Eran atractivos. Muy atractivos.

Pero los ojos azules que se cruzaron con los suyos lo hicieron temblar; desvió la mirada tan rápido que la cabeza le dolió y sintió un mareo ligero.

—¿Qué traes? —gruñó Lamine, mirándolo con una ceja elevada.

—Nada.

—Otra vez con tu pinche nada —el Alfa exhalo por la nariz, y dio otro sorbo a su agua—. Eres bien raro.

Mora guardo silencio, mirando el suelo; le hacía falta una limpieza.

—Deberíamos jugar con ellos, créeme, sus cascaritas son de otro nivel.

—Tal vez otro día —respondió. Fue demasiado rápido, demasiado obvio.

Lamine lo estudió en silencio con esos ojos de gacela, estrechando la mirada y acercándose un poco más. Gilberto se dejó hacer, completamente avergonzado.

—Espera... ¿Por qué hueles así? —jadeo el mayor, con una sonrisa incrédula dibujando en sus labios—. Uno de esos te gusta, ¿verdad?

—No.

—Ajá si —Lamine volvió la mirada a la cancha, observando a los cinco chicos allí—, tus feromonas están tratando de atraer a un Alfa.

Esa información lo hizo enrojecer con más fuerza; se acomodó la campera para cubrirse la cabeza y se encogió de hombros, trato de ocultar su aroma de manera torpe, pero funcionó un poco.

Pero el detective Lamine ya había clavado la mirada en todos y cada uno de esos jugadores, entrecerrando los ojos de forma analítica; se demoró varios segundos antes de que hiciera un pequeño sonido de insatisfacción.

—Espera... no me digas que es Declan, el tío no me cae nada bien.

—¿Y ese quién es?

—El rubio de allá, mira —Lamine señaló descaradamente a un chico alto con cabello rubio y tez clara, que perseguía el balón con agilidad. No era uno de esos dos, por suerte.

Gilberto golpeó la mano de Lamine para que dejará de señalar y hundió el ceño. —No.

—Entonces... ¿Thiago? El tío me cae mmm meh, pero mejor que Declan.

—Tampoco es él, Lamine.

—¿Jude?

La mirada del Omega siguió la dirección en la que apuntaba el dedo del moreno, y ahí, su corazón dio un brinco de emoción descarado en su pecho, y su vientre se retorció con nervios. Era él. Ese Alfa moreno con aroma a ámbar espeso y madera de caoba. Era bastante ágil, corría con la pelota y anotaba goles increíbles, el tipo era todo músculos y piel brillosa bajo el sol abrazador de Madrid.

Su evidente atracción quedó expuesta por su claro silencio y mirada atontada en Jude.

Lamine lo observó en silencio, consciente de que había sido flechado por la belleza de Jude Bellingham, el centrocampista del equipo Universitario.

El mayor fingió no haber visto su obvio enamoramiento y esta vez señaló a Haaland, notando como la mirada del Omega se clavaba con la misma intensidad en el noruego.

—¿Erling?

El cuerpo del menor se tensó, y su aroma a durazno silvestre con azahar se hizo ligeramente dulce y atrayente solo con la mención de esos dos.

A Lamine casi se le cae la mandíbula al suelo.

—No es cierto... ¿¡Ellos te gust-!?

Gilberto se lanzó a cubrirle la boca a la velocidad de la luz, escuchó a Lamine quejarse y mirarlo sin poder creerlo, cosa que lo hizo sentir más avergonzado de lo que ya estaba.

—¡Cállate pendejo!

—¡Mmmm!

Las mejillas del Omega estaban rojas, pero el ceño se hundía con vergüenza. Solo un segundo después, el aroma a aire glacial con musgo escandinavo se colo sin permiso en sus fosas nasales, y todo su cuerpo tembló de la cabeza a los pies; se quedó medio en shock al saber que, detrás de él, estaba ese enorme Alfa de casi dos metros.

—Hey, chicos —su voz era grave, un murmulló bajo que logró un estremecimiento en el cuerpo Omega de Gilberto—. ¿Se unen?

Gilberto se quitó de Lamine; tomó su mochila y se la colgó sobre el hombro con movimientos ágiles. No. No iba a quedarse allí ni un segundo más.

—No, gracias —respondió con rapidez; quiso mantener la mirada en el suelo, pero en cuanto sus ojos se asomaron bajo sus pestañas y chocaron con los azules del noruego, el mundo se desdibujo bajo sus pies por un segundo.

Verlo más de cerca fue una tortura para su paz mental, porque el noruego era condenadamente guapo; un rostro con rasgos masculinos definidos y marcados, unos labios gruesos y rosados, pequeños vellos dorados rasurados y un cabello corto a la altura de las orejas, sujetado con una banda; sus feromonas transpiraban su piel sudorosa, con toques suaves q aire glacial y musgo escandinavo.

Era guapo. Jodidamente guapo.

—Pasó, hermano. Pero a la otra nos unimos.

La voz de Lamine lo trajo de regreso, se vio obligado a meter las manos en sus bolsillos para comenzar a caminar directamente a la salida de la cancha; quería escapar de ahí antes de que su propio olor lo traicionara —otra vez— y su interés por esos dos fuera evidente.

Yamal llegó hasta su lado, mirándolo con cautela antes de sonreír de manera liviana.

—Entonces te gustan.

—No.

—No —repitió Lamine, llevándose una mano a la barbilla—. Es obvio que no te creo, pero fingiré que sí.

Gilberto no tuvo nada más que decir; quería esconder la cara en algún lugar, mantenerse lo más lejos posible de esos dos, porque algo muy primitivo y casi irracional le estaba arañando las costillas, exigiendo acercarse a esos dos como si no fueran un par de extraños.

Eso era totalmente confuso.


Pasaron dos semanas completas; con miradas que se cruzaban en cada encuentro, tensión en los vestidores de los entrenamientos y una avalancha de emociones abrumadoras que los envolvían a los tres.

Gilberto ya no podía procesar lo que pasaba, no tenía sentido. Ellos no se conocían, no habían intercambiado palabra y solo se vieron ese día en el salón de Lamine, pero parecía ser suficiente motivo para que la atracción haya sido inmediata y que —inconscientemente— siempre se busquen sin haber una razón.

No había palabras, pero las miradas parecían transmitir todo. Jude Bellingham, un Alfa británico con aroma a ámbar espeso y madera de caoba, era un tipo muy expresivo, confianzudo y sonreía de manera angelical, pero cuando se ponía serio o se enfadaba, mierda, movían algo en las entrañas de Gilberto que no era nada sano, sin duda.

Erling era casi igual de hiperactivo que Jude, ese Alfa noruego era todo músculos, un cerebrito andante que no necesitaba llenar cada rincón con su aroma para marcar su dominio, su sola presencia era un muro impenetrable que mantenía a todos a raya. Cuando se enfadaba era todo lo contrario; no le importaba darle un estate quieto a quien se le metiera en el camino.

Ambos Alfas comparten casi la misma neurona, y al mismo tiempo son dos polos opuestos que hacían estremecer al Omega de Gilberto con todas sus miradas indiscretas.

—¿Y qué fue? —Lamine dio un sorbo a su soda al otro lado de la mesa, mirándolo con una sonrisilla de medio lado— ¿Te presento a uno ya o a los dos?

Gilberto se atraganto con su sándwich; las mejillas, las orejas y el cuello se le pusieron rojos, mirando mal al moreno, quien soltó una risa burlona.

—A ni uno.

—Estás que babeas por ellos, Mora, y ellos por ti —lo último lo dijo en un murmuró más bajo, su voz perdió un octavo de fuerza mientras alzaba las cejas con picardía—, ¿ya viste como te miran?

—No me miran.

—Eres ciego ¿no? —el rubio soltó una risa plana; viro los ojos con humor y dio otro sorbo a su bebida—. Es obvio que les interesaste.

Gilberto se encogió de hombros con una inhalación perezosa, pero el vientre caliente por culpa de los nervios.

—No lo creo, seguro que ya tienen pareja.

—Que yo sepa, no —esa información llamó toda la atención de Gilberto, que clavo sus ojos en el rostro coqueto del Alfa— pero...

—¿Pero?

—Hace tiempo escuche un rumor que... ellos están juntos.

Gilberto sintió como si le hubieran metido una cachetada en la cara. Fue un golpe de realidad duro, casi aplastante que lo dejo sin aire por un segundo; miró a Lamine con la mandíbula caída y los ojos abiertos de par en par.

—¿Qué?

—Sí. Bueno, eso tiene rato —masculló Lamine, agitando la mano en el aire para restarle importancia—, pero nunca lo confirmaron; tampoco lo desmintieron. Aunque hay varios alumnos que dicen que están juntos.

Las relaciones entre dos Alfas no era nada nuevo, pero tampoco muy común. A Gilberto no le importa realmente con quién esté cada persona, pero la información si lo tomó con la guardia baja; fue un golpe a su estómago que le hizo un hueco en las entrañas.

Porque si ellos dos estaban juntos, Gilberto no tenía que andar metiendo las narices donde no lo llaman.

—Diablos. Gracias por decirme.

—No hay de qué —la mirada de Lamine dejó de verlo, pues observó a sus espaldas con cautela—. Pero es raro, ellos dos... no te quitan los ojos de encima. Ni siquiera disimulan.

Gilberto también lo siente, la mirada en la nuca, el toque sutil de esos dos aromas que se combinan de manera perfecta y que siempre están cerca. Es algo raro, algo que nunca le había pasado pero que lo tiene con los vellos de punta.

Fingirá demencia, porque no irá a meter las narices a una relación.

Pero el destino tenía su propio humor, y cuando los pasos seguros y pesados se detuvieron a sus espaldas, Gilberto sintió que el corazón se le detuvo en serio.

—¿Podemos sentarnos? —Jude preguntó con esa confianza y amabilidad suya, mirando a Gilberto, aunque este no se movió ni un centímetro.

Fue Lamine quien respondió, forzando una sonrisa. —Claro chicos.

Jude se sentó en el espacio libre a la derecha de Gilberto, apoyando los brazos en la mesa y dándole una mirada de reojo. Erling se sentó a su izquierda, manteniendo una sonrisilla de medio lado, el espacio personal de Gilberto fue aplastado al segundo siguiente; cerró las piernas casi instintivamente cuando las rodillas de esos dos estuvieron a punto de rozarlo.

Sus ojos se clavaron en la mesa, sintiendo el corazón acelerado y los nervios recorrerlo de la cabeza a los pies; sintió que respirar era todo un reto.

Jude y Erling platicaron animadamente con Lamine, los tres reían y compartían un tema similar. No había nada raro, nada fuera de lo normal, pero Gilberto sentía que cada segundo entre esos dos cuerpos era una tortura para su salud mental.

El calor corporal humano le rozaba la piel, cada movimiento de esos dos lo ponía colorado, y luego sintió un roce sutil bajo la mesa; la rodilla desnuda de Erling se rozó deliberadamente contra su muslo; fue un contacto directo piel con piel que le puso las orejas rojas y que olvidara cómo se respira.

—¿Irán a la fiesta del equipo? —Jude soltó la pregunta de manera casual, pero sus ojos se clavaron en la sien de Gilberto.

—¿La del fin de mes? Aún lo estoy pensando.

—¿Y tú, Gil? —los ojos oscuros del Alfa se posaron en la curva de su cuello, bajando hacia su pecho que subía y bajaba de manera pausada.

El Omega pasó saliva y se relamió los labios, sin poder ver a ninguno de esos dos a la cara.

—N-no creo.

Su respuesta fue plana, simple, pero la voz fue casi un murmullo bajo, y las manos se apretaron sobre sus rodillas hasta que los nudillos se le pusieron blancos.

—Deberían de ir, será genial; una casa cerca de la laguna.

—Uy, eso suena muy bien.

Gilberto levantó la mirada hacia Lamine; lo miró a través de las pestañas pidiendo su ayuda a gritos silenciosos. El Alfa escondió una risa pícara, antes de dar un levantamiento de hombros vago.

—Mora, ¿nos vamos?

Gilberto se puso de pie casi de un salto, y asintió con la cabeza de forma automática. A su lado, Jude y Erling permanecieron impasibles, con la tranquilidad que tanto los caracteriza.

—Me muevo —hablo Jude, poniéndose de pie y haciéndose a un lado para dejarlo pasar.

—Gracias.

Respondió; rodeo el banquillo con pasos torpes y, justo cuando pasó junto al cuerpo más alto y fornido, el aroma se sintió más fuerte y adictivo; quiso inclinarse, enterrar el rostro en el hombro del mayor, pero se contuvo.

Lo que no espero fue el roce de los dedos sobre su cadera, un toque suave como la caricia de una pluma, pero se sintió como si le pusieran un pedazo de hierro ardiendo directo en la piel.

Nadie se dio cuenta, Gilberto quiso creer que fue un roce accidental, pero al lanzarle una mirada al Alfa moreno, se dio cuenta que no era eso; que realmente le había tocado la cintura con toda la intención del mundo.

Jude lo observó de vuelta, con una sonrisa baja pero peligrosa y que le erizo todos los vellos del cuerpo. Fue intencional, lo hizo a propósito para comprobar algo, y parecía que lo consiguió.

No dijo nada; comenzó a caminar sin molestarse en despedirse, y Lamine fue detrás de él, siguiéndolo de cerca.

Eso sin duda fue muy raro.


La dichosa fiesta del fin de septiembre llegó, y el equipo de fútbol de la escuela se habían puesto de acuerdo para rentar unas cabañas cerca de la laguna para beber, pasar el rato y disfrutar.

Gilberto planeo no ir, quería quedarse en casa a dormir y cocinar; cualquier cosa que no fuera ir a esa dichosa fiesta donde estaría Jude y Erling.

Era una idea mala, porque esos dos Alfas han estado acercándose esas dos últimas semanas de manera peligrosa, con "roces" accidentales, pequeños empujones en el hombro con camarería y el aroma invasivo que lo hacía sentirse drogado. Las miradas ya ni siquiera eran disimuladas, sino penetrantes y directas, poniéndole los vellos en punta cada vez que ocurría.

Por eso no quería ir, pero Lamine lo convenció.

Bajaron del auto al mismo tiempo y observaron la cabaña; las luces del DJ escapaban por las ventanas y el ruido dentro y fuera era claro. Detrás había un lago, donde algunos estaban metidos nadando y jugando con una pelota de playa.

—Gracias por acompañarme, Mora.

—Esto te va a costar caro, Lamine.

—Te compro lo que quieras, pero gracias por venir —admitió el Alfa con una sonrisa agradecida en los labios—, necesitaba apoyo emocional para acercarme a Inés.

—Lo harás bien, solo no seas un idiota.

—No lo seré.

Los dos entraron en el mundo de gente; cuerpos bailando, grupos riendo y bromeando, algunos incluso estaban jugando fut en el basto campo. A ambos se les dio una bebida desde que entraron, y se fueron a sentar en los sofás, donde Inés estaba sentada con otra de sus amigas.

Lamine se inclinó a darle un beso en las mejillas y pedir permiso para sentarse a su lado, la femenina aceptó con una sonrisilla tímida y ahí, perdió toda la atención del Alfa.

Gilberto sabía que eso pasaría; obviamente Lamine se quedaría todo el rato hablando y charlando con la chica que no ha dejado de ocupar su mente las últimas semanas, así que no lo culpa.

Sentado a unas cuantas plazas de Lamine en el sofá; bebe su mojito con tranquilidad mientras observa a unos chicos jugar al UNO en la mesita de centro.

La amiga de Inés va a sentarse a su lado, con una sonrisa dulce y bonita. La atención de Gilberto paro de inmediato en ella, pues era imposible no mirarla.

—¡Hola! Soy Rubí, ¿y tú?

—Gilberto.

—Bueno, Gilberto, esos dos ya nos dejaron de lado, deberíamos platicar nosotros también.

—Claro.

No se negó, porque obviamente quería hablar con alguien, bromear y pasar el rato para no aburrirse, y Rubí era una chica beta de encantadora sonrisa y bonitos ojos color miel. No había ningún intento de coqueteo, nada más solo alguien demasiado amable que quería charlar con él.

Y lo hicieron, platicaron por 10 minutos enteros sin parar de reír, de contarse de todo; la escuela, el intercambio, su pasatiempo, etcétera.

Pero las miradas en su nuca comenzaron a pesar, sentía esa presión pesada a pesar de la distancia; su Omega levantó las orejas en cuanto sintió esa familiar sensación y, lentamente, giró el rostro para confirmar lo obvio.

Erling y Jude estaban al otro lado del salón, cerca de la pista de baile. Los dos Alfas parecían hablar entre ellos, compartían risas bajas y cómplices, pero sin dejar de verlo a él como si fuera un postre que querían devorar.

Las mejillas se le pusieron rojas, volvió su atención a Rubí y la femenina no se dio cuenta del cambio en la actitud de Gilberto; un poco más tímido y nervioso que al inicio.

Una canción sonó con fuerza en las bocinas; un ritmo constante y retumbante que hacía vibrar cada centímetro de piel.

Algo me gusta de ti.

—¡Dios mío! ¡Esa es mi canción favorita! —gritó la menor con los ojos abiertos por la emoción y una sonrisa de oreja a oreja.

Se levantó del sofá y estiró una mano en su dirección de manera decidida y emocionada.

—¡Ven, bailemos!

Gilberto soltó una pequeña sonrisa antes de levantarse y seguir a la femenina hasta la pista improvisada, donde más de una sola pareja estaba al centro, disfrutando del ritmo.

No había una sincronía, tampoco era algo que se baile pegado uno junto al otro, y Gilberto no bailaba con la misma emoción que la mayoría, pero con acompañar a Rubí se sentía complacido.

La femenina bailaba y contagiaba a la mayoría, y Gilberto permaneció cerca, sonriendo y tratando de seguir su ritmo con menos euforia que la mujer.

Entonces, a mitad de la canción; unas manos se colocaron suavemente en su cintura; reconoció el calor en un segundo, y dejó de respirar como era debido.

Su espalda se pegó a un pecho fuerte y musculoso, sintiendo el calor del cuerpo ajeno contra el suyo. La respiración en su nuca no hizo más que ponerle los vellos en punta.

—Con permiso.

Erling lo hizo suavemente a un lado por la cintura; el toque fue breve, no duró muchos segundos, pero fue suficiente para que el dominio claro de Alfa se le tallara en la piel. Su aroma fue más denso y frío, envolviendo su cuerpo de manera posesiva. Gilberto trago saliva pesadamente y lo observó pasarle por un lado, caminando entre la multitud hasta perderse.

—¡Gil, ven!

Rubí se acercó a tomarlo de la mano para acercarlo más a ella, sin ser consciente que el mexicano acababa de recibir un toque lleno de posesividad por uno de aquellos Alfas que lo tenían loco. Estaba desconcentrado, pero intento seguir el ritmo de la mujer aun cuando su mente seguía regresando a ese toque, a esa voz murmurando en su oído y a ese escalofrió que le hizo temblar las piernas por un segundo.

Dio una mirada por encima del hombro, donde Jude permanecía impasible, al verlo directamente; le dio una sonrisa de medio lado, era pícara y divertida, haciéndolo bufar con irritación. Esos dos lo estaban confundiendo solamente.

Y así, las horas pasaron; entre bailes, bebidas y charlas amenas, el tiempo paso volando, y con él, los roces accidentales de sus caderas fueron en aumento. Toques que duraban un segundo más de lo estrictamente necesario, sonrisillas cómplices y miradas que transmitían puro deseo y posesión.

Gilberto no supo en qué momento entro a ese juego, pero sabia que tampoco podía salir de él.

A las 2 de la madrugada, la gente seguía intacta, riendo y gastándose bromas; Rubí se había ido a casa hace ya un rato, y Gilberto se entretuvo hablando con otros del equipo de fut, consciente de que Jude y Erling habían desaparecido hacia unos pocos minutos.

Se le escapo un segundo bostezo, y puso su mirada en Lamine; el Alfa seguía pegado a Inés como una chinche, manteniendo una caballerosidad digna de película cliché.

Gilberto se acercó apenas, tocándole el hombro para llamar su atención.

―¿Nos vamos ya hombre? ―le hablo con tono alto al oído para que pudiera escucharlo por encima del ruido de la música.

Lamine se frotó la nuca y dejo salir una risa avergonzada, mirándolo con unos ojos que dijeron más que mil palabras.

Gilberto hundió el ceño.

―Es que... tenia planeado que nos quedásemos a dormir aquí, en la cabaña; reserve una habitación ―admitió el Alfa, frotándose la nuca.

Gilberto viro los ojos pero entendió que su amigo era del tipo que se quedaba hasta el amanecer, y él tenia demasiado sueño para regresar a casa solo, además, duda que Lamine lo deje irse.

―Vale, ¿y cuál es esa habitación?

―Es la...

La voz de Lamine se perdió bajo el ruido de la música de reguetón que el DJ había puesto; los gritos consonantes de la gente allí reunida amortiguo la voz del Alfa, y antes de que Gilberto pudiese preguntar más, Inés ya había jalado a Lamine hacia la pista de baile.

Suspiro, rendido. Solo se levantó del sofá y pasó entre la gente directo a la segunda planta; creyó haber escuchado un diez.

Subió las escaleras de roble de dos en dos y evito mirar a las parejas que se comían la boca descaradamente, solo siguió su camino a la segunda planta y miró cada puerta con un número grabado en una placa metálica al centro; no tardo nada en dar con la puerta diez.

Tomó el picaporte y abrió, la puerta cedió con un click suave que apenas se escucho por el sonido de la música abajo; ojalá pueda dormir.

Dio un paso al interior de la habitación, suspirando con pereza, y, apenas cerró a sus espaldas, su cuerpo se quedo congelado frente a la puerta; con los ojos abiertos de par en par y la boca entreabierta entre la sorpresa y vergüenza.

En medio de la habitación estaban esos dos Alfas que pasaron toda la noche molestándolo, pero lo que fue totalmente una sorpresa fue ver con sus propios ojos esos cuerpos esculpidos por esfuerzo, la piel morena pegada con la piel pálida en un equilibrio casi irreal; Erling y Jude estaban sin playera, con los torsos expuestos al aire, sus feromonas combinadas en un manto de aire glacial con ámbar espeso, una combinación exótica que le entro a los pulmones y le puso la piel chinita.

Las manos grandes de Erling estaban en las caderas desnudas de Jude, y las de el Alfa moreno enredadas en el cuello del noruego con una posesión absoluta. Todo evidenciaba que estaban a punto de tener un encuentro íntimo, que Gilberto claramente había interrumpido al cruzar esa puerta.

¡Por Dios! ¿Por qué carajos no le han puesto seguro a la puerta?

Las mejillas se le encendieron de rojo; avergonzado y estupefacto, de sus labios no salía nada; ni una sola palabra, solo balbuceos que no lograban formar una oración completa.

Jude y Erling permanecieron impasibles, mirándolo con un rostro curioso y genuino que rápidamente se ensombreció; un peligro latente que Gilberto notó de inmediato. El aire se sintió pesado a su alrededor, y sus ojos buscaron desesperadamente ver a cualquier lado que no fueran esos dos.

―Lo siento... ―logró articular, cerrando los ojos con tanta fuerza que vio estrellas detrás de sus parpados―, no sabia que... Me voy. Perdón.

No dio ni un paso atrás cuando la voz de Jude, llena de esa seguridad y presencia dominante que le caracterizaba, lo detuvo.

―Gilberto ―fue un murmullo bajo pero lleno de autoridad que lo dejo con las piernas clavadas en su lugar―, puedes quedarte a mirar, si quieres.

El Omega pasó saliva con rigidez, mirando a ambos Alfas con incredulidad e ingenuidad por aquella sugerencia tan descarada.

No debería aceptar, por respeto a la privacidad de esos dos y a sus propios valores; debería irse. Respetar la intimidad de ambos Alfas y no quedarse como un maldito pervertido.

Pero ellos esperaban con paciencia, mirándolo sin una muestra de timidez o incomodidad; todo lo contrario, sus ojos reflejaban un deseo puro, candente y fugaz. Ni uno le despego la mirada ni un segundo, provocándole un calor horrible en cada centímetro de su piel. Lo peor es que no podía dejar de verlos, y su Omega reaccionó de inmediato al llamado de esos dos; su propio aroma a durazno silvestre y azahar se escabullo sin permiso, uniéndose en una danza perezosa al aroma de los otros dos.

No necesitaron una respuesta, eso fue suficiente para entender que Gilberto no tenía ninguna intención de irse.

Pero en los planes de Jude y Erling no estaba la intención de obligarlo a nada que no quisiera; querían que él se uniera por su propia cuenta, que fuera Gilberto quien se acercara para dejarse llevar por el placer, y para que eso ocurriera, primero debían demostrarle que nada de eso era un juego ni una broma, era real.

Los dedos de Erling se enredaron en la nuca de Jude, y tiró de él para fundir sus bocas en un beso desesperado y adictivo, lleno de lengua y saliva. Gilberto podía verlo, el beso desesperado, hambriento; las lenguas danzaban entre sus bocas con picardía, y las manos de ninguno de los dos se mantenían quietas; Jude acariciaba el torso desnudo del nórdico, delineando sus abdominales de arriba hacia abajo, mientras las grandes manos de Erling apretaban la retaguardia del moreno descaradamente, sacándole varios gemidos a Jude que se ahogaban entre los labios del nórdico.

Gilberto miraba todo con los ojos abiertos como platos y el cuerpo tenso; su propia respiración se había acelerado, el pecho le subía y le bajaba con irregularidad. El calor de la habitación lo estaba asfixiando, y las feromonas Alfa Dominante lo estaban mareando y haciendo flaquear, pero no podía irse, su Omega no quería, y él tampoco realmente.

Los gemidos de Jude eran graves y bajos, mientras las manos de Haaland lo tocaban con fuerza, con deseo puro y sin titubeos, como si él no estuviera ahí.

Gilberto podía sentir como su cuerpo temblaba ligeramente, y una erección le había crecido entre las piernas; su lubricante natural le escurrió entre los muslos de manera inconsciente.

El olfato agudo de Erling tardo nada en percibirlo, y sus ojos azules se clavaron de inmediato en su rostro sonrojado y avergonzado. La sola mirada del mayor le hizo temblar las rodillas.

―Omega ―la voz de Erling tuvo un mando más fuerte que el de Jude, un llamado directo que hizo despertar y vibrar cada terminación nerviosa en su ser―, únete.

Gilberto si quería, negarlo seria ridículo, pero las piernas no le reaccionaban, y temía que si daba un paso cayera al suelo, pues las feromonas lo hacían sentir débil.

Jude no tuvo que esperar, se acerco hasta él con pasos seguros y le paso un brazo por la cadera, acercándose lo suficiente para sentir el calor de su piel desnuda y de la firmeza posesiva de su agarre. Gilberto lo miró directamente, y un brillo travieso atravesó los ojos del británico.

―Seremos cuidadosos.

Gilberto dio un asentimiento breve, casi vago, y Jude lo arrastro suavemente hasta que llegaron a Erling; su espalda se pego al torso desnudo del nórdico, y las manos grandes y callosas se posaron en sus caderas directamente, dibujando círculos en la piel bajo su jersey.

Frente a él se coloco Jude; la mano del moreno se aferró directamente en su nuca, los dedos se enredaron entre sus hebras azabaches, imponiendo un dominio claro y un goce evidente. Su rostro se inclino hasta que sus labios se rozaron, y de manera suave, besó sus belfos, tanteando el terreno.

Si había duda o miedo, retrocederían y no obligarían al menor a hacer nada que no quisiera, pero Gilberto reaccionó de manera positiva, moviendo los labios con la misma emoción que Jude. Los dedos del moreno se afianzaron con más confianza, y sus dientes mordieron el labio inferior de Gilberto para que abriera la boca; su lengua se deslizo libremente dentro, explorando la cavidad humeda a su gusto, lamiendo todo a su paso hasta que la lengua de Gilberto reacciono con el mismo entusiasmo, chupando y jugando con sus lenguas.

Erling al darse cuenta de la respuesta positiva, permitió que sus manos se metieran bajo el jersey del Omega, acariciando sus abdominales suaves, recorriendo con sus dedos la piel suave como la porcelana para subir hasta sus pezones erectos, pellizcando y jugando con ellos hasta que el gemido de Gilberto vibró entre sus cuerpos; Erling y Jude sonrieron con suficiencia.

Tiró del cuerpo más delgado hacia atrás, dejando que la retaguardia del menor se le pegara a la entrepierna; la presión fue clara, y el cuerpo de Gilberto se estremeció con anticipación, apretando sus manos alrededor de los bíceps de Jude.

Los labios de Erling se posaron en la curva de su cuello, subiendo hasta el lóbulo de su oreja para morderlo y juguetear con él, escuchando al Omega jadear con ansias.

Jude sonrió ladinamente, dando un beso casto en los labios del Omega antes de sujetar las esquinas de su jersey para sacársela de un tirón, dejando su cuerpo expuesto ante la mirada lujuriosa de ambos Alfas. Jude se inclino sobre su pecho, tomando un botón erecto entre sus labios para juguetear con su lengua, pasándola alrededor y mordiendo ligeramente hasta que la espalda del Omega se curveaba.

Mientras Jude se encargaba de su pecho, Erling ya había tomado la barbilla entre sus dedos, haciendo que incline el rostro hasta que su glándula de aroma quedo expuesta; enterró el rostro directamente contra la piel sensible y comenzó a chupar la zona de manera descarada, sintiendo el sabor en sus papilas gustativas, sonrió complacido, mientras las caderas del Omega seguían presionándose hacia atrás, buscando sentir su erección con desesperación.

―Mierda, Gil... tu aroma nos ha tenido como locos desde que te vimos por primera vez ―suspiró el noruego contra su cuello, con una voz rasposa y pesada por el placer―, nos has estado torturando por semanas así ―su cadera se presionó contra el trasero del Omega, dejando que su erección se presionara descaradamente entre la línea de sus nalgas.

Gilberto soltó un gemido necesitado, mirándolo por encima del hombro con la vista nublada por el placer; Erling no dudo en inclinarse y juntar sus bocas con un hambre caprichosa, dejando que sus lenguas danzaran entre si en un juego lujurioso.

―Uhg... por favor, quiero sentirlos, los he deseado por mucho tiempo ―suplicó, con la voz tan baja y sumisa que se ahogaba en su garganta.

Jude le dio una mordida suave en el pezón, antes de separarse y subir hasta que sus labios se encontraron en un beso goloso con los labios del noruego. El beso era vulgar, reproduciéndose frente al rostro de Gilberto, que para ese punto ya había perdido cualquier atisbo de vergüenza, solo miraba todo con la vista nublada por el placer.

―Claro que sí, cariño. Nos encargaremos de hacerte sentir bien ―prometió Jude, dándole un beso en la mandíbula antes de que sus manos desabrocharan el botón de su pantalón y bajara el cierre en un ruido que hizo vibrar el silencio que guardaba esas paredes.

Gilberto sintió algo de vergüenza cuando quedo completamente expuesto entre aquellos dos cuerpos, su mirada bajo un segundo por la timidez, pero Jude le sujeto la barbilla y lo hizo levantar la cara.

—No bajes la cabeza, quiero ver tu cara cuando te tome.

Gilberto pasó saliva, pero asintió con el corazón martillando en sus costillas y las piernas temblando; Jude lo sujeto de los caderas y lo levantó como si no pesará nada, dejando que sus piernas se enredaran en su cadera y su espalda se apoyara en el pecho firme del noruego.

Haaland soltó una risilla pícara en su oído, mientras su mano se envolvía en su erección y le arrebata un gemido alto que lo hizo temblar bruscamente.

—Relájate, porque después de él sigo yo, y créeme, no soy muy suave.

Jude lo miró como si supiera a que se refería y solo extendió los labios de manera juguetona; su mano bajo acariciando su glúteo y sus dedos encontraron la entrada llena de lubricación que se cerraba en el aire buscando algo que se hundiera ahí.

Los dedos de Jude entraron sin aviso, y las manos de Gilberto se apretaron en sus antebrazos con antelación. La presión no fue algo nuevo, la había sentido muchas veces, pero mierda, esto era nuevo; nunca había tenido un trío, y menos con dos Alfas Dominantes.

Jude jugueteo con su entrada, sus dedos entraban y salían; frotaba sus paredes con provocación hasta que una zona en específico  le envió una vibración por todo el cuerpo y lo hizo soltar un grito de puro placer.

Erling aceleró el movimiento de su mano alrededor de su miembro, suspirando contra la piel de su cuello y llenando de marcas rojizas esa zona, mientras Jude seguía dilatando su interior hasta que fue perfecto.

Retiró la mano, y se bajo los jeans junto a la ropa interior; tomó su erección palpitante y la sujeto desde la base, dirigiendola hasta la entrada del Omega; la cabeza entró sin ningún problema, el falo se deslizo suavemente hasta que llegó a la mitad, la base era más gruesa, y el interior de Gilberto se resistió un poco más.

—A-ah... mierda, Jude —miró al Alfa con los ojos empañados en lágrimas de dolor y sobre placer; sus dedos se enterraron en los antebrazos del Alfa hasta que las uñas se le clavaron en la piel.

Sabían que dolía, y la posición solo había logrado que llegara más profundo y doliera mucho más. Gilberto recargo la cabeza en el pecho de Erling, quien se inclinó para besarlo y distraerlo un poco.

—Cariño, necesito que te relajes —pidió Jude, aunque la nota desesperada y ahogada en su voz era evidente—. Si no lo haces te va a doler muchísimo.

—Solo relájate, Gil —murmuró Erling sobre sus labios, mirándolo con esos ojos azules como el acero directamente.

El Omega asintió, pero sabían que no era algo fácil; Erling dejó salir una cantidad de feromonas medidas de protección que funcionaron como un bálsamo para el Omega, que respiró con necesidad y enterró su nariz contra el cuello de Erling, gimiendo bajito contra su piel.

En cuanto se relajo, Jude se deslizó por completo; su pelvis golpeo el trasero del Omega, y les arrebato un gemido placentero a los dos.

Erling permanecía tranquilo, esperando con paciencia su turno; pero sus manos ya habían empezado a tocar el cuerpo ajeno para estimular más al Omega, haciendo que Gilberto fuera una marea de temblores y gemidos que casi eran gritos.

Jude no le dio tregua; sus caderas comenzaron a moverse con frenesí, entrando y saliendo del interior ajeno con una necesidad que los hacía temblar y gemir. El cuerpo de Gilberto era sacudido por las embestidas eufóricas y llenas de ímpetu del británico, las manos en sus caderas habían afianzado su agarre hasta que sus dedos se marcaron en la piel de porcelana.

Erling comenzó a mover la mano alrededor del pene de Gilberto, aumentando el placer que le nublaba el juicio. El Omega lloró por le estimulación a su cuerpo, apretando las piernas alrededor de las caderas de Jude y curvando la espalda como un arco cuando se vino sobre su propio vientre, manchando su torso con líneas blancas.

Jude le siguió unos minutos después, saliendo de el interior del Omega para dejar que su esencia saliera a chorros y manchara la alfombra de la habitación.

—Bien, mi turno.

Antes de que ninguno pudiera asimilar la información, Erling cargo al mexicano con cuidado y lo llevó hasta la cama; lo tiro suavemente dejando que la espalda se hunda en el colchón y, sin aviso, lo sujeto de las caderas y lo giró sobre su propio eje para ponerlo en cuatro.

Su mirada azul se dirigió hacia Jude, y su brazo rodeo la cadera del otro Alfa para jalarlo hacia él y darle un beso posesivo y descuidado.

—Quiero que te encargues de su boca —musitó en voz baja, dándole una palmada suave en el glúteo al Alfa—. Ve.

Jude obedeció con una sonrisa ladina; mientras Erling se deshacía de sus pantalones y ropa interior, el británico ya se había colocado se rodillas frente al Omega, dejando su erección a la altura de su rostro.

Gilberto lo tomó en sus labios sin objeción, chupando y lamiendo el falo, jugando con su lengua en el glande y succionando la cabeza cada cierto tiempo.

Erling estaba satisfecho; sujeto su miembro en la base y lo acercó hasta la entrada del Omega que seguía abierta por la fuerza de Jude. La expansión fue un poco más bruta que al inicio, y se deslizó centímetro a centímetro hasta que sus caderas tocaron las nalgas del Omega.

Gilberto ahogo un sollozo en los labios, pero las lágrimas traicioneras le rodaron sobre las mejillas; Jude le acaricio el rostro con ternura y le dio una mirada para que esperara.

Erling lo hizo; espero con paciencia mientras se inclinaba sobre la espalda del mexicano, llenando de besos la piel sudorosa y enrojecida por las atenciones.

—Muévete Erling, por favor —cedió Gilberto, mirándolo por encima del hombro con un deseo nublando todo tipo de razón.

El nórdico no se hizo esperar; salió la mitad y luego volvió a entrar, comenzando a marcar un ritmo pausado pero profundo que rozaba el cuello de su útero.

Cada embestida hacía sollozar el Omega, pero era un sollozo de placer, de deseo y de anhelo. Mientras Erling lo tomaba por atrás; Jude se adueñaba de su boca, usándola a su gusto.

Las embestidas de Erling se volvieron más rapidez y llenas de ímpetu; el Alfa gruñó y maldició en un susurro, sujetando con firmeza las caderas del Omega mientras empujaba su miembro hasta el fondo.

El ritmo funcionaba en contraste con la mamada que Jude recibía, pues cada embestida hacia que Gilberto se moviera hacia adelante y el miembro se deslizara un poco más de la mitad, marcando un ritmo casi cordinado con las penetraciones.

Los cuerpos estaban bañados en sudor; el cuerpo de Gilberto estaba lleno de marcas, la piel sonrojada y el interior ardiendo. Gilberto tuvo un segundo orgasmo; mancho las sábanas y se rindió con su propio peso, cayendo al frente, mientras Erling seguía usando su trasero a su gusto.

Jude lo miró con una sonrisa satisfecha, y siguió acariciando su pene hasta que se vino.

Erling tardó un poco más que ellos dos, pues el Alfa era todo un dominante fuerte y resistente que eso no era nada; tardo unos diez minutos más usando el cuerpo del Omega a su gusto, arrebatandole un tercer orgasmo junto a un sollozo antes de que él mismo se corriera sobre la espalda de el mexicano.

La habitación comenzó a disipar la bruma de el placer, todo lo que siguió fue un silencio sereno, tranquilo; las respiraciones comenzaron a suavizarse, las feromonas de apareamiento comenzaron a desaparecer y a ser remplazadas por un aroma mucho más suave y protector que envolvía al Omega y, en pocos minutos, la euforia de hace un momento se volvió neutra.

—¿Estás bien, Gil?

El Omega —aún exhausto—, asintió sin querer mover ni un centímetro de su cuerpo; la fuerza desmedida de esos dos ya le estaba pasando factura y los moretones le estaban palpitando sobre la piel.

Jude sonrió de medio lado, acariciando con su pulgar la mejilla del Omega mientras lo miraba con ternura.

—Lo hiciste muy bien, Omega.

Jude se inclinó para presionarle un beso en los labios suave y limpiarle las lágrimas con sus pulgares. Los ojos de Gilberto brillaron con suficiencia, sonriendo apenas un poco.

Erling fue por unas toallitas húmedas sobre el buro y regreso; limpió el cuerpo del Omega con mucho cuidado, eliminando los rastros de semen, y limpiando entre sus piernas de forma gentil.

Gilberto se sentía avergonzado, pero no dijo nada; pues el cuerpo le dolía horrores y no quería mover ni un pelo.

—¿Estás bien, Gil? —preguntó Erling para asegurarse, tirando los paños al suelo e inclinándose para dejar un beso en la mejilla del menor.

—S-sí, solo me duele el cuerpo...

Los dos Alfas compartieron una sonrisa cómplice antes de asentir; los tres se metieron bajo las sábanas, dejando al Omega en medio sin intención de dejarlo escapar.

Gilberto apoyo el rostro contra el pecho del noruego, exhausto y con ganas de dormir ya; Jude lo abrazo por la cintura y se pego a su espalda, dándole besitos sobre los hombros.

Gilberto estaba muy feliz por el trato que recibía, a pesar que una pequeña parte de él le decía que no merecía esto; no era su relación, no debió meterse entre ellos dos.

Jude y Erling se dieron un beso más suave antes de desearse buenas noches y acurrucarse más contra su cuerpo, dejándolo sin escapatoria.

Por hoy iba a disfrutar de esta noche, mañana ya dejaría que el martirio lo atacará sin piedad.

Chapters
1. One
Let LARoa9 know what you thought about this chapter!
Love this

0

Love this

Funny

0

Funny

Spicy

0

Spicy

Suspenseful

0

Suspenseful

Emotional

0

Emotional

Profound

0

Profound

Heartwarming

0

Heartwarming

Shocking

0

Shocking

Good Writing

0

Good Writing

Compelling Plot

0

Compelling Plot

Great Character

0

Great Character

Strong Dialog

0

Strong Dialog