Prólogo
—¡Maldita sea! Hay decenas de esos hijos de puta rodeando la cabaña. ¿Cómo mierda llegará el vehículo? Tienen la salida bloqueada.
El hombre tomó su escopeta de la mesa y corrió hacia la ventana de la cocina. Se acercó a la pequeña cortina, la movió unos centímetros y observó que el patio también estaba vigilado por aquellos pobladores que vestían túnicas ceremoniales. Sus pulmones subían y bajaban. Él sabía que esto pasaría, su esposa lo había preparado, pero esperaba el milagro de poder escapar sin que fueran retenidos; hacerse la idea que por unos minutos lograría sacar a su familia de este problema. Regresó a la sala y vio a la madre acariciar las delgadas hebras rosadas que adornaban la cabecita de su hijo. Al verlo entrar, la lucidez con la que los ojos del niño siguieron cada movimiento del padre hizo que la madre detuviera la caricia a medio camino y frunciera el ceño.
—¡Mi amor, no es el momento para ser tierna! ¡¿No ves la situación en la que estamos?!
—No necesito verla, cariño; la conozco a la perfección —respondió ella con calma—. Sabías que nos enfrentaríamos a esto. Lo dije hasta el cansancio, pero estabas tan obstinado en querer embarazarme. Ayúdame a levantarme.
El padre sostuvo a su mujer por la cadera mientras ella recostaba su espalda sobre el torso de él. Ella envolvió al infante en unas mantas rojas y terminó de secar unas cuantas gotas de sudor que se deslizaban por su mejilla.
—¿Ya regresó la señal? —preguntó sin apartar su mirada del niño.
El hombre revisó su celular una vez más. Había pasado horas desde la última conexión con sus padres.
—Tenemos solo una barra. Por suerte, nos alcanzará para avisarles luego.
—Llámalos ya, cariño. Diles que iremos a la fuente. Que prendan el motor y preparen las armas. Es el momento de hacerlo o nunca nos dejarán en paz.
—¡Pero amor!
—Pero nada. Tienes que estar listo para detonar toda la pólvora que puedas contra los rezanderos.
La conexión se pudo lograr.
—¿Papá, me escuchas? —Él apretó el teléfono en su mano—. Mierda, mierda, mierda.
Hubo una pequeña estática, pero el tono ronco del abuelo resonó a través del altavoz.
—Claro y fuerte hijo mío. —Su papá intentó sonar seguro al otro lado de la línea, pero el quiebre en la garganta lo delataba—. Estamos en el perímetro que acordamos. No hay nadie cerca.
—Pa, no tenemos mucho tiempo, en cualquier momento vuelve a cortarse. Preparen todo que ya vamos hacia la fuente.
El hombre colgó en el acto. Estaba nervioso. Tenía el físico de alguien que podía resistir golpes. Ella conservaba una belleza juvenil. Él intentó calmar su propia ansiedad desplazando la palma de su mano derecha sobre su pecho, de arriba abajo, como si eso pudiera ahuyentar la horda de locos que estaban esperando el ritual. Guardó el celular, ajustó la escopeta en el arnés de su espalda y enfundó sus revólveres en la canana que había diseñado para la ocasión. No había dejado nada al azar, o eso quería creer.
Su mujer lo miró y le arqueó una ceja.
—No nos van a esperar toda la noche.
—Ya sé... carajo. ¡Mierda! —respondió él presionando su mano derecha sobre su frente.
—Entonces deja de convencerte de que esto saldrá bien.
Su esposo no respondió. Tras tomar una bocanada de aire se dirigió hacia la entrada, reposó su frente por unos segundos en la madera de la puerta y desbloqueó los cerrojos. Al abrirla, la hoja chirrió tanto que cualquiera pensaría que llevaba décadas sin mantenimiento. Afuera, entre la neblina, estaba una gran parte de los pobladores esperando para darle la bienvenida al nuevo niño que llevaba horas de nacido. Los aguardaban con sonrisas y murmullos de celebración. Algunos aplaudieron, otros levantaron sus manos señalando el destino.
—Qué buena idea tener la mejor vista del pueblo, ¿no crees, cielo?
—No necesito tu sarcasmo ahora. Siempre la odié... crecer aquí... todo esto. No podía vivir atormentada. La culpa no me hubiera dejado dormir.
Salieron y caminaron calculando sus pasos por la avenida principal, húmeda por la lluvia que azotó a la población durante la tarde. Una familia de ciervos mordisqueaba las flores que bordeaban el trayecto. Ella había tapado a su hijo, salvo por un dedito curioso que se asomaba entre las telas. El frío de la noche los hacía temblar, pero el niño no se inmutaba ni ante el ajetreo de la multitud; la ausencia de llantos o quejidos desde que nació flotaba entre ambos. El padre tenía una mano preparada en su arma derecha, mientras que la mano izquierda le daba toques discretos a la espalda de su mujer. La agonía aplastaba sus nervios cada que escuchaba los repiques de las campanas del viejo templo en la distancia.
—No me gustan los rostros de estos enfermos, mi amor. Estoy a punto de borrarle la sonrisa al canalla que nos pisa los talones a mi derecha. Un par de pepazos en su frente y fuera. Hasta huele bien el desgraciado.
—Calma, vida mía. Espera unos segundos más —dijo la madre mientras su mirada seguía el rastro de un sacerdote que tocaba una melodía fúnebre con un violín a su izquierda.
Finalmente, la fuente se alzó majestuosa delante de ellos. Negra y rústica, con una criatura de alas cristalizadas en la parte superior; era lo único colorido que le daba vida al monumento. La mamá comenzó a llorar de desespero, era la hora de aproximar al bebé a las aguas que reposaban mansas dentro de la superficie ornamentada.
Uno de los clérigos se colocó frente a ellos y extendió su mano izquierda.
—Acérquenlo.
—No —respondió ella, por un momento decidida.
—No querrás que él se moleste, ¿verdad?
El papá sacó el teléfono, marcó al abuelo del nene esperando que la señal no los traicionara. Pasaron un par de segundos hasta que el sonido al otro lado crepitó.
—Vayan entrando. —Cortó de una vez.
En ese momento, el agua comenzó a estremecerse ante la cercanía del niño. La multitud dejó de murmurar. El clérigo exclamó, estupefacto.
—¡¿Qué es... esto?!
No era lo que ellos esperaban. El líquido se levantó contra las paredes de piedra; la furia era tan intensa que la atmósfera del pueblo cambió. Crujidos de cristales rompiéndose se escuchaban en todas las direcciones, pero no había ventanas, superficies o estructuras físicas que se estuvieran cayendo.
—¡¿Qué está pasando?! —gritó la esposa retrocediendo un paso.
El padre desenfundó sus armas sin darle respiro a la procesión que los había acompañado. Una lluvia de balas se descargó sobre los más cercanos.
—¡Corre, ahora!
La madre se giró e intentó desplazarse como pudo de vuelta hacia la cabaña. El padre permaneció atrás avanzando, no dejaba de recargar sus armas y matar numerosos aldeanos. Una bala atravesó el hombro de un chico con un atuendo blanco. Otra derribó a una mujer que intentaba acercarse a la fuente.
Apareció la luz de unos faros entre la niebla. Se escuchaba la bocina del vehículo aproximándose. El hombre vio que el abuelo venía atropellando a cualquiera que se atravesaba.
—¡AH!
El grito de su mujer le mandó un temblor por toda la columna. Una jovencita con cabello revuelto permanecía a unos metros recitando palabras indescifrables mientras una de sus manos señalaba a su esposa quien ahora yacía retorciéndose sobre el pavimento. El niño había rodado por su brazo.
—¡NO! —El esposo corrió a recoger a su hijo. Estaba ileso.
Se dirigió hacia los abuelos en el instante que ellos llegaron.
—¡Hijo, sube! —gritó su mamá al abrir la puerta del asiento de atrás.
—¡No pienso dejar a mi mujer atrás! —respondió el hombre sin poder contener las lágrimas.
Luego volvió la mirada hacia su esposa, ella apenas podía mantener los ojos abiertos.
—Vete con él —dijo antes de caer inconsciente.
Él destapó a su hijo y le tendió un beso en su frente.
—¡Deben salir de aquí! No regresen a buscarnos. Les suplico, por favor, críenlo como Alfa. No permitan que su naturaleza Omega se revele. Díganle... —Soltó un suspiro frustrado.
El hombre entregó el niño a su madre. El abuelo levantó su propia arma y disparó a varios pobladores que se estaban acercando al vehículo.
—¡Váyanse ya!
Miró ambos revólveres vacíos. Tampoco había cartuchos. Los dejó caer al suelo. Mientras escuchaba el ruido del motor alejándose, tomó la escopeta de su espalda y apuntó directo hacia la cabeza de la chica que atacaba a su esposa. No hubo más conjuros que lanzar después de que los sesos salieran volando.
—Así que querían consumir el alma de mi bebé. —El padre recargó su escopeta—. ¡Ahora les haré tragar pólvora!
A lo lejos, el transporte desapareció entre los límites arbolados. Las campanas de aquel templo continuaron su melodía. Y frente a él, la fuente no dejaba de agitarse por los golpes bruscos que sonaban desde el fondo de sus aguas.








