Capítulo 1
Love
Danny Jug había aprendido muy pronto que en el tenis no existía nada parecido a la casualidad.
Una pelota mal golpeada podía parecer un accidente, pero detrás de ella siempre había un movimiento incorrecto. Una mala posición. Un segundo de retraso. Una decisión tomada demasiado tarde.
Lo mismo ocurría con las victorias.
Nunca eran simplemente victorias.
Eran horas de entrenamiento, músculos doloridos, madrugones, fisioterapia, dietas, viajes y noches enteras imaginando cómo golpear una pelota que todavía no existía.
Por eso Danny no creía en las casualidades.
Y, sin embargo, cinco años después seguiría preguntándose si aquella noche había sido una.
La ceremonia se celebraba en uno de los hoteles más lujosos de Nueva York. El salón estaba lleno de jugadores, entrenadores, representantes, patrocinadores y periodistas. Demasiadas personas vestidas de negro, demasiadas copas de champán y demasiadas sonrisas cuidadosamente ensayadas.
Danny llevaba casi una hora sentado intentando no mirar constantemente hacia el escenario.
Tenía veintidós años y acababa de ganar el premio a Novato del Año.
Todavía le parecía absurdo.
Había pasado los últimos doce meses intentando convencer a todo el mundo —y a sí mismo— de que merecía estar allí.
Ahora llevaba un traje que le quedaba demasiado bien, un reloj que su padre había insistido en regalarle y una sonrisa que empezaba a dolerle en las mejillas.
—Deja de moverte.
La voz de su madre llegó desde el asiento contiguo.
Danny dejó de balancear la pierna.
—No me estaba moviendo.
Su padre soltó una pequeña risa.
—Llevas haciéndolo diez minutos.
Danny miró al frente.
—Estoy nervioso.
—No tienes por qué estarlo.
Su madre le acomodó discretamente la solapa de la chaqueta.
—Esta noche representa el comienzo de tu carrera.
Danny sonrió.
—Ya tengo una carrera.
—No. —Ella negó con la cabeza—. Hasta ahora solamente has demostrado que puedes jugar.
Su padre intervino:
—A partir de ahora tienes que demostrar que puedes ganar.
Danny no respondió.
Aquella diferencia parecía insignificante para cualquiera que no hubiera crecido en su familia.
Para él lo era todo.
Sus padres habían sido jugadores profesionales. Habían formado una de las parejas de dobles mixtos más reconocidas de su generación. Habían viajado juntos por todo el mundo, ganado torneos y aparecido en portadas.
Danny había crecido viendo fotografías de ellos levantando trofeos.
Desde pequeño había aprendido que un buen jugador no debía conformarse con llegar a una final.
Había que ganarla.
Y si se ganaba una, había que ganar la siguiente.
Y después otra.
Siempre había otra.
—Ahora vienen los premios principales.
Su madre señaló discretamente el escenario.
Danny levantó la mirada.
El presentador estaba anunciando el premio al mejor jugador de la temporada.
Y entonces escuchó el nombre.
—Vicktor Stanković.
El salón estalló en aplausos.
Danny también aplaudió.
Por supuesto que lo hizo.
Todo el mundo lo hizo.
Vicktor Stanković llevaba más de una década en el circuito profesional. Era uno de esos jugadores cuya presencia parecía llenar una pista incluso cuando permanecía sentado en el banquillo.
Tenía treinta años y había ganado prácticamente todo lo que un jugador podía ganar.
Danny lo había visto jugar cientos de veces.
Había estudiado sus partidos.
Su saque.
Su revés.
Su forma de cerrar los puntos.
Incluso había intentado imitar algunas de sus rutinas durante los entrenamientos.
Vicktor subió al escenario.
Era más alto de lo que Danny había imaginado.
Vestía un traje oscuro y llevaba el cabello ligeramente despeinado, como si hubiese intentado arreglarlo y hubiera terminado rindiéndose a mitad del proceso.
Recibió el trofeo con una sonrisa contenida.
—Gracias.
Su voz llegó hasta el salón.
Danny dejó de escuchar durante unos segundos.
No porque Vicktor dijera algo extraordinario.
De hecho, su discurso fue bastante convencional.
Agradeció a su entrenador. A su equipo. A sus patrocinadores. A sus compañeros de circuito.
Habló de una temporada difícil.
De las lesiones.
De los partidos que casi había perdido.
Pero Danny apenas podía apartar los ojos de él.
Había algo extraño en aquella persona.
Algo que no sabía definir.
Quizá era la seguridad.
Quizá era la forma en que parecía completamente cómodo allí arriba mientras todos lo observaban.
O quizá era simplemente que Danny llevaba demasiado tiempo viéndolo a través de una pantalla.
Cuando Vicktor terminó su discurso, regresó a su mesa.
Y entonces Danny escuchó el susurro.
—Dicen que no es como los demás.
Danny giró ligeramente la cabeza.
Dos jugadores hablaban unos asientos más atrás.
—¿Qué quieres decir?
—Ya sabes.
—No.
—Vamos.
Una risa baja.
—Que le gustan los hombres.
Danny volvió la mirada hacia el escenario.
No debería haber seguido escuchando.
Pero lo hizo.
—En su país sería un escándalo.
—Por eso está casado.
—¿Casado?
—Matrimonio arreglado. Su familia tiene dinero. Mucha influencia.
Danny sintió una punzada incómoda.
—¿Y entonces?
—Entonces, cuando está en Estados Unidos o en Europa, hace lo que quiere.
El otro jugador sonrió.
—¿Hombres?
—Eso dicen.
Danny dejó de escuchar.
No porque la conversación le escandalizara.
Sino porque una palabra se había quedado atrapada en su cabeza.
Hombres.
Bajó la mirada hacia sus manos.
Durante unos segundos, pensó en su propia familia.
En las cenas.
En las conversaciones sobre matrimonio.
En las veces que su padre había hablado de la importancia de encontrar una buena mujer cuando llegara el momento.
En cómo su madre siempre cambiaba de tema cuando Danny mostraba demasiado interés por algún chico.
Nunca había habido una prohibición explícita.
No hacía falta.
Había cosas que simplemente no se decían.
Danny respiró profundamente.
Entonces alguien se sentó a su lado.
—¿Danny Jug?
Danny levantó la cabeza.
Era Vicktor.
Por un momento olvidó cómo hablar.
—Sí.
—Felicidades.
Vicktor extendió la mano.
Danny la estrechó.
—Gracias.
—Novato del año.
—Y tú jugador del año.
—Eso parece.
Una pequeña sonrisa apareció en los labios de Vicktor.
Danny se dio cuenta entonces de que sus ojos eran más claros de lo que parecían en televisión.
—Te vi jugar en Madrid —dijo Vicktor.
Danny parpadeó.
—¿A mí?
—Sí.
—Pensaba que estabas lesionado.
—Lo estaba.
—Entonces...
—Vi el partido desde el hotel.
Danny no supo qué responder.
Vicktor se inclinó ligeramente hacia él.
—Tienes un buen revés.
Danny sonrió.
—Gracias.
—Pero bajas demasiado la cabeza cuando fallas.
La sonrisa desapareció.
—¿Qué?
Vicktor soltó una pequeña risa.
—Lo haces.
—¿Me estabas analizando?
—Soy tenista.
—Eso no responde a mi pregunta.
—Entonces sí.
Danny lo miró.
Por primera vez aquella noche, se olvidó de los periodistas.
De sus padres.
De los patrocinadores.
De la ceremonia.
—¿Y qué más?
Vicktor apoyó un brazo sobre el respaldo de la silla.
—Te enfadas contigo mismo demasiado rápido.
Danny soltó una risa incrédula.
—No me conoces.
—No necesito conocerte para saber eso.
—¿Ah, no?
—No.
Vicktor lo observó durante unos segundos.
—Pero me gustaría.
El corazón de Danny dio un golpe.
Uno solo.
Fuerte.
—¿Conocerme?
—Sí.
La respuesta fue tan sencilla que Danny no supo qué hacer con ella.
Vicktor levantó su copa.
—¿Bebes?
Danny miró la copa.
Después a él.
—Un poco.
—Entonces bebe conmigo.
Chocaron las copas.
El cristal produjo un sonido delicado.
—Por tu primer premio —dijo Vicktor.
—Y por tu último.
Vicktor arqueó una ceja.
—¿Último?
—Algún día alguien tendrá que quitártelo.
La sonrisa de Vicktor creció.
—¿Tú?
Danny sintió calor en las mejillas.
—Tal vez.
—Entonces tendré que asegurarme de que no ocurra.
Se quedaron mirándose.
Solo unos segundos.
Pero fueron suficientes.
Más tarde, Danny recordaría aquella conversación muchas veces.
Recordaría la música.
Las luces.
El olor del perfume de Vicktor.
El tacto de su mano.
La forma en que había pronunciado su nombre.
Pero sobre todo recordaría aquella mirada.
Porque por primera vez en toda su vida alguien parecía estar mirándolo sin preguntarse cuánto podía ganar.
Sin preguntarse quiénes eran sus padres.
Sin preguntarse qué trofeos conseguiría.
Simplemente lo estaba mirando.
Como si Danny Jug fuera suficiente.
—¿Quieres salir un momento? —preguntó Vicktor.
Danny miró hacia la mesa de sus padres.
Su madre estaba hablando con uno de los patrocinadores.
Su padre no parecía prestarles atención.
—Sí.
Salieron a una terraza privada.
Nueva York se extendía frente a ellos como un océano de luces.
El ruido de la ceremonia quedó amortiguado detrás de las puertas.
Durante unos segundos ninguno dijo nada.
—¿Sabes qué es lo curioso? —dijo Vicktor.
—¿Qué?
—Que todo el mundo aquí cree conocernos.
Danny apoyó los brazos sobre la barandilla.
—Supongo que es parte del trabajo.
—¿Y tú?
—¿Yo qué?
—¿Crees conocerme?
Danny lo miró.
Pensó en los rumores.
En el matrimonio.
En los hombres.
Pero no dijo nada de eso.
—No.
Vicktor sonrió.
—Bien.
—¿Bien?
—Mejor así.
Danny frunció el ceño.
—¿Por qué?
Vicktor miró hacia las luces de la ciudad.
—Porque entonces todavía tienes la oportunidad de descubrirlo.
Y aquella fue la primera vez que Danny comprendió que quizá aquella noche no había recibido solamente un premio.
Quizá acababa de conocer a la persona que cambiaría su vida.
Aunque todavía no lo sabía.
Aunque ninguno de los dos podía imaginarlo.
Cinco años después, Danny seguiría recordando aquella terraza.
Y cada vez que lo hiciera, pensaría exactamente lo mismo.
Había cosas que podían planificarse.
Un saque.
Un partido.
Una temporada.
Una carrera entera.
Pero algunas personas...
Algunas personas aparecían en tu vida como una pelota imposible de devolver.
Y solo podías decidir si intentabas golpearla.
O si dejabas que te cambiara el partido para siempre.








