PARA EL, YO SOY SU MUNDO
Todos querían algo de nosotros.
Ellos querían nuestra fama.
Nuestros apellidos.
Nuestro dinero.
Nuestro lugar en la cima.
Y algunos simplemente querían tenernos.
Él podía entrar a cualquier lugar y hacer que todas las miradas se dirigieran hacia él. Yo podía caminar por una pasarela y escuchar a cientos de personas gritar mi nombre.
Éramos jóvenes, ricos, famosos y, para muchos, imposibles de alcanzar.
Pero había algo que nadie podía comprar.
Nuestro amor.
—¿Estás lista, princesa?
Levanté la mirada.
Ahí estaba él.
Traje negro, camisa blanca, el cabello perfectamente arreglado y esa mirada que podía hacer que cualquier mujer perdiera la razón.
Pero cuando me miraba a mí...
Su expresión cambiaba por completo.
Sonreí.
—Casi.
Él se acercó y bajó la mirada hacia mis zapatos.
—Tus agujetas.
—¿Qué tienen?
Antes de que pudiera reaccionar, se arrodilló frente a mí.
—Están desamarradas.
—Puedo hacerlo yo.
Él sonrió mientras las amarraba.
—Lo sé.
Terminó y se levantó.
—Pero no tienes que hacerlo si estoy aquí.
Sentí mis mejillas calentarse.
—Eres demasiado consentidor.
—Contigo, sí.
Me tomó de la mano y besó suavemente mis nudillos.
—Porque tú eres mi mundo.
No pude evitar sonreír.
Entonces una mujer se acercó.
Era hermosa. Elegante. Y claramente sabía lo que estaba haciendo.
—Adrián —dijo, acercándose demasiado—. Hace mucho que no te veo.
Él apenas la miró.
—Hola.
Ella sonrió.
—¿No vas a saludarme como antes?
Adrián retiró suavemente mi silla para que pudiera sentarme.
—No sé de qué hablas.
La mujer miró hacia mí.
—Así que ella es tu novia.
Adrián entrelazó sus dedos con los míos.
—No.
La mujer sonrió, confundida.
—¿No?
Él me miró.
Y entonces dijo:
—Ella es la mujer que amo.
La sonrisa de aquella mujer desapareció.
Adrián ni siquiera volvió a mirarla.
Yo apreté su mano.
—Adrián...
—¿Qué?
—Te están mirando todos.
Él sonrió.
—Que miren.
Se inclinó hacia mí y susurró:
—Mientras tú estés conmigo, no me importa nadie más.
Pero entonces las puertas del salón se abrieron.
Y el ambiente cambió.
Nuestros padres acababan de llegar.
Los dos hombres que llevaban años intentando destruir el imperio del otro estaban frente a frente.
Y ninguno de los dos sabía todavía que esa noche...
sus propios hijos estaban a punto de cambiarlo todo.








