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La Flor

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Summary

Un asesino fue capturado hace pocas horas, alguien que parece vincularse al caso en el que Dilan Marco y Alicia Díaz trabajaban. Las evidencias contra el hombre son muchas, además de que se le acusa de haber sido el causante de la desaparición de tres personas; pero mientras se llevaba a cabo el interrogatorio, las cosas toman un giro más complicado y surreal. Revela que alguien que escapa de la lógica humana acecha por el pequeño pueblo de Huerta, y lo culpa de ser el causante de todos los males que lo acarrean a él y al lugar. Cualquiera pensaría que está loco, pero Dilan Marco ya había experimentado este tipo de casos. La experiencia le hizo saber que entre un mar de falsas verdades se esconde una verdad absoluta. El detective deberá utilizar su ingenio y su imaginación para comprender y armar los hechos. Así, podrá descubrir si el hombre en verdad está loco o solo parece contar un hecho real a medias.

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Complete
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6
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n/a
Age Rating
18+

Un Caso de Fantasía

Cuando un caso —una carpeta entregada por su teniente— se les asignaba a los detectives Dilan Marco y Alicia Díaz, ambos sabían que debían estar preparados para cualquier escenario. Casos que rondaban desde lo atroz: como desapariciones, abusos, o lo más rutinario de todo: la muerte. De esta no había salvación para un detective. Siempre se toparían con un caso. Y lo más crudo —en especial para un civil— es que debían acostumbrarse a enfrentarla.

Cuando Marco abrió el expediente, ojeó varias fotografías de cámaras de seguridad y declaraciones de testigos. No le hizo falta leer todo, al menos no ahora, ya que su superior les informaba de la situación. Se hallaban en el despacho de este, sentados. El teniente, al otro lado del escritorio, enfrentado a los dos detectives, se reclinó en su silla.

—Horrible, ¿verdad? —les dijo.

Marco asintió y le pasó el material probatorio a su compañera, sentada a su lado.

—Entonces… ¿lo tienen bajo custodia? —preguntó Marco, expectante.

El teniente asintió.

—El Departamento de Huerta fue quien realizó la aprehensión. El caso iba a quedar en su jurisdicción, pero como sé que ustedes llevan el expediente de las hermanas Valesca, pues hice un par de llamadas para el traslado. Parece que los incidentes se vinculan, ya que el sujeto las nombraba seguido cuando lo encerraron, y lo mismo con otra víctima. —Marco notó que la expresión del teniente sugería algo más, un detalle que aún no se atrevía a revelar.

—Mismo pueblo, calles alejadas —musitó Díaz, meditabunda. Alzó la cabeza y observó a su jefe—. Hay una probabilidad de conexión.

El teniente alzó las manos en un gesto de complacencia.

—La hora de la desaparición coincide medianamente con la hora del asesinato de ese niño —dijo Marco, asomándose al expediente que sostenía Díaz—: entre las «dos cuarenta» y «tres» de la madrugada.

Dicho esto, los dos detectives preguntaron sobre la ubicación del imputado. El teniente declaró que se hallaba en una celda de detención preventiva, pero que solicitaría un traslado inmediato a la sala de interrogatorios.

—La H10 está bien —indicó Díaz.

Cuando se estaban por ir, el teniente se levantó, rodeó el escritorio y los detuvo en el umbral de la puerta de cristal.

—Algo más: el tipo no parece estar en sus cabales.

Antes de que Marco y Díaz pudiesen objetar que un asesinato ya era prueba de inestabilidad mental, el teniente añadió:

—Me refiero a que los oficiales de Huerta informaron que el tipo no ha parado de dar declaraciones estrambóticas. Sostiene que una «flor» fue quien mató al niño, a las hermanas y alguien más. Traten de extraer lo que puedan, por muy estrafalario que suene el testimonio.

Los detectives abandonaron el despacho. Mientras descendían por las escaleras, el estrépito del recibidor los envolvió: avanzaban, mezclados, policías, tanto novatos como experimentados; detectives, algunos con traje —mayormente los recién ingresados— y otros con ropa común —los que llevaban tiempo en el trabajo—, con una placa para diferenciarlos de los civiles; entre el tumulto, los civiles reales eran acompañados por otros trajeados que llevaban un maletín de mano: abogados del diablo o simples defensores.

—Algo me dice que este será un caso tardío —dijo Díaz con hastío.

—E interesante —añadió Marco—. Creo que es la primera vez que escucho un caso de fantasía. Un niño asesinado, tres desaparecidos, y un sospechoso que culpa a una planta… Me intriga saber cómo se conecta todo.

Sin embargo, Díaz no compartía su entusiasmo. Marco lo entendía; casos como estos eran agotadores por diversas razones: Las fábulas de los acusados llegaban a niveles agobiantes, y entre su mar de «falsas verdades» —ya que estos no tienen la intención de mentir, sino contar su versión de los hechos—, se escondía la verdad absoluta. Ellos, como investigadores, debían realizar un esfuerzo analítico para reconstruir la secuencia fáctica.

«Comprendery armar los hechos», se recordó Marco al entrar a la H10. El cuarto era un cubo funcional, sencillo, con una mesa en el centro y dos sillas en cada lado. La luz blanquecina provenía de un único foco, lo que le daba un aspecto incómodo y misterioso. Ambiente perfecto que daba a entender a los criminales que estaban atrapados, arrinconados en un espacio de cuatro paredes de hormigón, casi a oscuras.

Díaz entró y tomó una de las sillas amontonadas a un lado de la puerta. La desplegó y la colocó junto a la silla que, desde la perspectiva de Marco, estaba del lado derecho. Ambos detectives se sentaron y revisaron el expediente con más detalle.

A las 2:55 horas, el acusado, Roberto Suar, atacó a la víctima César Dolos en la calle Orquídea, pueblo Huerta. Una vecina alertada por los gritos realizó una llamada al DPH —Departamento de Policía de Huerta— y al salir, se encontró con la escena. Además, un vecino aportó un video de su cámara de seguridad para material probatorio.

Cuando lo procesaron, el sujeto vestía una gabardina negra, guantes de látex azules, una mascarilla descartable, y todo un conjunto de ropa oscura. Y entre sus pertenencias, se incautó su celular, un cuchillo de cocina, unos binoculares y un atomizador con un potente herbicida. Los motivos por los cuales llevaba todas esas cosas eran «para acabar con la Flor». Sobre eso, no confesó nada más, por lo que algunos investigadores tuvieron que armar la escena del crimen con las evidencias que había; además de algunas declaraciones de los vecinos que lo vinculaban como el causante de la desaparición de las hermanas Valesca.

La víctima, por su lado, llevaba un conjunto negro de pantalones, camisa, chaqueta y pasamontañas. Los objetos que traía eran una mochila, con muchas pinturas en aerosol, y su bicicleta. Según información dada por la madre, aquel niño solía cometer actos vandálicos como pintar las puertas, paredes, vidrios o veredas de las casas de los vecinos. En la autopsia dieron detalles del asesinato: ocho puñaladas, dos en la cara y el resto en el torso; avulsión de cuero cabelludo arrancados; y restos del químico fitotóxico en las mucosas y heridas abiertas.

Marco señaló un pequeño párrafo dedicado a la madre. De ella consiguieron que tenía dos trabajos: uno como camarera y otro como bailarina en clubes nocturnos. No estaba mucho en casa, y de lo poco que compartía con su hijo era en la hora de la cena. De resto, cada uno tenía su propia vida.

Sobre el video del crimen, este era inusual.

2:43 a. m.: Roberto Suar aparecía desde el lado izquierdo, corriendo. Se detuvo en la esquina de la otra cuadra, sacó sus binoculares y observó por estos unos segundos. Se quedó ahí un largo rato y retomó su andar. 2:45 a. m.: César Dolos aparece en bicicleta y colisiona con el sospechoso. Hay un intercambio verbal, donde el niño exige la reparación de su bici y Suar le dice que se vaya. Al final, Suar intenta colocar el pedal en la bici y, de repente el video sufre una corrupción de datos. La imagen se satura de un ruido electromagnético y estática durante cinco minutos. Al restablecerse la señal, Suar consuma el ataque. Lo que resta de los otros diez minutos era la propietaria de la grabación saliendo de su casa, la alerta de los vecinos, algunos inmovilizando a Suar y la detención por la policía.

Entonces, con los datos, los investigadores armaron la historia.

César Dolos se hallaba a esa hora de la noche para cometer uno de sus actos vandálicos. Para su desgracia, se encontró con Roberto Suar, un hombre ahora acusado de la desaparición de las hermanas Valesca, quien iba a buscar a su siguiente víctima, la cual pareció perseguir desde lejos, mientras la miraba con sus binoculares. Pero el niño chocó con este y ambos cayeron. Cuando se levantaron, Suar vio que la presa se le había escapado y, como venganza, asesinó al chiquillo con su cuchillo y herbicida.

—Tengo algunas dudas —dijo de repente Díaz—: ¿Qué sucedió en los minutos donde la cámara falló? No fue hasta que se recuperó la imagen que Suar mató al niño… ¿A quién perseguía Suar? Porque no se menciona que se haya llevado a cabo una investigación para afirmar quién se encontraba por ahí a esas horas. Además, como que falta algo de información, ¿no lo crees? ¿Por qué Suar le insistió al niño que se fuera, para luego arreglarle la bici y después mutilarlo?

Tres golpes en la puerta interrumpieron el análisis. Ambos detectives se miraron.

—Bueno, ahora lo sabrás… espero —le dijo Marco. Observó la puerta—. ¡Adelante!

Cuando la puerta se abrió, entraron dos hombres. Uno de ellos llevaba al otro tomado del hombro, y lo empujaba para que avanzase. El primer hombre llevaba un uniforme policial: era alto, de uno ochenta y cinco, fornido y mirada afilada; cabello corto de color avellana y ojos del mismo tono; rondaba más o menos los cuarenta años, y se podía ver la experiencia, y un poco el cansancio, en su manera de moverse y mirar al entorno. Y a quien llevaba por el hombro, era el segundo hombre: bajo —al menos comparándolo con el oficial—, más o menos un metro setenta; estaba cabizbajo, apenas podían verse sus rasgos faciales; tenía pelo negro alborotado, con una barba incipiente de días sin afeitar; llevaba un conjunto de ropa blanca, prendas que se les daban a los acusados cuando eran detenidos y se les despojaba de todo lo que llevaran encima.

El oficial sentó al sujeto y se arrodilló. Sacó unas esposas de la parte trasera del cinturón y enganchó los dos tobillos del detenido a las patas del asiento. Una vez se levantó, su plan era pararse a un costado, en el rincón, y quedarse para vigilar a su preso. Pero Marco le dijo que podía retirarse y esperar afuera, y este, con un asentimiento de cabeza, obedeció.

Ahora estaban los tres: Dilan Marco y Alicia Díaz de un lado y el recién llegado en el otro. Este alzó la cabeza. Estaba lamentable: tenía los ojos caídos y unas ojeras notorias. Habían arrugas en su frente, lo que le hacía parecer a un hombre de cuarenta y tantos años. Observaba la mesa, aunque a la vez parecía no hacerlo.

—Bueno, Roberto Suar, me presento. Soy la detective Alicia Díaz y él es el detective Dilan Marco. Está aquí por el homicidio del joven César Dolos y, añadido ahora, su presunta vinculación con la desaparición de un hombre y las hermanas Valesca…

—Yo no hice eso —interrumpió con desdén.

No parecía negar lo del asesinato del muchacho, pero sí se puso a la defensiva cuando le mencionaron a los tres desaparecidos. Al menos eso creyó ver Marco.

—Le pedimos cordialmente que nos cuente lo sucedido —continuó Díaz—. En caso de negarse, pues acabaremos la entrevista aquí y usted volverá a su celda y esto quedará en manos de la fiscalía. Solo quiero decirle que su falta de cooperación podría ponerlo en un aprieto ante un posible juzgado.

—¿De qué sirve de todas maneras? Pasó lo que pasó, no hay nada más que declarar.

—Pues lo que pasó debe tener alguna… justificación de por medio. No digo que eso lo eximirá de lo que hizo, pero sus declaraciones podrían utilizarse a favor de usted en el escenario de que un abogado lleve su caso. ¿Ya tiene uno?

—No, y no me interesa.

Díaz empezó a mostrar los primeros atisbos de impaciencia al removerse en el asiento y tamborilear el índice en la mesa. Marco sabía que no llegarían a ningún lado así, entonces, decidió ir al meollo del asunto, a lo que quizás podría despertar en Suar el interés de contar su historia.

—Bien, Suar. Cuéntenos sobre esa flor.

Suar alzó la cabeza y lo observó. Sus miradas chocaron, y entre ellas parecían hablarse. «Lo sabe», le dijo Suar. «Por supuesto», le contestó Marco.

El detenido se acomodó en el asiento y miró a los dos detectives. Parecía recobrar un poco de ánimo, pero luego volvió a bajar la mirada.

—¿De qué sirve? No me creerán.

—No, no lo haremos —se sinceró Marco—; pero piense en esto: puede contarnos lo sucedido, y luego del testimonio, pide un abogado y le cuenta esta misma historia. Este tomará sus declaraciones y le servirán para que, en vez de ir a una unidad penitenciaria, lo manden a un hospital psiquiátrico.

—Pero yo no estoy loco —espetó.

—Tal vez no. Pero, ¿qué prefiere? ¿Pasar el resto de su vida en prisión con verdaderos asesinos (porque me imagino que usted no se considera uno) y vivir con el riesgo de que te maten o te hagan su mascota al ver que no representas una verdadera amenaza? ¿O ser trasladado a un centro de salud mental, donde recibirás atención médica constante, te tratarán bien (si colaboras, claro) y vivirás tranquilo?

La sala quedó sumida en el silencio. Suar lo miraba molesto, aunque este no dijo nada. Aquella palabrería de la cárcel y el manicomio lo habían puesto a reflexionar. Díaz, en cambio, miraba a Marco con una sonrisa de oreja a oreja, maravillada por la breve actitud ruda que tomó su compañero y los métodos —advertencias para nada delicadas— que usó para amainar la actitud poco colaboradora del detenido.

«Negociación por beneficio», dijo Marco confiado. Esperó la respuesta.

—Yo… ¿puedo pedir algunas cosas?

Marco lo miró, curioso, y asintió.

—Si se trata de reducir tu sentencia o darte un lugar específico en la cárcel u hospital, olvídalo.

—No es nada de eso —dijo molesto—. Solo son tres cosas.

»La primera, una botella de agua. Tengo… demasiado que contar. La segunda, quiero que graben la conversación: audio, video… lo que sea. Solo quiero que tengan mis declaraciones. Y la tercera, que va en consonancia con la segunda, que publiquen mi historia en los medios, tanto digitales como tradicionales. Quiero que todos se enteren de lo que voy a decir.

Marco y Díaz se miraron unos segundos. Luego, el detective sacó de su bolsillo su celular y lo dejó en la mesa. Buscó la aplicación de grabador de voz y la abrió.

—La primera y la segunda podemos cumplirla. La tercera… haremos lo que dicte el protocolo de transparencia.

Dicho esto, Marco salió del cuarto y fue personalmente a buscar unas cuatro botellas de agua: dos para Suar —al ser el que hablaría sin parar— y las otras dos para los detectives.

Una vez se acomodaron, Marco pulsó la pantalla y le pidió a Suar que empezara.

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