Chapter 1
El anillo todavía brillaba bajo la luz de la cocina. Yeri lo miró un segundo más de la cuenta mientras removía el café. Tres años de matrimonio. Tres años desde que dijo “sí” con la voz temblando de emoción y los ojos llenos de lágrimas. En aquel entonces creía que el amor era suficiente. Que bastaba con mirarlo y sentir que el mundo a su alrededor se detenía Al principio si fue así. Se conocieron en el último año de universidad, en una fiesta que ninguno de los dos quería estar. Él era el chico tranquilo del grupo de economía, el que siempre llegaba puntual a las clases y tenía esa sonrisa carismática que enloquecía a más de una. Ella acababa de cortar lazos con alguien… o más bien, acababa de dejar de ver a alguien. Pero eso era otra historia. Una que había decidido enterrar. Con su en ese entonces novio, todo fue diferente. Tan dulce y respetuoso. La primera vez que la besó fue después de tres meses de citas, y lo hizo como si tuviera miedo de romperla. Y cuando le pidió matrimonio, lo hizo en el mismo restaurante donde tuvieron su primera cita, con un anillo sencillo pero brillante a la vista, luego de reservar todo el lugar, Yeri le dió el si y todo era mágico hasta ese entonces. Los primeros meses de casados fueron casi perfectos. Desayunos juntos. Viajes cortos los fines de semana. Sexo tierno, a veces apasionado, siempre con esa sensación de que estaban construyendo algo. Ella se despertaba y lo miraba dormir y pensaba: esto es lo que siempre quise. Pero el tiempo tiene una forma cruel de desgastar las cosas y a veces los planes no se construyen como parecen. Primero fueron las horas extras de trabajo. Después las cenas en silencio cuando la casa de sentía fría y vacía. Luego las noches en las que él llegaba tan cansado que solo se duchaba y se dormía de espaldas a ella. El sexo se volvió rutinario, casi educado. Un “te quiero” dicho por costumbre más que por necesidad. Y Yeri empezó a notar el vacío.
No era que él fuera malo. Al contrario. Seguía siendo amable, responsable, el tipo de hombre que cualquiera diría que era un buen esposo. Le preguntaba cómo le había ido el día. Le traía flores de vez en cuando. Le decía que la amaba antes de apagar la luz.
Pero ya no la miraba como antes.
Y ella… ella ya no sentía ese nudo en el estómago cuando él entraba por la puerta. Ya no se aceleraba el corazón. Ya no deseaba que la tocara con urgencia. Solo quedaba la costumbre. La vida en común. El anillo que todavía brillaba, pero que cada día pesaba un poco más en su dedo anular.
A veces, cuando él dormía, Yeri se quedaba despierta mirando el techo y se preguntaba en qué momento había dejado de estar enamorada. No había una pelea grande. No había traición. Solo un desgaste lento, silencioso, casi elegante.
Y en esos momentos de silencio, sin querer, su mente volvía a otra persona.
A alguien que nunca le había prometido nada.
A alguien que la había tocado como si el mundo se fuera a acabar.
A Jeon Jungkook. Lo había conocido en la secundaria, Jungkook era el típico chico famoso por ser alto y extremadamente guapo, era muy inteligente y arrogante a la vez, pero el, a pesar de s ver tenido muchas chicas a su disposición siempre volvía con ella. Ninguno de los dos buscaba algo formal, las hormonas de la adolescencia y la poca inmadurez de la época hicieron que los dos tuvieran una relación solo sexual, a veces las conversación llegaban a ser profundas, Pero la mayoría de encuentros eran solo para explotar más su sexualidad y poder descubrir cosas nuevas del otro, en fin, pura diversión adolcente. Yeri ya no quería pensar en el pasado y menos con su esposo al lado de ella durmiendo solo se dispuso a cerrar los ojos y tratar de conciliar el sueño. Pero no podía, pensar en Jungkook ya era algo peligroso. Y Yeri no era de las que buscaban el peligro. Al menos… eso creía.
Un día había ido al bar solo porque su mejor amiga canceló a última hora y ella no quería volver a casa todavía. El departamento estaba demasiado silencioso cuando él trabajaba hasta tarde, y esa noche necesitaba distraerse con el ruido, la música y la gente. Cualquier cosa que no fuera el eco de su propio matrimonio Pero todo se derrumbó cuando pedía su segundo trago de whisky, al levantar la mirada al mozo, lo vio.
Al principio pensó que era un error de la luz tenue. Ese perfil, la mandíbula marcada, el cabello un poco más largo que el que recordaba, el mismo lunar bajo el labio. Jungkook. Sentado solo en la barra, con una cerveza entre las manos y esa expresión calmada que siempre había tenido cuando estaba pensativo. El corazón se le subió a la garganta. Diez años habia pasado desde la última vez que se vieron. Desde aquella última noche en su antiguo departamento universitario, cuando ella le dijo que había conocido a alguien y que necesitaba “algo serio” en su vida. Él solo había asentado, le había rozado la mejilla con el dorso de los dedos y había murmurado: “Entonces ve. Es hora de que los dos maduremos y sepamos que hacer con nuestras vidas a futuro”. Ahora estaba ahí. Real. A solo metros de distancia. Yeri dudó. Podía irse. Debía irse. Pero los pies la traicionaron y caminó hacia él antes de pensarlo demasiado.
—Jungkook. Él levantó la vista. Por un segundo no dijo nada. Solo la miró, de arriba abajo, como si estuviera confirmando que no era una alucinación. Luego esbozó esa media sonrisa lenta, la misma que siempre le había desarmado.
—Yeri.
Su nombre en su boca sonó exactamente igual que antes. Calmada y un poco rasposa.
—No esperaba verte aquí —dijo él, señalando el taburete vacío a su lado—. Siéntate. Si quieres.
Se sentó. Pedir otro trago fue lo más fácil del mundo. Hablar… también.
Empezaron con lo superficial. Trabajo. Ciudad. Cómo el tiempo había pasado demasiado rápido. El le contó algunas aventuras que tuvo con sus amigos, cuando viajo a Europa. También que había estudiado fotografía.
—¿Que hay de ti? ¿Sigues con el chico de hace 10 años?
Asintió a la pregunta bebiendo un sorbo más largo de la cuenta antes de hablar de su matrimonio.
—Me casé —dijo, y odió lo plano que sonó—. Hace tres años. Es… bueno. Es una buena persona.
Jungkook la miró de reojo, sin juzgar, solo escuchando.
—¿Pero?
La pregunta fue suave. Casi amable. Yeri soltó una risa amarga.
—Pero ya no siento lo mismo. A veces miro el anillo y me pregunto si me lo puse demasiado rápido. Si.. tal vez confundí seguridad con amor.
Hubo un silencio. No incómodo. Solo denso. Jungkook giró la botella entre sus dedos.
—Siempre fuiste de las que necesitaban sentir fuego —murmuró—
Ella no respondió. Porque tenía razón.
—No hablemos de mi, que hiciste en estos 10 años.
—Wow, 10 años, ambos tenemos 30 ahora.
—El tiempo es veloz. Pero en realidad, como te contaba, no hice mucho, terminé mi carrera, con ayuda de mis padres abri un estudio fotográfico y eso, estoy bien económicamente así que, mi vida no es complicada.
—¿Y con las chicas?
—Termine una relación de un año y medio.
—Wow, eso es mucho para ser tu.
—Basta —rio, mientras tomaba un nuevo sorbo de cerveza— ¿Porque todos me dicen lo mismo?
—Mmm ¿Será por qué tengo razón?
—Bueno, en parte, algo de razón tienes.
—¿Porque terminaron?
—Costumbre, supongo. Se que está mal decir esto pero, no me gustan los compromisos, mi ex me encantaba y estaba seguro de dejar mi vida playboy por ella, pero luego extrañaba la necesidad de estar solo, de no tenerle nada a nadie y no se. Es algo complicado.
—Te entiendo, luego de 3 años de matrimonio, y que mis suegros y mi familia me presionen para que quede embarazada, extraño estar soltera. Es raro, se que esta mal, y que debería decírselo, Pero al mismo tiempo no quiero perderlo, es un gran hombre.
—Te extrañe yeri, este tipo de conversaciones no las tenía en años.
—Salud por eso —yeri acercó su pequeño vaso al gran vaso de cerveza que tenía Jungkook—
Los tragos siguieron y la conversación se volvió más íntima. Recordaron noches viejas. Risas. Cómo él siempre había sabido exactamente dónde tocarla para hacerla temblar. Jungkook no fue explícito. No necesitaba serlo. Bastaba con la forma en que la miraba, con la cercanía de sus rodillas bajo la barra, con esa voz baja que le rozaba la piel aunque no la estuviera tocando. No estaban pensando, ninguno de los dos lo hacía, de estaban dejando llevar por la intoxicación de sus cuerpos. Cuando el bar empezó a vaciarse, él dejó dinero sobre la madera y se inclinó un poco hacia ella.
—Mi departamento está a tres calles. Podemos seguir la conversación ahí.
Yeri sabía que debía decir que no. Sabía que el anillo en su dedo pesaba más que nunca. Pero el alcohol, la nostalgia y ese vacío que llevaba meses arrastrando fueron más fuertes.
Asintió.
El camino fue silencioso. El ascensor también. Cuando la puerta del departamento se cerró detrás de ellos, Jungkook no la besó de inmediato. Primero le quitó el abrigo. Después le rozó la mejilla con los nudillos, exactamente igual que diez años atrás.
—Dime que estás segura —susurró.
Ella no lo estaba. Pero igual lo besó.
Fue urgente. Sucio. Familiar y nuevo al mismo tiempo. Se quitaron la ropa entre la entrada y el sofá. Jungkook la levantó como si no pesara nada y la llevó a la cama. Allí fue dominante sin ser cruel: le sujetó las muñecas, le mordió el cuello, le habló al oído con esa voz grave que le decía exactamente lo que iba a hacerle. Yeri se corrió dos veces antes de que él terminara, temblando, con el nombre de él atrapado en la garganta y la culpa ya empezando a crecer en el pecho. Pero no paro y tampoco quería hacerlo.
Cuando abrió los ojos a la mañana siguiente, el viento frio de la ciudad entraba por la ventana. Jungkook dormía de lado, un brazo todavía alrededor de su cintura, la respiración calmada. El anillo de matrimonio brillaba sobre la sábana blanca como una acusación.
Yeri se levantó en silencio. Se vistió con dedos torpes. Él se despertó cuando ella ya estaba abrochándose los zapatos.
—Yeri…
—Fue solo una noche —dijo sin mirarlo del todo—. No se va a repetir. Por favor olvides que esto paso.
Jungkook se incorporó despacio, el pecho desnudo, el cabello revuelto. No pareció sorprendido. Solo la observó con esa calma peligrosa.
—Está bien —respondió al final, voz ronca—. Si eso necesitas.
Ella no contestó. Salió del departamento con el corazón latiéndole demasiado fuerte y la certeza de que acababa de abrir una puerta que no sabía cómo volver a cerrar.
Dijo que no se iba a repetir.
Lo dijo con la voz firme esa mañana en el departamento de Jungkook mirándolo a los ojos. Lo repitió mentalmente todo el camino de regreso a casa. Lo repitió cuando se metió en la ducha y frotó su piel con demasiada fuerza, como si pudiera borrar el olor de él. Lo repitió cuando su esposo llegó esa misma noche, le dio un beso en la mejilla y le preguntó cómo le había ido anoche en casa de su amiga. Porque si, le mintió. Y la culpa la carcomio. Pero la tentación no entiende de promesas. Y pasaron solo once días. Once días de mensajes que ella juró no responder. De fotos que él le mandaba sin texto: su mano sosteniendo una cámara, el skyline de la ciudad desde su ventana, una sábana revuelta. De noches en las que Yeri se quedaba despierta mirando el techo mientras su esposo roncaba suavemente a su lado, y el cuerpo le pedía algo que ya no encontraba en esa cama. La duodécima noche escribió.
¿Estás libre?
La respuesta llegó en menos de un minuto.
Para ti, siempre.
Sabía que Jungkook estaba jugando el mismo juego que ella y fue peor que la primera vez. Porque esta vez no había alcohol que culpar. Solo la debilidad de como reaccionan sus cuerpos al tacto del otro. Solo el vacío. Jungkook la recibió en la puerta, la empujó contra la pared apenas entró y la besó como si hubiera estado esperando exactamente ese momento. No hubo conversación. No hubo preguntas. Solo ropa cayendo, gemidos ahogados y la certeza amarga de que había cruzado una línea que ya no tenía retorno.
Cuando volvió a casa, casi de madrugada, se metió en la ducha otra vez. El agua caliente no fue suficiente para lavar la culpa… ni el placer que todavía le temblaba entre las piernas.
Dos días después, el esposo llegó del trabajo más temprano de lo habitual.
Yeri estaba en la cocina, de pie frente a la isla, comiendo yogurt directo del vaso con una cuchara. Llevaba el cabello suelto y una de sus camisetas viejas. Él dejó el maletín sobre la mesa y se acercó.
—Hola —dijo.
La voz era educada. Casi distante.
—Hola —respondió ella, sin girarse del todo—. ¿Quieres que te caliente algo?
—No, gracias. Comí en la oficina.
Hubo un silencio breve. Él abrió la nevera, sacó una botella de agua y se apoyó contra el refrigerador, observándola.
—Tengo que hablar contigo.
Yeri de tenso dejando la cuchara. El estómago se le contrajo.
—Mi madre está peor. Los médicos dicen que los próximos días son críticos. Tengo que viajar mañana temprano. Estaré fuera al menos cuatro o cinco días.
Ella asintió despacio.
—Claro. Entiendo.
Él dudó un segundo. Luego agregó, con esa calma que siempre había tenido:
—Puedes venir conmigo, si quieres. Sé que el trabajo te tiene ocupada, pero… si necesitas estar ahí, o si simplemente quieres acompañarme…
Yeri sintió el peso de la oferta. La salida fácil. La esposa perfecta que deja todo y viaja con su marido en un momento difícil. Pero la imagen de Jungkook cruzó su mente como un latigazo: la forma en que la miraba cuando estaba dentro de ella, la voz ronca diciéndole que era suya aunque no lo fuera.
—No puedo —dijo, y odió lo rápido que salió la respuesta—. Tengo una entrega importante esta semana. Si me ausento ahora… se complica todo.
Él la observó un momento más. No pareció sorprendido. Ni decepcionado. Solo… aceptó.
—Está bien. Lo entiendo.
Se acercó, le dio un beso breve en la sien y subió a empacar. Yeri se quedó en la cocina, el yogurt olvidado a la mitad, el corazón latiéndole con una mezcla peligrosa de alivio y vergüenza.
Esa misma noche, cuando él ya dormía de espaldas, ella tomó el teléfono en silencio.
Escribió el mensaje sin pensarlo demasiado.
Se va mañana. Estará fuera varios días.
La respuesta de Jungkook llegó casi al instante.
Entonces quédate conmigo hasta que regrese.
Yeri miró la pantalla. El anillo brilló bajo la luz del mismo celular. La culpa le apretó el pecho con fuerza… pero sus dedos ya estaban respondiendo.
Si, eso haré.
La puerta se abrió antes de que pudiera tocar.
Jungkook estaba en el marco, descalzo, camiseta negra, cabello todavía húmedo. La miró en silencio un segundo de más, de arriba abajo, y luego se hizo a un lado.
—Si viniste, pensé que te ibas a arrepentir.
—En realidad, iba a escapar, pero ya habías abierto la puerta.
Jungkook rio y yeri al entrar cerro la puerta. El departamento olía a él. Yeri dejó el bolso en el sofá y se quedó de pie, sintiendo de pronto el peso de todo: el avión que ya había despegado, el anillo en su dedo, el hecho de que nadie sabía que estaba ahí. Y que en el trabajo en realidad había pedido unos días de descanzo.
Jungkook se acercó despacio. No la tocó todavía. Solo se detuvo frente a ella.
—Todavía puedes irte —murmuró—. Te veo muy nerviosa, ¿te sientes... Culpable?
Ella levantó la vista.
—No quiero irme.
Él sonrió apenas, esa media sonrisa peligrosa, y recién entonces la tocó. Le sujetó la cara con ambas manos y la besó con una lentitud casi cruel. No fue un beso desesperado. Fue profundo y controlado. Como si tuviera horas por delante y pensara usarlas todas.
La besó hasta que a Yeri se le aflojaron las rodillas. Solo entonces bajó las manos a su cintura y la atrajo contra él. Pudo sentir lo duro que ya estaba, pero Jungkook no tenía prisa. Le quitó el abrigo. Después el suéter. Después la camisa, botón por botón, besando cada nuevo trozo de piel que iba descubriendo. Cuando quedó solo en el sujetador y la falda, la levantó y la sentó sobre la isla de la cocina.
—Con esta luz te ves jodidamente bien —dijo en voz baja—. Quiero verte, mírame a los ojos cuando te hablo.
Le abrió las piernas y se colocó entre ellas. Besó su cuello, su clavícula, el borde del sujetador. Le bajó los tirantes con los dientes y luego se lo quitó del todo. Sus manos subieron a sus pechos, las acarició, las apretó, y después bajó la boca a un pezón. Chupó despacio, con devoción, mientras la otra mano bajaba por su muslo y se metía bajo la falda.
Yeri arqueó la espalda cuando los dedos de él rozaron la ropa interior.
—Ya estás mojada… —murmuró contra su pecho—. Y apenas te estoy tocando.
Le bajó la ropa interior sin quitarle la falda. Dos dedos se deslizaron entre sus pliegues, lentos, precisos. Jungkook la miraba a la cara mientras la penetraba con los dedos, observando cada expresión, cada temblor. Cuando encontró el punto exacto, curvó los dedos y empezó a moverlos con un ritmo constante. Su pulgar rozaba el clítoris al mismo tiempo.
—No te corras todavía —le dijo, voz ronca—. Quiero que te aguantes.
Ella gimió, clavándole los dedos en los hombros. Él no aceleró. La mantuvo justo al borde, torturándola con paciencia, hasta que Yeri estuvo temblando y pidiendo sin palabras. Solo entonces la bajó de la isla, la giró y la obligó a apoyarse sobre la madera con las manos encima de la encimera.
Le levantó la falda hasta la cintura. Se arrodilló detrás de ella y la lamió.
La lengua de Jungkook era lenta, sucia, experta. La abrió con los dedos y la comió como si tuviera todo el tiempo del mundo. Yeri se mordió el labio para no gritar. Él no se detuvo ni cuando ella empezó a empujar las caderas hacia atrás. Solo cuando la sintió a punto de correrse otra vez, se levantó, se bajó el pantalón y la penetró de un solo empujón profundo.
El gemido que soltó Yeri fue casi un sollozo.
Jungkook se quedó quieto un segundo, metido hasta el fondo, respirando agitado contra su espalda.
—Tan apretada… —susurró—. Siempre tan perfecta para mí.
Empezó a moverse. Lento al principio. Luego más fuerte. La isla estaba fría bajo ellos. Una de sus manos le sujetaba la cadera, la otra le rodeaba el cuello con suavidad, sin apretar, solo para mantenerla donde quería. Cada embestida era profunda, precisa. Yeri se corrió así, de pie, temblando, con la frente apoyada en la madera fría.
Él no se detuvo.
La cargó en brazos y la llevó a la habitación. La depositó en la cama de espaldas y se acomodó entre sus piernas otra vez. Esta vez fue más lento, más emocional. La miraba a los ojos mientras entraba y salía de ella. Le besaba la boca, la mandíbula, el cuello. Le decía cosas en voz baja:
—Eres mía cuando estás aquí. Aunque te vayas. Aunque vuelvas con él. Ahora estás aquí.
La puso de lado después. Una pierna de ella levantada, él entrando desde atrás, más profundo todavía. Le mordía el hombro, le hablaba al oído, le frotaba el clítoris con los dedos al mismo tiempo. Yeri se corrió otra vez, más fuerte, casi llorando del placer.
Cuando recuperó el aliento, Jungkook se recostó de espaldas y la atrajo encima.
—Ahora tú —dijo, voz ronca pero suave—. Quiero ver cómo me has extrañado.
Ella se acomodó y bajó sobre él despacio. Ambos soltaron un gemido largo cuando él desapareció por completo dentro de ella. Yeri empezó a moverse, estaba tan sensible. Jungkook le sujetaba las caderas, la ayudaba, la miraba como si estuviera hipnotizado. Cada vez que ella bajaba hasta el fondo, él levantaba las caderas para encontrarla. El ritmo se volvió más rápido, más desesperado. La cama golpeaba contra la pared.
Se corrieron casi al mismo tiempo. Ella primero, contrayéndose alrededor de él; él segundos después, enterrado hasta el fondo, con un gemido grave y el cuerpo temblando.
Pero no terminó ahí.
Se quedaron abrazados un rato, sudados, respirando agitados. Jungkook le acariciaba el cabello con una ternura que contrastaba con todo lo que acababan de hacer. Después la besó otra vez. Lento. Dulce. Y la dureza volvió.
Después de la última ronda se arrastraron hasta el baño entre risas cansadas y besos perezosos. El agua caliente corría sobre sus cuerpos mientras Jungkook la atrapaba contra la pared de la ducha, besándole el cuello y pasándole las manos por el abdomen con una lentitud casi juguetona. Las gotas resbalaban por su torso definido, haciendo brillar el tatuaje que siempre había vuelto loca a Yeri. Él se fue poniendo duro otra vez contra su muslo, sin prisa, como si el simple contacto bastara.
—¿Te acuerdas? —le susurró al oído, rozándole el lóbulo con los labios—. Esas tardes en la residencia de la escuela… cuando te tocaba exactamente así y te hacías la que no querías, pero terminabas temblando igual que ahora.
Sus dedos bajaron entre las piernas de ella y empezaron a moverse en círculos lentos, firmes, golpeando suavemente de vez en cuando justo donde más lo necesitaba. Yeri no se resistió. Se dejó caer de rodillas frente a él bajo el chorro de agua, mirando la imagen más excitante que había visto en años: el cabello húmedo pegado a la frente, el pecho subiendo y bajando, ese tatuaje oscuro contrastando con la piel pálida, y su polla dura justo frente a su boca.
Lo tomó entre los labios. Jungkook soltó un gemido grave y le enredó los dedos en el cabello, tirando con suavidad cada vez que ella bajaba más profundo. Los sonidos que él hacía eran música pura. Yeri subió una mano hasta sus testículos, masajeándolos con ritmo, mientras lo chupaba con ganas. No tardó mucho. Jungkook apretó el agarre en su cabello, gimió su nombre y salió para correrse en su cara, caliente y espeso. Yeri lo saboreo de nuevo tratando de que no quede ninguna gota, lo tragó todo, mirándolo desde abajo mientras él recuperaba el aliento.
Todavía temblando un poco, Yeri se levantó, se giró y se apoyó de espaldas contra él, levantando el trasero en una invitación clara. Jungkook no dudó. Le dio la primera nalgada fuerte. El sonido resonó en el baño. Luego otra. Y otra. La piel se le puso roja y sensible al instante. Cada palmada le arrancaba un jadeo y la hacía mojarse más.
Cuando él se metió de un solo empujón profundo, Yeri soltó un grito ahogado. Jungkook la folló con fuerza, sin piedad, mientras le seguía pegando en el culo al ritmo de las embestidas. Ella gemía y gritaba palabras rotas que ni ella misma entendía. Él la volteó sin salir de su interior, la levantó como si no pesara nada y la pegó contra la pared fría del baño. Las piernas de Yeri se enredaron en su cintura y él volvió a arremeter, más profundo todavía, más desesperado.
—Jungkook… para… ya no puedo… —suplicó entre lloriqueos, la voz rota de tanto placer.
Él no hizo caso. Bajó una mano entre los dos cuerpos y empezó a frotar su clítoris con precisión cruel, sin dejar de embestirla. El orgasmo la golpeó como una ola. La espalda se le arqueó con violencia, la cabeza se le fue hacia atrás y un grito largo se le escapó de la garganta mientras chorros de su esencia resbalaban por los muslos y por el cuerpo de él. Estaba teniendo el mejor sexo de su vida y lo sabía.
Jungkook se corrió segundos después, enterrado hasta el fondo, besándole las mejillas con una ternura absurda mientras se vaciaba dentro de ella.
Se quedaron así un rato, bajo el agua que ya empezaba a enfriarse, respirando agitados, pegados el uno al otro.
Esto no estaba bien.
Para nada.
Yeri solo estaba llenando un vacío con pura tentación sexual. Podría haberlo intentado con su esposo, podría haber luchado por recuperar lo que una vez sintió… pero no lo quiso así. Eligió lo más fácil. O tal vez lo más peligroso.
Como Eva con el fruto prohibido, Yeri mordió sin pensarlo dos veces.
Y jamás se arrepentiría de haber cometido ese pecado.








