Prólogo
El despertador sonó a las seis de la mañana.
Por fin abrió los ojos, con su mirada fija en el techo, pensando exactamente lo mismo que había pensado el día anterior, y el anterior a ese. Mismos que tuvo la semana pasada.
Otra vez.
Park Jimin se levantó sin ganas, frotó sus ojos para quitarse la pereza, caminó a su cocina para prepararse un café negro, cargado. Sus pantunflas eran arrastradas a lo largo de su departamento mientras buscaba sus ganas de ir al trabajo. Revisó el calendario y se dio cuenta que faltaban cinco días para el cobro de la renta, por ello revisó en su teléfono su aplicación bancaria. Frunció el ceño al ver la cifra y dejó escapar un suspiro.
Aún faltaban siete días para recibir su siguiente pago.
— Tendré que pedirle al señor Kang que me de dos días más para pagar...—pensó en voz alta.
Esa era su vida. Vivía en armonía con la ansiedad. Pidiendo prórrogas para poder pagar y que, al final del día, su banco volviera a tener cantidades de dos cifras. Incluso él mismo día que habían depositado el pago.
A kilómetros de allí, Yoongi no vivía una vida diferente que Jimin.
Dos vidas distintas. La misma rutina.
Trabajar. Pagar. Sobrevivir. Dormir.
Y volver a empezar el día siguiente.
— Esto no está funcionando...
— ¿Estás terminando conmigo? —preguntaba Yoongi a aquel hombre delante suyo con el que había estado saliendo los últimos cinco meses.
— Si, así es, la verdad es... ¿qué haces?
Yoongi ya estaba de pie a un lado de la mesa con su bolso, sacando un total de quince dólares de su billetera, mismos para pagar su bebida y un sandwich de pollo que había pedido.
— Me voy —respondió guardando sus cosas con completa calma, no tenía prisa, pero tampoco iba a estar todo el día escuchando las mismas palabras que siempre le decían.
— ¿Ni siquiera te importa? —le preguntó aquel hombre, la misma pregunta que siempre le hacían.
"¿No te importa?" "¿Si quiera te gusté?" "Deberías luchar un poco más"
— ¿Por qué debería? Terminaste conmigo, está bien. Si no querías terminar conmigo, sólo no lo hagas. Ya somos mayores como para estar peleando por una relación que tú mismo te diste cuenta que no funcionaba.
Y sin dejarle tiempo a replicar. Salió del café en el que se encontraba. Era una batalla perdida intentar dialogar con alguien que solo le terminó para intentar lograr algo que dentro de la misma relación no hacía. Avivar una llama que jamás fue encendida.
Los hombres que cruzaban en la vida de YoonGi siempre eran los mismos. Y él se preguntaba qué hacía para seguir repitiendo el mismo patrón incluso cuando el deliberadamente buscaba personas diferentes ¿es que necesitaba salir con una mujer?
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—¿Sabes qué es lo peor? —preguntó Jimin tirándose en el sillón de la sala de estar en el departamento de Yoongi.
Este solo levantó la mirada de su teléfono.
—¿Qué?
—Que mañana va a ser exactamente igual —soltó dando un suspiro pesado, intentando así sacar la monotonía de su cuerpo.
Yoongi soltó una pequeña risa.
—Qué optimista.
—Lo digo en serio —Jimin apoyó la mejilla sobre su mano—. Me voy a levantar, voy a trabajar ocho horas, voy a llegar cansado a casa, voy a revisar mi cuenta y voy a preguntarme por qué sigo haciendo esto.
—Porque necesitamos dinero —Yoongi respondió encogiéndose de hombros.
Jimin guardó silencio. Negando por aquello, desesperado de no poder hacer algo diferente con su vida.
—Ese es el problema. Trabajamos para conseguir el mínimo, pagar el mínimo, y quedarnos con el mínimo del mínimo al final del día. Esperando la siguiente quincena para poder repetir el mismo patrón. Sin vacaciones, sin lujos, sin un viaje que nos ayude a quitarnos el estrés.
Yoongi no respondió.
No hacía falta.
Él también conocía demasiado bien aquella sensación.
Trabajar para poder pagar. Pagar para poder seguir trabajando.
Habían aprendido a medir los meses en fechas de pago, las semanas en horas de trabajo y los días buenos en aquellos en los que podían permitirse algo más que lo necesario. Como su helado favorito de la tienda a dos cuadras. No más.
No eran infelices.
O al menos eso se repetían.
Simplemente estaban cansados.
Cansados de esperar que algún día algo cambiara.
— Ya no quiero seguir con esta vida —agotado, Jimin se levantó del sillón y se dirigió a la cocina.
— Pero tampoco podemos permitirnos algo más allá de todo esto. La renta vale tres cuartos de mi salario al mes, y el resto es para comprar víveres. —respondió Yoongi, pero observando a su amigo atacar su alacena.
— Eso va a cambiar. Vamos a hacer algo para que cambie.
— ¿Cómo que?
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— ¿Un viaje? —pregunta Yoongi arriba del auto.
— No cualquier viaje. ¡Un viaje por carretera! —exclamó Jimin emocionado.
Habían empacado tres maletas para tomarse unas vacaciones de tres semanas lejos de la ciudad. Ambos pidieron permiso a sus respectivos jefes para poder irse un par de semanas y poder salir de aquella aburrida rutina. Pidiendo un adelanto de sus sueldos para poder pagar gasolina y alimentación. El hospedaje sería el auto rentado.
Yoongi realmente nunca preguntó qué iban a hacer, su amigo solo alardeaba de que serían las mejores vacaciones de su vida, algo que cambiaría todo por completo.
Y vaya que tenía razón.
— ¿Cómo crees que vamos a subirnos a un auto y conducir por todo el país, Jimin? No tiene sentido —explicó el mayor de los dos, negando ante aquella posibilidad.
— Nos vamos a turnar, no vas a conducir todo el camino. Y tampoco voy a conducir solo yo. Es parte de la experiencia —explicó mientras cerraba la puerta de la cajuela, lista para irse.
No se sentía completamente confiado de aquello. Pero al mismo tiempo lo sabía que nunca había hecho nada para salir de la rutina, y ahora estaba su amigo orillándolo a realizar algo que, ciertamente, también quería hacer.
Estaba harto de que lo único interesante en su vida eran sus relaciones esporádicas de no más de dos meses de duración. Relaciones que nunca le importaron por ser lo mismo que lo estaba orillando a hacer aquello.
La monotonía.
Jimin pensaba igual. Lo más interesante en su vida era cuando en lugar de 15 dólares, le sobraban 30 para poder comprarse un café doble con nieve encima. Ya ni siquiera se ponía a ver los mensajes que le llegaban a su bandeja de entrada, porque sentía que todos los hombres eran lo mismo. Ya ni siquiera le interesaba.
— Nos vamos —Jimin asiente ante aquello, tomando la mano de su amigo para llevarlo hasta el asiento del copiloto y subirlo, ya que este estaba más en shock que proactivamente haciendo algo.
Yoongi sentía que algo iba a pasar, se sentía incómodo pero al mismo tiempo ansioso. No sabía si quería ir, o quería correr de vuelta a su cama para esconderse, dormir todo el día y mañana despertarse para volver a su cubículo a hacer hojas de cálculo. Pero la persona a su lado estaba tan emocionada que de cierta manera se convenció que su presentimiento era algo bueno, solo le daba miedo cambiar su rutina.
El auto encendió.
El freno de mano se desbloqueó.
Jimin pisó el acelerador.
Salieron del estacionamiento.
Un viaje que estaba por cambiar sus vidas. Ninguno sabía hasta qué punto lo iban a hacer. Encendieron la música del estéreo y colocaron una canción que les gustaba a ambos.
— Vamos, anímate. La vamos a pasar increíble —exclamó Jimin con sus lentes de sol nuevos, sintiendo el viento de afuera golpear su rostro, sonriendo por sentirse liberado de aquella manera.
Yoongi tomó una fuerte respiración, cerrando sus ojos, desestresándose de aquellos pensamientos que estaban pasado por su mente, hasta que logró relajarse. Total.
¿Qué podría pasar?
Repetía en su cabeza hasta que su cuerpo se relajó. Miró por la ventana, observando como la ciudad comenzaba a irse, y todo se volvía montaña.
— Todo está atrás, no pienses en nada ahora, disfrutemos —le repetía Jimin mientras seguía cantando.
Todo estaba bien, el sol poniéndose en el horizonte, escondiéndose detrás del mar. Las montañas iluminadas por la luz coral del atardecer, el viento frío en su rostro, cantando sus canciones favoritas. Todo estaba bien.
Nada les previno de la curva cerrada que estaba justo a unos metros después de haber salido de la ciudad.
Mucho menos les avisaron del canción que iba invadiendo carril, no dándoles tiempo de orillarse para dejarlos pasar.
Nunca pudieron haber estado listos para ver cómo, desde adentro, dejaban de ver el camino, y comenzaron a ver el barranco por el que se estaban cayendo.
Todo se volvió negro en un abrir y cerrar de ojos.
Ojos que nunca volvieron a abrirse.








