El Extranjero by Rower Arroyo at Inkitt
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El extranjero

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Hay un vagabundo en el pueblo al que mi abuela a veces le da de comer. Siempre me pregunté por qué lo hacía.

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El extranjero

Una soleada tarde de mi infancia, cuando las calles de mi pueblo eran todavía de arena, caminaba de la mano con mi abuelita, rumbo al mercado.

Por el camino vimos a un vagabundo conocido, en su esquina de siempre, con su barba sucia y canosa que le llegaba hasta el ombligo. Él nunca pedía dinero ni comida, pero mi abuelita siempre le dejaba algo de comer de camino de regreso. Siempre me pregunté por qué lo hacía.

Mi abuelita era una de esas viejas gruñonas que incomodan a las señoras de la frutería y de las tiendas, quejándose de los precios. Me decía que nunca debía darle dinero a ninguna persona de la calle, ya que se lo gastarían en drogas; y mucho menos comida, ya que se acostumbrarían a no trabajar para ganarse el pan de cada día. Pero a él siempre le dejaba una hogaza de pan o una cajita de jugo.

Cuando terminamos de hacer la compra y regresamos por el camino de siempre, el vagabundo levantó la cabeza y se nos quedó viendo. Sabía que mi abuelita le iba a dar algo, pero no extendió las manos ni dijo nada hasta que ella empezó a rebuscar en las bolsas.

Cuando mi abuelita le puso en las manos un cartón de leche, él empezó a hablar en extraños galimatías, como hacía siempre. En sus profundos ojos azules, que de vez en cuando descubría al levantar sus anchas cejas, pude notar el brillo de una lágrima. Aunque no se le entendía nada de lo que decía, estaba seguro de que, de alguna forma, le estaba dando las gracias a mi abuelita.

—Vámonos, mijo —dijo ella con su rostro serio de siempre.

Yo asentí y seguimos caminando.

—Mamaita —le pregunté, cuando nos hubimos alejado lo suficiente—, ¿por qué ese señor habla así de raro? ¿La droga le dañó la mente, como a los demás?

Mi abuelita sacudió la cabeza, pero no dijo nada más. Era el tipo de persona que solamente te responde exactamente lo que le preguntaste, pero yo había aprendido a hacer las preguntas correctas a la hora de hablar con ella.

—¿Por qué a él sí le das comida, mamaita? ¿No me dijiste que así se malacostumbran?

—Ay, mijito… si supieras. Esa historia es muy triste. Cuando seas mayor, te la cuento.

—Pero yo quiero saber… Porfa, mamaita. Yo no me pongo triste.

Ella suspiró con cansancio.

—Bueno, pues, pero me ayudas a cortar las verduras.

Enseguida me arrepentí, pero no se lo hice saber a mi abuelita. Ella me miró con el rabillo del ojo. Creo que se dio cuenta, pero no dijo nada.

Pero ese día, mi abuela murió sin haberme contado la historia.

Su velorio fue dos días después, y mis padres no asistieron. Llevaban peleados con ella desde que me llevó de la casa. Me había descubierto unos moretones en los brazos, así que metió todas mis cosas en una bolsa grande de basura y me llevó a vivir con ella.

Me gustaba vivir con mamaita, pero su corazón ya estaba muy débil y fumaba mucho.

Cuando empezó a llover, los invitados se metieron a la casa, pero yo me quedé acompañando a mamaita un rato más. Hasta que se hizo de noche.

—¿Y ese muchacho hasta cuándo se va a quedar ahí parado? —escuché decir a una de mis tías.

—Déjalo, mujer —respondió su marido, un señor barrigón que de vez en cuando me llevaba ropa que le quedaba pequeña a su hijo—. Estaba muy pegado con ella. Lo crio desde chiquito, así que es normal que le pegue tan duro.

Dentro de la casa pusieron música, y el aroma de un sancocho me hizo sonar las tripas. Mi abuelita estaba ahí, bajo la tierra empapada de lluvia, con un girasol en las manos que yo mismo le puse, porque era su flor favorita.

En ese momento, sentí una mano sobre mi hombro. Era el vagabundo.

De pie, era altísimo. Nunca había conocido a nadie tan alto como él, y llevaba una ropa distinta a la de siempre: un traje negro, con zapatos raros de punta, que olía a guardado y a humedad.

—Tu… abuela —dijo con una voz rara, como si se rascara el paladar con la lengua—. Era buena mujer. Buena amiga. Siento… mucho.

Se sacó del saco una margarita y la colocó sobre el montículo de tierra suelta. Me dio una palmadita en el hombro y se volvió para marcharse.

—Ella… —aventuré— me dijo que iba a contarme tu historia, antes de…

Bajé la mirada, de repente agobiado por el recuerdo de cuando cayó en la cocina y empezó a convulsionar, botando espuma por la boca.

Los ojos se me aguaron.

Bajo la barba del hombre, que le cubría casi todo el rostro, pude distinguir una expresión de verdadera simpatía.

—Es… historia triste.

Yo tragué saliva y asentí. Él se me quedó viendo durante unos segundos antes de señalar con la barbilla un banco cercano, al que nos dirigimos enseguida. Mis tíos no repararon en mi ausencia, o no les importó.

Tomamos asiento, y el anciano tomó una bocanada de aire antes de empezar.

—Yo… tenía mujer. Era mujer hermosa, de este pueblo. Y tenía también a Natasha, niña linda con los ojos de su madre. Yo vine de Europa. Vacaciones tranquilas, conocer gente… era lo normal para mí. Pero entonces conocí a Erica, y supe que sería el amor de mi vida, mi esposa…

»Me costó mucho enamorarla; era mujer orgullosa, de voluntad inquebrantable. Me recordaba a mi madre, que me crio sola, sin ayuda de padre. Yo la admiré desde que la conocí. Mi Erica… —El hombre miró al cielo, e incluso entre las gotas de lluvia pude distinguir sus lágrimas brillantes.

»Pero conseguí enamorarla y la llevé a mi país, donde nos casamos y vimos nacer a nuestra Natasha. Pero mi Erica quería vivir en este pueblo. Quería que su hermanita, que era tan pequeña cuando la conocí que seguramente ya no me recordaba, conociera a la pequeña Natasha.

El anciano se quedó mirando al cielo, en silencio, durante algunos segundos antes de continuar. Cuando finalmente decidió hacerlo, la lluvia había empezado a amainar.

—Y entonces… yo le dije que podía adelantarse. Yo quería despedirme para siempre de madre y de mis amigos. Tomé un vuelo al día siguiente, pero cuando llegué… en las noticias vi que el vuelo del día anterior había chocado contra el agua. Y no hubo sobrevivientes.

Se me hizo un nudo en la garganta. Él se abrazó a sí mismo con fuerza antes de seguir:

—Y yo… no supe qué hacer. Sin mi Natasha… sin mi Erica… sin ellas… No tuve razones para continuar viviendo.

Yo me lancé hacia él y lo abracé con fuerza. Él me devolvió el abrazo y lloramos juntos.

Cuando finalmente nos calmamos, él me alejó con suavidad y me miró a los ojos.

—Pero cuando me disponía a dejarme morir en la esquina donde he estado sentado desde entonces, una niña tiró de la manga de mi camisa y me ofreció una hogaza de pan. Se trataba de la hermana de mi Erica, aunque era ya una muchacha. Sus ojos eran como los suyos, y tú tienes también su mirada.

Él sonrió.

—A ella le debo mi vida, y por eso vine a despedirme.

Me puso una mano en la cabeza.

—Y gracias a ti, joven, por escucharme.

Empecé a escuchar murmullos en la casa. Al volverme, vi a dos de mis tíos en la puerta, uno de ellos con un machete en la mano. Me miraban a mí y al señor con ojos intranquilos, y mis tías se apelotonaban tras ellos en la puerta, murmurando entre ellas con preocupación.

—Parece que ya es hora de irme.

El hombre se levantó y salió de la propiedad, con las manos guardadas en los bolsillos.

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