Capítulo 1
El que llega con la lluvia
La lluvia en París nunca era solo lluvia. Era un veredicto, un castigo, una prueba de resistencia que la ciudad imponía a sus habitantes cada otoño para recordarles quién mandaba. Y aquel día de octubre de 1858, París había decidido ejercer su autoridad con especial saña.
Nathaniel Delacroix estaba refugiado bajo los soportales de la Gare de l’Est, con los hombros encogidos y el humor más negro que el cielo que lo amenazaba. Llevaba allí casi dos horas. El reloj de la estación marcaba las cuatro y media, pero su abuelo le había dicho que el tren llegaría a las tres. Un retraso. Por supuesto. Como si la mañana no hubiera sido ya suficientemente desastrosa.
Su paraguas, un trasto miserable que había comprado de segunda mano hacía tres años, había decidido suicidarse aquella misma mañana. El viento lo había vuelto del revés con un chasquido seco, dejando las varillas dobladas en un gesto que Nathaniel interpretó como una burla personal. Ahora lo sostenía bajo el brazo, inútil, mientras el agua se filtraba por el cuello de su abrigo y le empapaba los puños de la camisa.
Un asistente chino, pensó, repasando la carta que su abuelo le había enviado desde Marsella. Eso es lo que me ha dejado en herencia. Un asistente que ni siquiera habla bien francés. Como si la tienda no estuviera ya bastante hundida.
La carta estaba arrugada en el bolsillo interior de su chaqueta, tantas veces la había leído en los últimos días que ya se la sabía de memoria. Mike —nunca le había llamado abuelo, siempre Mike, como si el parentesco fuera una molestia menor— le explicaba que Xiao Lian era el hijo de un artesano textil de Suzhou, que había trabajado con él durante los años que pasó en China, y que sabía más de seda y porcelana que nadie en Europa. Si le das una oportunidad, escribía Mike con esa letra temblorosa que delataba sus años, él te enseñará algo que ni siquiera sabes que necesitas.
Nathaniel había resoplado al leer aquello. No necesitaba nada. Necesitaba que la tienda diera beneficios, necesitaba pagar las deudas que su abuelo había ido acumulando en sus años de ausencia, necesitaba que el banco dejara de mirarlo con esa sonrisa condescendiente que reservaban para los pobres con pretensiones. No necesitaba un chico chino que probablemente no sabía distinguir un Burdeos de un Borgoña.
El silbato del tren lo sacó de sus cavilaciones. Una locomotora negra emergió de la niebla con un rugido de vapor y hierro, arrastrando tras de sí una hilera de vagones que parecían temblar de frío. La multitud que esperaba en el andén se agitó como un solo organismo.
Nathaniel, que llevaba veinte minutos maldiciendo el tiempo en voz baja, se puso de puntillas entre la gente que comenzaba a descender de los vagones. Buscaba a un hombre mayor, pensaba. Alguien serio, con aspecto de erudito, quizás con gafas y una larga túnica como la que llevaban los mandarines en los grabados que había visto en los libros de su abuelo. Lo que encontró, en cambio, fue algo que no esperaba.
Entre la multitud, un joven caminaba con una calma que desentonaba por completo con el caos de la estación. No llevaba túnica ni coleta, sino un traje oscuro de corte extraño —más ajustado que los que usaban los europeos, con el cuello distinto, las mangas más cortas— pero limpio y bien puesto. Su maleta era de mimbre, enorme, casi del tamaño de un baúl pequeño, y la sostenía al hombro con una correa de cuerda que debía de dejarle marca en el hueso. La lluvia no parecía molestarle, o quizás simplemente no se quejaba. Nathaniel sintió un extraño respeto por aquella compostura.
El joven se detuvo a pocos pasos de él. Sus ojos recorrieron la estación con una curiosidad tranquila, como si estuviera tomando notas mentales, y luego se fijaron en Nathaniel. Le sonrió. Fue una sonrisa pequeña, apenas un gesto en la comisura de los labios, pero suficiente para que Nathaniel se diera cuenta de que llevaba todo el rato mirándolo con la boca entreabierta.
—¿Nathaniel? —preguntó el joven. Su voz era suave, con un acento que doblaba las vocales de una manera que Nathaniel nunca había oído—. ¿Eres tú Nathaniel?
Nathaniel asintió, aún procesando. El chico no podía tener más de veinte años, quizás veintiuno, aunque con los orientales siempre resultaba difícil calcular la edad. Tenía el cabello negro recogido hacia atrás, la piel pálida para ser de un país tan lejano, y unos ojos oscuros que lo miraban con una intensidad que le resultó incómoda.
—Xiao Lian —dijo el joven, haciendo una pequeña reverencia que Nathaniel no supo cómo corresponder—. Mike me ha hablado mucho de ti.
—¿Sí? —Nathaniel se incorporó, intentando recuperar algo de dignidad. El agua le goteaba de la punta de la nariz—. ¿Y qué ha dicho?
Xiao Lian sacó una carta del interior de su chaqueta, cuidadosamente doblada, y se la tendió. Nathaniel reconoció la letra de su abuelo en el sobre, pero no la cogió. Esperó.
—Dice que eres terco como una mula —Xiao Lian guardó la carta sin prisas—, pero que tu corazón está en el lugar correcto.
—Mike dice eso —repitió Nathaniel, sin saber si sentirse halagado o insultado.
Xiao Lian sonrió otra vez. Esta vez fue más amplia, mostrando unos dientes perfectos, y por un instante su rostro perdió esa serenidad distante para revelar algo más joven, casi travieso.
—No. Dijo “terco como una mula y con la cabeza más dura que un adoquín”. El resto lo añado yo para ser cortés.
Nathaniel parpadeó. Luego parpadeó otra vez. No estaba seguro de que aquel chico acabara de gastarle una broma, pero antes de que pudiera articular una respuesta, un trueno retumbó sobre sus cabezas y la lluvia se intensificó con una ferocidad nueva. La gente que aún quedaba en el andén echó a correr hacia los soportales, y Nathaniel se encontró empujado contra el costado de Xiao Lian en el tumulto.
—Vámonos —dijo, más brusco de lo que pretendía—. Antes de que esto empeore.
Dio un paso hacia la salida y su paraguas, que llevaba bajo el brazo, cayó al suelo con un sonido patético. Se agachó a recogerlo, lo intentó abrir por puro reflejo, y las varillas dobladas se enredaron entre sí con un chasquido definitivo. Masculló una palabra que no habría repetido delante de su abuela.
A su lado, Xiao Lian observaba la escena con una expresión que Nathaniel no supo interpretar. Luego, sin decir nada, descolgó de su maleta un objeto que Nathaniel no había notado hasta entonces. Era un paraguas pequeño, de un material que no parecía ni tela ni cuero, pintado con ramas de bambú y pequeños pájaros rojos. Lo abrió con un gesto seco, y el círculo de papel aceitado se desplegó como una flor inesperada en medio de la grisura de la estación.
—Ven —dijo Xiao Lian, dando unos pasos hacia la calle—. No vamos a llegar nunca si seguimos aquí.
Nathaniel dudó. Compartir paraguas con un desconocido no era algo que hiciera un hombre de veintiocho años. Pero estaba empapado hasta los huesos, su propio paraguas pendía inútil de su mano, y aquel chico le miraba con una paciencia que le resultaba a la vez reconfortante y humillante. Cede, se dijo. Solo por hoy.
Se metió bajo el paraguas de papel y descubrió de inmediato que era demasiado pequeño para dos. El hombro de Xiao Lian presionaba contra el suyo, y cada vez que Nathaniel intentaba apartarse un poco para ganar espacio, el agua le golpeaba en el costado. Desistió. Caminaron pegados, hombro con hombro, cadera con cadera, mientras los viandantes los miraban con curiosidad. Nathaniel se imaginó lo que debían de ver: dos hombres bajo un paraguas chino diminuto, uno alto y moreno con la ropa hecha un desastre, el otro más bajo y delgado, con un traje extraño y una sonrisa en los labios.
Parecemos una pareja de enamorados en un grabado, pensó. Y se horrorizó de haberlo pensado.
—¿Qué llevas ahí? —preguntó para romper el silencio, señalando la maleta de mimbre que Xiao Lian seguía llevando al hombro. Intentó quitársela para ayudarle, y casi se cae por el peso—. ¿Ladrillos?
—Té —respondió Xiao Lian, recuperando la maleta sin esfuerzo aparente—. Seda. Semillas. Recuerdos. Y unas cuantas cosas que Mike olvidó en China.
—¿Qué cosas?
—Cartas. Unas tijeras de podar. Un par de zapatos. Un libro de poemas que le prestó un amigo y nunca devolvió.
Nathaniel caminó en silencio unos segundos. Su abuelo había estado en China casi veinte años. Veinte años de los que él apenas sabía nada, salvo las cartas breves que llegaban cada pocos meses, y los regalos extravagantes que aparecían en la tienda sin previo aviso. Ahora resultaba que Mike tenía un amigo poeta, y unas tijeras de podar favoritas, y un chico que había guardado sus zapatos viejos como si fueran un tesoro.
—¿Y tú? —preguntó, sin saber muy bien por qué—. ¿Cómo acabaste con Mike?
Xiao Lian tardó un momento en responder. Cuando lo hizo, su voz era más baja, como si estuviera hablando para sí mismo.
—Mi familia hace seda. Mike venía a comprar a mi padre, y se quedaba a tomar té. Luego se quedaba a comer. Luego se quedaba a contar historias. Al final, ya no venía por la seda. Venía porque no tenía a nadie más en China.
—Pero tú sí tenías a alguien.
—Tenía una familia. Pero Mike estaba solo. Y en mi tierra, no se deja solo a un anciano.
Nathaniel sintió un golpe en el pecho que no supo nombrar. Culpa, quizás. O vergüenza. Su abuelo había estado solo en un país extraño, y había tenido que buscar compañía en un chico que ni siquiera era de su sangre, mientras él, su único nieto, se quedaba en París haciendo equilibrio entre las cuentas de la tienda y las deudas que no acababan de desaparecer.
No dijo nada. Siguieron caminando bajo la lluvia, y el silencio entre ellos no era incómodo, pero tampoco era cómodo. Era un silencio que estaba aprendiendo a ser otra cosa.
La Île Saint-Louis estaba envuelta en una neblina azulada cuando llegaron. Las calles adoquinadas brillaban con el agua, y el Sena, a ambos lados del puente, bajaba turbio y crecido. Nathaniel torció por la rue des Deux Ponts y se detuvo frente a una fachada que, incluso bajo la lluvia, delataba su abandono.
El letrero de madera decía Le Lotus Rouge en letras doradas que hacía tiempo que habían perdido su brillo. La pintura roja del loto se desvaía en tonos rosados, y los escaparates estaban polvorientos, llenos de objetos apilados sin orden ni concierto. Nathaniel llevaba meses queriendo arreglarlo, pero siempre había algo más urgente que hacer, alguna factura que pagar, algún préstamo que renegociar. Y al final, la tienda seguía allí, esperando, como si supiera que él no iba a ninguna parte.
Xiao Lian se detuvo a su lado y observó la fachada con la misma atención tranquila que había dedicado a la estación. Nathaniel esperó un comentario. Una crítica, quizás, o una de esas frases educadas que los extranjeros usaban para disimular su desprecio. Pero Xiao Lian no dijo nada. Solo esperó, con su maleta de mimbre al hombro, bajo su paraguas de papel pintado con pájaros rojos.
Nathaniel sacó la llave y abrió la puerta. La campanilla sonó con su tintineo gastado, y el olor de la tienda —cera, polvo, humedad, siglos de objetos acumulados sin que nadie les prestara atención— salió a recibirlos como un animal viejo que reconocía a su dueño.
—Bienvenido a Le Lotus Rouge —dijo Nathaniel, y su voz sonó más cansada de lo que pretendía—. O lo que queda de ella.
Xiao Lian entró. Dejó la maleta en el suelo y se quedó quieto en medio de la tienda, girando lentamente sobre sí mismo para abarcarlo todo. Había jarrones apilados en vitrinas que nunca se abrían, biombos desplegados contra las paredes, un reloj de péndulo que no daba la hora correcta, y en todas partes una capa de polvo que Nathaniel había aprendido a no ver.
Xiao Lian caminó hacia una de las vitrinas. Se inclinó, acercó el rostro al cristal, y señaló un jarrón azul y blanco que estaba en la esquina, medio escondido detrás de una bandeja de latón.
—Eso es de Jingdezhen —dijo, y su voz tenía ahora un tono diferente, más firme—. Dinastía Ming. Está mal expuesto. La luz le hace daño.
Nathaniel se quedó mirándolo. Nadie entraba a Le Lotus Rouge y señalaba un jarrón Ming como si fuera una manzana podrida.
—Mike me enseñó a ver estas cosas —añadió Xiao Lian, como si hubiera leído su pensamiento.
—Pues ya lo irás arreglando —respondió Nathaniel, más bruscamente de lo que quería—. Por ahora, te instalo arriba.
Subieron la escalera de caracol que llevaba al altillo. Los peldaños crujieron bajo sus pies, y en dos de ellos Nathaniel tuvo que advertir a Xiao Lian que pisara en el borde, donde la madera aguantaba mejor. El altillo era una sola habitación, con una cama estrecha de hierro forjado, una mesilla coja, una ventana que daba a los tejados, y una gotera en la esquina que Nathaniel había prometido arreglar tres inviernos seguidos.
—Sé que no es gran cosa —dijo, apoyándose en el marco de la puerta—. Pero es lo que hay.
Xiao Lian no respondió de inmediato. Cruzó la habitación hasta la ventana, y Nathaniel vio cómo sus dedos rozaban el marco de madera, cómo inclinaba la cabeza para ver más allá, cómo sus hombros se relajaban lentamente. Desde allí se veían los tejados de París: las pizarras grises brillando con la lluvia, las chimeneas que humeaban en la distancia, las agujas de Notre-Dame recortándose contra el cielo, y más allá, apenas visible entre la niebla, la silueta del Sena.
—Mike me dijo —dijo Xiao Lian, con una voz que Nathaniel apenas oyó— que desde aquí se veían los tejados. Que en París, los gatos caminan por ellos como los dragones caminan por las nubes.
Nathaniel no supo qué responder. Nunca había pensado en los gatos de los tejados como dragones. Nunca había pensado en los tejados como algo que mereciera una mirada detenida. Pero Xiao Lian seguía allí, con la frente casi pegada al cristal, y Nathaniel sintió que aquella habitación miserable, con sus goteras y su madera podrida, acababa de convertirse en algo que él no había sabido ver.
—Está bien —dijo Xiao Lian, dándose la vuelta—. Lo arreglaré.
—¿Arreglarlo? —Nathaniel se irguió, a la defensiva—. Esto no es una casa en China. No puedes...
Pero Xiao Lian ya había abierto la maleta de mimbre. Nathaniel se quedó en la puerta, viendo cómo sacaba una tetera de barro marrón, pequeña, con un asa de cuerda trenzada. La puso sobre la mesilla. Luego sacó un trozo de tela bordada, de un color que en la penumbra parecía bermellón, y la extendió sobre la cama, cubriendo la colcha descolorida. Después un incensario de bronce, pequeño, con un dragón enroscado en la tapa. Y por último, un pergamino enrollado que desplegó con cuidado sobre la repisa de la ventana: unos caracteres negros sobre papel de arroz, demasiado lejos para que Nathaniel pudiera leerlos.
—¿Qué haces? —preguntó, aunque estaba viéndolo.
—Hacer que parezca un hogar —respondió Xiao Lian sin dejar de ordenar—. Tardaré un día. No te preocupes.
Nathaniel quiso decirle que no tenía permiso para cambiar nada. Que aquella habitación, con todas sus miserias, era la única que tenía para ofrecerle, y que si no le gustaba, siempre podía buscar otro sitio. Pero las palabras no salieron. Se quedó en el umbral, viendo cómo Xiao Lian colocaba cada objeto con una calma que él no conocía, como si estuviera realizando un ritual, como si aquel cuarto frío y húmedo pudiera convertirse en otra cosa solo con la voluntad de sus manos.
Bajó la escalera sin decir nada. En la trastienda, se sirvió un vaso de vino tinto y se lo bebió de un trago. Desde arriba le llegaba el ruido de los pasos de Xiao Lian, los crujidos de la madera, el roce de la tela. Bebió otro vaso.
Mi abuelo se ha vuelto loco, pensó. Me ha dejado a un extraño en casa. Un extraño que huele a sándalo y que habla como si estuviera leyendo un poema.
Se sirvió un tercer vaso y lo dejó lleno sobre la mesa sin beberlo.
Dos meses. Me dijo que se quedaría dos meses. Luego se irá. Solo tengo que aguantar dos meses.
Arriba, en el altillo, Xiao Lian había terminado. Se sentó en el borde de la cama y observó el pequeño mundo que había construido. La tetera en su sitio. El bordado bermellón sobre la colcha. El incensario de bronce aún vacío. El pergamino con los caracteres que su madre le había escrito antes de partir: Paciencia. El agua abre la piedra.
Se levantó y volvió a la ventana. Los tejados de París se extendían bajo la lluvia como un mar gris y ondulante, y en algún lugar, allá abajo, el Sena seguía su curso hacia ninguna parte.
—Mike —murmuró, apoyando la frente en el cristal frío—. Tu nieto no me quiere aquí. Pero tú dijiste que le diera tiempo. Que al final, la seda más áspera se vuelve suave con el roce.
Una sonrisa pequeña, apenas un gesto, curvó sus labios.
—Voy a necesitar paciencia.
En la trastienda, Nathaniel escuchó algo que sonó como una risa. Muy baja. Muy leve. Se quedó inmóvil, con el vaso de vino en la mano, escuchando el silencio que vino después. Y por alguna razón que no habría sabido explicar, aquella risa le irritó más que cualquier otra cosa en todo el día.
Apagó la lámpara y subió a su habitación, en el piso de abajo, sin hacer ruido. Cuando se acostó, la lluvia seguía golpeando los cristales, y desde el altillo no llegaba ningún sonido. Pero el olor a sándalo se había filtrado por las rendijas de la madera, y Nathaniel tardó mucho tiempo en conciliar el sueño.
Arriba, Xiao Lian seguía despierto. Había encendido el incensario, y una columna de humo fino subía hacia el techo, dibujando espirales que se deshacían antes de llegar. Observaba las sombras bailar en las paredes y recordó las palabras de Mike: Nathaniel es como una tienda cerrada con llave. Todo lo que vale está dentro, pero nadie ha molestado en abrir la puerta.
Xiao Lian cerró los ojos y sonrió.
Veremos si tengo la llave.








