Capítulo 1: La caída del héroe
El instinto de supervivencia de un bombero veterano reacciona antes que el pánico. Yungiho se movía a través del denso humo negro con una fluidez letal, a pesar del asfixiante traje ignífugo y el pesado tanque de oxígeno a su espalda. Con un golpe brutal de su hacha de rescate, destrozó los escombros que bloqueaban el pasillo, esquivando una viga al rojo vivo con la precisión de quien conoce el fuego íntimamente. A su alrededor, el edificio se había convertido en una trampa de asfixia. Mujeres, niños, decenas de personas encerradas en una jaula incandescente.
«¿Cómo podré salvar a todas estas personas?», pensó, ahogando una tos seca dentro de su máscara. Sus pulmones ardían. «¿Quién ha sido el bastardo capaz de provocar este infierno?»
—He sido yo.
La voz cortó el crepitar de las llamas con una calma clínica que le heló la sangre. De entre las cortinas de humo espeso, una figura emergió caminando con una lentitud teatral, sin equipo de protección, pisando las brasas como si el fuego le rindiera pleitesía.
Yungiho giró sobre sus pesadas botas, aferrando el hacha con ambas manos, tensando cada fibra de su cuerpo para el desastre.
—¿Qué? ¿Quién eres tú? ¿Acaso no me recuerdas, Yungiho? —exigió el intruso, ladeando la cabeza con una sonrisa deformada por las sombras—. Soy Ryu Yan.
La memoria encajó la pieza como el rastrillar de un arma.
—Ya te recuerdo. Ryu Yan... el pirómano maníaco. Dime por qué has provocado este infierno. Hay mujeres y niños aquí, estamos totalmente encerrados.
Ryu Yan chasqueó la lengua. Sus ojos brillaban con una lucidez anárquica, aterradora, ajena a las cenizas que volaban a su alrededor.
—No soy un maníaco, Yungiho. Sé exactamente qué engranajes estoy rompiendo hoy. Ni tampoco soy un pirómano. No tengo una fijación clínica... yo solo disfruto ver el mundo arder. Es esencia pura. ¿Acaso no disfrutas el aroma a carne quemada? Ah... el ambiente es espectacular.
Yungiho apretó los dientes, listo para embestirlo y reventarlo contra el suelo, pero el villano abrió los brazos, abrazando el caos térmico como un director de orquesta.
—Veo que sigues siendo frágil y delicado —ronroneó Ryu Yan, destilando veneno—. ¿No aprendiste nada de nuestro último encuentro, héroe? Sí, así te decían en las noticias. Esas personas a las que rescataste mientras atravesabas el duelo por la muerte de tu madre, tu hermana y tu padre.
El golpe fue quirúrgico. Directo al abismo interno de Yungiho. El calor sofocante del incendio de pronto se sintió idéntico al vértigo asfixiante de su propia depresión.
—¿Cómo te hace sentir cada vez que escuchas ese término? ¡Héroe! —La carcajada de Ryu Yan se alzó por encima del colapso del acero—. Piénsalo bien. ¿Acaso crees que los héroes son tan fuertes que siempre deben resistir el dolor? Nos venden un mártir de plástico.
—Eres un bárbaro, Ryu Yan —escupió Yungiho, con la mirada fría como el hielo cruzando el visor de su casco—. Solo los estúpidos creen que resistir el dolor es símbolo de fuerza. Nadie debería tener que aguantar este sufrimiento. ¡Déjanos ir!
Ryu Yan borró su sonrisa por un milisegundo antes de que su rostro se contorsionara en una mueca de absoluta malevolencia. Una segunda explosión hizo vibrar los cimientos, bloqueando la última ruta de evacuación.
—No, Yungiho. Aún no se irán. La función apenas acaba de comenzar.








