Capitulo 1
El viento nocturno aullaba sobre las altas almenas del Castillo de Hyrule, trayendo consigo el aroma a tierra húmeda y a promesas de tormenta. En el interior de sus aposentos, la princesa Zelda intentaba, con una desesperación que rayaba en la agonía, concentrarse en los antiguos pergaminos que descansaban sobre su escritorio de roble. Sin embargo, las runas Sheikah parecían danzar y difuminarse ante sus ojos. Su mente no estaba en la tecnología ancestral, ni en el poder del sellado que tanto se le exigía despertar.
Su mente, su cuerpo y cada fibra de su ser estaban fijos en la figura que montaba guardia al otro lado de los grandes ventanales de cristal.
Siegfried de Dubhe, el Dios Guerrero de Alfa.
Había llegado a su mundo meses atrás, como un meteoro caído de un cielo que no pertenecía a Hyrule. Tras despertar de sus heridas, y al ver en ella una nobleza que le recordaba a la sacerdotisa que una vez juró proteger en las heladas tierras de Asgard, Siegfried se había arrodillado ante Zelda, ofreciéndole su espada, su lealtad y su vida. Para el reino, él era un milagro, un guerrero de un poder inconmensurable capaz de partir montañas con sus puños y convocar la furia de los vientos helados. Para el rey Rhoam, era el escudo perfecto para su hija en tiempos de incertidumbre.
Pero para Zelda... para Zelda, Siegfried era una condena. Una exquisita, tortuosa y embriagadora condena.
Zelda levantó la vista del pergamino, permitiendo que sus ojos esmeralda devoraran la silueta del guerrero. Siegfried estaba de pie en el balcón, estoico e inamovible como una estatua esculpida por las mismas diosas. Llevaba su imponente armadura, aunque se había despojado del casco, permitiendo que la brisa jugara con su largo y sedoso cabello plateado. La luz de la luna bañaba sus facciones afiladas, resaltando la mandíbula fuerte, el cuello grueso y los hombros anchos que parecían capaces de sostener el peso del mundo entero.
Un escalofrío que nada tenía que ver con el frío recorrió la espina dorsal de la princesa.
*«Es tan hermoso»*, pensó, y el simple pensamiento hizo que un calor denso y pesado se acumulara en su bajo vientre.
Siegfried era la encarnación misma de la masculinidad y el poder. Zelda lo había visto entrenar en los patios del castillo; había visto cómo los músculos de su pecho y sus brazos se tensaban y flexionaban bajo su túnica cuando practicaba con su espada. Había visto el sudor resbalar por su garganta, perdiéndose en el escote de su ropa, y en esos momentos, a Zelda le había costado respirar. La imagen de aquel guerrero nórdico, empapado en sudor, con la respiración agitada y los ojos azules brillando con ferocidad, la perseguía en sus sueños. Sueños de los que despertaba jadeando, con las sábanas enredadas en sus piernas temblorosas y una necesidad ardiente y pulsante entre sus muslos.
Él no lo sabía, por supuesto. Siegfried era la definición de la caballerosidad. La trataba con una reverencia que a veces a ella le daba ganas de gritar. Para él, ella era su princesa, su protegida, un ser puro y sagrado que debía ser resguardado de todo mal. Si tan solo supiera lo impuros que eran los pensamientos de su princesa cuando lo miraba. Si tan solo supiera que, detrás de su fachada de erudita y futura gobernante, habitaba una mujer consumida por el deseo carnal, desesperada por sentir el peso de ese cuerpo sobre el suyo, por probar el sabor de su piel y escuchar su voz profunda y varonil susurrando su nombre en la oscuridad.
—Princesa —la voz grave y aterciopelada de Siegfried la sacó de su ensoñación.
Zelda respingó en su silla, sintiendo cómo el rubor teñía sus mejillas. Él se había girado y ahora la miraba desde el umbral del balcón, con una expresión de suave preocupación en sus intensos ojos azules.
—Es tarde. La tormenta se acerca y el aire se está volviendo gélido. Debería descansar, Su Alteza.
Cada vez que él pronunciaba ese *"Su Alteza"*, Zelda sentía una punzada de frustración. Quería que la llamara por su nombre. Quería que olvidara los títulos y las barreras.
—Aún tengo mucho que leer, Siegfried —respondió ella, intentando que su voz no temblara. Se puso de pie, alisando los pliegues de su vestido blanco, consciente de cómo la mirada del guerrero seguía cada uno de sus movimientos, no con lujuria, sino con una vigilancia protectora constante—. Pero tienes razón, hace frío.
Siegfried dio un paso hacia el interior de la habitación. Su presencia era magnética. Cuando él entraba en una estancia, el aire parecía volverse más denso, cargado de una energía estática que erizaba el vello de los brazos de Zelda. Él se quitó la capa que colgaba de sus hombros —una tela gruesa y cálida, impregnada de su aroma a cuero, nieve y algo puramente masculino— y se acercó a ella.
—Permítame, princesa.
Zelda se quedó paralizada mientras el Dios Guerrero se colocaba detrás de ella. Pudo sentir el calor que emanaba de su enorme cuerpo a escasos centímetros de su espalda. El corazón de la princesa comenzó a latir desbocado, golpeando contra sus costillas como un pájaro atrapado. Siegfried dejó caer la pesada capa sobre los delicados hombros de Zelda. Durante un breve, infinito segundo, las yemas de los grandes dedos del guerrero rozaron la piel desnuda del cuello de la princesa.
Zelda soltó un pequeño suspiro, un sonido ahogado que no pudo reprimir. El contacto fue como una chispa eléctrica que encendió un incendio forestal en su interior. Sus rodillas amenazaron con ceder.
Siegfried retiró las manos rápidamente, pensando que su tacto, endurecido por mil batallas, la había incomodado.
—Mis disculpas, Su Alteza. Mis manos están frías.
*«No te disculpes. Vuelve a tocarme»*, gritó la mente de Zelda, pero sus labios se sellaron. Cerró los ojos, inhalando profundamente. La capa la envolvió por completo, y el olor de Siegfried inundó sus sentidos, embriagándola, volviéndola loca. Era como estar entre sus brazos.
—No pasa nada, Siegfried... Gracias —murmuró ella, dándose la vuelta lentamente para quedar frente a él.
Estaban tan cerca. Zelda tuvo que inclinar la cabeza hacia atrás para mirarlo a los ojos, dada la imponente diferencia de altura. Desde esa posición, podía ver el ligero latir de la vena en el cuello del guerrero. Un deseo primitivo de alzar las manos, acariciar esa piel y presionar sus labios allí la asaltó con tanta violencia que tuvo que aferrarse a los bordes de la capa para evitar cometer una locura.
Siegfried la miraba con devoción. Sus ojos, azules como los glaciares de su mundo natal, reflejaban la luz de las velas de la habitación.
—Su bienestar es mi única prioridad, Princesa Zelda —dijo él, su voz bajando un tono, volviéndose un ronco susurro que vibró directamente en el bajo vientre de la joven—. He jurado por mi honor y por mi estrella protectora, Dubhe, que ninguna sombra se cernirá sobre usted mientras yo respire.
Zelda tragó saliva. La devoción de Siegfried era su mayor bendición y su peor maldición. Él moriría por ella sin dudarlo, pero su lealtad era tan férrea que jamás cruzaría la línea que separaba a un caballero de su señora. Él no la veía como a una mujer hecha de carne, sangre y deseos ardientes; la veía como un ideal, como una deidad a la que servir.
—Eres el guerrero más leal que Hyrule ha conocido jamás, Siegfried —logró articular Zelda, dando un pequeño paso hacia él, cerrando aún más la distancia. El instinto la guiaba, un hambre que ya no podía acallar—. Pero a veces... a veces me pregunto quién vela por ti. Quien se asegura de que *tú* estés bien.
Siegfried parpadeó, sorprendido por la pregunta. Una pequeña sonrisa, melancólica y hermosa, curvó sus labios.
—Mi vida carece de propósito si no es para servir. Protegerla a usted le da sentido a mi existencia en este mundo extraño. No necesito nada más.
Zelda sintió que el pecho se le oprimía. La frustración y el deseo se mezclaron en un cóctel volcánico. Sin pensar en las consecuencias, guiada por la lujuria contenida durante tantos meses de miradas furtivas y sueños sudorosos, Zelda levantó una mano. Sus dedos, finos y delicados, rozaron la fría armadura del pecho de Siegfried, antes de deslizarse hacia arriba, hasta encontrar la piel cálida y firme de su mandíbula.
El guerrero de Asgard se tensó de inmediato. Sus ojos se abrieron con sorpresa, pero no se apartó. Su respiración, antes calmada y rítmica, se detuvo por un segundo.
—Princesa... —susurró él, y por primera vez, su voz denotó incertidumbre.
—Zelda —lo corrigió ella, su voz temblando por la abrumadora marea de deseo que la consumía. Sus dedos acariciaron el borde de su mandíbula, sintiendo la ligera textura de la barba incipiente. Era real. Estaba tocándolo—. Solo por esta noche, Siegfried... llámame Zelda.
El silencio en la habitación se volvió pesado, espeso, cargado de una tensión tan palpable que podía cortarse con el filo de una espada. Los ojos celestes de Siegfried bajaron momentáneamente hacia los labios entreabiertos de la princesa. Fue solo una fracción de segundo, un instinto traicionero del hombre debajo del caballero, pero Zelda lo notó. Y ese fugaz destello de humanidad, de hambre masculina, fue todo lo que ella necesitó para perder la cordura por completo.
El calor en el núcleo de la princesa era insoportable, una exigencia húmeda y palpitante que le nublaba el juicio. Acercó su cuerpo al de él, sintiendo la fría armadura rozar contra su vestido, pero buscando el calor que irradiaba el hombre que la habitaba.
Siegfried tragó saliva de forma audible. Su enorme mano, envuelta en metal, se alzó instintivamente, no para apartarla, sino deteniéndose torpemente en el aire, a escasos centímetros de la cintura de la chica, dudando, dividido entre el deber sagrado y el instinto abrasador que la princesa estaba despertando en él.
—Zelda... —pronunció él, y el sonido de su propio nombre, en esa voz ronca y cargada de gravedad, hizo que a la princesa le temblaran las piernas. Fue como un sortilegio—. Esto... no es correcto. Yo soy su guardia. Usted es...
—Soy una mujer —lo interrumpió ella, alzando la otra mano para acariciar la gruesa nuca del guerrero, enredando sus dedos en el espeso y suave cabello plateado—. Una mujer que no puede dormir porque cierra los ojos y solo te ve a ti. Que no puede estudiar porque solo piensa en el calor de tus manos.
La confesión colgó en el aire, cruda, carnal, despojada de toda la inocencia que Siegfried siempre le había atribuido. El Dios Guerrero la miró, y por primera vez, el velo de la reverencia cayó, revelando a un hombre abrumado por la mujer que tenía enfrente. Sus ojos se oscurecieron, y la mano que flotaba en el aire finalmente aterrizó en la cintura de Zelda. Incluso a través de las capas de tela, el agarre de Siegfried era firme, posesivo, innegablemente poderoso.
Zelda dejó escapar un leve gemido al sentir la presión de esa mano tirando sutilmente de ella, acercando sus caderas a la armadura del guerrero. El contraste entre el frío del metal y el fuego que la consumía por dentro era una tortura deliciosa. Ella se alzó sobre las puntas de sus pies, acortando la distancia entre sus rostros. Podía sentir el aliento cálido de Siegfried chocar contra sus labios. Olía a viento frío, a bosque y a hombre.
—Si no te detienes ahora, princesa... —susurró Siegfried, su voz ahora era un gruñido bajo, una advertencia de un lobo acorralado que estaba a punto de ceder a sus instintos más básicos—, no sé si tendré la fuerza para ser tu caballero cuando salga el sol.
Zelda sonrió, una sonrisa cargada de promesas pecaminosas, de lujuria desatada y de una devoción muy distinta a la que él le profesaba. Sus pulgares acariciaron los fuertes pómulos del guerrero de Asgard.
—No quiero un caballero esta noche, Siegfried —murmuró ella contra sus labios—. Quiero al guerrero.
Y antes de que el honor, el deber o las diosas pudieran intervenir, Zelda rompió la distancia que los separaba y estrelló su boca contra la de él, rindiéndose por fin a la dulce y ardiente tentación que había consumido su cordura, entregando su cuerpo y su alma al fuego del dragón nórdico.








