Capítulo 1: El fantasma y la artista
El reloj digital de la estación marcaba las 2:14 a.m.Para Hiroto Sato, el tiempo había dejado de medirse en horas; ahora se medía en el peso insoportable de sus párpados y en el parpadeo incesante de las notificaciones de su jefe en la pantalla del celular. A sus 25 años, su existencia se había reducido a una cuadrícula de Excel, un sueldo que se esfumaba en la renta y el sabor amargo del café frío de máquina.Caminaba arrastrando los zapatos por el asfalto húmedo, manteniendo la mirada fija en el suelo. Su cabello negro, desordenado por el hábito inconsciente de pasarse las manos por la cabeza ante el estrés, caía sobre sus ojos apagados,llevaba el traje azul marino arrugado y la corbata floja guardada en el bolsillo de la chaqueta.Se sentía frío, entumecido, como si fuera un espectro flotando en la gran ciudad. Hacía exactamente tres días que su vida se había terminado de desmoronar.Aquella noche, Hiroto había salido de la oficina a la 1:30 a.m. tras encadenar tres semanas consecutivas de horas extra no pagadas. Lo único que deseaba era abrir la puerta de su departamento, abrazar a Yuka —su novia desde la universidad— y dormir. Pero al meter la llave y girar el picaporte, un silencio extraño lo recibió. Un par de zapatos que no eran suyos estaban en la entrada. Al avanzar por el pasillo, escuchó los ruidos provenientes de la habitación.Cuando abrió la puerta de su propio dormitorio, los encontró juntos. En su propia cama.El shock fue tan intenso que Hiroto ni siquiera tuvo fuerzas para gritar, pelear o enfurecerse. Se quedó congelado en el marco de la puerta, con su maletín en la mano, mirando la escena con los ojos fijos y vacíos. Yuka, presa del pánico inicial, pasó rápidamente a la defensiva. Mientras el otro hombre se vestía a toda prisa y salía huyendo del lugar, ella le gritó la verdad con una frialdad que le perforó el pecho:—¡Estoy harta, Hiroto! ¡Harta de vivir con un cadáver! Nunca estás, nunca tienes tiempo, solo existes para esa maldita empresa. ¡Ya no eres el mismo, eres un fantasma que trabaja! Busqué a alguien que estuviera vivo, porque tú ya estás muerto.Yuka empacó sus cosas esa misma madrugada y se marchó. Hiroto no lloró. No porque no le doliera, sino porque su cerebro estaba demasiado desgastado por la explotación laboral como para procesar la traición y el corazón roto. La culpa, el engaño y el estrés de la oficina se habían fusionado en un nudo ciego en su estómago que le impedía respirar.A lo lejos, el letrero brillante con el número "24" del konbini rasgaba la oscuridad de la madrugada. Era la única fuente de luz en cuadras a la redonda. Hiroto entró empujando la puerta mecánicamente, huyendo del silencio insoportable de su departamento vacío. Necesitaba comprar cualquier bento congelado para recordarle a su cuerpo que aún debía seguir funcionando.El aire acondicionado del local lo recibió con un golpe frío. Caminó con los hombros caídos hacia el pasillo de comida. Al llegar, se detuvo en seco.Frente a los estantes, una chica miraba los productos con la misma fijeza perdida con la que él miraba sus monitores de oficina.Tenía su misma edad. Su cabello castaño claro, cortado en un estilo bob descuidado, estaba sujeto a la prisa con una pinza de plástico en la parte de atrás. Llevaba una sudadera oversize color crema que acentuaba su silueta cansada y, de la bolsa de tela que colgaba de su hombro, asomaba de forma inconfundible la esquina de una tableta gráfica digital. Sus ojos grandes y avellana estaban fijos en un tazón de ramen, pero su mente parecía estar a kilómetros de distancia. Tenía unas ojeras sutiles, pero idénticas a las de él.Hiroto dio un paso adelante. El suelo crujió levemente. Ella reaccionó y giró el rostro hacia él.Durante tres segundos interminables, bajo la cruda e implacable luz fluorescente del minimarket, sus miradas se cruzaron.No hubo música de fondo, ni chispas de romance. Fue algo mucho más primitivo: reconocimiento. En el reflejo de las pupilas del otro, ambos vieron el mismo agotamiento físico, la misma ansiedad silenciosa y el vacío de estar siendo consumidos vivos. Hiroto, cargando con el peso muerto de la infidelidad y el desprecio de Yuka, vio en esa desconocida algo que no había sentido en días: empatía silenciosa.«Tú también estás hecha polvo», pensó Hiroto, incapaz de apartar la vista.«Tú también eres un fantasma», pareció responder la mirada de ella.Aoi rompió el silencio con una sonrisa sutil, un tanto amarga pero increíblemente humana, mientras soltaba un suspiro cansado.—Es difícil decidir qué cenar cuando estás tan cansada que ni siquiera sabes si tienes hambre, ¿verdad? —dijo ella, con una voz suave pero arrastrada por el desvelo.Hiroto parpadeó. El nudo de su estómago se aflojó una fracción de milímetro.—Sí... —respondió él, mirando el tazón de ramen y luego a ella—. A veces parece que solo comemos para recordarle al cuerpo que seguimos vivos.Aoi soltó una risa corta, irónica.—Una triste verdad para las dos de la madrugada. Soy Aoi, por cierto.—Hiroto —contestó él, enderezando los hombros de manera casi imperceptible.En ese pasillo estrecho, rodeados de luces de neón y comida congelada, dos almas rotas que no buscaban ser salvadas por nadie acababan de encontrar un testigo silencioso de su propia existencia.








