Capitulo único
El hospital estaba sumido en ese silencio pesado que solo llega después de la una de la madrugada. Las luces del pasillo de la planta de cirugía brillaban con una blancura fría e implacable. Jimin caminaba rápido, la bata blanca demasiado grande para su cuerpo de mujer de veintitrés años, el cabello rubio recogido en un moño imperfecto del que ya se escapaban mechones sueltos. Las mejillas todavía le ardían por haber corrido desde el vestuario.
Llevaba apenas tres semanas de prácticas. Tres semanas en las que el doctor Jungkook Jeon, jefe de cirugía y director médico del hospital, la había mirado exactamente dos veces: una para corregirle la forma de sostener un bisturí y otra para decirle, con esa voz grave y cortante de treinta y siete años, que si volvía a llegar tarde a su ronda perdería el derecho a estar en quirófano.
Esa noche, sin embargo, la suerte (o la mala suerte) la había dejado sola con él.
—Park. —La voz de Jungkook resonó desde el final del pasillo, baja y autoritaria—. Entra.
Jimin se detuvo frente a la puerta de su despacho privado. El corazón le latía tan fuerte que casi podía oírlo. Empujó la puerta y entró.
Jungkook estaba de pie junto al ventanal, todavía con la bata quirúrgica abierta sobre la camisa negra arremangada hasta los codos. Alto, de hombros anchos, espalda ancha y cintura estrecha. El pelo negro peinado hacia atrás dejaba ver un par de mechones rebeldes cayéndole sobre la frente. La luz de la lámpara de escritorio marcaba la línea dura de su mandíbula, el cuello grueso y el bulto de músculo bajo la tela. Se giró despacio. Sus ojos oscuros la midieron de arriba abajo sin ninguna prisa, deteniéndose un segundo demasiado largo en la curva de sus caderas, en el escote que la bata no lograba ocultar del todo y en las piernas delgadas que se adivinaban bajo el pantalón del uniforme.
—Cierra la puerta.
Jimin obedeció. El clic del pestillo sonó demasiado fuerte en el silencio.
—Hoy casi matas a un paciente por no revisar bien los valores de potasio antes de la intervención —dijo Jungkook, cruzando los brazos sobre el pecho. La voz era baja, controlada, pero cargada de esa autoridad que hacía que a Jimin se le pusiera la piel de gallina—. Eres inteligente. Tienes manos firmes. Pero eres descuidada. Y la descuidada en este hospital no dura.
Jimin apretó los labios. El rubor le subió por el cuello hasta las orejas.
—Lo siento, doctor Jeon. No volverá a pasar. Revisaré todo dos veces. Tres, si hace falta.
Jungkook dio un paso hacia ella. Luego otro. El olor a antiséptico mezclado con su colonia cara y limpia la envolvió por completo. Se detuvo tan cerca que Jimin tuvo que levantar la cara para mirarlo. La diferencia de altura, de edad, de poder, era abrumadora.
—No quiero que me pidas perdón con la boca. Quiero que aprendas. Y parece que las palabras no te bastan.
Sus ojos bajaron otra vez al escote de Jimin.
—Desabróchate la bata.
Jimin parpadeó, el corazón dándole un vuelco violento.
—¿Qué…?
—Dije desabróchatela. Ahora. No me hagas repetirlo.
Los dedos de Jimin temblaron mientras obedecía. La bata blanca se abrió y cayó de sus hombros. Debajo solo llevaba una camiseta fina de algodón blanco y el pantalón del uniforme. Jungkook la miró sin prisa, con esa seriedad fría que la hacía sentir completamente expuesta, como si estuviera evaluando un informe clínico.
—Camiseta también.
El silencio se densificó. Jimin sabía que esto cruzaba todas las líneas posibles. Sabía que tenía veintitrés años y él treinta y siete. Sabía que era su jefe, el hombre que podía acabar con su carrera con una sola firma. Y aun así, el calor entre sus piernas ya era imposible de ignorar. Se quitó la camiseta con manos torpes. Los pechos, redondos y firmes, quedaron al aire, los pezones rosados ya endurecidos por el frío del aire acondicionado… o por la forma en que él la miraba.
Jungkook exhaló despacio por la nariz. Sus ojos se oscurecieron.
—Buenas tetas para alguien que apenas sabe leer un electrocardiograma —murmuró, la voz más grave—. Acércate.
Jimin dio un paso. Jungkook la tomó de la cintura con una sola mano, los dedos grandes casi rodeándola por completo, y la giró, empujándola contra el borde del escritorio de madera oscura. Con la otra mano le bajó el pantalón y las bragas de un solo tirón. El aire frío le rozó el coño ya húmedo. Jimin soltó un gemido ahogado que intentó morderse antes de que saliera del todo.
—Silencio —ordenó él contra su oreja, la voz baja y peligrosa—. Las paredes no son tan gruesas como crees. Si alguien pasa por el pasillo, no quiero que oiga lo mucho que te gusta esto.
Dos dedos gruesos y callosos se abrieron paso entre sus pliegues sin ningún aviso. Jimin se arqueó hacia atrás, el culo presionado contra la polla ya dura de Jungkook a través de la tela. Él los metió hasta el fondo de un solo movimiento, curvándolos con precisión quirúrgica, buscando ese punto que la hizo morderse el labio inferior hasta casi hacerse sangre. Los movió con ritmo lento y profundo, el sonido húmedo de sus dedos entrando y saliendo llenando el despacho.
—Tan jodidamente mojada… —dijo él, la voz ronca contra su cuello—. ¿Te excita que tu jefe te castigue así, Park? ¿Que un hombre de casi cuarenta años te meta los dedos mientras todavía tienes el olor a quirófano encima? Dime.
—S-sí… —susurró Jimin, la voz rota.
—Más alto.
—Sí, doctor Jeon… me excita…
Jungkook le agarró el pelo rubio con la mano libre, tirando suavemente hacia atrás para obligarla a arquear más la espalda mientras la dedos la follaban sin piedad. El pulgar le rozaba el clítoris en círculos lentos y precisos. Jimin temblaba. Sentía cómo el orgasmo se le acumulaba en el bajo vientre, caliente e inevitable.
Cuando estuvo a punto de correrme, Jungkook sacó los dedos de golpe. Jimin soltó un quejido de protesta, casi un sollozo. Él se lamió los dedos con calma, mirándola a los ojos mientras lo hacía, y después se desabrochó el pantalón. Su polla saltó pesada, gruesa, completamente dura, la cabeza ya brillante de líquido preseminal. La frotó entre los labios hinchados de Jimin, empapándola más, sin entrar todavía. El calor de esa carne gruesa contra su coño la hacía ver estrellas.
—Vas a tomar toda. Sin quejas. Y vas a mirarme mientras lo hago —ordenó.
La giró de frente, la levantó como si no pesara nada y la sentó sobre el escritorio. Las piernas de Jimin se abrieron solas. Jungkook se posicionó entre ellas, la cabeza de su polla presionando contra la entrada resbaladiza, y empujó.
Entró de un solo golpe, hasta el fondo.
Jimin gritó contra el hombro de él, las uñas clavándose en la camisa negra. El estiramiento era brutal. La polla de Jungkook la llenaba por completo, rozando cada centímetro sensible, empujando contra el fondo de su coño con una presión que le robaba el aire. Se quedó quieto un segundo, respirando pesado contra su cuello, dejando que ella se acostumbrara al tamaño.
—Relájate —murmuró—. Lo estás tomando todo. Mírame.
Jimin levantó la cara. Sus ojos se encontraron. Jungkook empezó a moverse.
Largo. Profundo. Sin prisa y sin piedad. Cada embestida hacía que el escritorio crujiera y que los pechos de Jimin rebotaran contra el pecho duro de él. Jungkook la agarraba de las caderas con fuerza, los dedos marcando la piel pálida, controlando el ritmo como controlaba todo en ese hospital. El sonido de piel contra piel era obsceno, húmedo, mezclado con los gemidos ahogados de Jimin y la respiración pesada de Jungkook.
—Más… doctor… por favor… —suplicó ella, la voz rota.
—Calla y tómalo —gruñó él, acelerando un poco, cambiando el ángulo para golpear exactamente ese punto que la hacía ver blanco.
La folló así durante minutos eternos, sin detenerse ni cuando Jimin se corrió la primera vez con un grito sofocado, el coño apretándolo con fuerza rítmica, el cuerpo entero temblando. Jungkook no se detuvo. Siguió embistiéndola a través del orgasmo, aprovechando las contracciones para llegar todavía más profundo. Cuando las piernas de Jimin empezaron a flaquear, la sacó del escritorio, la giró y la dobló sobre él. Entró otra vez desde atrás de un solo empujón. Una mano le rodeó el cuello, no lo suficiente como para asustarla, pero sí lo suficiente como para recordarle quién mandaba. La otra le bajó al clítoris y lo frota en círculos precisos mientras la embestía sin piedad.
—Otra —ordenó contra su oreja—. Vas a correrte otra vez. Ahora.
La segunda corrida de Jimin llegó más fuerte. Las piernas le flaquearon por completo. Jungkook la sostuvo, la levantó y la sentó a horcajadas sobre él en la silla grande de cuero del despacho. Jimin, con el cabello rubio completamente desordenado y los labios hinchados, se dejó guiar. Subía y bajaba despacio al principio, sintiendo cómo la polla gruesa le rozaba el punto exacto una y otra vez. Jungkook le chupaba los pechos, mordiendo los pezones con la justa cantidad de dolor, mientras la guiaba con las manos en el culo, abriéndola más, empujándola más profundo con cada bajada.
—Así… justo así… —gruñó él contra su pecho—. Eres tan apretada. Tan jodidamente caliente.
Jimin se movía más rápido, desesperada, buscando el tercer orgasmo. Jungkook se lo dio. La agarró de las caderas y la embistió hacia arriba con fuerza, una y otra vez, hasta que ella se corrió con un grito que casi no pudo contener. El coño le latía alrededor de la polla de él, empapándolo todo.
Jungkook la levantó todavía temblando, la volteó de nuevo sobre el escritorio y esta vez la folló más rápido, más duro, buscando su propio final. El sonido era obsceno: piel, gemidos, el roce húmedo del coño de Jimin tragándoselo entero una y otra vez. Cuando se corrió, lo hizo profundo, llenándola con chorros calientes y espesos. Jimin sintió el calor dentro de ella y gimió otra vez, casi en lágrimas de placer. Jungkook siguió moviéndose despacio, empujando su semen más adentro, hasta que ambos temblaron y se quedaron quietos.
Se quedaron así un rato largo, jadeando. Jungkook le acarició el cabello rubio con una ternura inesperada, casi paternal, los dedos pasando con suavidad por los mechones enredados. Después le habló contra la oreja, la voz todavía ronca y baja:
—A partir de ahora vas a llegar puntual. Vas a revisar cada valor dos veces. Y cuando necesites que te recuerde quién manda aquí… vienes a este despacho. De rodillas si hace falta. ¿Entendido?
Jimin, todavía con las piernas temblando y el semen caliente resbalándole por el muslo interno, sonrió cansada y profundamente satisfecha, la respiración entrecortada.
—Sí, doctor Jeon.
Jungkook le dio un suave nalgazo antes de separarse, el sonido húmedo de su polla saliendo de ella llenando el silencio. Se acomodó la ropa con calma mientras ella todavía intentaba recuperar el aire sobre el escritorio.
—Bien. Ahora limpia esto y vuelve a tu ronda. Y Park…
Ella lo miró, todavía medio desnuda, el pecho subiendo y bajando rápido, el coño hinchado y lleno.
—La próxima vez no voy a ser tan paciente. Y no voy a parar en dos orgasmos.
Jimin tragó saliva, el calor volviendo a acumularse entre sus piernas solo con esas palabras.
—Lo tendré en cuenta, doctor.
Jungkook sonrió por primera vez aquella noche. Una sonrisa pequeña, oscura y peligrosa.
—Más te vale.








