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Kingsley Hall: El juego de los elegidos

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Summary

Calum Cox lo tiene todo: dinero, poder y el título de intocable en el elitista internado Kingsley Hall. En cambio, Judy Roberts, es una becada que entra en el internado por sus propios méritos estudiantiles. Entre ellos surge algo tan intenso como peligroso, pero las barreras de la alta sociedad, los oscuros secretos del internado y los errores del pasado amenazan con destruirlo todo. ¿Podrá el amor abrirse paso entre dos mundos que jamás debieron cruzarse?

Status
Excerpt
Chapters
27
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1

-JUDY-

El olor a café quemado, tostadas baratas y humedad del suelo londinense era el perfume de mi vida. El East End no perdonaba los errores, pero al menos te dejaba ser dueña de tus fracasos. O eso creía yo hasta que el director Henderson decidió arruinar mi tarde de un martes con un trozo de papel oficial impreso en una hoja de alto gramaje que olía a dinero rancio y mentiras bien pagadas.

—¿Kingsley Hall, señor Henderson? —pregunté, sosteniendo la carta entre mis dedos manchados de tinta de bolígrafo—. Creo que se han equivocado de dirección. Aquí no entra correo de las Tierras Altas de Escocia a menos que sea una multa del ayuntamiento por las tuberías del local de mis padres.

El despacho de Henderson olía a tabaco de pipa rancio y a desesperación administrativa. Era un hombre mayor, con las solapas de la americana llenas de caspa y los ojos cansados de bregar con presupuestos ridículos y techos que goteaban cada vez que llovía sobre Londres.

—No hay ninguna equivocación, Judy —dijo él, ajustándose las gafas con montura de pasta que se le resbalaban por el puente de la nariz—. Esta carta llegó esta misma mañana a mi mesa, directa desde el Ministerio de Educación, con copia sellada por la junta directiva de la propia academia. Te quieren allí. Beca completa. Matrícula, alojamiento, manutención y un pase directo a cualquier universidad de la Ivy League o del Russell Group sin pasar por la agonía de la selectividad.

Me quedé mirándole, inmóvil, sintiendo cómo el estómago se me encogía en un nudo frío. Yo conocía la reputación de Kingsley Hall tan bien como cualquier cría de los suburbios que leyera los periódicos en el metro de camino a casa. El bastión del elitismo británico. La fortaleza de piedra gris enclavada en las Tierras Altas donde los herederos de los ministros, los magnates del petróleo y los banqueros internacionales aprendían a gobernar el mundo antes de afeitarse la barba.

—Yo no me he inscrito en Kingsley Hall —repliqué, cruzando los brazos sobre mi sudadera descolorida, intentando alzar la barbilla con esa dignidad terca que mi madre me había inculcado a base de golpes de realidad—. No tengo dinero para la cuota de inscripción, ni para los uniformes, ni para los libros de texto importados. Y mucho menos cumplo con el perfil de sus... “alumnos habituales”.

Henderson suspiró, recostándose en su silla de madera crujiente. Apartó la vista un segundo hacia la ventana empañada por la llovizna londinense antes de mirarme con una mezcla de lástima y pragmatismo brutal.

—No te has inscrito porque no hacía falta, Judy. Has quedado primera en las pruebas de rendimiento académico nacional de la región metropolitana. Eres la alumna más brillante que ha pisado este instituto en veinte años. Pero las razones por las que te llaman no nacen del mérito puro, sino del pánico institucional.

Fruncé el ceño, sintiendo un picor molesto en la nuca.

—¿Pánico de quién?

—Lee los titulares de la semana pasada, muchacha —murmuró Henderson deslizando un recorte de periódico sobre su mesa. El titular, en una rotunda tipografía negra, gritaba desde las páginas de The London Investigator: “Una fábrica de ministros y banqueros comprada con billetes, no con talento: el escándalo de Kingsley Hall al descubierto”. El reportaje desmantelaba cómo el noventa y ocho por ciento de los alumnos entraban por apellido o por donaciones millonarias a los fondos de la fundación, dejando fuera el talento real. Las redes sociales ardían exigiendo que el gobierno les retirara las exenciones fiscales por fraude a la meritocracia—. La junta directiva está acorralada. El Ministerio de Educación les ha amenazado con cortarles el grifo y retirarles los subsidios si no demuestran un “impacto social inclusivo”. Necesitan un escaparate. Necesitan lavar su imagen elitista con una cara bonita, pobre y brillante que demuestre que cualquiera puede entrar si se esfuerza lo suficiente.

—En pocas palabras —susurré, sintiendo que el sabor a ceniza se extendía por mi boca—, soy un peón de relaciones públicas. Soy la fachada de diversidad que van a colocar en su catálogo para que los ricos duerman con la conciencia tranquila.

—Eres la número uno, Judy —respondió Henderson con firmeza, golpeando suavemente el papel con sus nudillos—. Y las circunstancias importan poco cuando la oportunidad es así de gigantesca. No puedes rechazar esto. Si te quedas aquí, acabarás trabajando en el turno de noche de un supermercado o doblando servilletas en un café del Soho para pagar una universidad de tercera. Si vas allí, juegas en su tablero. Eres más lista que todos esos niñatos ricos juntos. Demuéstrales de qué estás hecha.

Salí del despacho con el sobre arrugado apretado contra el pecho como si fuera un chaleco antibalas. El trayecto hasta el East End en el autobús de dos pisos se me hizo borroso, atravesando calles donde los charcos reflejaban las luces de neón parpadeantes de los pubs y las lonas descoloridas de las fruterías.

Cuando llegué a la cafetería de mis padres, The Golden Bean, el local ya estaba cerrado al público, pero la luz interior seguía encendida. Traspasé la puerta de cristales tintados y el sonido de la campanilla hizo que mi padre levantara la cabeza desde detrás de la barra. Estaba fregando una taza con un trapo gris, con las mangas de la camisa remangadas y los antebrazos marcados por años de trabajo duro frente a las freidoras y la cafetera industrial. Mi madre salía de la cocina trasera cargando una bolsa de basura con ojeras profundas bordeando sus ojos cansados.

—¿Qué tal el instituto, cariño? —preguntó mi madre, dejando la bolsa junto a la puerta y secándose las manos en el delantal con flores descoloridas—. ¿Alguna novedad con las notas de física?

Me detuve en medio del suelo de baldosas ajedrezadas, que crujían bajo las suelas de mis zapatillas desgastadas. Saqué el sobre oficial de la mochila y lo coloqué sobre la encimera, justo al lado del bote de propinas medio vacío.

—No es física, mamá. Es esto.

Mi padre dejó el trapo sobre la barra y se acercó despacio, con las manos aún húmedas, mientras mi madre se arremolinaba a su lado. Leyeron el membrete dorado en relieve de Kingsley Hall. El silencio que se instaló en la pequeña cafetería fue tan espeso que solo se escuchaba el zumbido sordo del motor de la cámara frigorífica.

—¿Qué significa esto, Judy? —preguntó mi padre, con la voz ronca, acariciando el papel con la yema de un dedo calloso como si temiera que fuera a desvanecerse—. ¿Esto es una broma de algún compañero? Las tasas de este sitio cuestan más que lo que facturamos en media vida.

—No es una broma —contesté, sintiendo un nudo en la garganta que me impedía respirar con normalidad—. El director dice que es una beca completa. Me quieren allí porque un periódico destapó que son una panda de elitistas y necesitan meter a alguien de clase baja para callar las críticas. Soy un adorno, papá. Voy a ser la becada de usar y tirar en un castillo en las Tierras Altas rodeada de millonarios que me mirarán como si llevara la peste.

Mi madre me miró fijamente. Sus ojos, idénticos a los míos pero cruzados por las líneas finas del agotamiento diario, se llenaron de un brillo feroz. Extendió la mano y cerró los dedos sobre mi muñeca, apretándola con fuerza.

—¿Te crees que la vida te va a regalar un camino limpio, Judy? —dijo ella, con una mezcla de dulzura y autoridad inflexible—. ¿Crees que nos importa si nos usan de escaparate o si lo hacen por caridad de ricos? Lo que importa es lo que tú vas a sacar de ahí dentro. Te van a dar una educación por la que nosotros tendríamos que vender los riñones y el alma. Te van a abrir puertas a las que jamás podríamos asomarnos.

—Pero mamá... no tengo ropa adecuada, no sé cómo comportarme con esa gente, no conozco sus códigos —protesté, sintiendo por primera vez el vértigo real de salir de mi pequeño mundo gris para caer en las fauces de los intocables—. ¿Y si no encajo? ¿Y si me aplastan? ¿Y si no llego a nada y hago el ridículo? ¿Y vosotros que?

Mi padre dio un paso al frente, rodeó la barra y me tomó de los hombros con sus manos pesadas y cálidas. Su mirada estaba fija en la mía, seria, sin una sola duda.

—Escúchame bien, mi vida —dijo con voz firme, aunque se le quebró ligeramente al final—. Nosotros nos apañaremos. Siempre lo hemos hecho. Si faltan horas aquí, doblaremos los turnos. Si hay que apretarse más el cinturón, lo haremos. Pero tú te vas a subir a ese tren hacia Escocia con la cabeza bien alta. No eres inferior a ninguno de esos malcriados con apellidos compuestos. Llevas el apellido Roberts, y en esta familia nadie se echa atrás ante una pelea, por muy grande que sea el gigante.

Miré el sobre dorado sobre la barra. Recordé el rostro cínico del director Henderson, el reportaje del periódico y la fría promesa de un futuro que iba mucho más allá de las paredes de esta cafetería en el East End. Un escalofrío me recorrió la columna vertebral, una mezcla de miedo absoluto y una chispa salvaje de ambición que no sabía que poseía.

Si querían una fachada para limpiar su conciencia, iban a descubrir muy pronto que dentro de esa fachada habitaba una tormenta dispuesta a demoler los cimientos de su preciada academia.

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