Capítulo 1
El espacio rugía a pura distorsión, alcohol, tufo a humedad y una niebla espesa de humo de cigarrillo que me ahogaba el aire. El ambiente estaba colmado, sofocante, pegajoso; una marea humana apretada hombro con hombro que respiraba tabaco barato y sudor. Soportar que me rozaran era un suplicio, y el olor a cigarro sin filtro se impregnaba violento en mi piel y en la tela de mi ropa. Luces rojas y azules cortaban la densa humareda de forma intermitente, iluminando a ciegas a esa masa de gente que bailaba, pogueaba y se empujaba sin control.
Cada uno de mis sentidos me decía que yo no pertenecía a este lugar. No debía estar acá. Miré mis zapatillas de lona impecables y luego mi ropa limpia y pulcra, totalmente desentonada con los jeans rotos, los parches de Nirvana y Pearl Jam, las camisas de leñador atadas a la cintura y las camperas de cuero desgastadas del tumulto. Pero Inés había insistido tanto… Su novio Xavi tocaba en una banda de rock —o eso decían— y esa noche se presentaban en este antro subterráneo del pueblo.
Bufé, soltando un suspiro pesado mientras el humo de un cigarrillo ajeno me quemaba los ojos. Cruzé los brazos sobre el pecho de inmediato para protegerme del contacto ajeno, dando un paso al costado para esquivar a un sujeto de borcegos oscuros que pasaba tambaleándose con un vaso de plástico aplastado en la mano.
—No puedo creer que mi noche libre esté metida acá —murmuré para mí misma.
Inés soltó una carcajada entre el barullo y, para mi desgracia, me tomó con fuerza del brazo para abrirse paso a empujones hacia el escenario. Me tensé al sentir su agarre.
—¿Y a dónde más deberías estar? —me gritó— ¿En pijama en la cama mirando Beverly Hills 90210 o leyendo para la facultad?
—Suena perfecto para mí —respondí, acomodándome el chocker negro de terciopelo que llevaba pegado al cuello.
Las luces del escenario se encendieron de golpe con un destello cegador y el estruendo de los amplificadores Marshall retumbó en los cimientos, haciendo vibrar el suelo pegajoso por la cerveza derramada. El concierto comenzó con un acorde distorsionado que me sacudió el pecho. Entre el caos de sonido, la humareda flotante y la masa de desconocidos que me sofocaba, puse mi atención en el baterista por alguna razón. Los bucles de sus rulos se movían al compás salvaje con el que movía los palos, cayendo sobre su frente empapada de sudor con cada golpe preciso sobre los platillos. Sorprendentemente, la banda no sonaba tan mal como mi mente analítica había prejuzgado; tenían un ritmo pesado, crudo, pegado al grunge de la época.
Al terminar la última canción entre acoples, aplausos feroces y gritos, el grupo bajó de las tablas. Inés me arrastró a través del mar de gente hacia el fondo del local. Nos acercamos a la barra de madera gastada y repleta de ceniceros rebosantes de colillas, donde pidieron una cerveza Quilmes de litro con dos vasos. El barman deslizó la botella helada sobre la superficie cubierta de una capa pegajosa de alcohol y ceniza.
Xavi se sumó a nosotras abrazando a Inés por detrás con fuerza mientras reía agitado y buscaba un encendedor en su bolsillo. Detrás de él vinieron los demás miembros, abriéndose paso entre los fanáticos que los felicitaban: Simón, el guitarrista principal; Sara, la tecladista con un pack de cigarrillos en la mano; y el bajista, Jay. Se saludaron entre todos, mientras Inés nos presentaba con señas entre el ruido ensordecedor del ambiente.
—¿Estudias en la UNSE? —me preguntó Simón, prendiendo un rubio sin filtro.
Asentí y bebí de mi vaso, sintiendo el líquido frío aliviar la sequedad de mi garganta azotada por el humo.
—¿Y dónde estaba yo? —le preguntó el joven a sus compañeros.
Xavi le dio un empujón amistoso en el hombro, riendo con burla.
—¡Durmiendo, imbécil! —exclamó entre dientes—. ¡Si no vas nunca!
En ese momento se sumó el baterista, echando una densa bocanada de humo hacia arriba. Santiago. Era alto, de porte atlético y mandíbula marcada, con una mata de rulos rubios despeinados sobre la frente. Lucía una musculosa negra que dejaba al descubierto sus brazos tonificados, finos pero firmes, sin un solo tatuaje. Eso llamó mi atención de inmediato. Los demás tenían tinta cubriendo sus brazos y cuellos, pero la piel clara de él estaba completamente limpia. Llevaba también una cruz metálica colgada del cuello que brillaba ligeramente bajo la luz tenue de los spots.
Saludó a quienes lo rodeaban con un gesto corto de cabeza y una sonrisa ladeada, le pidió un vaso al barman alzando dos dedos y se apoyó cómodamente contra la barra, cruzando los tobillos con soltura mientras sacudía la ceniza al suelo.
—Inés, tu novio no pegó alaridos hoy —dijo divertido.
—Y vos seguiste el ritmo —retrucó ella para diversión del grupo.
Santiago rió detrás de su vaso de cerveza mientras daba un sorbo, inclinando la cabeza hacia atrás.
—Esa es mi chica —celebró Xavi orgulloso dándole un beso fuerte en la mejilla a Inés mientras la seguía abrazando.
Esa actitud de Santiago —relajada, atropellada y de el mundo me pertenece porque soy genial— me resultaba insoportable. Desvié la mirada rodando los ojos disimuladamente. Había conocido a muchos así, y me daba una pena ajena enorme su comportamiento de estrella de rock de pueblo chico.
Fue exactamente en ese momento cuando Santiago notó mi presencia. Me observó de reojo a través de la humareda mientras bebía, bajando lentamente el vaso. Mirándome con una leve inclinación de cabeza y entornando ligeramente sus ojos oscuros, una breve sonrisa de suficiencia se formó en sus labios. Lo que sea que estuviera calculando en su cabeza, lo divertía.
Inés lo notó de inmediato, dando un paso al frente para interponerse ligeramente con una sonrisa astuta y cruzándose de brazos.
—Ni se te ocurra. Fuera de tu alcance.
—No tenés tanta suerte, amigo —agregó Jay, lejanamente secundado por las risas de la barra repleta.
Santiago no me apartó la mirada. Dio otro trago pausado a su bebida sin perder la compostura y le dio una última pitada a su cigarrillo antes de responder con total aplomo y una ceja alzada:
—Yo hago mi suerte.
Sostuve su mirada por primera vez entre el vapor denso del lugar. Con expresión seria y alzando apenas una ceja con calculado desdén, le solté:
—Pero hoy la suerte no está de tu lado.
El grupo se descolocó. El impacto de mi remate dejó un silencio tenso que duró apenas un segundo. Incluso Santiago se sorprendió, arqueando las cejas mientras bajaba lentamente el vaso y entreabría la boca con el humo escapando entre sus dientes. Y entonces comenzaron a reír a carcajadas. Xavi soltó una risotada limpia apoyando la cabeza en el hombro de Inés, mientras los demás celebraban el momento dando palmaditas en la barra pegajosa.
Sonreí apenas mientras seguía bebiendo. Por un instante, mi mirada y la de Santiago chocaron a través de la densa niebla de tabaco. No había dejado de sostenerme la vista, y detrás de su sonrisa confiada, una chispa de auténtica curiosidad se encendió en sus ojos oscuros.
Para cuando Inés y Xavi ya daban un show erótico en una esquina del bar, arrinconados contra la pared entre besos intensos y manos inquietas —una escena que me obligó a desviar la vista por pura incomodidad—, la banda se había dispersado. El ambiente comenzaba a sentirse cansado, denso por el humo acumulado. Jay y Simón conversaban cerca del equipo de sonido, riendo a medias con Sara.
Por su parte, Santiago se había entretenido con una chica que lo observaba como si fuera lo más espectacular del planeta. Él la escuchaba apoyado contra la barra con gesto desenfadado, desprendiendo humo entre los dientes y manteniendo las manos metidas en los bolsillos de su jean Levi’s 501.
Levanté la muñeca para mirar mi reloj Casio digital de correa de resina entre la penumbra: 1:15 am. Mi estructura mental exigía control; definitivamente era hora de irse. Solté un suspiro de alivio ante la excusa perfecta para escapar del encierro. Me puse de pie agarrando mi abrigo de la banqueta, me acomodé la correa del bolso y miré al resto.
—Hasta acá llegué, nos vemos chicos.
Algunos protestaron entre el ruido ambiente, pidiéndome que me quedara hasta el cierre. Pero necesitaba estar en mi casa; en unas horas me esperaba una rutina inflexible entre las clases y mis responsabilidades.
—Te llevo —se ofreció Simón, dando un paso al frente mientras buscaba las llaves en el bolsillo de su campera.
—Simón...
La voz rasposa de Santiago nos tomó por sorpresa. Se había acercado sin que lo viera venir, abandonando a la chica y abriéndose paso entre la muchedumbre.
—¿Qué diría tu novia si te ve caminando con esta belleza a altas horas de la noche? —preguntó en tono sarcástico, echando una leve bocanada de humo y curvando sus labios con una sonrisa de medio lado mientras me miraba fijamente.
¿Belleza? Fruncí el ceño, sintiendo una mezcla de molestia y desconcierto ante su audacia. Simón se quedó helado, visiblemente incomodado por la mención de su novia frente a todos.
—Yo la puedo acompañar —agregó Santiago, acortando la distancia y clavando sus ojos oscuros en mí con serenidad provocadora.
—No, gracias. Estoy cerca —dije de inmediato, girando sobre mis talones para zanjar el asunto y huir de la marea humana.
—¡Yo también! —aplaudió él con una palmada sonora antes de guardarse las manos en los bolsillos—. Mejor aún. ¿Vamos?
Jay observaba la situación entre divertido e incrédulo. Yo no quería seguir perdiendo minutos de sueño ni respirando esa mugre; solo quería estar en mi casa. Lo medité un segundo: solo me acompañaría unas cuadras. ¿Qué era lo peor que podía pasar? Lo extraño era que, a su lado, mi cuerpo no parecía recordar aquello que tanto le temía.
Suspiré rodando los ojos y lo miré a través de la humareda. Su rostro petulante era muy irritante, cargado de esa seguridad que tanto me fastidiaba.
—Bien. Vamos.
Saludé con un rápido gesto de mano y me abrí camino hacia la puerta, esquivando borrachos. Santiago ni siquiera se apuró: se puso su campera de cuero negra, apagó el cigarrillo e intercambió un choque de puños con el barman. Obviamente, no lo esperé.
Estaba por cruzar la salida cuando un grupo de jóvenes ingresó tambaleándose, apestando a cerveza rancia y marihuana. Al verme, todos pusieron sus ojos sobre mí, acorralándome contra el marco de madera sin dejarme margen de escape. La proximidad física me disparó de golpe el terror de mi experiencia pasada. Mi corazón dio un vuelco salvaje; me sentí pequeña, acorralada y vulnerable.
De pronto, uno de ellos, divertido, me tomó del rostro con unos dedos pegajosos y bruscos.
—¡Miren lo que es esta cara!
Parpadeé ante su tacto helado y eché la cabeza hacia atrás. Detestaba que me tocaran, pero el trauma reprimido me congeló la voz y los músculos en la garganta.
Antes de que pudiera hiperventilar, la mano de Santiago irrumpió con fuerza y se estrelló sobre el pecho del sujeto, empujándolo varios pasos hacia atrás con un impacto violento que le sacó el aire. El grupo se quedó congelado. Evalué la escena en un milisegundo: o el chico respondía o se nos venían todos encima.
—No la vuelvas a tocar sin su permiso —dijo Santiago entre dientes sin sacar la mano de su pecho, con los ojos encendidos y la postura rígida.
El agresor pareció dudar, pero uno de sus amigos lo frenó tomándolo del hombro.
—Tranquilo, Monte, no vuelve a pasar —dijo el amigo, levantando las manos.
El chico tragó saliva, midiendo la furia contenida de Santiago.
—No vuelve a pasar —dijo, y me miró bajando la cabeza—. Perdóname.
Asentí rápidamente. Puse mi mano en su antebrazo. Sus músculos seguían tensos bajo mis dedos. Lo bajó suavemente y busqué su mirada. Esperé que volviera aquella incomodidad conocida, pero no llegó. Por primera vez en mucho tiempo, tocar a un hombre no me hizo querer apartarme.
—Ya está, vamos.
Él parpadeó, exhaló una profunda bocanada de aire y pareció volver en sí. Bajó el brazo y salimos al aire fresco.
El frío de la madrugada de otoño me golpeó de lleno apenas pisamos la vereda. El aire helado de la cordillera, seco y cortante, me limpió de golpe los pulmones, haciéndome soltar una bocanada de vapor blanco. Las copas de los pinos crujían bajo la brisa y el olor a leña quemada y tierra húmeda envolvió la calle en silencio.
Mi cuerpo seguía en alerta tras el incidente, pero ver a Santiago a mi lado me daba una inusual sensación de amparo. Metió las manos en su campera y caminó en silencio, adaptándose a mi ritmo sin hacer preguntas.
—Gracias —susurré, rompiendo la calma.
—¿Qué?
—Gracias —repetí, indicando con la cabeza hacia el bar.
Él asintió y su rostro se suavizó. Por una experiencia traumática de mi pasado, la presencia física de cualquier hombre solía dispararme una ansiedad punzante y un temor casi instintivo a la menor cercanía. Siempre mantenía mi distancia como una armadura. Sin embargo, al mirarlo a él, esa alarma interna no saltó. No me sentía incómoda a su lado; al contrario, su calma desenfadada me despertaba una inesperada y extraña curiosidad.
—No sos de acá —afirmó.
Me tomó por sorpresa, pero tenía razón. No era de acá. Hacía unos meses había agarrado un mapa de Argentina y buscado un punto al azar: un lugar tranquilo, con pocos habitantes, una universidad para seguir mis estudios y lejos del turismo masivo. Santa Elena del Sur había sido mi refugio perfecto.
—No.
—¿Y te gusta? ¿El lugar te gusta?
Lo medité unos segundos mientras mis zapatillas resonaban en la vereda. Miré las casas de madera con techos a dos aguas, las farolas distantes y la silueta de la montaña.
—Es... diferente.
—¿Diferente es bueno o malo?
—Es un lugar especial —concluí.
Caminamos dos cuadras más hasta llegar a una esquina iluminada por una sola farola.
—¿Acá? —preguntó mirando los locales comerciales cerrados.
—Sí. Gracias por acompañarme. ¿Estás muy lejos?
Él se rió, soltando una ligera nube de vapor.
—No. Tranquila.
—Gracias de nuevo.
—Te veo por ahí.
Busqué las llaves en mi bolso e ingresé por la puerta lateral de madera hacia el pasillo angosto que daba a mi departamento al fondo. Un dos ambientes simple, donde todo estaba estrictamente ordenado en su sitio: mi escritorio de madera, los apuntes alineados y mi Hermes Baby usada, la cual le venía pagando en cuotas mensuales a Alicia y Ricardo, el matrimonio mayor que me alquilaba el lugar. No era la más rápida ni la de último modelo, pero me salvaba la vida para tipear los trabajos prácticos de la facultad.
Avancé a oscuras, deseando únicamente bañarme y meterme en la cama. Pero al acercarme a la puerta, la luz tenue del pasillo reveló un pequeño papel amarillento pegado con cinta sobre la cerradura. Reconocí al instante la caligrafía en cursiva de Alicia, la única que solía atender el teléfono fijo de la casa principal cuando alguien llamaba.
Despegué el papel y leí en voz alta:
Llamó tu mamá, debes llamarla el sábado sin falta.
Sostuve la nota, sintiendo cómo el cansancio se transformaba en esa conocida opresión en el estómago. Solté un chasquido de lengua e inevitablemente rodé los ojos. La sola mención de mi madre y su necesidad de control a la distancia me generó un rictus instantáneo de fastidio. Guardé el papel en mi saco, giré la llave y entré, resignada a la conversación que tendría que encarar el fin de semana.
Dejé mi Walkman Sony sobre la mesa junto a un par de cassettes, me di una ducha caliente rápida para sacarme el olor a cigarrillo del bar, me sequé el pelo y me acosté entre las sábanas heladas. En unas pocas horas mi rutina estructurada volvería a empezar: trabajo, facultad y, finalmente, el turno en el Riff.








