Prólogo
El calor de Taos no perdonaba a nadie, pero a ellos no parecía importarles. Flotaba sobre el asfalto gastado como una nube invisible de vapor, haciendo que las montañas de sangre de Cristo a lo lejos se vieran borrosas, casi irreales. A esa hora de la mañana, la luz dorada de Nuevo México caía sin piedad sobre las casas de adobe y los matorrales secos que bordeaban el camino a la escuela.
Nancy y Álvaro caminaban uno al lado del lado, con el ritmo sincronizado de dos personas que han compartido los mismos pasos desde que aprendieron a andar. Ella llevaba la mochila colgada de un solo hombro; él, con las manos metidas en los bolsillos del pantalón, le quitaba el polvo a los pedruscos del suelo con la punta de las botas.
Se conocían de toda la vida. Habían compartido veranos enteros bajo la sombra escasa de los pinos piñoneros, raspones en las rodillas cureteados con agua oxigenada y secretos murmurados en la penumbra de sus habitaciones antes de que cayera la noche. Eran el refugio del otro en un pueblo demasiado pequeño para esconderse. Cuando el padre de Álvaro alzaba la voz más de la cuenta, Nancy aparecía en su ventana con un par de refrescos; cuando la tormenta asustaba a Nancy, Álvaro se quedaba sentado en su porche hasta que las nubes se despejaban.
Eran mejores amigos, inseparables y protectores. Nancy adoraba a Álvaro con la lealtad ciega que solo se le profesa a un hermano, a un protector, a la mitad de tu propia alma. O quizás no. Porque a veces, cuando la risa de Álvaro resonaba en el silencio sofocante del desierto y la brisa seca le alborotaba el cabello, Nancy se le quedaba mirando un segundo de más. Y en el fondo de sus ojos oscuros, tras la sombra de sus pestañas, brillaba una chispa viva y hambrienta, algo tan profundo y silencioso que sus propios labios jamás se habrían atrevido a nombrar.
Al llegar a la esquina donde el pavimento comenzaba a agrietarse por la raíz de un viejo álamo, Álvaro se detuvo frente a la tienda de don Mateo. El letrero de lata crujía levemente con la brisa seca, y el vidrio de la entrada estaba cubierto por una fina capa de polvo rojizo.
-Espérame aquí, no te derritas -dijo él, dedicándole una sonrisa breve antes de empujar la puerta y hacer sonar la pequeña campana de latón.
Salió un minuto después sosteniendo dos paletas de hielo que ya comenzaban a gotear por el calor sofocante. Le extendió la de limón a Nancy.
-Toma. El viejo Mateo dice que si el calor sigue así, para el mediodía se va a derretir hasta el suelo de la tienda.
-Gracias -murmuró ella, tomando el palito de madera. Sus dedos rozaron la piel tibia de Álvaro por una fracción de segundo, un contacto tan breve que a él le pasó desapercibido, pero que a Nancy le erizó la nuca.
-Vamos, o el señor Miller nos va a cerrar la puerta en la cara otra vez -sonrió Álvaro, dándole un mordisco al hielo y echando a andar.
Caminaron el resto del tramo a la sombra de los callejones. Sin embargo, una vez dentro del instituto, el día se volvió una nebulosa tensa para Nancy. Se sentó en su pupitre junto a la ventana, pero la voz monótona del profesor de historia flotaba en el aire como un zumbido distante sin sentido. Por más que intentaba fijar la vista en su libreta, sus ojos terminaban desviándose de forma inevitable hacia la fila central, tres asientos más adelante.
Álvaro estaba inclinado sobre su cuaderno, escribiendo algo con calma. Nancy observó el movimiento de sus hombros, la forma en que el sol que entraba por el cristal sesgado hacía brillar los reflejos dorados de su cabello castaño, y la línea limpia de su perfil. De él era la culpa. De su soltura, de su amabilidad sin filtros, de la forma en que existía sin darse cuenta del espacio que ocupaba en la mente de ella. O quizás no. Quizás la culpa era únicamente de la debilidad de Nancy por no poder apartar la mirada.
Cuando sonó el timbre del descanso, el patio se llenó del eco estridente de pasos y risas. Nancy bajó a paso lento, pero al llegar al hueco debajo de las escaleras principales, se detuvo en seco. A solo unos metros, al pie de los peldaños, Álvaro había sido interceptado por una chica de su clase de química.
-Hey, Álvaro -dijo la chica, acomodándose un mechón de pelo detrás de la oreja y sonriendo con una timidez ensayada. - Estaba pensando... varios vamos a ir al río este sábado a acampar. Quería saber si tenías planes o si te gustaría venir
Álvaro rascó su nuca, mostrando esa amabilidad educada que le salía de forma tan natural.
-Ah, suena bien, pero creo que mi papá me necesita en el taller este fin de semana. No estoy seguro de si me dará tiempo
-Bueno, si te desocupas me avisas, ¿sí? Me encantaría que fueras -insistió ella, dando un paso más cerca y mirándolo fijamente a los ojos.
Oculta en la sombra de la estructura de concreto, Nancy no pestañeaba. Su cuerpo se volvió una línea rígida, dura como la piedra. Apoyó la mano contra la pared helada de las escaleras y apretó los dedos hasta que las uñas le dolieron. No era la primera vez que pasaba. En los últimos meses, parecía que medio pueblo había decidido empezar a notar a Álvaro.
Le molestaba de una forma visceral, violenta. Sabía exactamente con qué intenciones se le acercaban y con qué ojos lo miraban. Y cómo no iban a hacerlo. Había que aceptarlo: Álvaro se había vuelto innegablemente atractivo. Su cabello castaño brillante, esos ojos grandes y claros del color de las aceitunas maduras, la piel limpia y la simetría perfecta de su rostro. Era una belleza limpia, casi dolorosa.
Al repasar mentalmente cada detalle de su cara, cada rasgo que conocía de memoria desde la infancia pero que ahora tomaba una forma distinta, el pecho de Nancy se apretó. Su corazón comenzó a golpear contra sus costillas con una fuerza desmedida, un retumbo sordo y acelerado que le resonaba en los oídos, seco y hambriento.
Álvaro se despidió de la chica con un movimiento de cabeza cordial y dio media vuelta para alejarse. Justo al pasar al lado de la pared, Nancy salió del hueco de las escaleras de golpe, interponiéndose en su camino.
-¡Buh! -exclamó ella.
Álvaro dio un salto involuntario hacia atrás, llevándose una mano al pecho mientras soltaba un aire ahogado.
-¡Dios, Nancy! Me vas a matar de un susto -protestó, tratando de recuperar el aliento mientras ella soltaba una risita seca y rasposa.
-Tan alto y tan miedoso, Álvaro -se burló ella, cruzándose de brazos y mirándolo con una chispa burlona en los ojos. - Un día de estos un conejo del desierto te va a hacer saltar hasta el techo.
Él solo negó con la cabeza, sonriendo con resignación antes de echar a andar junto a ella de regreso al aula.
Más tarde, cuando el salón volvía a llenarse antes de la siguiente clase, Nancy se sentó sobre la orilla del pupitre de Álvaro. Jugaba con una esquina de su libreta, fingiendo desinterés.
-Este fin de semana iré a pescar al arroyo viejo -dijo ella en voz baja, mirando hacia el pizarrón. - Necesito salir un rato de casa.
-¿Al arroyo? -Álvaro levantó la vista de sus apuntes y la miró de inmediato. - Entonces voy contigo. Te ayudo a llevar la hielera.
-¿Ah sí? -Nancy alzó una ceja, haciendo un esfuerzo enorme por mantener la voz firme. - Yo pensé que... No sé, que estarías ocupado en el taller de tu papá. O acampando en el río con tus admiradoras
-Para nada. Lo del taller lo termino el viernes en la tarde -respondió él con sencillez, encogiéndose de hombros. - Y no tenía ganas de ir al río. Prefiero ir contigo.
Una sonrisa lenta y genuina se dibuja en el rostro de Nancy. Un calor victorioso le recorrió la espalda. Prefiero ir contigo.
La calma, sin embargo, duró pocos segundos. Un perfume empalagoso a vainilla anunció la llegada de tres chicas de la fila trasera, que avanzaron hacia el pupitre de Álvaro con bolsitas de regalo en las manos. La que iba al frente, Chloe, dejó caer una caja decorada justo sobre el cuaderno de él.
-Álvaro, nos enteramos de que tu cumpleaños es la próxima semana -dijo Chloe, inclinándose demasiado sobre la mesa y apoyando las manos cerca de las de él. - Así que nos anticipamos un poco. Queríamos darte algo especial
-Sí, abre el mío primero -añadió la segunda, rozándole el hombro "sin querer" mientras se acomodaba a su lado. - Es una loción. Me encantaría olerla en ti
Álvaro parpadeó, sorprendido, y de inmediato se echó un poco hacia atrás en su silla, creando espacio entre él y las chicas. Tomó los regalos con cuidado pero sin demostración de entusiasmo y los hizo a un lado sobre la mesa.
-Gracias, chicas, en serio no tenían que molestarse -dijo él con tono firme pero educado, manteniendo la distancia. - Pero de verdad no me gusta armar mucho escándalo por mi cumpleaños. Con un saludo en el pasillo basta.
La tercera chica sonrió con malicia, ignorando las palabras de Álvaro y mirando de reojo a Nancy, que permanecía rígida en el borde del pupitre.
-Ay, vamos, Álvaro. No seas tan tímido. Queríamos invitarte a comer pizza saliendo de clases para celebrar. Solo tú y nosotras. Nancy seguro tiene sus cosas que hacer, ¿verdad, Nancy?
La mirada de Nancy se volvió dos dagas heladas dirigidas a la chica, pero antes de que pudiera articular una respuesta llena de veneno, Álvaro intervino.
-Nancy y yo ya tenemos planes para salir juntos después de clases -dijo Álvaro, tomando sus libros y cerrando el tema con una cortesía tan impecable como inquebrantable. - Pero agradezco el detalle de los regalos. Nos vemos en la siguiente clase.
Las tres chicas se quedaron en silencio un segundo, frustradas por el muro invisible pero infranqueable que él siempre ponía, antes de dar media vuelta y alejarse musitando entre ellas. Nancy sintió su corazón latir desbocado otra vez, pero esta vez, el latido era de pura posesión.
El atardecer en Taos pintaba el cielo de un rojo violento, mezclado con vetas violáceas que se derramaban sobre las cumbres secas de las montañas. El calor abrasador del mediodía cedía paso a esa brisa helada y repentina que siempre bajaba del desierto al caer la noche.
Caminaban uno al lado del otro por el sendero de tierra, haciendo crujir las piedras bajo sus suelas. Nancy llevaba los brazos cruzados, pateando una lata vacía que encontró en el camino para drenar la hiel que aún le quemaba la garganta.
-Sinceramente, es ridículo -rompió el silencio Nancy, lanzando una mirada de reojo a Álvaro. - Parecen buitres sobrevolando a su presa. Literalmente babean cada vez que caminas por el pasillo. ¿No te da vergüenza ser tan... evidente?
Álvaro soltó una carcajada limpia y sonora que flotó en la calma del atardecer.
-Exageras, Nancy. Solo intentaban ser amables por lo del cumpleaños -respondió él, pasándose una mano por el cabello castaño con total desinterés. - Sabes que no me interesan esas cosas. Para mí no significan nada.
-Pues a ellas sí les importa -murmuró ella, deteniendo los pasos de golpe.
Álvaro dio dos zancadas más antes de darse cuenta de que se había quedado solo. Se giró hacia ella, intrigado por el repentino cambio en la atmósfera. El sol poniente le daba de lleno a Nancy en la cara, iluminando la firmeza desesperada de sus facciones y el brillo febril de sus ojos oscuros.
-Nancy, ¿pasa algo? -preguntó él, dando un paso de regreso hacia ella.
El pecho de Nancy subía y bajaba con rapidez. El corazón le retumbaba contra las costillas, fuerte y sordo, ahogando el sonido del viento. Ya no podía guardar el secreto; la idea de que cualquier otra chica pudiera ponerle las manos encima a lo que ella consideraba suyo la consumía por dentro.
-No entiendo por qué buscas afuera lo que siempre has tenido a tu lado -dijo Nancy. Su voz sonó más baja de lo normal, temblorosa pero cargada de una gravedad absoluta. - No las necesitas a ellas, Álvaro. Me tienes a mí. Te conozco mejor que nadie, sé cómo cuidas a los tuyos, sé todo de ti... Te quiero. Pero no como una hermana o una amiga. Te quiero para mí. Completo
El silencio que siguió cayó sobre el sendero como una losa de concreto.
La sonrisa de Álvaro se desvaneció por completo. La calidez habitual de su rostro dio paso a una expresión de dolorosa sorpresa. Dio un pequeño paso atrás, rascándose la nuca con torpeza mientras esquivaba la mirada directa de Nancy.
-Nancy... -empezó a decir él, midiendo cada palabra con extrema cautela. - Eres lo más importante que tengo en la vida. Eres mi mejor amiga, mi hermana, la persona en la que más confío en el mundo. Pero... no puedo verte de otra forma. No me gustaría que fuéramos nada más. Si intentáramos algo así, terminaríamos arruinando lo único real que tenemos.
Nancy sintió cómo el aire se le congelaba en los pulmones, pero la verdadera estocada llegó un segundo después, cuando Álvaro volvió a hablar con un hilo de voz apenado:
-Además... hay alguien más. Me gusta alguien desde hace un tiempo.
Algo se fracturó dentro de Nancy. No fue un rompimiento ruidoso; fue una fisura invisible, limpia y profunda en la estructura misma de su cordura. El mundo pareció perder todo su color, reducido a una escena gris donde solo existía la traición de la distancia.
Sin embargo, sus músculos se relajaron con una lentitud casi espeluznante. La rigidez de su cuerpo desapareció y los labios de Nancy se curvaron hacia arriba en una sonrisa impecable, serena y tibia.
-Entiendo -dijo ella, con una voz extrañamente dulce que no dejaba entrever el abismo que acababa de abrirse en su interior. - Tienes razón, Álvaro. Qué tonta fui al confundir las cosas. Somos mejores amigos y eso es lo que verdaderamente importa
Álvaro dejó escapar un suspiro de alivio descompresionado, creyendo haber salvado la situación.
-¿De verdad estás bien? -preguntó, intentando acercarse para darle un abrazo.
-Perfectamente -respondió Nancy, dando un paso atrás para evitar el contacto físico. - Ya casi es hora de cenar. Nos vemos el lunes en la escuela.
Sin esperar respuesta, dio media vuelta y echó a andar. Álvaro la vio alejarse bajo la luz agonizante del día, caminando con la espalda recta y el paso firme. Nancy no volvió la cabeza ni una sola vez. Mientras la sombra de la noche devoraba el valle de Taos, ella apretó los puños hasta que la piel de sus nudillos se tornó blanca, guardando aquel rechazo en el lugar más oscuro de su ser, donde el amor y la carne terminarían volviéndose la misma cosa.








