Pʀᴏ́ʟᴏɢᴏ
𝖳𝗈𝖽𝗈𝗌 𝗅𝗈𝗌 𝗉𝖾𝗋𝗌𝗈𝗇𝖺𝗃𝖾𝗌 𝖽𝖾 𝖡𝗅𝖾𝖺𝖼𝗁 𝗌𝗈𝗇 𝗉𝗋𝗈𝗉𝗂𝖾𝖽𝖺𝖽 𝖽𝖾𝗅 𝗀𝗋𝖺𝗇 𝖬𝖺𝗇𝗀𝖺𝗄𝖺 𝖳𝗂𝗍𝖾 𝖪𝗎𝖻𝗈.
Tokio, primavera del año 2020.
El auditorio de la Facultad de Derecho de la Universidad de Tokio olía a madera pulida y a sudor nervioso. Rukia estaba de pie en el centro del escenario, se miraba tan pequeña que el micrófono casi le rozaba en la frente. La toga negra le quedaba perfecta, como todo lo que ella se proponía. El rector le entregó el diploma con una sonrisa que pretendía ser paternal. Ella lo tomó sin temblar. Y entonces los aplausos retumbaron, pero dentro de su pecho solo había un silencio afilado.
En la primera fila, nadie la esperaba. Su padre había muerto años atrás. Su hermana mayor, Hisana, estaba en Kioto, y solo le habia enviado un mensaje secó: "Felicidades. No pude viajar". Y su madre… su madre llevaba trece años bajo tierra.
Aún recordaba con dolor y asco el titular del periódico local: «Mujer soltera se suicida tras escándalo con empresario casado». No mencionaban el nombre del hombre. Solo el de su madre. Como si ella hubiera sido la única culpable. Como si el poder siempre estuviera del lado del que tenía anillo en el dedo.
Esa noche, después de la ceremonia, quemó la última foto que tenía de su madre sonriendo. No lloró. Solo se prometió una cosa: ella nunca sería la segunda. Nunca sería la que se quedara esperando migajas de un cariño ajeno. Ella sería la elegida. Aunque para eso tuviera que arrancar el puesto con las uñas.
Dos semanas después, el correo electrónico llegó.
«Estimada Srta. Kuchiki,
Nos complace ofrecerle el puesto de Asociada Junior en el bufete Kurosaki & Asociados, con sede en Los Ángeles, California. Salario inicial: 145.000 dólares anuales + bono de reubicación. Fecha de incorporación: 15 de junio.»
Firmado: Isshin Kurosaki, Socio Fundador.
Rukia leyó el correo tres veces. Luego compró el billete de ida sin escala. Y no miró atrás.
El vuelo Tokio-Los Ángeles duró once horas y media. Ella no durmió. Se pasó el tiempo estudiando el organigrama del bufete que había imprimido. Kurosaki & Asociados era uno de los despachos más agresivos de la Costa Oeste: derecho corporativo, litigios de alto perfil, divorcios millonarios. Isshin Kurosaki, el fundador, era una leyenda excéntrica: había llegado de Japón con veinte años y una beca, y ahora su firma movía cientos de millones al año. Tenía dos hijos. El mayor, Ichigo, estudiaba Derecho en Harvard y ya aparecía en fotos de eventos como «el heredero».
Memorizó cada nombre. Cada rostro. Cada debilidad posible.
Cuando el avión aterrizó en LAX, el calor de junio la golpeó como una bofetada húmeda. El taxi la dejó frente a un edificio de cristal y acero en el centro de Los Ángeles: treinta y dos pisos, logo dorado en la fachada. Kurosaki Tower.
En el vestíbulo de mármol blanco, ella se sintió diminuta. Tenía solo su maleta de mano y un traje negro que le quedaba un poco grande porque había adelgazado por los nervios, se sentía diminuta. Pero no pequeña.
— ¡Disculpa! ¿Eres la nueva de Tokio también?
Escucho.
Era una voz alegre, casi musical. Rukia se giró.
Y entonces la vio. Una chica alta, de cabello naranja-rojizo largo hasta la cintura y ojos marrones enormes, le sonreía como si se conocieran de toda la vida. Llevaba un vestido veraniego amarillo que contrastaba brutalmente con el ambiente corporativo. En las manos sostenía dos vasos de café de Starbucks.
— Soy Orihime Inoue. También empiezo hoy. Me dijeron que éramos las dos únicas japonesas nuevas este año. ¡Qué suerte, ¿no?!
Rukia parpadeó. La chica era… luminosa. Demasiado. Como si el sol se hubiera quedado atrapado en su piel.
— Rukia Kuchiki — respondió, estrechando la mano que le ofrecían. La de Orihime estaba caliente y suave —. Sí, parece que seremos compañeras.
Orihime le ofreció uno de los cafés.
— Latte vainilla sin azúcar. Supuse que no querrías nada muy dulce el primer día. ¿Me equivoco?
Rukia aceptó el vaso. Por primera vez en mucho tiempo, sonrió de verdad.
— No te equivocas.
El primer día fue un torbellino. Orientación, firmas de contratos, tours por las plantas. El bufete ocupaba los pisos 18 al 32. En el 25 estaba el área de asociados juniors. Sus escritorios estaban uno frente al otro, separados por una mampara de cristal esmerilado.
Por la noche, después de doce horas de papeleo, Orihime propuso ir a comer ramen en Little Tokyo. Rukia, que había planeado irse directamente al diminuto apartamento que le había conseguido el bufete en Koreatown, aceptó.
Sentadas en un restaurante pequeño y ruidoso, con el vapor del caldo subiendo entre ellas, Orihime habló sin parar. Había crecido en un orfanato de Nagoya. Becas, esfuerzo, sueños de ser la mejor abogada de derecho familiar porque «nadie debería quedarse sin voz». Rukia escuchaba, asintiendo, midiendo. Orihime era buena. Demasiado buena. El tipo de persona que cree que el mundo recompensa la bondad.
Rukia, en cambio, sabía que el mundo recompensa a quien muerde primero.
Aun así, algo en la risa fácil de Orihime la desarmaba. Por primera vez desde la muerte de su madre, Rukia sintió que no estaba completamente sola en una ciudad de ocho millones de extraños.
Los meses siguientes fueron una rutina compartida. Desayunos rápidos en la cafetería del piso 20. Noches hasta las dos de la mañana revisando contratos. Fines de semana en la playa de Santa Mónica, donde Orihime se quitaba los zapatos y corría hacia el mar mientras Rukia la observaba desde la arena, con los brazos rodeando sus rodillas, pensando que aquella chica era demasiado pura para este mundo.
Se volvieron inseparables. «Las japonesitas dinámicas», las llamaban los socios mayores con tono burlón. Mientras Rukia ganaba casos como nadie. Orihime conquistaba a los clientes con su empatía.
Eran imbatibles.
Y entonces, en un abrir y cerrar de ojos cinco años pasaron.
•
•
•
Kurosaki Tower.
Sábado por la noche.
La terraza del piso 32 estaba iluminada con luces cálidas y llena de flores blancas. El champán francés corría como agua. El anuncio oficial del compromiso entre Orihime Inoue y Ichigo Kurosaki acababa de hacerse.
Rukia estaba de pie junto a la barandilla de cristal, con un vestido negro ajustado que marcaba cada curva de su cuerpo menudo pero perfectamente tonificado por años de correr al amanecer. Sostenía una copa de vino tinto en la mano. Mientras sonreía. Por fuera.
Pero por dentro, algo se le retorcía como una serpiente.
Ichigo Kurosaki estaba al centro de la terraza, alto, hombros anchos, cabello naranja imposible de ignorar incluso bajo las luces tenues. Llevaba una camisa blanca remangada hasta los codos, revelando unos antebrazos fuertes y venosos. La sonrisa que le dedicaba a Orihime era… genuina. Protectora. Del tipo que Rukia nunca había recibido de nadie.
Orihime resplandecía. Vestía con un vestido blanco, tenía el cabello suelto, y el anillo de compromiso que Ichigo le había dado, tenía un diamante tan grande que parecía ridículo en su dedo delicado. Se reía de algo que Isshin —el padre de Ichigo, aún más excéntrico con los años— acababa de decir. El viejo entonces le dio una palmada en la espalda a su hijo y gritó:
— ¡Por fin alguien va a domesticar a este salvaje!
Todos los presentes se rieron.
Rukia en cambio solo bebió un sorbo largo de su copa. El vino le supo a bilis.
Tres años. Tres años de escuchar a Orihime hablar de lo magnífico y espectacular que era Ichigo. Como si fuera un dios bajado del cielo. Al principio, ella se había alegrado de verdad. Su amiga merecía ser feliz. Pero luego vinieron las cenas en las que Orihime llegaba tarde porque «Ichigo me llevó a cenar a Malibu». Las llamadas a medianoche donde le contaba, entre susurros, cómo Ichigo la hacía sentir segura. Las fotos en Instagram: de los dos en Hawái, en Nueva York, y en la boda de un amigo donde Orihime fue dama de honor y el el novio perfecto.
Mientras que ella... ella seguía siendo la mejor amiga. La confidente. La que se quedaba hasta tarde en la oficina cerrando los casos que Orihime dejaba a medias porque «tengo planes con Ichigo».
Ahora el anillo que brillaba en el dedo de su amiga era como una sentencia.
Rukia sintió la envidia subirle por la garganta, caliente, espesa, casi sexual. No solo quería a Ichigo. Quería lo que él representaba: el apellido, la fortuna, la legitimidad. Quería ser la mujer que entrara del brazo de él en las galas del bufete y que todos murmuraran: «Ahí va la futura señora Kurosaki». Quería que la miraran como miraban a Orihime ahora: con respeto, con envidia sana, y con deseo.
Quería dejar de ser la hija de la amante muerta. Quería ser la elegida. La oficial.
Sus ojos se encontraron con los de Ichigo al otro lado de la terraza. Solo un segundo. Él levantó la copa en su dirección, un saludo amable, casi fraternal. Rukia respondió con una sonrisa lenta, y calculadora. La misma que usaba en las salas de audiencias cuando sabía que iba a ganar.
Dentro de su cabeza, la serpiente empezó a susurrar.
Sabía que Uryu Ishida había reaparecido hacía tres semanas. Exnovio de Orihime. El chico serio, de gafas, y genio de los litigios fiscales. Había vuelto de Nueva York para un caso grande y, casualmente, se había encontrado con Orihime en el ascensor. Habían quedado de tomar un café «por los viejos tiempos».
Rukia había sido la primera en enterarse. Orihime se lo había contado todo, nerviosa, un poco culpable, pero feliz de tener a su mejor amiga para desahogarse.
Y ella había escuchado. Había asentido. Y había guardado cada detalle en su memoria.
Ahora, mientras veía a Ichigo besar la sien de Orihime, sintió que el plan empezaba a tomar forma en su mente como un contrato perfecto.
No sería la segunda opción de nadie nunca más.
Sería la única.
Y si para eso tenía que destruir lo que su mejor amiga más amaba… bueno.
El amor verdadero siempre había sido un lujo que Rukia nunca se había podido permitir.
Terminó el vino de un trago. Dejó la copa en la bandeja de un camarero que pasaba y se dirigió hacia la pareja feliz con pasos firmes, mientras sus tacones resonaban contra el mármol.
— Felicidades — dijo, con voz dulce, y ojos brillantes —. Se lo merecen.
Orihime la abrazó fuerte, oliendo a vainilla y a futuro.
Ichigo solo sonrió, con esa sonrisa torcida que hacía que a Rukia se le contrajera el estómago.
— Gracias, Rukia. Sin ti, Orihime no habría llegado hasta aquí.
Ella inclinó la cabeza, modesta.
— Solo soy la amiga que la quiere — añadío mientras sonreía hipócritamente.
Algo que pasó desapercibido para los comprometidos.
Después se marchó hacia la barra.
Mientras se alejaba de ellos, mezclándose entre los invitados, sus labios se curvaron en una sonrisa muy distinta.
La verdadera sonrisa de Rukia Kuchiki.
La que nadie veía venir.
El resto de la noche transcurrió en una especie de niebla controlada. Rukia se movió por la terraza como un depredador disfrazado de invitada perfecta: saludo cortésmente, sonrió con medida, incluso sus comentarios ingeniosos hicieron que los socios mayores la miraran con aprobación. Pero nadie notaba que sus ojos volvían una y otra vez a la pareja del centro. Nadie vio cómo contaba los segundos que Ichigo mantenía la mano en la cintura de Orihime, cómo registraba la forma en que él inclinaba la cabeza para escuchar lo que ella le susurraba al oído.
Cuando la fiesta empezó a disolverse —pasadas las dos de la mañana—, Rukia se despidió con besos en las mejillas y promesas de brunch el domingo siguiente. Orihime, ya un poco ebria de champán y felicidad, la abrazó de nuevo.
— Gracias por estar aquí, Rukia. Eres la mejor amiga del mundo.
Rukia le devolvió el abrazo con la misma calidez fingida que usaba en los interrogatorios cruzados.
— Siempre, Hime.
Ichigo solo le dio un apretón breve en el hombro. Casual. Fraternal.
— Nos vemos el lunes, Kuchiki.
Ella asintió, sosteniendo su mirada un segundo más de lo necesario. Lo suficiente para que él frunciera ligeramente el ceño, confundido, antes de que ella se diera la vuelta y desapareciera entre la multitud que bajaba en los ascensores.
En el parking subterráneo, dentro de su Audi negro —el único lujo que se había permitido después de tres años de bonos—, Rukia se quedó sentada un momento con las luces apagadas.
Sacó el teléfono y abrió la conversación con Orihime. El último mensaje era una foto de las dos tomada esa misma noche: Orihime radiante, Rukia sonriendo con los ojos entrecerrados.
Lo borró.
No porque le doliera. Sino porque ya no necesitaba recordatorios. La versión de sí misma que aparecía en esa foto había muerto esa noche.
Arrancó el coche y condujo de regreso a Koreatown con las ventanillas bajadas. El viento que se respiraba olía a asfalto caliente y jazmín nocturno. Por primera vez en años, sintió que el aire entraba limpio a sus pulmones.
Al día siguiente, se levantó a las 5:45 a.m.
Como siempre.
El despertador sonó con el tono más neutro posible: un pitido seco que no dejaba espacio para pereza. Lo apagó de un golpe, se incorporó en la cama y miró por la ventana. El cielo de Los Ángeles aún estaba oscuro, con ese tono morado sucio que precede al amanecer. Perfecto para correr.
Se puso el conjunto deportivo que semanas atrás había comprado: leggings negros de compresión alta que le marcaban las piernas delgadas pero fuertes, y un top cropped gris oscuro que dejaba al descubierto un abdomen plano y definido por años de disciplina implacable. Se miró al espejo del baño mientras se recogía el cabello negro en una coleta alta y apretada. Sus ojos violetas —herencia de su madre— brillaban con una intensidad fría.
Se bajó un poco el cierre de la sudadera gris, solo lo justo. Lo suficiente para que el escote en V dejara entrever la curva superior de sus pechos. No eran grandes como los de Orihime —nunca lo habían sido—, pero estaban altos, firmes, perfectamente delineados por el ejercicio constante y la ausencia absoluta de grasa corporal sobrante. Sabía exactamente lo que estaba haciendo.
Había escuchado —sin querer, claro— una conversación entre Ichigo y Grimmjow en la sala de descanso del piso 28, hacía unos seis meses. Grimmjow, con su voz ronca y sin filtro, había dicho:
— Joder, Kurosaki, reconócelo. A ti te gustan más las tetas pequeñas pero bien puestas. Orihime está buena, pero parece que siempre está a punto de desbordarse.
Ichigo había reído, incómodo, pero no lo había negado.
— Calla, idiota.
Rukia había salido del baño en ese momento, fingiendo que acababa de lavarse las manos. Entonces los dos se callaron de golpe. Ella solo les dedicó una sonrisa inocente y se fue.
Nunca olvidó esa frase.
Ahora, mientras se ataba las zapatillas Asics negras, repasó mentalmente el itinerario que había construido en las últimas dos semanas:
- Ichigo corría los domingos por la mañana temprano.
- Ruta habitual: entrada sur del Pan Pacific Park, vuelta completa por los senderos internos, salida por la avenida 3rd Street.
- Tiempo aproximado: 50-60 minutos.
- Parada obligatoria: banco junto al lago artificial para estirar y beber agua.
- Horario: entre las 6:15 y las 7:00 a.m.
Ella había ajustado su propia rutina para coincidir. No todos los días. Solo los domingos. Lo suficiente para que pareciera casualidad. Lo suficiente para que él empezara a acostumbrarse a verla allí.
Cogió las llaves, el teléfono y una botella de agua. Antes de salir, se aplicó un toque mínimo de gloss transparente en los labios y se puso las gafas de sol polarizadas. Nada ostentoso. Solo lo necesario para que la luz del amanecer le diera un brillo calculado a su piel.
El parque estaba casi desierto a esa hora. Solo algunos corredores solitarios, un par de perros paseando con sus dueños y el canto de los pájaros que aún no se habían dado cuenta de que la ciudad estaba despertando.
Rukia empezó a trotar suave por el sendero principal. El ritmo cardíaco subió rápido, pero controlado. Su respiración era regular, profunda. Cada paso era una afirmación silenciosa: *yo controlo esto. Yo decido el ritmo.*
A las 6:22 exactamente lo vio.
Ichigo apareció por la curva del sendero oeste, corriendo con esa zancada larga y poderosa que parecía devorar el suelo. Llevaba puesto unos pantalones cortos negros, una camiseta sin mangas gris empapada de sudor que se le pegaba al torso, y auriculares inalámbricos. El cabello naranja lo traía revuelto por el viento. El no la vio de inmediato.
Rukia aceleró un poco, justo lo necesario para cruzarse con él en la intersección del camino central.
Cuando estuvieron a menos de diez metros, levantó la mano en un saludo casual.
— Buenos días, Kurosaki.
Ichigo frenó en seco, quitándose un auricular. Parpadeando, sorprendido.
— ¿Rukia? ¿Tú por aquí?
Ella se detuvo también, respirando apenas agitada. Se quitó las gafas de sol y las colgó del escote de la sudadera, dejando que el movimiento hiciera que la tela se abriera un poco más.
— Vivo a quince minutos. Me gusta venir a este parque los domingos. Hay menos gente.
Ichigo asintió, todavía recuperando el aliento. Sus ojos bajaron un segundo —solo un segundo— al escote que ella había dejado a la vista. Pero luego volvieron rápido a su cara. Rukia lo registró. Lo registró todo.
— Pensé que eras más de gimnasio — dijo él, con esa media sonrisa torcida.
— Gimnasio entre semana. Correr los fines de semana. Equilibrio.
Él se pasó la mano por el cabello húmedo.
— Buen plan. Yo también necesito variar. Si no, me aburro.
Hubo un silencio breve. El tipo de silencio que se llena con posibilidades.
Rukia inclinó la cabeza.
— ¿Quieres compañía un rato? Puedo seguir tu ritmo.
Ichigo dudó solo medio segundo.
— Claro. Vamos.
Empezaron a correr juntos. Al principio en paralelo, y sin hablar. Rukia mantuvo la distancia justa: lo suficientemente cerca para que él sintiera su presencia, lo suficientemente lejos para no invadir.
Después de dos vueltas completas al lago, Ichigo redujo la marcha hasta trotar suave.
— Joder, estás en forma — dijo, jadeando un poco.
Rukia sonrió, sin dejar de mirar al frente.
— Tengo que estarlo. En este bufete, si no corres más rápido que los demás, te comen.
Él soltó una risa corta.
— Verdad.
Se detuvieron junto al banco habitual de él. Ichigo se inclinó, apoyando las manos en las rodillas. Rukia se quedó de pie, estirando los brazos por encima de la cabeza. El movimiento hizo que la sudadera subiera un poco más, dejando al descubierto la línea de su cintura y el borde inferior del top deportivo.
Ichigo miró. Esta vez no apartó la vista tan rápido.
— ¿Siempre corres sola? — preguntó, enderezándose.
— Casi siempre. Orihime prefiere yoga. Dice que correr es demasiado agresivo.
Ichigo sonrió, pero había algo en su expresión. Una sombra.
— Orihime odia sudar. Dice que le arruina la piel.
Rukia no respondió de inmediato. Se limitó a beber un sorbo de agua, dejando que una gota resbalara por su barbilla y cayera al escote.
— Cada quien tiene sus prioridades — dijo al fin, con una voz neutra.
Ichigo la miró un momento más largo de lo necesario.
— Sí. Supongo.
El sol ya había salido del todo. La luz dorada les pegaba de lado, iluminando el sudor en la piel de ambos. Rukia sintió un calor subirle por el cuello, pero no era por el ejercicio.
— ¿Vienes mañana también? — preguntó él, casi sin pensarlo.
Rukia levantó una ceja.
— No creo. Aún tengo que revisar el caso de los japoneses de Silicon Valley.
Ichigo resopló.
— Ese caso es una mierda. Mi padre te lo puso porque sabe que lo vas a ganar.
Ella sonrió de lado.
— Exacto. Y es justo por eso que debo de revisar que todo esté perfectamente bien.
Él la miró fijamente. Había algo nuevo en su expresión. Curiosidad tal vez.
— Entonces… si terminas temprano, avísame. Podemos correr antes de que llegue el tráfico.
Rukia asintió una sola vez.
— Está bien, yo te aviso.
Ichigo se enderezó del todo, limpiándose el sudor de la frente con el dorso de la mano. Por un instante pareció que iba a decir algo más, pero solo soltó un:
— Perfecto.
El dio un par de pasos hacia atrás, retomando el trote suave.
— Nos vemos, Kuchiki.
— Nos vemos, Kurosaki.
Rukia se quedó quieta mientras él se alejaba por el sendero bañado de luz dorada. No lo miró como lo habría hecho una mujer enamorada. Lo observó como lo hacía en la sala de audiencias cuando el testigo clave empezaba a dudar: buscando la grieta.
Y la había visto.
No era deseo abierto. No era traición. Era algo más peligroso.
Curiosidad.
A la mañana siguiente
La oficina olía a café recién hecho y a alfombra limpia. El piso 25 estaba inusualmente silencioso; la mayoría había pasado el fin de semana celebrando el compromiso y el rendimiento colectivo era bajo.
Orihime llegó diez minutos tarde, algo que casi nunca ocurría.
— Perdón, perdón — dijo, dejando su bolso sobre el escritorio con una sonrisa culpable —. Fuimos a desayunar con los padres de Ichigo y se nos hizo tardísimo.
Rukia levantó la vista de la pantalla.
— ¿Cómo está Isshin después de tanto champán?
Orihime rió.
— Igual que siempre. Creo que ese hombre tiene hígado de acero.
Rukia sostuvo su mirada unos segundos más de lo habitual.
— ¿Y tú? ¿Lista para ser la futura señora Kurosaki?
La sonrisa de Orihime vaciló apenas un milímetro.
— Suena raro cuando lo dices así.
— ¿Raro… bien? — preguntó Rukia con suavidad quirúrgica.
Orihime se sentó, girando la silla hacia ella.
— No lo sé. A veces siento que todo va demasiado rápido. El compromiso fue perfecto, sí, pero… — bajó la voz — el otro día me encontré con Ishida otra vez.
Rukia no pestañeó.
— ¿Ah, sí?
— Solo hablamos unos minutos. Nada importante. Pero me preguntó si estaba segura.
— ¿Segura de qué?
— De que esto es lo que quiero. — Orihime jugó con el anillo, girándolo sobre su dedo —. Me dijo que me veía… distinta.
Silencio.
Rukia apoyó los codos sobre el escritorio.
— ¿Y tú qué le respondiste?
— Que claro que estoy segura. Amo a Ichigo.
La respuesta fue inmediata. Ensayada.
Rukia asintió lentamente.
— Entonces no deberías dejar que la opinión de un ex te afecte.
Orihime suspiró.
— Lo sé. Es solo que Uryu siempre fue muy… analítico. Ve cosas que otros no ven.
Rukia inclinó la cabeza.
— A veces la gente que analiza demasiado solo proyecta sus propias inseguridades.
Orihime pareció relajarse.
— Tienes razón.
Siempre tienes razón.
Rukia volvió a su pantalla, ocultando la pequeña sonrisa que se formaba en sus labios.
La primera fisura estaba confirmada: una duda externa validada por un tercero con peso emocional.
Para cuándo la tarde llegó, el ascensor del piso 32 se abrió con un sonido suave.
Ichigo salió ajustándose el nudo de la corbata. La mayoría del personal ya se había ido. Solo quedaban las luces blancas del pasillo y el eco lejano de teclas presionándose.
Rukia estaba en la sala de reuniones revisando un contrato. La puerta estaba entreabierta.
Él se detuvo al verla.
— ¿Todavía aquí?
Ella levantó la vista, fingiendo sorpresa.
— El caso de Silicon Valley no se va a ganar solo.
Ichigo entró, cerrando la puerta detrás de él sin darse cuenta del gesto.
— Mi padre debería pagarte el doble.
— No aceptaría — respondió ella con serenidad —. Preferiría el reconocimiento.
Él apoyó las manos sobre la mesa.
— Lo tienes.
La mirada se sostuvo.
Más larga que la del domingo.
Más pesada.
Rukia dejó el bolígrafo.
— ¿Fuiste a correr hoy?
La pregunta parecía casual. No lo era.
Ichigo negó con la cabeza.
— Tenía reunión con inversores.
— Qué lástima. El parque estaba casi vacío.
No añadió más.
El silencio volvió a instalarse, esta vez denso. Él la observó como si intentara descifrar algo que no encajaba.
— Orihime me dijo que hablaste con ella esta mañana.
— Hablamos todos los días — respondió Rukia con naturalidad impecable.
— Sí, pero… — dudó — parecía un poco pensativa después.
Rukia sostuvo su mirada sin parpadear.
— Está asimilando muchas cosas. Un compromiso cambia la perspectiva de cualquiera.
Ichigo bajó la vista un segundo.
— Supongo.
Ella se levantó, rodeando la mesa con pasos suaves. Se detuvo a su lado, lo suficientemente cerca para que el aire entre ambos se volviera más caliente.
— Ichigo — dijo, usando su nombre sin honoríficos, sin formalidad —, Orihime es sensible. Necesita sentirse completamente segura.
Él la miró.
— ¿Insinúas que no lo está?
Rukia negó con suavidad.
— Insinúo que a veces las personas más luminosas también tienen sombras.
Un latido.
Dos.
Él tragó saliva.
— Siempre fuiste buena leyendo a la gente.
— Es mi trabajo.
Pero sus ojos no eran profesionales en ese momento.
Eran personales.
Un sonido en el pasillo — pasos lejanos — rompió la tensión. Y ambos se separaron apenas unos centímetros, casi instintivamente.
Ichigo carraspeó.
— Bueno… gracias por cuidar de ella.
Rukia inclinó la cabeza.
— Siempre.
Él salió primero.
Cuando la puerta se cerró, Rukia exhaló despacio.
No había pasado nada entre ellos todavía.
Pero ella sabía que solo era cuestión de tiempo para que eso cambiara.
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