Capítulo 1
En donde las flores son eternas, el sol brilla con una intensidad sublime y el aire parece estar cargado de una paz casi inmutable, el Dios Yong se encontraba sentado en su pedestal mientras veía a un joven un tanto peculiar de cabellera negra que logró llamar su atención un par de años atrás a través de la bola de cristal de su báculo. Se revolvía el cabello con desesperación; ya era la cuarta vez en el día que el chico se metía en problemas. Y todo por tratar de bandalizar la pared de la casa de un noble que, hace días, lo rechazó al ofrecerle pintar un cuadro suyo a cambio de un par de monedas para poder comer.
Él era perfecto, solamente le bastaba mirarlo para saberlo. Energía, astucia y agilidad. Todo apuntaba a que el chico tenía bastante potencial para explotar. Nam-joon, se frotaba las manos jugando con sus anillos: estaba ansioso. Había pasado diez años siguiéndole la pista para no perder esa gran oportunidad que el destino le estaba dando. Y por fin había llegado el momento, porque justo esa semana, el chico cumplía los veintiocho años.
Veintiocho años es una edad que su mano derecha; Seok-Jin, el semidios Jwi, creyó justa y prudente para la labor, ya que cuando lo encontraron, no creyó que fuese lo suficientemente maduro como para entenderlo todo. Pero ¿Este chico? ¡Ja! Le estaba demostrando estos últimos meses que la madurez, la prudencia y el cerebro los tenía. Y esas eran unas de las principales cualidades que necesitaban para el puesto. ¡Oh! Vaya que este chico las tenía. Y estaba pasando la prueba sin tener la más mínima idea de que estaba haciéndola.
Mientras acercaba cada vez más la cara al cristal, por la ansiedad y la tensión que aumentaban en la escena que estaba presenciando, suspiró al darse cuenta de que en efecto y como lo deducía, lo habían acorralado en un callejón y eso no se veía nada favoceredor para su situación.
—Vamos, chico... —vociferó por lo bajo, como si de quien viese una novela o una película se tratase— Has salido de cosas peores que esta.
En el momento en que el pelinegro dio tres pasos más hacia atrás, sintió la rocosa pared en su espalda. Sus ojos volaban por al rededor para encontrar una solución casi inexistente sin siquiera bajar el rostro, su orgullo era más fuerte que el muro tras de él. Esta no iba a ser la primera vez que lo atraparan. Sus ojos se fijaron en una caja de madera que estaba detrás de los guardias, y en un movimiento rápido se lanzó de clavado por la tierra en medio de las piernas del hombre más alto. Trataron de atraparlo cuando se levantó, pero este saltó sobre la ya mencionada caja, y dando un salto con ambos pies con una destreza casi nata, logró colocar su mano sobre el borde de la alta pared que sellaba el pasillo sin una supuesta salida, para lanzarse directo hacia la libertad.
De hecho, esa agilidad para escapar fue lo que realmente llamó su atención esa tarde de otoño que vagaba cerca del pueblo. Porque esa destreza para escapar sólo podía significar algo: era fugitivo y un causa problemas. Una "víctima" a la cuál dar redención... era simplemente perfecto para lo que buscaba. Nam-joon, quien había presenciado toda la tremenda escena, festejó al ver que su conejo de laboratorio había conseguido librarse de otro problema como si nada. Ya se moría de ganas por darle la noticia él mismo.
—¡Nam-joon Yong! —exclamó el pelinegro entrando por el arco principal con un pergamino. El hombre se exaltó haciendo desaparecer la imagen de la bola, causando que esta cambiara a un humo púrpura oscuro, y luego pasara a un tono carmesí— Ay... caramba, lo siento... ¿Lo asusté? -dijo este, alternando la mirada atentamente con sus grandes ojos desde la esfera en la punta del báculo hacia el rostro del hombre frente a él, deteniendo todo movimiento.
—¿Qué sucede, Seok-Jin Jwi? —preguntó este viendo molesto el artefacto en su mano y sacudiéndolo, esfumando el humo y dejando el cristal transparente como la cristalina agua del lago.
Esa cosa a veces le jugaba en contra.
—Ah... ya tenemos noticias de Dak Ji-min —seguido de esto desenrolló con afán y torpeza el papel que traía en la mano.
—¿Qué dice? ¿Logró llegar al límite? —preguntó llegando hasta su lado. Expectante y emocionado.
—No lo sé, estaba esperando por usted para abrirlo. —sonrió con algo de vergüenza y volvió su mirada al pergamino para leerlo.
Tomó aire, aclaró su garganta y acomodándose los anteojos comenzó a leer el mensaje:
"Señor Yong, estoy bien. El camino fue duro, no logré llegar al lugar esperado pero si logré conseguir un poco más de información sobre donde puede estar nuestro objetivo. Justo ahora partí de regreso, no tardo en llegar, no voy a dejar pasar mi turno. Allí estaré presente y puntual, no se preocupe. Atentamente Dak Ji-min".
Ambos se vieron un poco decepcionados, un maldito siglo y aún no daban con el escondite de los causantes de que la legión casi desapareciera. Seok-Jin suspiró para quitarle lo pesado al ambiente y esa frustración que sabía que acababa de agolparse en el pecho del otro, y mientras este lo hacía, Nam-joon miraba el reloj de arena que colgaba de su cuello.
—¿Dónde está Hyunjin? —preguntó para que la bola en su báculo se tornara de un color azul grisáceo, simulando las olas de un mar furibundo.
Jin lo observó curioso ¿Acaso su querido dios dragón de la tranquilidad, estaba decepcionado y se sentía impotente?
—Creo que está practicando no muy lejos de aquí.
—Anda a buscarlo, —dijo viendo el color de la esfera. Resoplando, imitó la acción anterior, esfumando todo en ella— ayer Félix tuvo que cubrirle quince minutos que no le correspondían. —se puso de pie- No podemos permitir que se haga el tonto y evada la única responsabilidad que tiene. —el hombre se pellizcó el tabique de la nariz son su índice y pulgar mientras apretaba los ojos.
Tres mil años; y lo que los anteriores semidioses no hicieron en ese largo lapso de tiempo, los nuevos y jóvenes lo hicieron en menos de noventa años. Y eso era: darle trabajo. Su mano derecha lo observó a los ojos cuando los abrió sosteniéndole la mirada. Un soplo suave los acarició y en ese silencio tan cremoso y sublime de la tarde, se pudo escuchar en el jardín exterior un grito por parte del Horangi; cosa que lo sacó de su repentina hipnosis, rasgando la espesa atmósfera que siempre sentía que se creaba cuando observaba ese extraño e inusual cabello rosado.
—¡Llegó! —exclamó alertando a los mayores dentro del templo— ¡Dak Ji-min llegó! —sus saltos sonaban pesados cual almohadillas de tigre al correr.
—¡Vaya! Eso fue rápido —dijo el hombre de traje gris viendo el pergamino que colgaba de su mano incrédulo.
El de túnica verde rió. Una risa pequeña y grave. Era divertido verlo estipular mal, él siempre conseguía la manera de hacerlo sentir mejor, así fuese inconsciente de ello.
El rubio entró con paso ligero; con los pies llenos de lodo oscuro que ya estaba seco y su cabello despeinado. Tras de él, un hombre de cabello castaño casi negro y una mirada de gato lo seguía. Sus pasos eran rápidos y largos para ir justo detrás de Ji-min; y su túnica de seda fina azul se movía con el viento, haciendo que el estampado de tigre de la parte interior de esta destacara al caminar.
En su cintura, llevaba la funda de una catana que cargaba siempre muy bien guardada y con orgullo. La sonrisa de ambos era de oreja a oreja, pero con diferente motivo. Al estar frente a su máxima deidad, Ji-min dejó caer su cuerpo y sus rodillas dieron de golpe contra el suelo, al igual que su mirada. El Horangi, al ver al chico cumpliendo con los protocolos de respeto, rápidamente lo imitó.
—Señor Yong, —dijo entre jadeos. Agotado— ya estoy aquí.
—Levántate Ji-min, —dijo Nam-joon riendo— nos conocemos hace unos mil quinientos años. Ya te dije que no hacen falta las formalidades entre nosotros. —el hombre le tendió la mano y este la aceptó haciendo un gesto con la cabeza.
—Oh... gracias señor. —la tomó y se puso de pie; sintiendo que una gota de sudor escurría por su frente, pasando por su ceja y cayendo directamente por la línea de la arruga de su nariz.
Nam-joon rió nuevamente, y lo siguió Jin. No sabía el porqué de que ese chico siguiera con tantas formalidades después de ser prácticamente un veterano. Tal vez era su dedicada manera de ser y entregar todo de él para la labor, o tal vez era su pasado en el plano terrenal lo que lo impulsaba a cumplir con los rangos impuestos pese a estar en un lugar donde no se le está pidiendo nada parecido. La silueta del hombre tras el Dak captó la mirada del pelirrosa, y viendo que este trató de levantarse, le dio un golpe en la cabeza con el báculo, justo en la zona alta.
—Hey, —el golpe seco del cristal de la bola rebotó en el amplio templo- ¿Qué crees que haces?
—¡Auch! —exclamó este regresando al suelo de rodillas por el mismo golpe, mientras se sobaba la cabeza con un gesto de dolor— Me colocaba de pie. —acto seguido lo miró de reojo desde abajo.
—Eso lo sé, pero me refería a que por qué lo hacías. La orden era solo para él, no para ti. —lo miró y rió— Mil quinientos es un número muchísimo más grande que noventa. —todos en la sala rieron, menos él.
—Señor... —dijo el Dak soltando la mano del moreno alto, la cuál, aún sujetaba— no sea tan duro con él. —acto seguido se acercó al otro para darle la mano y colocando la otra en su espalda, lo ayudó a levantar- es apenas un niño.
—¿Un niño teniendo noventa años aquí? —el chico había llegado cuando terrenalmente tenía unos treinta— A ver, a ver, a ver... en primer lugar: ¿Lo estás defendiendo? —añadió en forma burlona para el rubio— él tiene un rango menor al de noso... —su frase se vio interrumpida por un hombre que entró de manera furibunda al lugar.
—¡Señor Yong! —su voz era la más gruesa y grave del lugar— ¡Hyunjin ya tiene diez minutos de retraso! —dijo a modo de queja, y mientras se sacudía y hacía berrinche como un niño pequeño, su cabello largo y platinado se mecía por sobre sus hombros.
—¿De nuevo? —añadió Jin al ver la frustración de su deidad aparecer nuevamente en la bola de cristal manifestándose en un color marrón bien opaco con destellos naranja quemado— Yo me encargo, Nam-Yong. —dijo el Jwi con cariño mientras se dirigía al recién llegado.
—¿Qué Hyunjin no tiene sentido de pertinencia y responsabilidad? —dijo Félix Yang mientras zapateaba, haciendo resonar sus pies cuál pezuñas por accidente en las pesadas baldosas de piedra del templo.
—Sí, sí, te entiendo —añadió Jin mientras se lo llevaba al patio delantero empujándolo por la espalda— pero si vas a rascar el suelo que sea mejor afuera en la tierra, aquí puedes rayar las baldosas. —añadió echándole un ojo al suelo, rectificando que no le haya sucedido nada.
Ambos salieron y Nam-joon quedó a solas con Ji-min y el chico Tae-hyung, el Horangi. O como lo abreviaban por su nombre tan largo "Tae-rangi". Ese hombre había estado muy apegado a Dak Ji-min desde hace unos cuarenta años. Le resultaba algo extraño; y gracioso a la vez, el ver como un tigre se comportaba de la manera más mansa posible al seguir a un gallo a cada lugar que pudiera acompañarlo.
—
Parece un gato
—pensó.
En esta situación, Tae-hyung se quedaría con él hasta que terminara de hablar, y acto seguido se irían a entrenar antes de que fuese el turno del Dak. Pero, el tema del cuál iban a hablar era bastante confidencial, por lo que no podía permitirse hablar frente al Horangi. Ninguno de los chicos nuevos sabía qué era lo que la legión antigua estaba buscando, pero no debían enterarse. Debían estar listos... o sería demasiado tarde para cuando lo encontraran.
—Tae-hyung. -dijo con voz firme- Retírate, —este lo miro directamente, con esa mirada penetrante que lo caracterizaba— debo hablar algo con tu querido pollito... a solas.
El hombre no dijo nada, no se opuso, no hizo caras. Tan sólo observó con intensidad al rubio de arriba a abajo y con toda la madurez que pudo, hizo una pequeña reverencia, saliendo por el mismo lugar por donde se habían ido anteriormente la rata y la cabra. Al ser de familia real en la tierra, sus modales eran impecables, aunque a veces era un poco intimidante cuando algo no le gustaba... como en ese momento.
Al estar frente a Dak Ji-min y tenerlo solo para él, Nam-joon Yong puso una mano sobre su espalda y comenzó a caminar, guiándolo hacia la parte trasera del templo, saliendo al jardín interno del lugar.
—Dijiste que encontraste algo. —mencionó sin rodeo alguno, cuando eran temas importantes sobre la legión, abordaba a todos sin flores en la lengua. Al grano y sin adornos.
—Sí, mi Señor —respondió el rubio viendo la ilera de peonías coloridas que iba dejando atrás mientras más profundizaban, guiado por su divinidad.
El camino por el que iban era de tierra suave, y los pies siempre descalzos del más joven se llenaban de polvo sobre la masa ya seca que tenía en ellos, mientras sentía la arenosa textura tibia por el sol. Sus pulmones se llenaban de aire mientras suspiraba y el sol le acariciaba el rostro; siempre le había gustado ese jardín, lo sentía... íntimo.
El sonido del agua rodando lo sacó de su ensueño. Había estado allí un par de veces, pero nunca había llegado tan arriba. Se abrieron paso paseando por la falda de la montaña siguiendo el riachuelo de agua clara que se extendía hacia arriba. Después de pensar un poco, se dijo que al final, entendió de dónde era que provenía el agua del estanque que se encontraba en el bosque del jardín principal. Entre más caminaban, el ruido del jardín llenaba de tranquilidad su pecho. Amaba ese lugar, y amaba la segunda oportunidad que Nam-joon Yong le había dado de vivir una segunda vida en paz.
El hilo de agua tenía un poco más de fuerza a esa altura, y al detenerse para mirarlo por unos segundos, su superior lo llamó próximo al borde, en dónde se había quedado contemplando su reflejo borroso. Al levantar su mirada con dirección al pelirrosa, pudo apreciar que estaba apoyando su ancha espalda a un gran árbol de ramas flexibles y frondosidad admirable.
—¿Es un Sauce llorón? —preguntó el rubio, maravillado con el árbol.
—Sí, sé que eran tus favoritos en el plano terrenal —le sonrió con amabilidad.
—Sí, —se aclaró la garganta carraspeando mientras caminaba hacia él— cuando era chico solía sentarme a la hora del almuerzo debajo de uno, justo cuando terminaba de cortar la leña para mis amos. —Ji-min tocó el tronco con algo de tristeza y nostalgia.
—Bueno, Dak Jimin, a lo que vinimos. —dijo el mayor haciendo que el humo de la esfera se tornara de naranja— ¿Qué encontraste?
—Bueno, —respondió sentándose— me encontré con un espectro del mercado oscuro, y me dijo que hace unos cien años que no saben nada de quién está en realidad dentro del Palacio de Sangre en el Inframundo.
—¿No se supone que el palacio de sangre lo dirige la Jijang? —lo miró un poco confindido— No sé mucho sobre el lugar, no me interesan las almas desgraciadas de allá. Así que hasta donde tengo entendido, ella siempre ha estado a cargo.
—Exacto, pero la mayoría de espectros dice que hace aproximadamente unos cien... ciento veinte años, no la han vuelto a ver. Aunque de todos modos a ninguno de allá abajo le interesa. —Ji-min se levantó y se acercó al borde del agua. Luego, levantando cuidadosamente su falda de seda negra, metió ambos pies en el líquido cristalino.
—¿Cien años precisamente? —el Yong pensaba para unir los puntos que tenían— Es una muy grande coincidencia. —alzó una ceja y le clavó la mirada al chico.
—Exacto Señor, —afirmó este jugando con sus pies en el agua, la corriente era fuerte, pero esa virtud de gallo le hacía tener una fuerza increíble en sus piernas— Podría ser que "casualmente" —sus dedos dibujaron las comillas en el aire— alguien la destronó.
Ambos se veían, uno confundido y el otro con una gran sonrisa. Dos polos opuestos, una incógnita por decifrar y una revelación por dar.
—Pero... —su rostro se agachó y sus ojos se clavaron en el cesped. Sus dedos se aferraron a su barbilla mientras pensaba— para destronar a Jijang se debe ser un ser que tenga más luz que ella. Y el único capaz de eso es... —su mirada se clavó en la del rubio creyendo entenderlo todo, y el otro le sonrió.
—¿Ya encajó las piezas? —se atrevió a bromear mientras cubría su boca para reírse.
—¡Dak Jimin! ¡Eres un genio! —dijo corriendo hacia la orilla del riachuelo, extendió su mano y terminó de despeinar la pequeña cola de caballo que llevaba amarrada con una cinta azul cielo en lo alto de la cabeza.
—Gracias, Señor. —Ji-min sonrió satisfecho, y algo apenado mirando sus pies a través del líquido fresco.
—Yong. —la palabra salió con carácter de su boca y tomándolo por sorpresa, lo miró fijamente a los ojos. Con ambos bien abiertos— Te dije que dejaras las formalidades, Ji-min. —El hombre le tendió la mano— entiendo que por tu pasado tal vez te sientas incómodo con las informalidades, pero aquí no debes sentirte mal por ello ¿Está bien?
Los ojos del Dak brillaron por un momento, y su sonrisa fue pura y sincera. Sintiendo el aire en sus rostros y estando lejos de las labores, lo único que podían apreciar era el sonido del agua junto a ellos. Suave y relajante, y tal vez, liberadora.
—Está bien Nam-joon, lo intentaré -dijo sonriendo avergonzado— ¡Pero no prometo nada ¿Eh?!
Amenazó en broma al mayor señalándolo con el índice y ambos rieron. El chico tomó la mano del mayor y comenzaron a caminar de regreso. Yong por el sendero y Dak por el agua, aún sin soltarse de la mano.
—¿Cómo vas con ese doble turno? —aprovechó para preguntar— ¿Hmp? Patrullar de cinco de la tarde a once la noche cuando has practicado todo el día debe ser agotador.
—No voy a cederle mi puesto a nadie Señ... —sacudió la cabeza y volvió a hablar— Nam. Es algo que ya habíamos conversado.
—Me preocupo por mis guardianes... es todo. —dijo riendo
—Pues este guardián es menos frágil de lo que cree. —Su mano se soltó y levantó la tela negra mojada para sacarla un poco de la línea de agua.
—Está bien, eso espero. —dijo frenándose para esperarlo.
Ji-min lo observó y le volvió a sonreír, sus labios eran realmente lindos, y su sonrisa lo calmaba bastante. No quería que uno de sus pilares se sintiera bajo presión, y se había dado cuenta en esos mil quinientos años de que los poderes del rubio, no era lo único que tenía de pollo.
—Señor Nam-joon... —dijo y este y el otro lo miro con los ojos entrecerrados— ¡Por lo menos dije Nam-joon! —volvió a acusarlo con el dedo y la risa se hizo presente nuevamente— ¿Podría hacerle una pregunta?
Los pies del chico jugaban con las rocas del fondo mientras él lo observaba con curiosidad.
—Claro Ji-min, dime.
—¿Qué sucedió con el Tokki? —el chico salió del agua y sus extremidades salieron impecables. Ese pesado lodo se había ido ya.
—¿Con el Tokki? —repitió para luego quedarse pensando, recordando la emoción que hace un rato tenía por su pieza de ajedrez faltante- ¿Te refieres al chico que mencionamos hace un par de años?
Trataba de no denotar su emoción, quería mantener su profesionalismo y su imagen de "Líder maduro y modelo".
—Sí, —contestó mirándolo fijo— Aunque si usted no me dice lo que piensa... su báculo ya me lo contó. —dijo riendo— Ese nunca miente.
El hombre miró el bastón en su mano y pudo notar un humo de color púrpura, que simulaba su tormenta interna de emoción por el chico. Unos rayos de color dorado tronaban. Suspiró con los ojos cerrados y lo volvió a observar,
—Esta cosa me hace quedar muy mal, ¿No lo crees? —el rubio volvió a reír y este lo siguió— Adoro verte así de feliz, Ji-min.
—No me cambie el tema. —le dijo este, serio.
Nam-joon Yong suspiró, sus ojos inspeccionaron el lugar en busca de alguien que pudiera verlos. Al ver que en efecto, no había ninguna presencia, con un movimiento de su báculo sobre el riachuelo hizo flotar una cantidad de agua suficiente para formar una esfera del tamaño de un balón.
Ji-min, maravillado con como su maestro manejaba su magia de forma tan majestuosa y maravillosa, se quedó con la boca abierta; asombrado. Después de darle forma al agua con el movimiento de sus manos sobre esta, suspiró y vio a Ji-min.
—Hace un rato estaba espiando un poco. —en esas, una imagen de un pelinegro apareció en el reflejo del líquido— Se llama Jeon Jung-kook.
Ji-min se sonrojó un poco al ver al hombre. Estaba dentro de un lago, y al parecer se estaba bañando. Su trabajado cuerpo estaba cubierto por el agua hasta su cadera. Las gotas de agua resbalaban por su grande espalda y su piel era tersa y blanca. Se pasaba las manos por los brazos añadiendo más agua a sus músculos, haciendo que se tensaran aún más con el frío.
En ese instante, Ji-min sintió algo que tenía más de un milenio sin sentir...
líbido.
—Oh wow... —Nam-joon río— creo que lo espiamos en mal momento. Pero eso no importa. —Jung-kook volteó y por instinto Ji-min volteó el rostro hacia un lado, más que avergonzado— jajajajaja... tranquilo. Él no puede ver qué lo vemos.
—¿Jeon Jung-kook? —preguntó mordiéndose el labio, tratando de no demostrar que en efecto, le gustaba el cuerpo del chico.
—
Esto es vergonzoso...
—pensó, sintiendo que con cada movimiento del pelinegro el cosquilleo en su vientre comenzaba a hacerse cada vez más fuerte.
—Jeon Jung-kook —le afirmó el Dios Yong, ajeno a sus emociones.
En ese momento Dak Ji-min le daba las gracias a los Dioses de que su arma fuese un arco y flechas en vez del báculo de su tutor.
—¿Qué le hace creer que es él? —preguntó el rubio, apretando un poco las piernas.
Su cuerpo lo estaba traicionando y en ese momento detestó el atuendo que las Divinidades superiores al hombre frente a él le habían puesto. Una falda de seda que siempre había amado se estaba convirtiendo en su peor enemigo.
—¡El chico es un acróbata increíble! —exclamó dando un salto el pelirrosa— ¡Lo hubieses visto hoy cuando estaba atrapado en un callejón con 3 guardias de la nobleza! ¡Es un conejo en acción! —Nam-joon se concentró nuevamente en el chico, quien se había sumergido completamente en el agua.
Al rubio le causó un poco de gracia ver a Nam-joon, "el Dios dragón" guardián de la "Legión del Zodiaco", saltando cuál niño por un chico más de tres mil años más joven que él.
—Bueno señor... —Ji-min enfocó su mirada en la gran masa de agua, suspiró y se abanicó con la mano el rostro rojo— ¿No tiene calor?
—¿Quieres que haga una brisa? —le preguntó el otro apretando la mano en su báculo, tornando el color de este de un tono añil.
—¡No! No... no se preocupe —rió nervioso.
Su mirada bajó a sus pies, pero se vio obstaculizada por un bulto dentro de la tela que cubría la parte inferior de su cuerpo. Sus manos viajaron lo más rápido que pudo, y levantó los ojos hacia el reflejo del lago, en dónde casualmente el tal Jung-kook salió del agua, dejando al aire su cuerpo por completo, y con este, su gran masculinidad. El rubio tosió al ahogarse con la saliva que se había aglomerado en su boca, doblándose para evitar mirar más la gran bola de agua.
—¡Oh, por Hwanin! —exclamó riendo Yong.
Este movió su báculo para quitar la imagen rápidamente, pero al hacerlo la bola de agua cayó, haciendo que toda el agua helada cayera sobre el rubio que aún no se había incorporado.
—¡Oh, por mí! —exclamó al ver lo que había hecho— ¡¿Estás bien Ji-min?!
El agua fría que cayó de repente hizo que todas sus emociones mermaran, logrando controlar la rigidez que había tenido hace unos instantes. Ahora, se sentía avergonzado, pero lo más importante, confundido.
Esa misma reacción la tuvo por última vez con una gisaeng de su pueblo al verla bailar. Pero... ¿Con un hombre?
—
¿Qué demonios me pasa?
—se preguntó.
Dak Ji-min se incorporó con lentitud y sus ojos cerrados. Al estar de pie y bien erguido, los abrió resoplando por la nariz, y de la nada las puntas de su cabello se tornaron de un púrpura turbio, al igual que sus emociones en ese momento.
Nam-joon lo vio con los ojos bien abiertos, sin lograr ocultar su asombro. Nunca había visto al chico hacer tal cosa, y por primera vez en la historia, pudo ver como eso sucedía. La bola en la punta del artefacto de madera ruda, brilló de una manera sutil. Un pequeño brillo fugaz se vió en el cristal, fue un destello dorado iridiscente que duró apenas unos instantes.
Marcando el inicio de una nueva historia para todos, el inicio de una nueva era... y despertando la curiosidad del Dios Yong
—Me voy a practicar. —sus manos pasaron por su cabello, quitándose la cinta que estaba al borde de este, haciendo que el color desapareciera— Tae-hyung me debe estar esperando.
Y sin dar una palabra más, se dio la vuelta y comenzó su camino de regreso al patio principal. Nam-joon no pudo detenerlo, simplemente se había quedado sin palabras. Y mientras veía las lunas tatuadas a lo largo de la espalda del chico, su mente comenzó a indagar en una posibilidad del por qué pudo suceder eso, y su mente sólo pudo pensar en...
—Jung-kook era esa pieza clave que nos faltaba.








