Kurai by Celeria_nox at Inkitt
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KURAI

Summary

Bajo las murallas existe un lugar donde la luz apenas llega y la esperanza muere antes de nacer. Un mundo gobernado por el hambre, la violencia y la ley del más fuerte allí creció Kurai, un niño obligado a aprender demasiado pronto que confiar en alguien podía costarle la vida, robar, pelear y sobrevivir eran parte de su rutina, mientras protegía a los pocos que aún podía llamar familia. Pero incluso en el infierno hay personas capaces de desafiar su destino. Antes de que su nombre fuera conocido por toda la humanidad, Kurai solo era otro chico intentando sobrevivir un día más en el lugar que todos habían olvidado. Esta es la historia de cómo nació el monstruo... y del hombre que logró encontrar un motivo para seguir viviendo.

Status
10h ago
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Chapter 1





╔══════════════════════════════╗KURAI·❖╚══════════════════════════════╝


El aire del Subterráneo de la Ciudad Capital no se respiraba; se tragaba con esfuerzo.

Cada bocanada descendía por la garganta como una masa espesa, un lodo invisible cargado de humedad perpetua, moho incrustado en las piedras, amoníaco, aguas residuales desbordadas y el inconfundible olor dulzón que desprende la carne al comenzar a descomponerse.

Era un ambiente que se adhería a la piel, al cabello y a la ropa hasta convertirse en parte del cuerpo de quienes nacían allí. Para los condenados que llamaban hogar a aquel abismo, el concepto de un cielo abierto resultaba una fantasía absurda. No existían nubes, ni aves, ni amaneceres; sobre sus cabezas únicamente se extendía una inmensa bóveda de roca viva que parecía aplastar el mundo entero con su peso, cubierta de grietas por donde el agua estancada goteaba sin descanso, marcando el paso del tiempo con un sonido monótono que jamás desaparecía.

La luz del sol era poco más que un mito transmitido entre susurros por ancianos que aseguraban haber contemplado el verdadero mundo antes de ser desterrados a las profundidades. Para la mayoría de los habitantes del Subterráneo, el día y la noche no existían; únicamente conocían el parpadeo agonizante de las lámparas de aceite y antorchas repartidas por los callejones, llamas débiles que apenas conseguían arañar la oscuridad antes de ser devoradas por ella.

Aquella iluminación enfermiza proyectaba sombras deformes sobre los muros húmedos, siluetas retorcidas que parecían moverse con vida propia y recordaban constantemente que, incluso allí abajo, la poca luz que quedaba estaba condenada a morir.

Fue en ese lugar donde Kurai abrió los ojos al mundo por primera vez. Creció rodeado del hedor de la sangre seca, de montañas de basura acumuladas durante años y de callejones donde los gritos rara vez encontraban ayuda. Allí no existían leyes capaces de proteger a nadie, ni soldados que impusieran orden: la única regla era sobrevivir un día más.

Desde muy pequeño comprendió que las manos limpias pertenecían únicamente a quienes morían demasiado pronto, así que ensució las suyas antes de que alguien más lo obligara a hacerlo. Aprendió a robar antes de comprender el valor del dinero, porque el hambre no esperaba explicaciones. Aprendió a pelear mucho antes de conocer el significado de la justicia, porque cada esquina escondía a alguien dispuesto a arrebatarle lo poco que poseía. Y con el paso de los años también aprendió a matar; no porque disfrutara de la violencia, sino porque en el Subterráneo la duda era un lujo que casi nadie sobrevivía para permitirse.

Sobrevivir fue el primer idioma que dominó. Hablar llegó mucho después. En aquel pozo olvidado por el rey, el hambre dejaba de ser una simple sensación para convertirse en una criatura viva que desgarraba lentamente las entrañas. Era un dolor constante, feroz, capaz de hacer temblar las piernas y nublar la mente hasta reducir a cualquier persona a un animal desesperado.

Allí abajo, la compasión había muerto mucho antes que quienes todavía caminaban por sus calles.

Los niños no conocían juegos, canciones ni juguetes. Aprendían a esconderse entre las sombras, a correr al escuchar pasos, a arrebatar un trozo de pan antes de que otro lo hiciera y a aceptar que muchos desaparecerían sin dejar siquiera un nombre grabado en la piedra.

En el Subterráneo nadie lloraba demasiado por los muertos: la vida era demasiado corta para permitirse ese lujo. Sin embargo, había una lección aún más cruel, la peor de todas: comprender que la debilidad también era una mercancía. Kurai la aprendió cuando todavía era un niño.

Su madre llevaba meses consumida por la fiebre, el hambre y el opio barato que recorría los barrios más miserables. Sus ojos, antaño llenos de vida, se habían vaciado hasta convertirse en dos pozos apagados donde ya no quedaba espacio para el afecto. Una tarde gris, mientras el agua continuaba cayendo desde el techo de piedra y el frío impregnaba la pequeña habitación donde sobrevivían, ella lo observó en silencio.

No lo miró como una madre contempla a su hijo. Lo miró como quien observa la última posesión que todavía puede vender. Aquel día no hubo lágrimas, ni despedidas, ni promesas. Solo unas cuantas monedas de cobre ennegrecidas por la suciedad cambiando de manos junto a un saco de grano rancio. Ese fue el precio de Kurai. Tan poco valía una vida en el Subterráneo.

El hombre que lo compró descendía con frecuencia desde la superficie. Era un noble; su cuerpo obeso apenas cabía bajo las elegantes telas de seda que vestía, un contraste grotesco frente a la mugre, el barro y la podredumbre que cubrían cada rincón de aquel lugar. Mientras los habitantes luchaban por sobrevivir un día más, él caminaba entre ellos protegido por el poder de su apellido y la seguridad que le otorgaba el dinero. No descendía buscando trabajadores baratos ni sirvientes para sus propiedades.

Buscaba niños.

Niños demasiado pequeños para defenderse, demasiado hambrientos para huir y demasiado olvidados para que alguien preguntara por ellos. Era un depredador cuya verdadera arma no era la fuerza, sino la certeza de que nadie movería un dedo para detenerlo. El dinero le había enseñado que todo tenía un precio, incluso la inocencia de quienes jamás habían tenido la oportunidad de elegir.

Convencido de que la miseria convertía a las personas en objetos, descendía una y otra vez a aquel abismo para comprar vidas como quien adquiere ganado en un mercado. Porque en el Subterráneo, donde la humanidad se había podrido mucho antes que las propias piedras, incluso los monstruos podían vestir seda. Pero aquel día, el cerdo cometió el único error que terminaría costándole la vida: confundió el silencio de Kurai con resignación.

Cuando el hombre cerró la pesada puerta carcomida del tugurio, el pestillo oxidado cayó con un chasquido seco que pareció sellar el destino de ambos. La habitación quedó aislada del resto del Subterráneo, envuelta por el olor a humedad, madera podrida y el débil resplandor de una vela de sebo que apenas conseguía romper la oscuridad.

El noble se volvió con una sonrisa cargada de arrogancia, convencido de que tenía el control absoluto de la situación. Sus manos gruesas, adornadas con anillos de oro que resultaban obscenos en medio de tanta miseria, avanzaron con la seguridad de quien llevaba demasiado tiempo creyéndose intocable.

Sujetó con brusquedad al pequeño Kurai e intentó someterlo, sin imaginar siquiera que aquel niño ya había aprendido la lección más importante del Subterráneo: cuando nadie iba a salvarte, solo quedaba salvarte a ti mismo. En ese preciso instante, algo cambió dentro de Kurai. No lloró, no suplicó, no gritó pidiendo una ayuda que sabía que jamás llegaría.

El miedo no desapareció, pero dejó de gobernarlo. El tiempo pareció ralentizarse hasta convertir cada respiración en una eternidad. Su mente dejó de ser la de un niño aterrorizado y pasó a funcionar con el instinto desesperado de un animal acorralado. Mientras el hombre permanecía confiado, convencido de que tenía delante a una presa incapaz de defenderse, la mano de Kurai descendió lentamente hasta el interior de su vieja bota desgastada.

Allí permanecía oculto su único seguro de vida: un pequeño cuchillo de cocina. Viejo, oxidado, con la hoja mellada por el uso y el abandono. Lo había encontrado días atrás entre la basura y, desde entonces, lo llevaba consigo como otros niños cargarían un juguete. En el Subterráneo, cualquier trozo de acero podía significar la diferencia entre volver a despertar o desaparecer para siempre. El ataque carecía de la técnica de un soldado entrenado, pero estaba impulsado por algo mucho más poderoso: la necesidad de sobrevivir.

Kurai reaccionó con la velocidad desesperada de un latigazo. El movimiento fue tan repentino que el noble apenas alcanzó a comprender lo que ocurría antes de sentir el impacto. El destello apagado de la hoja cruzó el reducido espacio que los separaba y encontró un punto vulnerable donde la corpulencia del hombre ya no podía protegerlo. Todo sucedió en un instante.

La expresión arrogante del aristócrata desapareció para dar paso a una mezcla de incredulidad y terror absoluto. Llevó las manos hacia la herida en un intento inútil por detener el daño, mientras un sonido ahogado escapaba de su garganta. Sus piernas vacilaron y el enorme cuerpo perdió el equilibrio.

Aquella fue la primera vida que Kurai arrebató. Y también fue el día en que dejó de ser un niño.

El peso del hombre cayó sobre el suelo de piedra con un golpe sordo que hizo vibrar la vieja habitación. El silencio regresaró casi de inmediato, roto únicamente por los últimos movimientos involuntarios del cuerpo antes de quedar completamente inmóvil. Kurai permaneció donde estaba, incapaz de apartar la vista; su respiración salía entrecortada y sus manos temblaban con una intensidad imposible de controlar.

Comprendía lo que acababa de hacer, aunque todavía era incapaz de ponerle un nombre. No sentía triunfo, tampoco alivio: solo un inmenso vacío.

La ironía de su destino cayó sobre él con un peso insoportable. La persona que debía protegerlo lo había entregado sin dudar, pero quien finalmente le había permitido conservar la vida había sido la parte más oscura de sí mismo. Allí, sobre aquel suelo frío cubierto de polvo y rodeado por la miseria, el niño que todavía conservaba una mínima esperanza murió para siempre. En su lugar nació un superviviente, y el Subterráneo no aceptaba otra clase de personas.

La sangre tardaba mucho en secarse cuando el aire era tan pesado y húmedo. Bajo la escasa luz temblorosa de la vela, Kurai permanecía inmóvil observando sus propias manos. Apenas tenía diez años, pero sus ojos ya cargaban un cansancio impropio de su edad, la clase de agotamiento que solo aparece después de descubrir demasiado pronto lo peor del mundo.

A pocos pasos de él, el cuerpo del noble permanecía tendido en un rincón de la habitación. Toda la riqueza que había llevado consigo, las finas telas, las joyas y el orgullo de pertenecer a la superficie, ya no significaba nada. La muerte había borrado cualquier diferencia entre aquel hombre y la basura que se acumulaba en los callejones. El viejo cuchillo de cocina descansaba sobre el suelo de piedra, todavía cubierto por el rastro de lo ocurrido.

Kurai seguía temblando. No era culpa, no era arrepentimiento: era la adrenalina abandonando lentamente su pequeño cuerpo, dejándolo exhausto, helado y completamente solo, mientras comprendía que, a partir de aquella noche, ya nunca volvería a mirar el mundo con los ojos de un niño.

—Si te quedas ahí paralizado, los inspectores de la Policía Militar te encontrarán antes de que la primera lámpara se apague al amanecer —advirtió una voz rasposa desde la penumbra de la puerta.

Kurai levantó la vista de golpe, tensando cada músculo de su pequeño cuerpo mientras aferraba instintivamente el mango ensangrentado del cuchillo. Sus pupilas, todavía agitadas por la adrenalina, buscaron el origen de aquella voz hasta que, poco a poco, una silueta comenzó a desprenderse de las sombras.

Era un joven de cabello oscuro, de complexión delgada y mirada afilada. Vestía ropas desgastadas, remendadas una y otra vez, pero cada uno de sus movimientos poseía la agilidad silenciosa de un depredador acostumbrado a desaparecer antes de ser visto.

Se llamaba Kaito, un huérfano varios años mayor que él, conocido y temido en todo aquel sector por ser uno de los ladrones más escurridizos del Subterráneo.

Sin mostrar la menor prisa, recorrió la habitación con una sola mirada: el cadáver del noble desplomado sobre la piedra, el cuchillo cubierto de sangre abandonado en el suelo y, finalmente, el niño que seguía inmóvil, con los ojos encendidos por una mezcla de miedo, rabia y confusión.

No hubo horror en su expresión, tampoco asco. En el Subterráneo, la muerte no era una tragedia; era simplemente otra parte del paisaje.

—Vaya... un pez gordo de la superficie —comentó con desdén, propinándole una ligera patada al elegante zapato de cuero del cadáver— Mañana este barrio estará infestado de militares buscando una cabeza que exhibir para dar ejemplo.

Kaito mantuvo la mirada sobre el cuerpo durante unos segundos antes de volver a observar al niño frente a él, completamente paralizado en medio de la habitación.

—Si descubren que un mocoso fue quien le abrió el cuello, no llegarás vivo al siguiente amanecer y, si tienes mala suerte... desearás que te hubieran colgado primero.

Kurai tragó saliva con dificultad; sus labios temblaron apenas antes de encontrar fuerzas para hablar.

—Él... él quería... —La frase murió a mitad de camino, quebrándose junto con la primera grieta visible en la coraza que había levantado durante toda aquella noche.

Kaito desvió la vista hacia él y, por primera vez desde que había entrado, su expresión perdió parte de aquella dureza característica.

—Sé perfectamente lo que quería. Esos cerdos bajan aquí creyendo que las vidas les pertenecen, como si pudieran comprar personas igual que compran vino o caballos.

La dureza de su voz no desapareció, pero algo cambió en su gesto al mirar al pequeño frente a él. Por primera vez, aquella frialdad parecía ocultar algo más que indiferencia.

—Tu madre cobró las monedas... y salió corriendo hacia las tabernas del norte. No va a regresar por ti, te dejó atrás; estás completamente solo.

Aquellas palabras golpearon al niño con una fuerza infinitamente mayor que cualquier puñetazo. Sintió un vacío helado abrirse paso dentro de su pecho. La esperanza absurda de que su madre apareciera para buscarlo se desmoronó en un instante. Lo había vendido y después lo había olvidado, todo por unas cuantas monedas y unas horas de evasión.

Kurai bajó lentamente el brazo hasta que la punta del cuchillo quedó apuntando al suelo de piedra. Su voz apenas fue un susurro cuando volvió a hablar.

—¿Qué... qué se supone que haga ahora?

Kaito se acercó despacio hasta quedar frente a él. Luego se agachó para estar a su misma altura y extendió una mano hacia el niño. Era una mano libre de sangre, pero marcada por innumerables cicatrices, cortes antiguos y nudillos deformados por demasiadas peleas callejeras. Era la mano de alguien que había sobrevivido exactamente al mismo infierno.

—Puedes quedarte aquí esperando a que te encuentren y te arrastren hasta el patíbulo... —Kaito mantuvo su mano extendida, esperando en silencio.

Kurai observaba aquel gesto como si no comprendiera por qué alguien le estaba ofreciendo una elección.

— O puedes venir conmigo. Te enseñaré a moverte sin hacer el menor ruido, a desaparecer entre las sombras antes de que cualquiera pueda alcanzarte, a robarles únicamente a quienes nunca echarán de menos lo que pierdan.

Sus ojos permanecieron fijos en los del niño, reconociendo en ellos la misma desesperación que alguna vez había visto reflejada en los suyos.

— Y, sobre todo... te enseñaré a asegurarme de que ningún maldito cerdo vuelva a poner una sola mano sobre ti.

Kurai permaneció inmóvil observando aquella mano tendida. Después levantó lentamente la vista hacia la pequeña ventana cubierta por barro que daba a la inmensa bóveda de roca del Subterráneo.

Recordó las historias que alguna vez había escuchado sobre un cielo inmenso y azul, sobre un sol cálido que iluminaba la superficie y sobre aves capaces de volar libres. Cerró los ojos durante un instante.

Comprendió entonces que, aunque algún día lograra abandonar aquel agujero y contemplar ese cielo con sus propios ojos, jamás volvería a hacerlo con la inocencia de un niño. Esa parte de él había quedado enterrada para siempre sobre aquel suelo cubierto de sangre.

Sin decir una palabra más, dejó caer el viejo cuchillo oxidado. El metal chocó contra la piedra con un sonido apagado. Después limpió lentamente el rastro pegajoso de sus manos sobre sus pantalones rotos y, finalmente, alzó la mirada para estrechar con firmeza la mano que Kaito seguía ofreciéndole.

—Enséñame...


⚔︎ ═════════ ❖ ══════════ ⚔︎

Mientras Kaito comenzaba a caminar hacia la salida con la pequeña mano de Kurai firmemente aferrada a la suya, el silencio entre ambos estaba cargado de todo aquello que ninguno era capaz de expresar. No hacían falta palabras; en el Subterráneo todos aprendían demasiado pronto que algunas heridas eran tan profundas que ni siquiera encontraban una forma de ser pronunciadas.

Sin embargo, antes de abandonar aquella habitación, el joven dirigió una última mirada al cadáver tendido sobre el suelo y dejó escapar un suspiro casi imperceptible. Había visto absolutamente todo desde el principio.

Aquella tarde se encontraba recorriendo los callejones del sector en busca de una oportunidad para conseguir algo de comida cuando distinguió a una mujer arrastrando de la mano a un niño demasiado pequeño para comprender el destino que le esperaba. La reconoció al instante: conocía su rostro consumido por el opio y las deudas, igual que conocía la reputación que arrastraba por las tabernas.

Permaneció oculto entre las sombras mientras observaba cómo aquella mujer se detenía frente al noble de la superficie. No hicieron falta demasiadas palabras; unas pocas monedas de cobre cambiando de manos fueron suficientes para sellar el trato. Kaito vio cómo los dedos de la mujer abandonaban lentamente la mano de Kurai. Vio cómo el niño levantaba la mirada hacia ella, confundido, esperando una explicación que nunca llegó.

Y también vio cómo ella se alejaba, sin despedirse, sin mirar atrás. Como si aquel niño jamás hubiera existido.

«Mamá...» la palabra salió apenas como un susurro en la memoria de Kurai.

Durante un breve instante, los dedos de Kaito rozaron el mango de una de sus dagas escondidas bajo la ropa. Una parte de él quiso intervenir, arrancar al niño de las manos de aquel hombre y terminar con todo aquello antes de que comenzara.

Pero sabía la verdad. Aquel noble no era un simple hombre rico. Era alguien protegido por la Policía Militar, alguien cuya muerte provocaría una cacería en todo el Subterráneo; un error podía condenarlos a ambos.

Por eso eligió esperar. Desde los tejados, las vigas y los callejones elevados, Kaito siguió al aristócrata en silencio, observando cómo conducía al niño por aquel laberinto de piedra como si no fuera una persona, sino una pertenencia más que había comprado. Nunca perdió de vista la vieja puerta donde ambos desaparecieron. Permaneció allí, oculto entre las sombras, esperando el momento correcto para intervenir si era necesario.

Entonces llegaron los sonidos: golpes apagados, muebles arrastrándose y, finalmente... silencio. Un silencio demasiado pesado. Kaito supo que algo había ocurrido.

Empujó lentamente la puerta y encontró una escena que jamás olvidaría: el enorme cuerpo del noble desplomado sobre el suelo, la sangre extendiéndose entre las piedras y, en medio de aquella habitación miserable, un niño de apenas diez años sujetando un viejo cuchillo oxidado con las manos cubiertas de sangre.

Pero lo que más llamó su atención no fue el arma. Fueron sus ojos: aquella mirada ya no pertenecía a un niño. En ese instante, Kaito comprendió que el Subterráneo acababa de arrebatar otra infancia. Decidió que, al menos, no permitiría que también le arrebatara la vida.

Aquella noche, en una habitación olvidada del rincón más miserable bajo las murallas, dos huérfanos sellaron un pacto sin necesidad de grandes promesas. Solo hizo falta una mano extendida y otra aceptándola.

Dos vidas marcadas por el abandono y la supervivencia quedaron unidas por una misma necesidad: seguir respirando un día más. Desde ese momento, el largo y despiadado camino por las profundidades del Subterráneo acababa de comenzar.

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