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ARKAR un amor de cenizas.

Summary

Durante años, Lee Jimin ha hecho todo lo posible por enterrar el pasado. Lejos de la corte de Arkas y del príncipe que alguna vez amó, construyó una nueva vida. Pero algunos recuerdos no pueden enterrarse para siempre. Cuando el antiguo príncipe heredero, Kang Jungkook, asciende al trono, Jimin descubre que su libertad siempre tuvo fecha de caducidad. Jungkook no ha esperado diecisiete años para aceptar otra despedida. Ahora posee una corona, un ejército y el poder suficiente para cambiar las leyes del reino. Y entre sus planes existe uno que ha guardado durante casi dos décadas Traer de nuevo a Jimin a su lado cueste lo que cueste.

Status
5h ago
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1

El crujido de las hojas secas bajo las botas de Jimin resonaba en el espeso silencio de la tarde, marcando una marcha fúnebre que jamás imaginó volver a recorrer. A sus treinta y seis años, Lee Jimin había logrado lo imposible: construir una existencia pacífica, casi invisible, lejos del veneno que emanaba la capital de Arkas. Había encontrado la calma en un pequeño pueblo arrinconado cerca de la frontera en la densidad del bosque, trabajando como herrero, sintiendo el calor del carbón en el rostro, más todo eso valía la pena con tal de seguir disfrutando de la risa de su hija Minji al caer las tardes.


Pero la tranquilidad era una ilusión frágil. De la noche a la mañana, el mundo que había edificado con cada gota de sudor amenazaba con desmoronarse en mil pedazos.

Pocas horas antes, los murmullos cerca de la taberna local lo habían paralizado mientras terminaba de hacer unas compras en el mercado local. Una noticia funesta corría como fuego sobre paja seca: el viejo Rey de Arkas agonizaba en sus últimos días, y la coronación del príncipe heredero, Kang Jungkook, era inminente.


En cuanto escuchó aquel nombre, a Jimin se le fue el alma del cuerpo. El pánico, helado y atroz, le oprimio el pecho. Sabía perfectamente lo que esa noticia significaba. Conocía el mecanismo brutal del reino y sabía que, tan pronto como la corona tocara las sienes de Jungkook, la marea morada —como la gente llamaba al sangriento ejército real por el distintivo color de sus estandartes y armaduras— comenzaría una cacería desalmada a lo largo del territorio.


El rubio corrió a su hogar, sintiendo que sus pulmones se desgarraban a cada paso. Al cruzar el umbral de su casa de piedra y madera, cerró la puerta con pestillo y buscó de inmediato a su esposa.


—Junhee, necesitamos hablar. Ahora —dijo con la voz quebrada, arrastrando a la pelinegra a la habitación principal.


Junhee, una mujer hermosa, de estatura alta, mirada profunda y un cabello tan oscuro como la noche, lo observó con angustia instantánea. Al ver las lágrimas rodar por las mejillas de su esposo, entendió que algo terrible había ocurrido.


—¿Jimin? ¿Qué pasa? Me estás asustando...


—El día... el día que tanto temíamos ha llegado —sollozó Jimin, tomando las manos de su esposa entre las suyas, ardientes por el miedo—. El rey está muriendo. Jungkook va a asumir el trono en cualquier momento. Tienes que huir, Junhee. Tienes que llevarte a Minji y marcharte esta misma noche.


Un ahogado gemido escapó de la garganta de Junhee. Las lágrimas brotaron de sus ojos oscuros, aquellos que guardaban un leve y doloroso parecido con los del mismísimo futuro rey.


—No... No me pidas esto, Jimin. ¡No me voy a ir sin ti! —suplicó ella, aferrándose al camisón de su esposo abrazándolo fuerte—. No podemos separarnos, hemos construido esto juntos...


—¡Si la marea morada llega aquí y las encuentra conmigo, las van a matar! —gritó Jimin desesperado, aunque bajando el tono para no despertar a su hija en el cuarto contiguo—. Conoces la historia, Junhee. Sabes de lo que él es capaz. Si nos atrapan juntos, no tendrá piedad. Preferirá eliminarlas a ustedes para borrar cualquier rastro de la vida que hice sin él. No voy a soportar saber que murieron por mi culpa. Ese hombre va a buscarme hasta debajo de las piedras, y no descansará hasta tenerme frente a él y sabemos muy bien que ya comenzó a buscarme.


El llanto de ambos se convirtió en un murmullo amargo en medio de la penumbra. Porque Jimin no era un criminal huyendo de la justicia, ni había cometido un acto de traición contra la corona. El único "delito" de Jimin había sido existir en el pasado de Kang Jungkook. Y que el príncipe se hubiera enamorado profundamente y obsesionado con él.


Los recuerdos azotaron la mente de Jimin como latigazos. Volvió a verse a sí mismo a los diecinueve años, siendo un joven muchacho de cabello dorado, hijo del cocinero real, correteando por las inmensas cocinas y jardines del palacio de Arkas. Una tarde de primavera, escondido cerca de los establos reales, se había topado con un muchacho de diecisiete años de postura erguida pero mirada solitaria.


Jimin, sin saber que se trataba del príncipe heredero, lo había tratado como a un igual. Le habló con soltura, le ofreció una fruta robada y le sonrió sin reverencias ni temores, sonriéndole sinceramente. A Jungkook, acosado por las exigencias de la corte, amistades falsas y la frialdad de su padre, aquella autenticidad lo cautivó de inmediato. Lo que comenzó como una amistad clandestina entre los pasillos del palacio, floreció con los meses en un romance secreto, tan apasionado como peligroso. Compartieron confesiones a la luz de las velas, miradas robadas, promesas entre susurros y sus primeras experiencias juntos. Para Jimin, Jungkook había sido su primer gran amor; para Jungkook, Jimin se convirtió en su ángel, su única razón de existir y soportar su difícil vida.

Sin embargo, tras un año de ocultar el romance, la tragedia los alcanzó. Un guardia del rey mientras hacia sus guardias descubrió al príncipe besando al hijo del cocinero y le llevó el chisme al monarca.


La furia del rey fue descomunal. Descubrir que su único hijo varón —el heredero de la corona entre una multitud de hijas nacidas de diversas concubinas— mantenía lo que él consideraba una "asquerosa e inaceptable relación" con un sirviente y lo peor que era un hombre también puso en riesgo la estirpe real y no permitiría que nadie ni su propio hijo dañase el legado de los reyes con ese acto inmundo que Jungkook estaba haciendo.

El soberano mandó llamar al príncipe y, sin rodeos ni anestesia, le planteó un ultimátum macabro:

—Mandaré a ejecutar a toda la familia Lee al amanecer —declaró el soberano con voz helada—. Serán ahorcados por traición contra el rey. A menos... que hagamos un trato. Harás todo lo que yo te pida a partir de hoy, te someterás a mis órdenes sin protestar, y a cambio, les daré suficiente dinero para que se vayan muy, muy lejos de la capital de Arkas para no volver jamás.

A Jungkook se le drenó la sangre del rostro. El horror lo paralizó. El pensamiento de que Jimin pudiera morir por su culpa le destrozó el corazón y el alma. Con el rostro bañado en lágrimas de rabia e impotencia, apretó los puños y cedió ante su padre.

—Acepto —susurró el joven príncipe con la voz rota—. Acepto todo. Solo no les hagas daño te lo suplico.

El rey sonrió con frialdad triunfante por lograr su comedido.

—Bien. Yo no recordaré nada de este vergonzoso y aberrante incidente, y tú tampoco lo harás, hijo mío. Te casaré con una mujer noble y me darás un heredero digno para la continuación de nuestro linaje.


—Haré todo lo que mi rey pida —asintió Jungkook, sepultando su humanidad en ese preciso instante.

Esa misma tarde, un desgarrado Jungkook fue a buscar a Jimin por última vez. Le confesó su verdadera identidad entre sollozos, revelándole la amenaza de su padre y la necesidad inminente de que huyera del reino con su familia. Jimin entró en shock, sintiendo que el suelo se abría bajo sus pies.


—¿Por qué me mentiste? —gritaba Jimin, llorando desconsoladamente—. ¡Me dijiste que eras un simple aprendiz de la guardia real!


—¡Me enamoré de ti, Jimin! —suplicó Jungkook, intentando sostenerle el rostro con manos temblorosas—. ¡Sabía que si te decía que era el príncipe heredero me ibas a rechazar! ¡Tenía miedo de perderte! ¡Porque te amo más que mi propia vida!


—¡Y tenías razón! —respondió el rubio llorando, alejándose de un tirón—. ¡Porque no quería sufrir las consecuencias de tu padre, el rey! Y mírame ahora... Míranos. Tengo que marcharme de mi propio hogar, dejarlo todo atrás con el corazón roto en mil pedazos. No solo es el hecho de saber que eres el futuro rey, sino también saber que debo olvidarme para siempre de la persona que amo — logró decir entre el llanto.


Jungkook, incapaz de contener el dolor que le carcomía el pecho al ver sufrir a Jimin, rompió en un llanto desgarrador, lo atrapó entre sus brazos y le dio un beso desesperado, salado por sus lágrimas.


—Me estoy muriendo en vida, Jimin —le susurró al oído, sujetándolo con una fuerza casi enfermiza—. Pero prefiero mil veces verte marchar lejos de mi a tener que verte muerto por mi culpa, nunca podría perdonármelo.


Escúchame bien: aunque pasen los años, te voy a amar siempre, Jimin. Tarde o temprano volveremos a estar juntos, mi amor. Esta vez todo será distinto. Cuando por fin ese maldito de mi padre muera... iré por ti y estaremos juntos para siempre sin que nadie se interponga entre nuestra felicidad.


Para el joven Jimin de diecinueve años, aquellas palabras no fueron más que vanas promesas en medio de una dolorosa despedida a su primer gran amor. Un trágico adiós que debía enterrar para poder sobrevivir.


Tras huir del palacio, la culpa carcomió a Jimin. Se sentía responsable de que su padre hubiera sido despedido de las cocinas reales. A pesar de que la familia recibió una jugosa suma de dinero por orden del rey, Jimin sabía que sus padres tenían dos hijos más que mantener.


Sintiéndose una carga insoportable, decidió apartarse y buscar su propio camino en soledad.


Viajó durante meses hasta establecerse en un remoto pueblo fronterizo, cerca de los límites de un reino vecino y un frondoso bosque. Allí aprendió el oficio de la herrería, quemándose las manos para sofocar el dolor de la memoria. Se cerró por completo al amor durante años, hasta que conoció a Junhee. Ella era una joven hermosa, dulce y comprensiva, que irónicamente poseía un leve parecido físico con Jungkook: su cabello azabache, su fisonomía estilizada y esos ojos negros grandes y expresivos.


Lo que inició como una tranquila amistad evolucionó en un matrimonio sólido. Al poco tiempo, Junhee quedó embarazada y dio a luz a Minji, una niña preciosa que se convirtió en la luz de los ojos de Jimin. La pequeña era la viva imagen de su padre rubio, aunque heredó la distinguida altura de Junhee. Aunque Jimin jamás llegó a amar a su esposa con la pasión desenfrenada y grande que sintió por Jungkook, la amaba profundamente como su compañera de vida, su refugio y la madre de su hija. Jimin jamás le guardó secretos a ella porque antes de ser pareja fueron amigos: le contó absolutamente todo su pasado con el príncipe, y Junhee, lejos de juzgarlo o criticarlo por su preferencia sexual, lo abrazó con comprensión y amor.


Sin embargo, el frágil paraíso que construyeron comenzó a agrietarse hacía unos meses atrás, cuando la hermana de Jimin le hizo llegar una carta clandestina. Jimin había optado por romper lazos con su familia para no causarles más problemas, pero su hermana mayor se aferró a seguir en contacto, aunque de manera secreta. En ella le advertía, aterrorizada, que guardias reales habían aparecido en la antigua casa de sus padres y de ella haciendo preguntas sobre él y su paradero.


Después de saber eso las alarmas se encendieron en la mente de Jimin. Comprendió que Jungkook jamás lo había olvidado. La promesa que el príncipe le hizo diecisiete años atrás seguía tan viva y amenazante como el primer día que la escucho. Y la situación era mil veces más peligrosa ahora. A través de lo que los comerciantes itinerantes que venían de la capital al pueblo comentaban, Jimin supo que el muchacho educado y amable que conoció en su juventud había desaparecido por completo.

Jungkook se había convertido en el General del ejército imperial; un hombre violento, temperamental, desalmado y muy vengativo que infundía terror a su paso, superando con creces la crueldad de su propio padre. Ni siquiera el hecho de que Jungkook hubiera sido obligado a casarse con la hija de un conde y tuviera dos herederos —los príncipes Jaehyun y Jungwon— había mitigado su naturaleza posesiva. Jimin sabía que, si el futuro rey lo encontraba casado y con una hija, la masacre sería inevitable. El orgullo y los celos enfermitos de Jungkook destruirán a Junhee y a Minji sin titubear con tal de tenerlo solo para él.


—Tenemos a lo mucho un par de semanas antes de que sus tropas peinen esta zona —dijo Jimin en el presente, limpiándose las lágrimas bruscamente mientras tomaba las manos de Junhee en la penumbra de su habitación y les daba un beso—. Tienen que irse ya, por favor no podría vivir sí sé que por mi culpa les sucede algo.


—Pero... ¿y tú? —preguntó Junhee, ahogando el llanto—. Jimin, si te quedas, te van a llevar a la capital. Te van a convertir en su prisionero... en una de sus concubinas. ¡Te va a someter a su voluntad! No quiero que vivas es horrible vida, no lo mereces. Te puede hacer mucho daño incluso puede ser capaz de matarte o lastimarte físicamente.


Jimin tragó saliva, sintiendo un nudo de amargura en la garganta.


—Si me busca por la promesa que me hizo hace años, sé que de alguna manera estaré a salvo de la muerte. Tendré que soportar ser parte de su corte, o de sus concubinas, aunque me repugne la idea de que me denigre. Pero prefiero someterme a lo que él desee antes de arriesgarme a que descubra que las tengo a ustedes y busque venganza. Prefiero sufrir yo mil infiernos a que les haga el más mínimo daño a ti o a mi pequeña. Por eso deben de irse Junhee.


La puerta de la habitación se abrió despacio. La pequeña Minji estaba ahí, sus ojitos color miel miraron a sus padres llorar y rápidamente sus ojos se empaparon en lágrimas. Corrió hacia Jimin.


—¡Papá, no! —chilló la niña, corriendo a abrazarse a la cintura de Jimin con fuerza desesperada—. ¡No me quiero ir sin ti! ¡Por favor, ven con nosotras!


Jimin se arrodilló de inmediato, acunando el rostro de su hija entre sus manos temblorosas, besando sus mejillas.


—Escúchame bien, mi vida, mi pequeña Minji —dijo Jimin con la voz hecha pedazos—. Si me voy con ustedes, cosas horribles podrían pasar. Si nos encuentra juntos, ustedes podrían morir, y tu papá no podría soportar vivir en un mundo donde ustedes no estén. Necesito que seas muy valiente. Tengo que quedarme para que ustedes dos puedan estar a salvo. Tienen que irse muy lejos de aquí.

Dos días después a altas horas de la madrugada, envueltos por la bruma y la oscuridad sofocante del bosque, Jimin guio a su esposa e hija por senderos clandestinos hacia la frontera. Caminaron en silencio, con el corazón en la mano, hasta llegar al punto acordado donde un viejo y leal amigo de Jimin las esperaba en una carreta para cruzar al reino vecino.


Jimin le entregó a Junhee todo el dinero que había ahorrado durante años de duro trabajo en la herrería.

—Toma esto —le susurró, besándole las manos a su esposa y luego su mejilla—. Comiencen de nuevo en una villa próspera. Aquel reino es pacífico y las leyes protegen a los ciudadanos. Tendrán una buena vida allí.

Junhee lo abrazó con desesperación, sellando un desgarrador adiós en un beso amargo. Minji se aferró a su cuello llorando amargamente hasta que Jimin la subió a la carreta.


El único motivo por el que Jimin no huyó con ellas al reino vecino fue la certeza aterradora de lo que ocurriría si lo hacía: si Jungkook descubría que había escapado a territorio extranjero, el próximo nuevo Rey de Arkas no dudaría en desatar una guerra sangrienta e implacable contra ese país con tal de dar con él, masacrando a miles de inocentes en el proceso. No podía cargar con semejante peso sobre sus hombros.


Jimin contempló la carreta alejarse entre la niebla hasta que el sonido de las ruedas se perdió en la distancia. Solo en la inmensidad del bosque, dejó escapar un grito de dolor reprimido.


De regreso a su casa, con los primeros rayos del alba filtrándose entre los árboles, Jimin comenzó la amarga tarea de erradicar los rastros de su familia. Quemó la ropa de Junhee, los juguetes de madera de Minji, los bordados y cada pequeña pertenencia que delatara que en esa vivienda alguna vez habitaron una mujer y una niña.

Limpió los muebles, ordenó los enseres de herrería y dejó la casa reducida a la morada de un hombre solitario.


Cuando terminó, se sentó junto a la ventana, observando el camino de tierra que conducía al bosque.

Apretó los puños, sintiendo cómo el miedo le helaba la sangre mientras sabía que seguía buscándolo, a cientos de kilómetros lejos de él, el retumbo distante de cientos de cascos de caballos acercándose. La marea morada estaba cerca, y el futuro rey Kang Jungkook estaba más que listo para reclamar lo que consideraba suyo.




Después de mucho tiempo una nueva historia mia sale a sa luz y es la primera que hago ambientada en la antiguedad espero la disfruten tanto como yo al hacer y gracias por su apoyo.

Chapters
1. Capítulo 1
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