Prologo
Nada es mejor que llegar al final del camino. Uno al que durante tanto tiempo me niego a aceptar como mi destino.
Mi mundo es una pesadilla, siempre limitado y prohibido. Ahora, con mis días contados, me adentro en situaciones que nunca pude explorar cuando era joven. Miro mi reino, debatido sobre quién debe ser el nuevo rey. Mientras buscan maneras de convencerme de un sucesor, me he negado. Sin embargo, la semana pasada he observado a hombres que han fracaso cuando intentan enfrentarse a mis súbditos, muriendo en el proceso, cumpliendo con entretenerme. A veces pienso que abandono una carga tan grande a la próxima persona que ocupe mi reino, que me veo reflejado en él: sin quejarse, sin opinar, simplemente aceptando su rol. Tal vez, de alguna forma, siempre he querido cuidar de los manjares que siempre he arrebatado, y por eso no puedo oponerme.
Deseo que por un momento, mi vida no huela a estiércol ni a humedad, que se convierta en una experiencia emocionante. Pero mis motivos para seguir en un lugar tan aburrido solo me llenan de depresión. Todo me resulta monótono: conozco cada rincón de mi reino, cada detalle de mi poder y hasta el nombre de los héroes que han muerto por mis manos. No hay novedad, sólo un ciclo sin fin de tedio y desesperanza.
La mayoría de los ciudadanos que me visitan solo temen mis hazañas, pero no me conocen. Me respetan por mi posición, no por quien soy. Me miran con miedo, temerosos de ofenderme con sus palabras o acciones. Odio mi existencia como rey, atado a reglas, modales, diplomacia y etiqueta. Estoy muerto por dentro desde hace mucho tiempo.
Pero a pesar de todo esto, me he mantenido soportando hasta los chistes más amargos que me trae mi mayordoma, con sus intentos de contratar payasos o magos para divertirme. Mis sirvientas, desesperadas por elevar mi autoestima, siguen buscando mujeres para satisfacer mis necesidades. Pero nada parece resultar.
Suspiro, afligido por la aventura descontrolada que ha sido mi espantosa vida. Y, aun así, aquí estoy: frente al maldito mundo que cree haberlo poseído todo de mí.
Esta realidad siempre me ha condenado a la peor de las maldiciones. Porque esto no es ningún mundo cubierto de bondades y no existen historias que consiguen un final feliz. Al contrario, me he castigado a experimentar, una y otra vez, la locura de ser un personaje inolvidable… un destructor de sueños para todos.
Lo admito. Para mis súbditos soy el héroe de este mundo, pero el resto soy el villano que pocos quieren cruzarse.
—Pronto llegará el día donde el último héroe venga a destruirme. Acabar con este maleficio.
Cubierto de mentiras mentales que me he impuesto, por un instante puedo percibir el olor a madera vieja que abruma mi existencia, desde niño.
—Lo he conseguido todo. Asesino a reyes, gobierno este reino, someto a la gente, robo a los malos, castigo a los inocentes y pierdo la fe de mí mismo.
Me acomodo en este trono que tantos recuerdos guarda.
—Quiero que esta vida llegue a su fin. Quizás, reencarne o tal vez muera.
Siempre me he encontrado en un mundo al que no pertenezco, ni formo parte de un ciclo que ofrezca esperanza a mi vida. Experimentar un desafío emocionante, que me permita sobrevivir sin limitaciones, sin ataduras, donde pueda existir a mi manera, a mi gusto, y a mi destino. Un lugar donde, por una pizca de pasión, pueda ser yo mismo.
Sin etiquetas.
Sin recorrido.
Sin mi pasado.
Hace tanto tiempo que me resguardo en un sitio donde las posibilidades de vivir eternamente se desvanecen. Mientras tanto, varias ofrendas de diferentes reinos llegan a pedirme que los proteja, pero debido a mi prestigio que me limita, me encuentro atrapado en una cárcel que me prohíbe ser feliz. Siempre salgo acompañado de mis súbditos, temerosos de que alguno pueda fallar su palabra y ser aniquilado por mi.
Desde que tengo ese grimorio, sufro la maldición de conseguirlo todo a través de mis ideas y mis palabras. Pero no he conseguido la libertad.
Mi mundo es una pesadilla, siempre villano y maldito.
Veo a mi alrededor, debatiendo sobre quién debe ser el nuevo gobernante. Mientras el fuego se apodera de todas las áreas de mi historia.
—Supongo que cuando muera por manos de la Heroína todo mi mundo se extinguirá y solo quedarán palabras en los libros.
—No abandone su poder, rey.
Confiesa un súbdito mío.
Ellos quieren que siga gobernando como el villano, pero estoy cansado de ese rol.
Desde niño, sueño con una vida sin responsabilidades. Creo que siempre será así, pero cuando me ciego por el poder de aquel grimorio, veo mi sueño desmoronarse. Pienso que la admiración de mis ciudadanos será maravillosa, pero es todo lo contrario.
Yo ya no pertenezco a ningún sitio.
—Supongo que todo volverá a la normalidad. He destruido la magia, las armas divinas, los monstruos mitológicos, y todos aquellos dioses profanos qué anhelan sacrificios.
Quiero encontrar un lugar al que pertenecer, salir de mis cuatro paredes.
Miro al techo.
—Quiero libertad, quiero escapar de este mundo aburrido. Quiero salir de este cuadro en el que me encuentro atrapado.
Cierro los ojos.
Me cubro con mis manos.
—¿Podrían dejarme a solas, por favor? —les pido a mis sirvientes, que me esperan como cuervos, escuchando el momento en que mi corazón deje de latir.
—Señor, no podemos hacer eso. ¿Qué pasaría si le ocurre algo? —responde uno de ellos con voz preocupada.
—Está bien. No tiene que preocuparse, pronto llegará mi fin.
Levanto mi rostro.
Veo a mi mayordoma. Mi compañera desde que tengo uso de razón y la mujer que siempre me ha sido leal.
—¿La heroína será la mujer adecuada para reconstruir el mundo que hemos dejado en ruinas? —Mi mayordoma se acerca, poniendo su peso en mi pecho, mientras sus manos sujetan mi cabeza para mirarme fijamente.
Me acaricia el cabello.
—¿Conocemos perfectamente las reglas? Dígame, ¿en serio vale la pena abandonar todo el poder que hemos logrado?
—Todos mis sirvientes, súbditos, aliados y traidores. Quiero que abandonen este castillo, y huyan.
Sujeto mi lanza.
Todos obedecen a mi orden, excepto mi mayordoma que se queda a mi lado observando cómo las fuerzas de la heroína ingresan por la puerta principal del primer piso.
Me entrega una poción mi mayordoma.
—¿Qué es esto?
—Una poción para que pueda pagar todos sus pecados y vaya directo al cielo... —Susurra —ayudarle, mi señor. Si desea continuar, me ofrezco a guiarlo hacia la luz.
Guardo silencio unos momentos.
La miro a los ojos.
Y pongo mi mano sobre su cabeza.
—Por favor, Daniela... —Musito —Yo soy afortunado de tenerte a mi lado, a pesar que todos se han retirado y han huido. Tú eres la única que prevalece.
—Prométeme beber esta poción sin importar el costo.
Me siento atrapado en un juego de expectativas que no deseo seguir. Aunque Daniela es una sirvienta que guarda secretos, su obsesión por mi bienestar a veces es insoportable. Al final, todo esto se siente como una despedida, donde yo soy el protagonista que nunca pidió serlo.
Y el villano que ha sepultado a todos al abismo.
—Yo pelearé abajo, y le daré tiempo para que se aliste… —sonrie.
—Si alguna vez reencarno o tengo una oportunidad. Yo sonreiré a la vida y seré el hombre que nunca puedo ser.
Interfiere Daniela.
—No voy a mencionar nada. Pero estoy segura que nos aguarda una nueva aventura. No como villanos, sino como héroes.
Me besa en la mejilla.
Y por extraño que sea la situación, me enamoro de ella. Pero, ¿podría ser correcto un amor entre especies diferentes? ¿Un humano y una semi humana?
Desaparece en las gradas.
Es muy tarde para reconstruir mi vida.
El castillo comienza a destruirse, ruinas, techo y sobre todo las paredes se empiezan a demoler junto al polvo que se extiende en el sitio.
La oscuridad se extiende.
El momento ha llegado a su fin.
Hasta que aparece entre la luz de la luna a la heroína.
Armadura de plata.
Espada brillante con filo.
Y su mirada de ojos verdes directos sobre mi.
—He venido a asesinarte Alan, el Rey Demonio.
—Estoy listo, heroína.








