Capítulo 1
LOGAN
El lugar que había escogido Rachel era demasiado ruidoso para mi gusto y tenía tantas flores que, por momentos, me daba la impresión de que alguien había confundido un restaurante con el escenario de una boda. Había rosas trepando por una de las paredes, pequeños arreglos sobre cada mesa y una estructura cubierta de hortensias suspendida sobre la barra que seguramente se veía espectacular en las fotografías, aunque yo no terminaba de entender por qué alguien querría beber con un jardín entero colgándole sobre la cabeza.
Por supuesto, no dije nada porque no parecía el mejor momento para criticar el restaurante que Rachel había escogido, especialmente cuando, por lo que estaba empezando a entender, nos encontrábamos ahí para intentar salvar nuestra relación.
“Siento que todo lo que haces es porque te lo pido, no porque nazca de ti”, me reclamó.
Fruncí ligeramente el ceño mientras intentaba entender exactamente dónde estaba el problema. Para mí, aquello no sonaba tanto a un reclamo como al funcionamiento lógico de una relación. Si tu novia te decía que quería algo, era porque quería ese algo y, si estaba dentro de tus posibilidades dárselo, se lo dabas. Siempre había creído que prestar atención a lo que Rachel pedía y procurar que lo tuviera era precisamente una forma de demostrarle que me importaba, así que no estaba seguro de en qué momento seguir sus deseos se había convertido en una prueba de lo contrario.
“Quiero que me compres flores porque las viste y te acordaste de mí, no porque tenga que recordarte que quiero flores”, continuó, sin molestarse en ocultar el reproche en la voz. “Cada vez que nos vemos, me arreglo porque quiero verme bonita para ti, pero parece que lo das todo por sentado. Si quiero conocer algún lugar, haces que alguien consiga una reserva, pero ni siquiera te interesa saber por qué lo elegí.”
Me tomé unos segundos antes de responder, no porque quisiera ignorarla, sino porque comenzaba a sospechar que cualquier cosa que dijera sin pensarla lo suficiente terminaría empeorando una conversación que ya había empezado bastante mal. La verdad, esa clase de lugares me daba exactamente igual. Un restaurante nuevo, un bar nuevo, el club que todo el mundo quería conocer antes de que dejara de ser novedad… después de un tiempo, todos comenzaban a parecerme versiones ligeramente distintas de lo mismo.
Rachel, en cambio, disfrutaba descubriéndolos. Le gustaba conseguir una mesa en el sitio del que todos hablaban, probar un cóctel que alguien había recomendado o descubrir un restaurante antes que el resto de sus amigas, así que cuando me decía que quería ir a algún lugar, yo conseguía la reserva. Nunca había considerado necesario interesarme demasiado por el restaurante en sí porque, desde mi perspectiva, lo importante era que ella quería conocerlo y yo podía hacer que eso ocurriera. Hasta ese momento había pensado que eso significaba acompañarla en algo que disfrutaba.
“Parece que soy la única interesada en esta relación”, prosiguió. “Cuando nos vamos de vacaciones, me dices que escoja el lugar y que pague con la tarjeta que me diste. Llevamos dos años juntos y todavía no has querido que me mude contigo. No sé hacia dónde va esto. Trabajas todo el día; nunca podemos comer juntos porque siempre tienes comidas de trabajo y entre semana no quieres salir porque prefieres cenar en casa. ¿Dónde pinto yo en tu vida?”
La pregunta hizo que dejara de pensar en cómo responder y que la mirara con más atención.
Jamás me había detenido a contemplar nuestras vacaciones de aquella manera. Cuando Rachel decía que quería viajar, normalmente ya tenía tres destinos guardados en el teléfono, sabía cuáles eran los mejores hoteles y había investigado hasta la época del año en la que convenía viajar. Yo asumía que permitirle escoger era precisamente una forma de hacerla feliz porque, si tenía preferencias mucho más claras que las mías, no encontraba ningún beneficio en imponerle un destino que quizá le gustara menos.
Lo mismo ocurría con nuestros aniversarios, su cumpleaños o cualquier fecha que ella considerara importante. Nunca olvidaba ninguna. La llenaba de regalos, reservaba lo que quisiera hacer y procuraba que no tuviera que preocuparse por nada porque, para mí, eso también significaba cuidar de alguien.
Al parecer, Rachel llevaba tiempo viendo las mismas cosas desde un lugar completamente distinto y, mientras la escuchaba, comenzaba a considerar que quizá tenía razón en algunas de ellas.
A ella le encantaba salir. Yo pasaba buena parte del día deseando terminar de trabajar para llegar a casa, quitarme el traje, ponerme unos pantalones de chándal y sentarme frente al televisor con algo de cenar. Las pocas veces que había propuesto semejante plan, Rachel había terminado inquieta antes de que acabara la película porque, según ella, quedarse encerrados un viernes por la noche era desperdiciar una ciudad entera esperando afuera.
Eso tampoco significaba que yo no quisiera pasar tiempo con ella. El problema era que, hasta aquella conversación, no había entendido que quizá nuestras ideas sobre pasar tiempo juntos no se parecían demasiado.
“Lo siento, Rachel. No doy por sentado lo que haces”, dije finalmente, consciente de que defender cada una de mis decisiones no iba a solucionar lo que ella sentía. “Pero quizá no me he esforzado lo suficiente para hacértelo saber.”
Su expresión apenas se suavizó, aunque no lo suficiente como para tranquilizarme.
“Llevamos dos años juntos y nos hemos estancado. Te amo, Logan, y sé que me amas, pero no soy tu prioridad.”
“Rachel…”
“No.” Negó con la cabeza antes de que pudiera continuar. “Creo que deberíamos darnos un tiempo para que puedas pensar si realmente quieres estar conmigo. Yo quiero estar contigo, pero cada vez que salimos siento que tu mente está en cualquier parte, menos aquí.”
No podía decirle que estuviera equivocada porque durante buena parte de la cena había estado pensando precisamente en las negociaciones con una empresa de logística en la que el fondo estaba interesado. Llevábamos semanas trabajando en la operación y ese día habíamos llegado a un punto muerto que no habíamos logrado resolver antes de salir de la oficina. Había intentado dejarlo ahí, junto con la computadora y los documentos desperdigados sobre mi escritorio, pero mi cabeza tenía la mala costumbre de seguir trabajando incluso después de que yo abandonaba el edificio.
“Lamento tener la cabeza en el trabajo.”
“Ese es precisamente el problema. Siempre es el trabajo. Que si alguien quiere vender, que si otro cambió las condiciones, que si apareció un proyecto nuevo…” Apoyó los antebrazos sobre la mesa y me sostuvo la mirada. “Hay más vida que el trabajo. Lo sabes, ¿verdad?”
“Sí, lo sé.”
Aunque, si era sincero, a veces no sabía muy bien de qué esperaba que habláramos. El trabajo ocupaba una parte importante de mi vida. Me interesaba, me desafiaba y consumía la mayor parte de mis días, pero a Rachel le aburría escucharlo y había aprendido hace tiempo a no entrar en demasiados detalles con ella. Al principio había intentado contarle alguna negociación especialmente complicada o explicarle por qué una operación me tenía absorbido y, cuando noté que su interés desaparecía antes de que terminara, simplemente dejé de hacerlo.
No la culpaba por ello. A Rachel le interesaban cosas que a mí tampoco me despertaban demasiado entusiasmo, pero eso había terminado creando un espacio extraño entre nosotros: una parte enorme de mis días quedaba automáticamente excluida de nuestras conversaciones y yo nunca me había detenido a pensar qué ocupaba ese lugar.
Supuse que aquel era otro asunto que tendríamos que resolver, aunque empezaba a comprender que la lista era bastante más larga de lo que había imaginado cuando llegué al restaurante.
Su teléfono vibró sobre la mesa y la pantalla se iluminó con un mensaje. Rachel bajó la mirada apenas un instante antes de volver a dejarlo donde estaba.
“Carol nos invitó al nuevo club que abrieron la semana pasada, pero seguramente estás agotado y no quieres salir.”
No tuve tiempo de controlar mi expresión y Rachel soltó un bufido apenas la vio.
“Lo sabía.”
Era jueves. Había pasado casi doce horas trabajando, la negociación con la empresa de logística seguía estancada y, en ese preciso momento, la posibilidad de entrar a un lugar todavía más ruidoso que aquel restaurante me resultaba cercana a un castigo. Sin embargo, decirlo probablemente demostraría exactamente lo que Rachel llevaba toda la noche intentando explicarme.
“Escucha, Logan”, dijo antes de que pudiera buscar una respuesta medianamente apropiada. “Hablo en serio con lo de darnos un tiempo.”
La incomodidad que había sentido durante toda la conversación terminó de instalarse en mi estómago.
“Rachel, dame una oportunidad para demostrarte que no es así.”
“Te voy a dar la oportunidad, pero no ahora. Necesito que los dos valoremos lo que tenemos.”
“¿Qué propones?”
“Sal con más mujeres.”
La observé durante varios segundos, esperando que añadiera algo que diera a entender que aquellas palabras tuvieran sentido, pero Rachel permaneció mirándome con absoluta seriedad.
“Solo para estar claros”, dije al fin, inclinándome ligeramente hacia ella, “¿me estás pidiendo que salga con otras mujeres?”
“Sí. Quiero que tengas diez citas y, después de la décima, hablamos.”
No sabía qué respuesta había esperado, pero probablemente no era que la mirara como si acabara de proponerme solucionar nuestros problemas incendiando el restaurante.
“Rachel, no creo que sea una buena idea.”
“Yo sí. Carol dice que es una buena manera de que puedas comparar y darte cuenta de todo lo que hago por ti. Lo pensé mucho y creo firmemente que tiene razón.”
La mención de Carol permitió explicar de dónde había surgido semejante idea sin hacerla parecer más sensata. Su amiga entrañable, la misma que se había divorciado tres meses después de casarse, era quien, aparentemente, estaba asesorando a mi novia sobre cómo salvar nuestra relación de dos años y, dadas sus credenciales recientes en materia sentimental, definitivamente no me inspiraba demasiada confianza.
“¿Podríamos intentar otra cosa?”, pregunté, aferrándome a la mínima esperanza. “Terapia, pasar más tiempo juntos, que reduzca algunas comidas de trabajo… cualquier cosa que no implique tener que invitar a salir a otras mujeres para demostrarte que quiero estar contigo.”
“No.” Rachel negó con tranquilidad. “Estoy bastante decidida. Creo que esto es lo mejor para los dos.”
Me pasé una mano por la mandíbula mientras intentaba encontrarle alguna lógica a su propuesta y, cuando no la encontré, apareció una posibilidad bastante menos agradable.
“¿Eso significa que tú también vas a salir con alguien más?”
La pregunta salió más rápido de lo que habría querido.
“Quizá. No lo sé.” Se encogió ligeramente de hombros. “Pero claramente tú necesitas expandir tus horizontes para entender el tipo de mujer que tienes a tu lado.”
La mera posibilidad de imaginarla sentada frente a otro hombre me irritó mucho más de lo que esperaba. Conocía suficientemente bien esta ciudad como para saber que sobraban tipos dispuestos a pagar un cóctel de veinte dólares, a escuchar durante una hora fingiendo interés y a asentir en los momentos apropiados con tal de averiguar qué posibilidades tenían de terminar debajo de la falda de una mujer como Rachel.
Y, por primera vez desde que había empezado aquella conversación, el supuesto tiempo que Rachel estaba proponiendo dejó de parecerme un ejercicio teórico.
Su teléfono volvió a vibrar y, esta vez, ni siquiera tuvo que leer el mensaje. Suspiró antes de tomarlo de la mesa y guardarlo en el bolso.
“Carol me está esperando.” Se puso de pie y se acomodó con naturalidad la chaqueta de Chanel sobre los hombros. “Piensa en lo que te dije. Diez citas, Logan. No menos.”
“Rachel…”
“Diez citas”, repitió antes de tomar el bolso y alejarse entre las mesas con esa elegancia que siempre la había caracterizado, esquivando meseros y arreglos florales hasta desaparecer detrás de la puerta.
Me quedé sentado observando durante unos segundos el lugar por el que había salido, sin saber exactamente en qué momento una conversación sobre flores, vacaciones y cenas entre semana había terminado con mi novia mandándome a salir con otras mujeres.
Tampoco sabía si aquello era una prueba, una trampa o una de esas ideas que parecían brillantes cuando Carol llevaba suficientes cócteles encima; lo único que tenía claro era que Rachel quería diez citas y, por esa noche, yo ya no tenía ninguna intención de seguir intentando encontrarle sentido.








