Capítulo 1 La puerta equivocada
La habitación VIP del Élysium Noirhabía sido reservada aquella noche bajo medidas de seguridad tan estrictas que ni siquiera los empleados habituales del club tenían permitido acercarse sin autorización. Ubicada en el último piso del establecimiento, lejos de la música y del bullicio de los salones principales, aquella estancia estaba destinada a clientes cuya privacidad valía mucho más que cualquier cantidad de dinero.
Y aquella noche, privacidad era precisamente lo que necesitaban sus tres ocupantes.
Sentadas alrededor de una enorme mesa de caoba se encontraban tres de las mujeres más peligrosas e influyentes del mundo criminal. Tres Alfas. Tres líderes capaces de movilizar hombres, armas y fortunas con una simple llamada. Mejores amigas, amantes y, cuando los intereses de sus organizaciones lo exigían, socias capaces de poner temporalmente a un lado sus diferencias para perseguir un objetivo común.
Artemisa permanecía sentada en el centro del sofá principal, con una copa de vino intacta frente a ella. Vestía de negro, como de costumbre, y su postura era impecable. Sus ojos del mismo color recorrían lentamente los documentos extendidos sobre la mesa mientras uno de sus hombres esperaba instrucciones a unos metros de distancia. Incluso relajada, la italiana parecía estar presidiendo una reunión de guerra.
A su derecha, Verónica sostenía tranquilamente un vaso de whisky. Lo hacía girar entre sus dedos mientras estudiaba las cifras escritas en uno de los documentos. Una sonrisa apenas perceptible curvaba sus labios, esa clase de sonrisa que nunca permitía saber si estaba satisfecha o preparando alguna jugarreta.
Diana ocupaba el otro extremo. Había dejado su vodka sobre la mesa y mantenía los brazos cruzados mientras observaba uno de los maletines abiertos. Los fajos de dinero perfectamente organizados en su interior parecían interesarle mucho menos que terminar de una vez aquella negociación.
A su alrededor había varios guardaespaldas.
Nadie hablaba más de lo necesario.
El aroma de las tres Alfas se mezclaba discretamente en el ambiente: el almizcle oscuro y frío de Artemisa, el tabaco y whisky de Verónica y aquella profunda fragancia a vino tinto que acompañaba siempre a Diana. Para cualquier Omega sensible a las feromonas, entrar allí sin preparación habría resultado abrumador.
—Entonces estamos de acuerdo —declaró Artemisa finalmente, cerrando con tranquilidad la carpeta que tenía delante—. Las tres organizaciones asumirán el mismo riesgo. Por lo tanto, los beneficios serán divididos en partes iguales.
Verónica levantó lentamente la mirada hacia ella.
—Sabes que podría discutir durante media hora únicamente para intentar conseguir un cinco por ciento adicional.
Diana soltó una risa breve antes de tomar su vaso.
—Y sabes que Artemisa preferiría quemar el dinero antes que darte ese cinco por ciento solo porque sonreíste bonito.
La sonrisa de Verónica se ensanchó.
—Tú sí aprecias mis talentos, cariño.
Diana bebió un pequeño sorbo de vodka.
—Los conozco. Eso es diferente.
Artemisa las observó durante unos segundos, completamente inexpresiva.
—¿Terminaron?
Verónica inclinó ligeramente la cabeza.
—Por ahora.
Diana dejó nuevamente el vaso sobre la mesa.
—Cerremos esto.
Uno de los hombres de Artemisa se aproximó para colocar los últimos documentos frente a ellas.
El acuerdo podía modificar el equilibrio de poder entre varias organizaciones criminales. Habían dedicado semanas enteras a prepararlo, y aquella reunión era el último paso antes de poner en marcha la operación.
Todo estaba calculado.
Todo estaba bajo control.
Hasta que la puerta se abrió.
Los guardaespaldas reaccionaron inmediatamente.
Varias manos fueron hacia las armas ocultas bajo las chaquetas y Diana se incorporó ligeramente de su asiento. La sonrisa desapareció del rostro de Verónica mientras Artemisa simplemente levantaba la mirada hacia la entrada.
Ninguna de las tres esperaba visitas.
Pero la persona que apareció al otro lado de la puerta no llevaba un arma.
Ni parecía remotamente consciente de que acababa de irrumpir en una reunión entre tres organizaciones mafiosas.
Era un Omega.
Un Omega joven.
Y extraordinariamente hermoso.
Aeron había recibido instrucciones muy sencillas unos minutos antes: subir al área VIP, dirigirse a una habitación específica y realizar uno de los bailes privados que formaban parte de su trabajo en el Élysium Noir.
El problema era que había confundido dos puertas prácticamente idénticas.
Y nadie se había dado cuenta a tiempo.
Aeron entró vestido para su actuación. Llevaba unos pantalones negros de cuero ceñidos que acompañaban cada movimiento de sus piernas, mientras unas tiras oscuras ascendían desde la cintura y recorrían su torso desnudo antes de sujetarse nuevamente en la parte posterior. Estaba descalzo, como acostumbraba durante aquel número, y su cabello rubio fresa caía ligeramente despeinado sobre su frente.
Cerró la puerta detrás de sí.
Durante unos segundos no reparó en los documentos.
Ni en los maletines.
Mucho menos en las armas que varios guardaespaldas habían estado a punto de sacar.
Aeron simplemente contempló a las tres mujeres sentadas frente a él y les dedicó una sonrisa profesional, cálida y encantadora.
—Buenas noches, señoritas —saludó Aeron con suavidad.
Nadie respondió.
Artemisa lo observaba.
Diana también.
Verónica había dejado incluso de mover el vaso entre sus dedos.
Aeron parpadeó.
Aquello era extraño, aunque no completamente desconocido. Algunos clientes preferían guardar silencio durante los bailes privados. Otros simplemente observaban.
Así que interpretó la ausencia de una negativa como autorización para comenzar.
Aeron llevó una mano hacia el pequeño dispositivo que había traído consigo y activó la música.
Una melodía lenta y sensual comenzó a extenderse por la habitación.
Entonces empezó a bailar.
Sus primeros movimientos fueron tranquilos, acompañando el ritmo con una naturalidad adquirida después de incontables horas de práctica. Poco a poco, sin embargo, el baile fue ganando intensidad. Aeron sabía exactamente cómo controlar su cuerpo, cómo acompañar cada cambio de la música y cómo convertir un simple giro en algo elegante y provocador.
No necesitaba tocar a nadie.
Su baile hablaba por él.
Y mientras Aeron continuaba completamente convencido de estar cumpliendo con el trabajo por el que había sido contratado, las tres Alfas habían olvidado por completo el negocio que momentos antes parecía tan importante.
Artemisa había dejado de mirar los documentos.
Sus ojos negros seguían cada movimiento del Omega.
La expresión de la italiana continuaba siendo fría, pero sus dedos se habían cerrado lentamente alrededor del apoyabrazos.
Entonces llegó el aroma.
Dulce.
Tentador.
Suave al principio, casi imperceptible.
La feromona natural de Aeron comenzó a mezclarse con el ambiente conforme su cuerpo entraba en calor por el baile.
Artemisa respiró lentamente.
Su instinto Alfa reaccionó antes que cualquier pensamiento racional.
Mío.
La palabra apareció en su mente con una fuerza que consiguió tensarle la mandíbula.
A pocos metros, Diana había experimentado exactamente lo mismo.
Sus ojos verdes parecieron volverse todavía más intensos mientras observaba al Omega moverse frente a ellas.
Omega.
Diana apretó los dedos alrededor de su vaso.
Por fin.
Y después llegó aquel pensamiento irracional y posesivo que su instinto repetía sin descanso.
Nuestro Omega.
Verónica fue la única cuya expresión externa cambió claramente.
Una sonrisa lenta apareció en sus labios.
No era la sonrisa calculada que utilizaba durante una negociación. Tampoco aquella expresión peligrosa con la que acostumbraba manipular a sus enemigos.
Era algo distinto.
Fascinación.
Sus ojos azules recorrieron a Aeron mientras percibía aquella fragancia dulce mezclándose con las feromonas de las tres.
Él.
Verónica dejó cuidadosamente el whisky sobre la mesa.
Es él.
Aeron giró siguiendo la música, completamente ajeno al caos instintivo que había provocado.
Los guardaespaldas seguían sin saber cómo reaccionar.
Uno de ellos miró discretamente hacia Artemisa esperando instrucciones.
La italiana levantó dos dedos.
Un gesto sencillo.
Guarden las armas.
Los hombres obedecieron inmediatamente.
Entonces Artemisa realizó un segundo movimiento con la mano.
Fuera.
Los guardaespaldas intercambiaron miradas, pero ninguno cuestionó la orden. Guardaron las armas y comenzaron a abandonar la habitación uno detrás de otro.
Aeron observó brevemente cómo salían.
Pensó que simplemente deseaban privacidad para el espectáculo.
Así que continuó bailando.
La puerta volvió a cerrarse.
Ahora estaban solos.
Las tres Alfas y aquel Omega que había entrado por equivocación.
Sobre la mesa permanecían abandonados millones en efectivo, documentos capaces de modificar alianzas criminales y contratos que habían requerido semanas de negociaciones.
Ninguna estaba mirando nada de aquello.
Solo a Aeron.
Diana se reclinó ligeramente contra el sofá intentando contener la necesidad instintiva de levantarse.
Verónica cruzó una pierna sobre la otra, todavía sonriendo, aunque sus dedos golpeaban lentamente su rodilla.
Artemisa permanecía completamente quieta.
Era precisamente su inmovilidad lo que resultaba más peligroso.
Las tres sabían perfectamente lo que estaba ocurriendo dentro de las otras dos. Se conocían demasiado bien para necesitar palabras.
Cada una estaba librando la misma batalla contra su naturaleza Alfa.
Querían acercarse.
Querían rodearlo con sus aromas.
Querían descubrir su nombre, escuchar su voz nuevamente y saber por qué demonios aquel Omega conseguía provocarles una reacción que ninguna de las tres había experimentado antes con semejante intensidad.
Pero, por encima de todo, existía un pensamiento común.
Uno primitivo.
Territorial.
Insistente.
Nuestro.
Aeron terminó uno de sus movimientos y levantó los ojos ámbar hacia ellas.
Sonrió.
Una sonrisa dulce, despreocupada y completamente inconsciente del efecto que acababa de provocar.
Y por primera vez aquella noche, las tres mujeres más peligrosas de aquella habitación comprendieron que el negocio que habían ido a cerrar acababa de convertirse en lo menos importante de la reunión.
Porque Aeron se había equivocado de puerta.
Y sin saberlo, acababa de entrar en la vida de las tres.
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