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LAS MUJERES DEL DRAGÓN Y OTROS RELATOS (Antología)

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Summary

La aventura, el misterio y el terror se mezclan en los siete relatos que componen esta antología. En cada una de las historias se irá revelando poco a poco el mundo en el que se desenvuelven los personajes. Un mundo poblado de sombras y rincones innombrables. En este libro se hallan pequeñas joyas del weird: un puñado de relatos y una novela corta, todos de tono fantástico, macabro e incluso lovecraftiano. Detectives de policía enfrentándose a lo desconocido; confesiones de un anciano que ha visto lo inefable; historias modernas de horror folk; aves malignas que atormentan almas atribuladas; padres de familia que luchan con sus propios demonios internos; criaturas hermosas y letales, que no por ello son menos deseables ni menos sanguinarias. Consíguelo en físico desde cualquier parte del mundo: https://www.autoreseditores.com/libro/29895/jose-hernandez/las-mujeres-del-dragon-y-otros-relatos.html

Status
5h ago
Chapters
6
Rating
n/a
Age Rating
16+

I

El sol calentaba a treinta y seis grados Celsius, algo del todo pernicioso al cadáver que yacía en el pavimento. Cuando Pedro y Mary llegaron al barrio, una horda de gente morbosa y periodistas aglutinados alrededor de las cintas policiales intentaban observar y fotografiar la frigorífica escena. Varios residentes se asomaban desde las terrazas en obra negra como espectadores en un partido de futbol. A ninguno parecía importarle la pestilencia que flotaba en el aire, producto de la sangre acumulada en un repugnante charco en torno al cuerpo inerte.

Ambos oficiales bajaron de la patrulla y caminaron en dirección a la multitud. Pedro dio miradas de asco a su alrededor. La muchedumbre pasaba el dato a los nuevos curiosos que se acercaban a fisgonear, como si fuera un evento comunitario de muy mal gusto.

—Me pregunto si toda esta gente también haría un circo sobre el cadáver de algún familiar.

—Probablemente sí, Peter, algunos viven del morbo —dijo Mary, señalando a la chica que se grababa con el teléfono, fingiendo tristeza para subirlo a sus redes sociales.

—Me da asco esta generación.

—Madura, tienes cuarenta y dos años. Tu generación también dio asco. La gente siempre dará asco.

Pedro reflexionó por unos momentos intentando contrarrestar sus palabras, pero se rindió bastante rápido:

—Me rindo. —aceptó, resignado al recordar que algunos chicos de su escuela iban al monte a matar animales a pedradas.

—Ya decía yo.

Ambos fueron apartando con brusquedad a la gente que se amontonaba. Pedro alcanzó a oír que alguien lanzó un comentario provocador al ver que eran oficiales, decidió ignorarlo y se dirigió a Mary:

—¿Y tú, hiciste alguna estupidez? Eres casi tan vieja como yo.

—Cállate, anciano, tengo treinta recién cumplidos —Mary levantó la cinta y ambos pasaron al otro lado caminando hacia el cuerpo.

—Sí, lo mismo dijiste el año pasado. Y el antepasado. Tienes treinta años desde hace sesenta años.

—¡Oye! —exclamó con un enojo fingido y una ligera sonrisa, mientras le propinaba un codazo en las costillas, que Pedro recibió sin inmutarse.

—Bueno, ¿Qué estupideces hiciste tú?

—Estamos trabajando, no es momento para eso —Mary no tenía ganas de contarle a su compañero cuántas borracheras se había metido y cuántas veces peleó con otras mujeres para que no le bajaran a su hombre.

—Ah, claro. Luego retomaremos esto…

—Seguro, anciano. ¿Eso le dijiste a los dinosaurios antes del meteoro?

—Ja-ja. Muy graciosa, doctora Sattler.

Madigan, uno de los forenses, levantó el plástico que cubría el cuerpo. Era una señora caucásica de unos cuarentaicinco años, a quien le habían hecho un corte bastante profundo en el cuello. Una cuasi decapitación.

—Es Rebeca Andrade —aclaró Madigan—. Vivía en la casa al final de la calle. Sus vecinos dicen que vivía sola. Sin hijos ni marido. Tenía algunos gatos.

—¿Arma homicida? —preguntó Mary, agachándose para ver el cuello más de cerca, manteniendo el ceño fruncido.

—Un machete. Por el corte, el asesino debió golpear al menos unas tres o cuatro veces. A duras penas logró quebrar el hueso —respondió Madigan, tomando una última fotografía.

—Hubo pelea —mencionó Pedro, observando los cortes que tenía en brazos, pecho y piernas.

—Sí, la víctima no se pudo defender. Probablemente el asesino la sometió con varios cortes y cuando la tuvo a su merced… —Madigan hizo un ademán de cuchillo en el cuello.

» Si quieren ver algo más retorcido, chequen esto —sujetó el pecho izquierdo y lo levantó para enseñar un extraño símbolo marcado en la piel—. Se hizo post mórtem, con un hierro ardiente, como si fuera el sello de oficina del Dragón Rojo.

—¡Mierda! Seguro es una cosa de brujería o algo religioso —exclamó Mary.

—Caso resuelto. ¡A cazar brujas! —soltó Pedro con algo de molestia. No soportaba los temas sobre la magia, fantasmas, demonios o seres que la gente usaba para explicar todo lo que no entendía. Aunque muy en el fondo, tenía miedo. Si algo de eso fuera cierto, le aterraba la idea de no poder frenar el peligro con un par de balazos.

—No seas payaso, Peter. Parece algo esotérico… cabalístico, tiene aspecto celta, pero… es diferente.

—¿Cómo lo sabes? —preguntó Madigan.

—Me gusta leer sobre culturas antiguas. Es cosa de familia. Mi padre me dejaba leer un montón de libros raros de su biblioteca. Mira.

Sacó su móvil para usar internet. Les enseñó varios símbolos celtas, pero ninguno se parecía con exactitud al que portaba la muerta. Mary abrió una aplicación de dibujo, escaneó la marca y trazó con rapidez el signo; perfeccionándolas con herramientas IA en su teléfono.

Pedro y Madigan se inclinaron sobre la pantalla, pero ninguno supo que podía significar.

—Detallándolo y sin riesgo de equivocarme, veo lo que parecen ser nudos celtas, pero no puedo asegurar el significado de la superposición de los dos triángulos equiláteros… —Mary se detuvo analizándolo un momento, como esperando algún aporte de sus compañeros, pero ninguno parecía tener idea del tema, por lo que aventuró su idea.

» Podría ser el escudo de David, una estrella de seis puntas, pero la diferencia es que esta figura no tiene la forma convencional de una estrella, y aquellas figuras dentro y fuera de los triángulos guardan una simbología que desconozco por completo.

—¿Qué es la estrella de David? —Preguntó Madigan.

Pedro posó la mirada sobre Mary, esperando su respuesta.

—Para hacerla corta, está asociada al pueblo judío, la pueden ver en la bandera de Israel, sin embargo, aparece en otras culturas como la hindú, islámica y cristiana. Significa varias cosas, como la conexión entre el cielo y la tierra, es un símbolo de protección y espiritualidad ya que representa la unidad entre Dios y la humanidad.

Mary hizo una pausa con una mirada perdida que se le hizo algo tierna a Peter, por lo que dejó de mirarla y se centró en el dibujo. Un par de segundos después, ella pareció encontrar en su mente lo que buscaba y continuó.

» Los triángulos pueden simbolizar varias cosas, como el bien y el mal, pero en la alquimia, se interpreta como la unión de agua y fuego.

Buscaron una foto de la estrella de David, pero en efecto era diferente.

—Tienes razón, los triángulos en la marca del cadáver están algo inclinados, en lados opuestos. —Peter no sabía que más decir, era un terreno nuevo para él.

Preguntó:

» ¿Qué crees que significa el muñeco? Mira, si unimos los círculos y las demás figuras parece que forma un cuerpo abierto de manos y piernas como el dibujo de Davinci ¿Cómo se llama?

—El Hombre de Vitruvio, pero eso parece más una pareidolia, Peter.

—Quizás los triángulos invertidos torcidos son algo blasfemo, ya saben cómo los satanistas quienes usan la cruz petrina en sus rituales diabólicos, usan esa cruz invertida para invocar demonios o algo así, al menos lo veo en películas. —Apostó Madigan con una risita nerviosa.

—Puede ser… pero lo dudo. —Mary tenía algo de miedo en sus ojos.

—Bien, quisiera revisar la casa de la señora Andrade —dijo Pedro mientras apartaba la vista, preocupado. No quería tener problemas con asuntos de sectas. Sin darse cuenta, comenzó a juguetear con las llaves de la patrulla para dominar sus nervios.

Llegaron a la vivienda junto a Madigan, aunque su guía no era necesaria. Desde el cadáver hasta la casa había un largo rastro de sangre.

—¿Será posible que el asesino quisiera llevarla a otro lado para ocultar el cuerpo, pero se rindiera por alguna razón? —caviló Mary, mientras observaba la cara reflexiva de su compañero.

—Sí, en efecto —opinó Madigan—. Unos obreros que salían de camino a la obra, a eso de las cuatro de la mañana, vieron a alguien escapando del lugar. Un hombre vestido de negro. De entre cuarenta y cincuenta años.

—¿Hay algún sitio cercano donde sea posible ocultar un cuerpo? —preguntó Mary.

—Hay una laguna cerca. Tenemos informes sobre asesinatos entre bandas criminales que arrojan los cuerpos al agua, atados a bloques de cemento para ocultar evidencia.

—Echaremos un vistazo luego —dijo Pedro, antes de cruzar el umbral de la puerta y ser recibido por un tufo pestilente, mezcla entre yerbas, odoríferos y fruta podrida.

—¡Puff! —exclamaron los dos oficiales al mismo tiempo, arrugando la cara.

—Jajaja. Ya me acostumbré —bromeó Madigan.

La casa de Rebeca era sencilla: cuatro paredes, un tejado. Similar a varias de la zona, en donde hacía ya una década, algunas personas de clase baja habían tomado el terreno como suyo. Dentro aquella casa no había muros para separar nada. A su derecha tenía la cama, que estaba cubierta por una cortina gastada. A un lado se veía un baño que constaba de un retrete y una tina plástica encima de varios bloques, a modo de lavamanos. A la izquierda, la otra parte era una pequeña sección de la cocina y guardarropas. Todo muy elemental.

Al examinar el lugar, Mary quedó espantada con las imágenes, figuras, cuadros, libros, velas y collares que inundaban las repisas y colgaban de la pared junto a la cama de la difunta Rebeca.

—Como pueden ver, la señora tenía cierta devoción por la brujería —comentó Madigan—. Cosas de gente pobre e ignorante.

—Muy clasista de tu parte —respondió Pedro ante las palabras del médico, pero él sólo se encogió de hombros, sonriendo.

Era un curioso comentario viniendo de Madigan, un tipo con aspecto de nigromante de la nueva era.

—Vivo en un barrio elegante y puedo jurar que la perra de mi vecina es una maldita bruja —acotó Mary.

—¿Laura? —preguntó Pedro, con un deje de sonrisa en sus labios.

—Laura, quién más. Maldita lunática.

Pedro se acercó a una carpeta de gancho que estaba muy abultada, semejante a las usadas por los niños en la escuela.

—Se supone que no tenía hijos —comentó Mary cuando Pedro tomó la carpeta.

Estaba llena de fotocopias viejas de lo que parecía un libro de brujería, con un montón de símbolos y textos en otro idioma. Era un archivo espantoso, cargado de una pesadez inefable que llenó el aire y respiraron los tres, para su pesar. Una entidad pasmosa e invisible de pronto les cayó sobre los hombros.

—Es como en las películas —dijo Mary, en un intento por suavizar la tensión. No le gustaba el terror. Antes de retirarse del lugar, se agachó para investigar bajo la cama. Encendió la linterna de su móvil para ver mejor.

Gritó con todos sus pulmones.

Tan potente fue su alarido que otros oficiales corrieron hasta la casa. La multitud morbosa que se apiñaba cerca guardó silencio por un momento. Todos esperaron en suspenso. La criatura invisible ahora se cernía sobre los hombros de la multitud.

Madigan sacó un bulto que le hizo temblar las manos. Eran dos cráneos de bebé, pulidos y medio envueltos entre trozos de tela. Se les había convertido en copas, en cuyo interior supuraba un líquido purpureo y grasiento de olor nauseabundo.

Mary salió corriendo y vomitó en la entrada de la casa. Pedro la asistió para calmarla.

—Hemos acabado aquí. Echemos un ojo a la laguna y luego vamos por un café. Lo necesitas —le ordenó mientras la sacaba de aquel ominoso lugar.

Ninguno fue por el café. El asunto se complicó todavía más. Para llegar al lago tuvieron que subir un peñasco hasta dar con el borde de la roca. A sus pies, el salto era de casi treinta metros, todo el lago debía tener alrededor de dos kilómetros de diámetro. A la derecha, más allá de donde se encontraban, vieron a unos adolescentes que se preparaban para dar clavados.

—Hablando de estupideces —comentó Pedro, observando cómo los machos del grupo realizaban un clavado para impresionar a las chicas que se reían de ellos—. Quizás debamos decirles que allí han tirado cuerpos.

—No creo que les importe, Peter —comentó Mary, sin dejar de mirar a los chicos que se lanzaban con toda confianza. No pudo evitar las náuseas al pensar en un cadáver en el fondo del agua, siendo devorado por los peces a través de pequeñas mordidas.

» Bien, a no ser que quieras traer tu equipo de buzo, dudo mucho que podamos hacer algo aquí —observó después, dándole a Pedro unas palmaditas en el hombro.

Justo cuando iban descendiendo el peñasco en dirección a la patrulla, las chicas empezaron a gritar y los jóvenes que habían saltado al agua nadaron con frenesí en dirección a la orilla. El pánico fue enorme entre ellos, pues el cuerpo desnudo de una mujer había aparecido flotando entre el agua del estanque.

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