Epílogo: El límite de la sombra
~Alison~
Dicen que el amor y la obsesión son dos caras de la misma moneda, pero nadie te advierte del peso desgarrador de esa moneda cuando cae sobre ti.
Para el resto del mundo en el campus, Mateo era el chico de la presencia magnética, el tipo carismático al que todos querían acercarse. Para mí, Mateo era una sombra sofocante que me pisaba los talones. Al principio fueron coincidencias que intenté justificar: encontrármelo en cada rincón, sus miradas fijas desde la última fila de la biblioteca, los mensajes a altas horas de la noche que comenzaban con un helado «Sé que sigues despierta».
Luego, la tensión escaló hasta volverse insostenible. No era odio lo que traslucían sus ojos; era algo mucho más oscuro y retorcido. Una fijación enfermiza, una necesidad posesiva de marcar territorio sobre mí, de arrastrarme al límite solo para ser él quien tuviera el control. Aparecía en el estacionamiento justo cuando la luz del día moría, deslizaba notas entre las páginas de mis cuadernos con detalles escalofriantes de mi rutina y me acorralaba en pasillos vacíos, disfrutando del pánico en mi respiración. Mateo no buscaba mi afecto; quería adueñarse de mi libertad.
Me fue aislando poco a poco. Sembró el miedo en cada uno de mis pasos y convirtió mi día a día en una jaula transparente. La universidad dejó de ser un refugio para transformarse en mi propio infierno personal.
Llegó la noche en que la presión me destruyó por completo. El aire en mi pecho se volvió demasiado denso y mi mente simplemente se quebró. Agotada, sin ver otra salida, intenté apagar el ruido de la única manera que me quedaba, buscando un silencio definitivo donde la voz y la presencia de Mateo no pudieran alcanzarme jamás.
Pero ni siquiera para huir tuve la fuerza suficiente.
Desperté tiempo después en la frialdad de una habitación de hospital, con el pitido constante de los monitores recordándome la amarga realidad: seguía aquí, atrapada en el mismo laberinto y con la sensación de estar completamente destruida por dentro.
En el silencio sepulcral de esa estancia, mientras observaba las marcas en mis muñecas y la luz pálida filtrándose por la ventana, me sentí vencida. Yo ya no tenía defensas. No me quedaban garras ni aliento para seguir jugando a la víctima acorralada. Mateo me había consumido por completo.
Fue en medio de ese vacío absoluto donde apareció el recuerdo de Aurora.
Pensar en mi hermana siempre traía consigo un torbellino de emociones complejas. Llevábamos tiempo separadas desde su ingreso en el centro psiquiátrico, pero en ese instante, en medio de mi propia ruina, comprendí que ella era la única persona en el mundo capaz de entender el peso de estar al límite. Aurora nunca había sido de las que se replegaban ante el peligro; poseía una fuerza impredecible, una naturaleza indomable que no sabía de miedos ni de sometimientos.
No tenía muy claro cuál sería el resultado ni cómo reaccionaría al verme en este estado, pero la necesidad de refugiarme en alguien que no se quebrara como yo lo había hecho era lo único que me mantenía en pie. Quizás no buscaba una estrategia elaborada en ese primer pensamiento, sino el abrazo de la única persona cuya sombra era lo suficientemente grande como para protegerme de la mía.
Apreté las sábanas del hospital con los dedos temblorosos y fijé la mirada en la puerta. Si yo no podía enfrentarme a la tormenta que Mateo había desatado en mi vida, tenía que buscar a la única persona que jamás le había tenido miedo a la oscuridad. Era momento de ir a ver a Aurora.








