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Dulce impacto (paumine)

Summary

Lamine es conocido por ser divertido, popular y mujeriego en la universidad. Ama divertirse con sus amigos, y pasarla bien… hasta que conoce a Cubarsí, el chico de pueblo que vio en una fiesta de un amigo, y que encima cursa en su misma facultad. Una sola mirada de esos ojos azules y su carita inocente alcanzó para dejarle a Lamine el corazón en la boca y la cabeza dada vuelta. O en dónde Yamal que no se toma nada en serio, se enamora por primera vez del chico más hermoso, bueno, puro y dulce que conoció en toda su vida, lo logra conquistar y quizá se lleve alguna sorpresa en el proceso… ✧fluff y smut

Status
17h ago
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

1. No puedo quitar mis ojos de ti


La casa de Fermín olía a cerveza, y si se ponía un poco más exquisito, a encierro. Ese encierro potente de más de 40 personas apretadas dentro de una habitación, que por alguna razón, aunque el lugar era grande, aprisionaba. También se podía sentir el aroma de la mezcla del sudor y colonias fuertes; los chicos tenían la costumbre de bañarse en perfumes caros. La música rebotaba en las paredes, y por ende en el pecho de los invitados independientemente de si estaban cerca del parlante o no. Como por ejemplo, en Yamal, que incluso lejos del estéreo sentía latir el ritmo de la música fuerte en los oídos. El cuerpo le retumbaba al compás de la canción de trap que sonaba.

Lamine estaba apoyado en la pared, con una expresión risueña y una copa llena, ni siquiera sabía cuándo fue que se había servido más alcohol. Era bueno para beber, tenía aguante y no se embriagaba tan fácil, así que no le preocupaba.

Frente a él, una castaña de piel bronceada y ojos chocolate jugueteaba con su pelo; se reía mientras le comentaba algo que no alcanzaba a escuchar bien. Pero Lamine le sonreía igual porque si quería acostarse con ella, tenía que seguirle la corriente, y vaya que era muy bonita; valía la pena. No recordaba su nombre, pero si por algo lo reconocían en el grupo, era por ligar sin esfuerzo, irse a la casa con quien quisiera y al otro día a otra cosa.

—Repítelo, en mi oído —susurró el catalán, acercándose a la piel suave de la joven, rozando la mejilla maquillada apenas con sus labios.

Notó como la chica se avergonzó un poco, pero igualmente murmuró algo en su oído, que siguió sin comprender. Solo sintió el aroma a flores de la tez y el aliento a menta mezclado con licor de fresa, apoyando una mano en la espalda desnuda de la chica, con cuidado.

Bebió del vaso hasta al fondo, sintiendo que necesitaba otro trago, y esta vez, con más hielo. El sofocante ambiente producto de la gente amontonada, le estaba dando algo de calor, así que ya se había desabrochado algunos botones de su camisa blanca, dejando ver los collares plateados resplandecer sobre su brillosa piel oscura.

—Voy a la cocina un momento, espérame aquí —le gritó a la castaña apoyando las manos en sus hombros, rezando que hubiera escuchado alguna palabra.

El cumpleaños de su amigo estaba siendo un total éxito, y se encontraba orgulloso de haber participado: mientras avanzaba entre la gente sin pedir permiso, a empujones, veía las cabezas saltando entre las luces parpadeantes. Todos estaban muy a su bola, como era de esperarse.

Cuando llegó a la cocina, abrió los ojos al ver al dichoso cumpleañero besándose en una esquina con el joven de trenzas que lo abrazaba con ganas. Los rulos rubios brillaban bajo la tenue luz del lugar, mientras una mano se enterraba en ellos con delicadeza. Dejó el vaso en la mesada de un golpe seco, haciendo un ruido que se escuchó seco sobre la música de fondo que sonaba lejana.

Fermín dio un salto de golpe, con el rostro embobado y las mejillas ruborizadas, alejándose algo avergonzado del joven brasileño en un santiamén. Lamine pensó que iba a soltar alguna excusa torpe, como usualmente haría su amigo, pero el latino se giró primero sin inmutarse, al contrario. Se apoyó suavemente sobre el rubio, mirándolo en silencio con ojos inocentes y con una calma increíble. La sonrisa tranquila que transmitía era un poco cautivadora, si era honesto.

—Mejor te espero afuera —dijo el moreno pasando la mano por la nuca de Fermín, acariciándolo con ternura.

—Vale —murmuró el anfitrión.

Raphinha le dio un besito en la mejilla, otro, otro más y salió de la cocina entre risas, sacudiendo su ropa relajadamente y cerrando la puerta tras él. Lamine se quedó mirando a su amigo en silencio, con sus brazos cruzados y una ceja levantada.

—Vaya regalo te dieron —se burló, mirando al mayor fruncir el ceño.

—No digas eso —dijo Fermín pasándose la mano por el pelo, algo avergonzado. Había tomado un poco y se sentía menos tímido, pero igual le daba pena la situación.

—Lo siento, tío —soltó con una sonrisa el catalán —. No quise interrumpiros.

—No, claro —se dio vuelta ordenando cosas que ya estaban acomodadas, levemente nervioso.

—No sabía que ahora te liabas con tipos en la cocina, tu madre no va a estar contenta, eh.

—Pero es mi novio, qué dices —se dio vuelta por sobre su hombro, frunciendo el ceño.

—Espera, ¿qué has dicho? —soltó sorprendido el morocho—. ¿Desde cuándo?

—Cómo varios meses, ¿no te enteras de nada? Nada te importa, tío.

Lamine silbó algo confundido, en serio que no se había enterado de una mierda. Sí, vio a Fermín con el brasileño algunas veces; el tipo era bueno y decente, pero no creyó que iban así de serios para formalizar una relación y que Fermín le llamara “mi novio”. Aunque, el rubio no era de los que iba contando su vida privada por ahí, lo demostraba más con cariño y acciones. De todas maneras se sintió algo tonto por no darse cuenta y creer que era el rollo de una noche, o dos o tres. Al parecer era un rollo de meses, qué va.

—Joder, te felicito —soltó Lamine—. Vais en serio.

—Sí, siempre voy en serio. Es el indicado, la mejor persona que he conocido en mi vida —sonrió cohibido.

—¿Estás así de enamorado? —arrugó el rostro el menor de los dos, sintiendo cringe de que dijera que era “el indicado.”

—Muchísimo, tío —sonrió el andaluz bobamente.

Yamal no quiso reírse, pero el sentimiento de jurar amor eterno era algo ajeno para él, no se lo imaginaba. No juzgaba, pero le costaba un poco entenderlo.

—¿De qué te ríes?

—Es raro para mi, que estés tan convencido, no lo sé —el moreno se apoyó sobre la mesa, ahora jugando con el vaso vacío.

—Que tú andes con todo lo que se mueve no significa que no exista el indicado, ¿no?

—Vale, tranqui—soltó el catalán levantando las manos a modo de defensa—. Mientras seas feliz…

—Por ahora todo muy bien.

Yamal se encogió de hombros, le daba igual en qué situación romántica estaban sus amigos; no por malo ni nada por el estilo, sino porque cada uno podía hacer lo que quisiera. Ninguno hasta ahora había logrado una relación estable y él mucho menos. Aunque, a diferencia del grupo, jamás lo había intentado.

No era que Lamine no creyera en el amor, aunque las historias románticas de sus amigos no eran precisamente alentadoras. Pablo había salido con un argentino que le rompió el corazón, (le había perdonado como 2 infidelidades). Fermín no estaba mucho mejor después de la ex novia que dejó: le mandaba nudes a Gavi. Lamine deseaba que ojalá tuviera más suerte con el brasilero. Pedri por otro lado, salía con una chica que conoció por internet jugando a la Play y que terminó mudándose a otro país y no le habló más. A Ferran su novia lo cambió por un pijo polista. Y podría seguir y seguir…

Pero eran jóvenes, pensaba. Quedaba mucho por conocer y experimentar, y eso es lo que él hacía.

—Venía a por hielo, afuera hace un calor de mierda.

—En la nevera —señaló Fermín con la mano—. Y por favor, me dejas el saco entero, eh, que somos 40 no solo estás tú, que te conozco.

—Que sí, pesado.

Lamine abrió el congelador, rompiendo la bolsa nueva con los dedos, sacando varios hielos y llenando el vaso alargado. Sintió la mirada del mayor en su nuca.

—¿Qué pasa? —dijo Yamal mientras se armaba un trago con su jugo favorito y un líquido transparente que no leyó qué carajo era.

—Gracias por ayudarme a hacer la fiesta, estas cosas no se me dan bien.

—Nada, hermano, feliz cumple. Ojalá te den un buen regalo esta noche —dijo el catalán guiñándole un ojo.

—No sabes qué buenos regalos me da todos los días —se rió Fermín viendo el rostro horrorizado de Yamal queriéndolo picar más, apoyándose contra la mesada, chuleandose—. Pero si quieres saber, te juro que folla increíble. Me deja partido y…

—Sin detalles mejor —frenó el menor sirviendo alcohol en el vaso sobre los hielos—. Guárdate algo para cuando hagamos los juegos de bebidas y estemos chupados.

—Ya estoy algo bebido, tarde —se carcajeó el mayor cubriendo su boca.

Lamine salió primero con su bebida recargada de hielo, escuchando el eco de las risas del rubio de fondo. La música empezó a retumbar otra vez en su pecho, en un ritmo lento, como el de la melodía de reguetón que sonaba. Le dio un trago al líquido del vaso, que bajó por su garganta. Lo que sea que se sirvió con el jugo que amaba, era fuerte y quemaba más que lo que había probado antes.

Tenía pensado volver con la chica, pero justo al cruzar el pasillo que daba al living, alguien se apareció chocando contra él, torpemente. Se detuvo con el vaso entre sus labios, sintiendo el frío en la boca, y retrocedió un poco por el impacto. Como si fuera en un movimiento lento, donde se ralentizaba el tiempo entre ellos, una ráfaga de luz blanca bañó el rostro del joven, capturando su atención. Yamal parpadeó al enfocarlo, notando que los sonidos pararon un segundo en sus oídos tapados.

Al moverse, Yamal sintió un aroma entre jabón limpio y suavizante de ropa como de lavanda, que desentonó y le golpeó la nariz tan acostumbrada al sudor, la cerveza, y los perfumes que llevaban los otros chicos en la entrada.

El chico que lo había chocado sin querer, vestía una campera grande de color verde militar y el pelo oscuro, marrón tirando a negro. Tenía una postura derecha, pero tímida. Era alto, y no llevaba bebida en la mano. Parecía desencajado en ese lugar, casi como perdido.

Podría seguir describiendo su figura, pero en ese momento en que una ráfaga nuevamente iluminó el rostro del chico repentinamente, cruzó la mirada con la del más alto: el celeste profundo de esas pupilas chocó con los oscuros de Yamal y ahí sintió que su corazón se paró por completo. Esos orbes eran enormes, de un azul verdoso profundo, tenía pestañas pobladas y cejas gruesas. Nunca había visto unos ojos claros tan puros e inocentes; parecía sacado de un puto libro de imágenes de ángeles. El tipo lo observaba algo desorientado, como buscando a alguien. Fue tan violento el estrujón en su pecho, que se olvidó de todo, de Fermín, de la chica que lo esperaba, y hasta de su propio nombre.

Tan tieso quedó, que no pudo hacer nada, siquiera ofrecerle ayuda o algo. Las palabras se atoraron en la garganta.

Se sintió como flotar en un mar calmo, tranquilo y relajado que lo envolvía con fuerza pero a la vez lo derribaba con brutalidad. Lo invadieron unas terribles ganas de estar de vacaciones, relajado y tranquilo, sintiendo el sol en su cara mientras el fresco del agua bañaba su piel salada.

Allí fue cuando por primera vez, Lamine sintió cómo la música empezó a retumbar más rápido en su cuerpo, dentro de su pecho. No, no era el ritmo de la melodía, era su propio corazón golpeteando contra su tórax, desentonando completamente con el reguetón lento que sonaba de Bad Bunny. Mierda.

El momento duró exactamente 30 segundos, pero se sintió mucho más largo.

—Perdona —murmuró suave el desconocido, pasando por su lado, siguiendo el camino hacia la cocina interrumpiendo el momento.

Lamine no alcanzó a oír bien la voz, pero aseguraba que debía ser lo más dulce que podría escuchar alguna vez en su vida, sin duda.

Se quedó ahí parado como un gilipollas, perdido y con el corazón latiéndole a mil por hora, a punto de romper su pecho y salir por la garganta.

Cuando miró hacia atrás, el chico ya había desaparecido.





Yamal volvió al rincón donde había dejado a la morocha de cabello atado, que seguía ahí apoyada en la pared y mirando el celular con cara aburrida.

—Pensaba que te habías ido.

—Me quedé hablando con el cumpleañero —se acercó con una sonrisa—. No te dejaría sola.

La joven se rió, y Lamine se acercó un poco más, pegando sus cuerpos y bailando cerca, cadera con cadera. Ella le pasó las manos por los hombros fuertes, mientras cantaba la canción que sonaba. El catalán le rodeó la cintura, mientras pensaba a dónde podían irse y en cómo despedirse de Fermín para evitar las burlas de sus amigos. Se inclinó a besarle la oreja y sintió que ella temblaba suavemente cuando pasó la mano por la espalda baja desnuda, apenas rozando la piel fina con las yemas de los dedos. Cerró los ojos inhalando su aroma a flores, acariciando con la nariz la curva del cuello esbelto. Fue en ese momento cuando levantó la vista por encima del hombro viendo otra vez al chico de antes, a lo lejos.

Sin duda no había sido un sueño, estaba ahí.

Al fondo, cerca de donde estaba la ventana con las cortinas floreadas horribles, el grupo se había reunido. Gavi mostraba una cara de mala hostia terrible, con brazos cruzados y notables ganas de irse. Pedri tenía una sonrisa tranquila, sosteniendo con ambas manos un vaso de jugo. Ferran se apoyaba sobre él usándolo de mueble, con la camisa semi abierta, moviendo las manos queriendo probar un punto de su ted talk. Marc y Dani se estaban peleando, Xavi miraba el móvil con la lengua afuera. Se estaba sacando selfies horribles. Fermín y Raphinha estaban abrazados, el mayor pegaba la mejilla a la del dueño de la casa, escuchando las idioteces que seguro soltaba el valenciano.

Y ahí estaba Héctor, con el brazo alrededor de los hombros del joven misterioso que Lamine había chocado momentos atrás: lucía una sonrisa algo incómoda y ojos entrecerrados de no entender nada. Los pómulos llenos le daban un toque más dulce a sus facciones, y los dientes que se asomaban al sonreír brillaban. Se movía lento, prestándole atención al más alto del grupo, que gesticulaba con las manos sobre la cabeza del canario.

Yamal nuevamente sintió esa presión en el pecho que no provenía del abarrotamiento de la fiesta; era su corazón hundiéndose cada vez que una luz iluminaba esa cara angelical de la que no podía quitar la vista.

—¿Lamine? ¡¿Lamine?! —llamó la chica interrumpiendo—. ¿Pasó algo?

Apartó rápido la mirada del grupo y vio a la morocha que mostraba una sonrisa amplia, pero confundida.

—Sí, lo siento —respondió sonando muy vago y pedorro—. Me distraje. Allá están mis amigos, voy a verlos que me están llamando.

Mentir para él era algo normal, pero si bien quería follar esa noche, más interesado estaba ahora en saber quién era el chico de rostro bonito e inmaculado.

La chica se quejó pero no le prestó atención, la apartó suavemente y se dirigió al grupo esquivando borrachos y gente sudorosa, que saltaba y gritaba desaforadamente.

El tema que sonaba ahora era más lento, y lo agradeció porque su cuerpo tendía a moverse involuntariamente cuando algún ritmo le gustaba, amaba bailar casi tanto como cocinar. Así su cabeza podía ordenarse un poco.

Cuando llegó al grupo, Ferran movió la mano animadamente, con una sonrisa pícara.

—Ey, hombre —exclamó el valenciano intentando sonar más fuerte que la melodía—. ¿Dónde te habías metido?

—Andaba por ahí, saludando gente —dijo yendo cerca de Héctor.

—Saludando, dice este, claro. Seguro le estabas metiendo la mano a alguien —resopló Gavi con una sonrisa de medio lado.

—Hombre, que no seas tan malo —comentó Pedri codeando al chico de pelo rosado.

—Estoy hasta los huevos de esta fiesta, déjame divertirme jodiendo a Lamine al menos —empujó a su amigo, tirando del cabello blanco teñido.

—Gracias, eh, tonto —soltó Fermín cruzando los brazos—. Que te estoy escuchando.

—Ni puta idea de la mitad de esta gente —se siguió quejando Gavi.

El chico de ojos azules verdosos observaba atento la interacción en silencio, con los labios entreabiertos y la mirada tímida enfocada en aquellos que hablaban. Lamine, en sus 20 años, jamás había visto a alguien transmitir semejante delicadeza en su vida. Pero bueno, tampoco vio unos ojos tan hipnóticos, con ese brillo tan sano.

—Oye, ¿ese quién es? —preguntó Yamal intentando disimular. Pero le salió como el culo.

Héctor escuchó a pesar de la música estruendosa, y sonrió señalando con el pulgar a su amigo:

—¿Pau? Es de mi pueblito, bueno no. Es del pueblo de al lado, vive en Girona. Estudia con nosotros ahora, se transfirió hace como dos semanas.

—Yo le dije hace un rato que este tío nunca se entera de nada —soltó Fermín riendo mientras bebía el vodka con jugo en su mano. El brasilero a su lado, le dio un beso en la mejilla sin poder apartar las manos de encima.

Pau, así que se llamaba Pau y estudiaban en el mismo lugar. Jamás se lo había cruzado, porque Lamine recordaría esos rasgos aunque solo los hubiera visto un microsegundo en el campus de la universidad.

—Un placer —se acercó, quedando cerca del chico—. Soy Lamine, no nos conocemos.

—Me… dicen Cubarsí, o Cuba —acotó sonriendo con cierta timidez.

Lamine nunca deseó tanto como en este momento, que la música dejara de sonar para escuchar mejor al ojiazul, a un paso de apagarla él mismo de un botellazo. Este pensamiento sería inconcebible unos minutos atrás, porque una fiesta divertida para él tenía que tener harto alcohol, gente bailando sin parar y música fuerte al punto de romper los tímpanos, todo hasta que se hiciera de día, obvio.

Extendió su mano para estrecharla con el nuevo, sintiendo la piel suave y cálida, que lo apretó delicadamente dejándole una sensación cosquilleante en su palma.

—Se está adaptando todavía —gritó Héctor tomando del pico de una botella.

—¿Y qué tal Barcelona? —preguntó Yamal, intentando subir el volumen de su voz para que no quedara opacada por el cuarteto de Luck Ra.

—¿Qué has dicho? —murmuró Pau suavemente; la música estaba alta así que inclinó el rostro hacia él para poder oírlo mejor, pestañeando dos veces.

Cubarsí tenía la mirada algo desorientada, sus pupilas brillaban y Yamal notó que no había malicia alguna en esos ojos abiertos e ingenuos. Su pecho se llenó de una calidez cómoda, grata y nostálgica. La suavidad en esa expresión de Pau, intentando procesar sus palabras… lo había dejado mudo, otra vez. ¿Se podía ser tan jodidamente adorable? Pensó.

Nunca había conocido a ninguna persona que desprendiera tanta calma.

Lamine se perdió en esa expresión adorable; tanto que ni llegó a responder, sacudiendo la cabeza para despabilarse.

En realidad, fue Ferran quién interrumpió su trance.

—Ey, Lamine, ¿ya dejaste a la chica de allá?

—Cállate Ferran —dijo el catalán con molestia.

—Uuuy perdón, perdón, sólo preguntaba —arrastró un poco las palabras, de lo bebido que andaba a ese punto.

Cubarsí parpadeó mirando con curiosidad inocente al valenciano, y luego volvió a Lamine notando el rostro molesto.

—Lo siento, no te escucho bien —se separó de Héctor y se acercó más al morocho, encogiéndose de hombros—. ¿Dijiste algo de Barcelona?

—Ah, sí —soltó Lamine algo avergonzado por haber sonado tan imbécil recién—. ¿Qué te parece?

—Es enorme —intentó elevar su voz—. En mi pueblo no se ve nada como aquí…

En ese momento, Lamine pensó que sería buena idea ofrecerle un tour por la casa como excusa para irse juntos a cualquier otro lado. Esperaba que quisiera ir a un lugar más silencioso con él, pero no le dio el corazón para decírselo, no. No podía; Pau no tenía pinta de ser de esa clase de chicos que daban vueltas solo para ligar en un baño y Lamine no quería espantarlo proponiéndole algo con segundas intenciones: menos aún sabiendo que el otro ni cuenta se daría del propósito real.

—Oye Cuba, que no has bebido nada, tío —invitó Ferran, ofreciéndole su vaso, refregándoselo en la cara.

—No… no bebo mucho, pero gracias —susurró algo avergonzado.

—Pero es el cumple de Fermín, no vale estar sobrio —insistió el valenciano, poniéndole el vaso nuevamente frente a los ojos claros.

Lamine intervino rápido, antes de que el mayor siguiera incomodando al nuevo.

—Déjalo, joder. No quiere, no seas pesado.

Ferran se echó para atrás, sorprendido por el gesto del menor del grupo:

—¿Desde cuándo tú respetas cuando alguien no quiere chupar? Estoy perdido.

—Desde que te vi haciendo el gilipollas la última vez que te pusiste ebrio —dijo Lamine cruzando los brazos—. Sobre la mesa, ¿recuerdas?

El grupo soltó un “oooh” entre risas y golpes en hombros, empujones típicos de grupo de varones.

Cubarsí miró de reojo a Lamine, con el rostro serio, pero lentamente su gesto se suavizó en agradecimiento y una sonrisa tímida apareció, arrugando los ojos. Esa interacción corta y superficial, se había sentido demasiado íntima para Lamine. Tan íntima que le devolvió la sonrisa y le guiñó un ojo amigablemente.

—¿Quieres que te prepare algo sin alcohol? —ofreció—. Hay zumo, agua, hielos atrás.

—Agua… o zumo estaría bien.

Lamine se giró yendo a la cocina, como si fuera su casa, mientras sentía que el otro lo seguía de cerca, no esperaba que lo acompañara. Al pasar entre los ebrios, como una topadora, apartaba a la gente que hacía el tonto a manotazos y empujones. El chico detrás de él pedía permiso con gentileza, y se movía lentamente para no chocar con nadie.

Cuando llegaron a la cocina, lo primero que hizo Yamal fue respirar con tranquilidad, ahí se sentía mejor, lejos de la gente y la música tan fuerte. Solo era un eco más lejano residual detrás de la puerta de madera. Sirvió el jugo que usaba para sus tragos con vodka, y se lo entregó al mayor. Era su zumo favorito, lo trajo especialmente para sus tragos y por eso, lo había escondido en el fondo del congelador.

Mientras Lamine servía el jugo, Pau echó una mirada alrededor, notando el desastre en la mesada: vasos de plástico tirados, manchas pegajosas, botellas de alcohol vacías y envoltorios de quién sabe qué abiertos.

Sin decir nada, con parsimonia natural usando una servilleta, limpió un poco la mesa y enderezó los vasos juntándolos en una esquina ordenando un poco la mesa para que nadie los tirara. El menor en la habitación lo miró de reojo con el vaso suspendido en el aire, arreglando un desastre ajeno como si estuviera en su casa… lo miró tanto que casi derrama todo el jugo por despistado.

—Ten.

—Gracias —aceptó agarrando la bebida con ambas manos, como si el vaso fuera a romperse.

—Ojalá la mitad de los imbéciles de allá afuera tuvieran un poco de tu educación, tío.

—Es la costumbre, mi hermana odia la mesa sucia, y si la dejamos así se enoja mucho.

Cubarsí acercó la bebida a sus labios, pero antes la olió con ojos cerrados, Yamal pensaba que parecía un conejito. El menor examinó cada movimiento del otro, apoyado en la mesada con las manos dentro de su pantalón. El silencio le molestaba.

—¿Quieres hielo? Hay hielo —levantó la bolsa que Fermín específicamente le pidió que no se acabara solo.

—Sí, por favor —extendió el vaso luego de darle un sorbo corto al líquido dulce.

Lamine colocó los cubos en el cristal, como si se los estuviera sirviendo a un rey. Miró la curva de la nariz del mayor, los pómulos suaves muy rosados y los labios entreabiertos. Inhaló ese aroma a lavanda absurdamente reconfortante.

—¿Sueles irte de fiesta seguido? —Yamal sabía la respuesta, pero quería sacarle charla para escuchar su voz suave, aprovechando que el otro lo había seguido hasta la cocina, que estaban solos y que ahora podían oírse mejor.

—Es la primera fiesta a la que vengo… desde que llegué. Héctor me insistió mucho para venir.

—¿No te gustan?

—No… no diría que no, pero en mi pueblo suelen ser al aire libre, en plazas. Y nos sentamos a charlar.

—¿Y qué tal esta fiesta?

—No está mal —se encogió de hombros, bebiendo el jugo—. Aunque, no bebo…

—Ah, sí. No le pares bola a Ferran, es un imbécil cuando quiere y más si está tomado. Si te jode me dices y lo echo a la calle, no sería la primera vez…

El gironés tragó el jugo frío y soltó una risita suave por la ocurrencia; le hacía gracia que el más bajo era gracioso sin intentarlo, muy desenfadado. Mientras tanto, bajo sus dedos, sentía el agua del hielo derretido mojándole las yemas.

Lamine nunca creyó que una risa pudiera contagiar tanta paz, pero ahí estaba. El mayor se apoyó en la mesa, quedando en frente del moreno.

—No te preocupes, me… comentaron varias cosas, y que la mayoría de vosotros sois así, un poco locos pero buena gente.

—Afuera está lleno de locos, a veces tanta gente junta abruma. Puedes quedarte aquí si quieres.

—¿Tú también te abrumas? —el gironés se apartó el vaso de los labios, relamiéndose la boca con sorpresa en el rostro.

—A veces, ¿no lo parece?

—Mmh…

—Oh, ya entendí. Te hablaron mal de mí, ¿no? No les creas.

Pau parpadeó lentamente, como todos sus movimientos letárgicos. Luego soltó otra risa, más fuerte asintiendo.

—¿Qué te han dicho? —inquirió Yamal, con algo de miedo. Esos hijos de puta…

—Me han dicho muchas cosas, no recuerdo todas.

—Yo soy el más educado y tranquilo, para que lo sepas.

—¿Lo eres? —Pau levantó ambas cejas en un movimiento rápido.

—Ya me estuvieron haciendo mala fama, joder. Ya van a ver.

Cubarsí sonrió antes de volver a beber, y Lamine lo miró intensamente, viendo cada detalle del mientras el otro tomaba. El cuello pálido y largo del gironés estaba expuesto mientras tragaba, y la piel le brillaba bajo la luz tenue de la cocina. Lamine se preguntó qué sentiría tener el placer de rozar sus labios por esa zona, pero alejó ese pensamiento indecente rápido cuando el más alto se acomodó un cabello detrás de la oreja.

—¿Siempre eres así de tranqui?

—Bueno… pues… me lo dicen a menudo. Creo que sí…

Yamal pensó que le encantaba la delicadeza y serenidad que mostraba el chico del pueblo incluso cuando dudaba en responder algo.

—Héctor y los demás me quieren joder siempre, soy más popular y me tienen envidia porque me visto mejor… —comentó preocupado—. Yo no soy malo, olvídate de lo que dijeron de mí.

—No lo eres, ya sé —susurró con dulzura natural, como si fuera su único tono de voz—. Me has alejado de toda esa gente y me has ofrecido jugo de naranja. Tan malo no serás.

Lamine miró al chico frente a él, sintiendo como su garganta se secaba rápido, y su corazón se daba vuelta. Tragó y la saliva no bajó bien, así que bebió de su propio vaso que ya era más hielo derretido, agua y restos de jugo mezclados, un asco. Sin embargo, compartir con el chico del pueblo, junto con la charla amena, lo hacía la mejor bebida del planeta.

—Debería volver —dijo Cubarsí dejando el vaso vacío en la mesa, limpiándose la boca con el dorso de la mano.

Yamal sintió una punzada de disgusto, no quería irse de ahí. Es más, deseaba cerrar la puerta para que nadie los molestara y poder seguir hablando con tranquilidad, escuchando la delicada voz del ojiverde en sus oídos diciendo cualquier cosa. Pero, el solo pensamiento egoísta lo trajo a la realidad, se notaba que el ritmo de Pau era diferente al suyo, no solo en los movimientos, la forma de hablar, de pestañear: era en la vida en general. Y quería respetarlo.

—Van a pensar que me perdí —murmuró sacudiendo su chaqueta verde.

—O que te secuestré, peor. Vamos —bromeó el menor.

Cubarsí pestañeó, esquivando la mirada hacia la pared de azulejos naranjas, con las mejillas algo rosadas.

—Ve adelante, apartas mejor la gente que yo. Además, eres más grande.

—Me parece bien —aceptó el gironés.

El más bajo se acercó a la salida abriendo primero la puerta, cuando una oleada de música entró de lleno interrumpiendo la paz que habían construido en ese pequeño rincón. Antes de seguir al mayor, apareció Pedri de la nada asustándolo, como un screamer.

—Iba a buscaros, que se perdieron el feliz cumple, tontos —comentó el canario—. Pero no se van a perder el pastel, eh. Eso no lo puedo permitir.

Yamal se preguntó en ese momento, ¿cuánto tiempo había pasado desde que entraron a la cocina? Al parecer demasiado.

Cuando volvieron al grupo, algunas personas ya se habían ido, porque el lugar no estaba tan abarrotado como hace un rato. No sabía la hora que era, pero podía respirar mejor y no se sentía tan pesado. O tal vez solo era su cabeza la que se encontraba más tranquila después de hablar un rato con Cuba. Raphinha estaba repartiendo platos con la torta, que tenía merengue, chocolate y frutillas.

Cubarsí estaba parado en un costado, con el rostro iluminado y las manos sosteniendo la bandejita de plástico, comiendo el pastel de chocolate con una sonrisa algo tímida, en movimientos perezosos. Parecía gustarle mucho lo dulce por la felicidad que mostraba su cara al masticar el postre y relamerse.

—¿La compraste? Está buenísima —comentó Gavi con la boca llena, limpiándose con el pulgar las comisuras.

—No, me la hizo Raphi —murmuró el cumpleañero comiendo un trozo y saboreándolo.

—¿Te buscaste un novio panadero? —comentó el sevillano—. Enhorabuena.

—Es pastelero, no panadero, cabezón —se rió Fermín.

Comieron el pastel en relativo silencio, mientras una música más antigua y pop sonaba en los parlantes. El DJ que pasaba los temas seguro se había quedado dormido, o ya no estaba en la fiesta. Mientras no hubiera muerto…

—Qué rico, por favor —masticó Fermín cerrando los ojos extasiado.

Se notaba el hambre que había, porque nadie tenía fuerza para bailar, cantar o saltar. Solo querían devorar el bizcochuelo delicioso, ya ni siquiera tomaban. Bueno, menos el valenciano; él seguía bebiendo pero de a sorbos.

Gavi estaba apartando a Ferran que se le colgaba; este comía tarta y al parecer quería besar al de pelo rosa uranio con la boca llena de merengue. Pedri por otro lado, alejado del barullo, se sentó en el sofá comiendo disociado mirando un punto fijo. Xavi, Dani y Marc estaban dormidos al lado del canario en el mismo mueble, totalmente detonados por la fiesta. Héctor revisaba su teléfono con cara cansada.

Fermín junto con Raphinha, se agarraban de la mano; ambos riéndose de algo que el brasilero le susurraba al oído. Las mejillas del rubio estaban rosadas, y Lamine no quería saber qué cosas se estaban diciendo.

Había sido un bonito cumpleaños, después de todo. Se la pasaron bien.

—¿Nos vamos? te prometí venir un rato —dijo Héctor cerca del gironés—. Y ya son las 4.

—Sí, me vendría bien descansar la verdad —comentó dejando suavemente el plato descartable y vacío en una mesa.

—Esperen que sobró pastel, voy a por un pedazo así se la pueden llevar —corrió Raphinha dirigiéndose a la cocina.

Lamine se molestó un poco al darse cuenta que Héctor se iba a llevar a Pau. El tiempo se le había pasado volando; en su reloj interno fue muy corta la fiesta.

—¿Ya os vais? —preguntó Lamine despacio. Ahora las voces se escuchaban mejor.

—Sí, Pau me prometió que me acompañaría a comprar unas cosas el finde —respondió Héctor colocándose el abrigo.

Mientras veía cómo los chicos se despedían del resto y el brasilero les entregaba una bolsa con tarta, Yamal que usualmente no se arrepentía de nada, pensó que lamentaba no haber hablado más tiempo con Pau. No pudo preguntarle por qué se mudó, qué estudiaba, por qué nunca se cruzaron si hacía un tiempo estaban cursando en el mismo lugar… tantas cosas que podría haber averiguado y lo desaprovechó, hablándole del imbécil de Ferran y sobre la fiesta de mierda.

—¿Nos vemos en la facultad? —preguntó Yamal, rascándose la nuca.

Cubarsí asintió, con un gesto de cabeza y una sonrisa dulce en el rostro. Luego se dio vuelta rápido y siguió a Héctor hasta la salida.

—Tío, ¿pero qué miras? —preguntó Ferran con una mirada divertida, chasqueando los dedos—. Ey, ¿te has quedado colgado o qué?

—Qué dices, nada. Estoy bien.

El valenciano siguió la mirada oscura de Yamal que se dirigía a la espalda del pueblerino, yéndose. Oh.

—No, no, no. Espera —Ferran hizo un ademán tan brusco que varios se apartaron—. ¿Te has quedado pillado por el chico del pueblo?

—Cómo grites eso de nuevo, te mato.

—Me parecía, a tí no te van los tipos como él —aseguró—. A este no te lo tiras ni aunque le paguemos todos.

Y la peor parte es que decir que no le pasó nada, sería estúpido. Pero, “pillado” era demasiado, ¿no? Simplemente conoció a un chico guapo, tímido y tranquilo, el prototipo de persona con la que no estaba acostumbrado a charlar y eso captó su atención. Sí, le parecía muy atractivo, pero no era para tanto. Aunque ahora mismo su corazón seguía latiendo, incluso si la música ya no rebotaba en las paredes, casi ni escuchaba. Además, no pensaba que fueran muy compatibles, Pau se veía muy amable, sí, pero se notaba tímido y distante, demasiado ingenuo para él. No… visualizaba nada entre ellos.

Fermín volvió de la mano con su novio, cerrando la puerta detrás de él:

—¿De qué hablan?

—De que voy a ver si puedo tirarme a Gavi esta noche. No prometo nada, pero las cosas se están dando… ese pelo rosa me calienta mucho…

—¿Pero qué cojones dices tío?, tú borracho de mierda. Vete, no te me acerques —gruñó Pablo, rascándose el cabello rosa uranio fluorescente.

—Lo tengo en la punta de mis dedos —aseguró algo ebrio el valenciano.

—Lo tienes más bien a punto pero de ponerte una orden de alejamiento, diría yo —soltó el canario bebiendo de su juguito en paz.

—Es culpa de ese argentino de mierda, le rompió el corazón y por eso no quiere acostarse conmigo… —balbuceó Ferran deprimido.

—Pedri, llévame a casa —exigió Pablo—. Antes de que le parta la cara a este pringao.

—Vaaale, voy por mis llaves, que están en mi chaqueta. No golpees a nadie, madre mía…

Lamine se dio cuenta tarde, demasiado tarde que no le había pedido el número de teléfono al gironés. Bueno, tal vez sí se arrepentía más de lo que quería admitir.

Cuando la fiesta terminó y volvió a su casa en Uber, el catalán se tiró encima de sus sábanas sin siquiera cambiarse, muy cansado. Ni recordó a la chica de la fiesta, sus ganas de follar, o cualquier otra cosa. El amanecer se estaba asomando por la ventana con las cortinas abiertas mientras los pajaritos cantaban; parecía que iba a ser un día lindo y soleado en Barcelona.

En vez de dormir, al sentir el calor en el rostro que entraba en su pieza, pensó si los ojos del chico de pueblo seguirían siendo tan verdes con el sol brillando de lleno, o si cambiarían de color a azules.

No era que Lamine no creyera en el amor, el crush a primera vista, ni en el “indicado”, como diría Fermín. Pero, por primera vez, en sus 20 años, se fue a dormir con una sonrisa en el rostro, solo por el simple hecho de haber conocido a Pau Cubarsí.

Esa mañana, durmió profundamente: soñó con una expresión dulce y una voz tranquila que lo calmaba por completo.

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