CAPITULO 1
Emma era la menor de cinco hermanos. Vivía junto a su familia en las afueras de la ciudad. Tenía dieciocho años y recién había terminado la escuela secundaria. Sus ojos redondos de color café eran ocultos por lentes de lectura. Era una joven entusiasta, única y diferente.
Medía cerca de un metro cincuenta y cinco, delgada y pequeña. Su cabello castaño era recogido por dos largas trenzas que dormían en su pecho. La nariz era mucho más chica respecto a su rostro y le daba ese aire adolescente.
Solía vestir ropa sencilla. Era tímida, callada y taciturna. Viajaba a menudo a la ciudad para visitar a su amiga Serena, quien trabajaba en una biblioteca. Emma amaba leer. Podía pasar horas sentada en aquella mesa junto a la ventana en el salón principal.
Tenía una mente curiosa. Se interiorizaba por una gran variedad de temas.
Aquella tarde regresó a su casa luego de visitar a Serena. Caminó con sus pies cansados los largos tres kilómetros de distancia. Miró hacia el cielo, estaba oscureciendo. Apuró su paso para llegar antes de la tormenta.
Emma le temía a las tempestades.
Una noche, cuando era niña fue a la ciudad junto a su madre y hermanos. Luego de pasear, su madre se retiró con sus hermanos dejándola en la plaza. Ellos corrieron ante la inminente llegada de la lluvia mientras que la pequeña se distrajo mirando unos libros en la vidriera de una librería.
Un golpe sonó en el vidrio del local. Ella se asustó y se dio vuelta para ver lo que sucedía. Una gran tormenta se avecinaba. Las nubes negras y verdes amenazaban con lluvia, viento y granizo. Corrió buscando a su familia.
La gente corría sin mirar. Observó a una mujer de unos veinte años chocar sin querer a un niño de unos doce años, mientras buscaba refugio. Un auto se acercó velozmente sin mirar. El pequeño observó la situación y se paró con miedo. Emma tropezó para empujarlo cayendo al borde del pavimento. Ambos terminaron en el piso mojado. Ella se golpeó la cabeza contra la vereda.
Un trueno la devolvió al presente.
La joven miró nuevamente las nubes amenazantes. El viento comenzaba a soplar con fuerza, estaba a unos pasos de su casa. Observó a su madre salir hacia la calle.
—Emma. —Le hizo un gesto con la mano hacia arriba y abajo llamándola.
Su hija corrió al verla.
—Perdón, me entretuve con Serena.
La mujer la miró impaciente.
—Vamos adentro que tenemos que hablar.
Las dos mujeres entraron. Emma dejó su bolso sobre una pequeña mesa. Sus hermanos la miraban fijamente. El mayor estaba pronto a casarse y se encontraba buscando trabajo. La menor se sentó y esperó a que su madre hablara.
—Como sabrás, David está próximo a casarse. Los ingresos no alcanzan y ya sos mayor de edad.
Emma entendió rápidamente hacia adónde iba la conversación.
—Ya me anoté en la universidad.
Rosa, su madre, golpeó la mesa. Todos se sobresaltaron y miraron a Emma.
—Te dije que los ingresos no alcanzan. No habrá universidad. Tu deber está en ayudar en la casa o trabajar. Mañana hay entrevistas de selección en la empresa “Nova" Irás a postularte.
La joven quiso decir algo pero no pudo. Al menos si ingresaba en ese trabajo estaría en la ciudad y cerca de su amiga.
El día amaneció lluvioso. Se colocó un vestido floreado con sus zapatos de tacón negro. Una pequeña cartera y una carpeta completaban el atuendo. Tomó un café en la biblioteca y corrió bajo la lluvia hacia la empresa que se encontraba a pocos pasos de allí.
Era la quinta en la fila. Las postulantes rondaban entre veinticinco y treinta años. Sus atuendos eran formales, con el cabello recogido, pantalones de traje y sus curriculums. Un hombre de unos treinta cinco, con el cabello negro y rizado y barba del mismo color fue llamando una a una a las postulantes.
Emma fue llamada. Se levantó y caminó hacia la oficina. Dentro, el jefe de recursos humanos la invitó a sentarse. Ella le entregó su carpeta y el hombre comenzó a leer en silencio. La miró serio.
—Emma, ¿Sabe algo de administración y contabilidad?
La joven colocó sus manos entre las piernas. Aún su cabello estaba mojado y caían pequeñas gotas de sus trenzas.
—Sí, he leído libros sobre el tema y creo poder desempeñarme en el puesto.
El hombre asintió con la cabeza.
—¿Tiene algún título?
Ella negó con la cabeza y sonrió.
—No, pero soy rápida aprendiendo. Y creo que puedo ser muy útil en la empresa.
El jefe la miró serio.
—¿Sabe que el puesto es para asistente de gerencia?
Emma lo miró sorprendida. Abrió grandes sus ojos café.
—Si lo desea puede ponerme a prueba y demostrar que puedo ser buena en lo que hago.
El hombre se tomó la frente pero no quería entrevistar más a nadie, estaba cansado.
—Está bien, comienza mañana. Estarás a prueba una semana y luego veremos qué hacemos contigo.
Ella se levantó y le tendió la mano con una sonrisa. El hombre hizo lo mismo y la vio salir rápidamente. Se desplomó en el sillón.
La joven salió feliz con una enorme sonrisa en los labios. Entró en el ascensor, apretó el botón de la planta baja y esperó. Mientras tanto miraba su propio rostro en el espejo del lugar. Sus trenzas estaban empapadas. Su vestido pegado al cuerpo y sus tacones hacían un ruido extraño cuando caminaba.
Salió y caminó hacia la puerta de entrada.
Afuera llovía torrencialmente. La calle de asfalto era un arroyo caudaloso. Miró por dónde cruzar para llegar a la vereda contraria. Su carpeta cayó al piso. Se agachó a levantarla, cuando quiso erguirse su tacón se quedó atascado en un hueco de la puerta.
Hizo fuerza para sacarlo. Su cuerpo se seguía mojando con la copiosa lluvia. Logró sacarlo y se dio vuelta para seguir el camino.
Chocó contra unos pectorales duros. Una camisa blanca e impoluta se encontraba frente a ella. El saco negro contrastaba de forma monocromática. Ambas manos seguían sobre el pecho masculino. Levantó la vista y unos intensos ojos grises la miraban fijamente. Su cabello negro estaba mojado y las gotas bajaban por sus mejillas.
Su espalda era ancha y atlética. Sus brazos largos estaban rígidos a los lados del cuerpo. Los labios apretados apenas mostraron su incomodidad. Su paraguas había caído a unos metros. Se miraron unos minutos y luego el joven se retiró bruscamente de ella.
Caminó hacia la entrada aún sintiendo su cuerpo temblar bajo esa máscara de frialdad. Emma se quedó en silencio aún sin entender lo que había sucedido.





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