Profano by Ryzenkart at Inkitt
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Profano

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Summary

En un mundo donde ser un Profano es una condena a la esclavitud, Midén oculta con desesperación la verdad de su sangre. Su única ventaja para sobrevivir a la cacería es una mente extraordinariamente brillante, capaz de asimilar y dominar cualquier arte a una velocidad aterradora. Sin embargo, cuando el destino destruye la frágil ilusión de su refugio, Midén queda a la deriva en una tierra hostil donde el menor error se paga con hierro y cadenas. Atrapado entre el odio de lo que es y el instinto de supervivencia, Midén comprenderá que la libertad nunca estará completa mientras deba esconderse. Su mayor anhelo no será solo sobrevivir al yugo de un mundo cruel, sino encontrar el valor para aceptarse a sí mismo y, con el tiempo, acumular la fuerza necesaria para aplastar el orden injusto que condena a su estirpe.

Genre
Fantasy
Author
Ryzenkart
Status
13h ago
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

La llegada

Su andar tambaleaba con cada paso en el barro, esquivando los pinos descomunales que le cerraban el paso y los desniveles que lo obligaban a tropezar. A pesar de que la lluvia caía como agujas heladas sobre su rostro, siguió corriendo, deseando que su cazador lo hubiera perdido y que la negrura de la noche lo ocultase.

​Un relámpago fue su único sustento de luz; logró divisar un pequeño sendero y, sin pensarlo, intentó seguirlo. Pero aquella claridad momentánea bastó para que regresara ese crujido en las copas de los árboles.

​Al alzar la vista lo vio: aquel hombre encapuchado, camuflado entre las ramas. Corrió con todas sus fuerzas para alejarse, pero el batir de las hojas se escuchaba cada vez más cerca de su nuca.

​Un susurro resonó en el aire y los árboles se inclinaron para cerrarle el paso; las raíces se estiraron buscando atraparlo mientras el suelo se tornaba fangoso. Desenvainó su espada y, balanceándose por el excesivo tamaño del arma, cortó con esfuerzo la maleza. Avanzó sin perder un segundo, cercenando de un tajo cada rama que se le interponía, hasta que una se enroscó en su pierna y lo arrojó al vacío. Cayó golpeándose con violencia, sintiendo el sabor metálico de la sangre mezclado con el lodo.

​Intentó levantarse con manos temblorosas y pulmones ardientes. Al ponerse de pie, su visión se nubló; apenas logró distinguir su espada enterrada a pocos metros antes de que el mareo lo venciera por completo. Se desplomó en el fango, sintiendo cómo el cansancio de su cuerpo lo adormecía hasta quedar inconsciente.

​El sonido de las gotas al caer aumentó de golpe. El arma clavada comenzó a brillar, emitiendo un fulgor anaranjado que iluminó la escena. El encapuchado descendió hasta el niño inconsciente mientras contemplaba con profundo repelús aquella espada carmesí aún enterrada. Justo cuando acercó su mano para agarrarlo del cuello, la espada se prendió en llamas.

​Aquello lo paralizó. En ese mismo segundo, un orbe esmeralda surcó los arbustos a una velocidad cegadora, hundiéndose en su estómago. La fuerza del impacto lo empujó, estampándolo contra un pino. Con los pulmones vacíos y la espalda doliendo, alzó la mirada: el fuego de la espada recortaba la silueta de un anciano de barba blanca y porte erguido. No se movía, pero sus ojos destilaban una frialdad absoluta que congelaba la sangre.

​El agresor se incorporó, obligando a que sus manos brillaran, listas para el combate.

​—¡Maldición! ¡¿Cómo te atre...?! —masculló con voz sorda, aunque se detuvo al ver el rostro de aquel hombre.

​El encapuchado lo miró con incredulidad, pero el recién llegado ni se inmutó. El asombro del encapuchado no tardó en transformarse en una sonrisa que derivó en carcajada.

​—Usted... —Soltó una risa seca—. ¿Usted es el maestro Zen?

​El encapuchado comenzó a cercarlo con pasos calculados, mientras que la magia en sus manos empezaba a encenderse.

​—¿Acaso la edad afectó su juicio? —continuó el agresor—. Ese niño pertenece a los campos de Vitalys. ¿Entiende?

El anciano, imperturbable, se acomodó las mangas de la túnica sin romper el contacto visual.

​—Este niño... —respondió el anciano—. Es mi nuevo alumno. Por ello, Retírate.

​El ambiente se volvió denso. El encapuchado sostuvo la mirada mientras, a su alrededor, las ramas de los pinos se reorientaron con suavidad, apuntando directo al pecho del anciano. ​El encapuchado torció el gesto, perdiendo la sonrisa.

​—¿Su alumno? ¿Ese asqueroso profano? —escupió con desdén—. Vitalys no tolera la traición, anciano. Ni siquiera la de un mito viviente. ¿Entendido?

​El maestro Zen no respondió. Se limitó a inclinar la cabeza, observándolo con una mezcla de lástima y desaprobación. Aquel silencio sepulcral encendió la furia del perseguidor.

​—Bien —siseó con odio hacia el anciano—. Que así sea.

​Sellos verdosos brotaron en su piel y, al unísono, los pinos colosales se quebraron, desplomándose hacia el viejo.

​El anciano ni pestañeó. Con una fluidez medida, tomó al niño y se desplazó un par de metros; la madera masiva impactó el fango justo donde un parpadeo antes pisaban sus botas.

​«Maldición, es rápido», pensó el agresor.

​Sin darle tregua, alzó los brazos para levitar los troncos y embestir de nuevo, pero el maestro simplemente se llevó un dedo a los labios.

​—Shh... —susurró.

​El aire enmudeció. El sutil mandato apagó el brillo en los brazos del encapuchado y pulverizó los sellos mágicos. Los troncos cayeron inertes, hundiéndose pesadamente en el barro. El silencio volvió en el bosque por unos breves segundos, las gotas de lluvia parecían obedecer a aquella orden.

​El viejo depositó al niño en el suelo con delicadeza. Al reincorporarse, la pasividad de sus ojos se transformó en un destello policromático que hizo retroceder el lodo de sus pies.

​—Solo lo diré una vez —susurró con frialdad el anciano—. Tienes la oportunidad de irte en este momento —Sus palabras causaron un eco en todo el bosque—. Este niño ya no es de tu incumbencia.

​La advertencia caló hondo en el encapuchado, hiriendo su orgullo más que cualquier golpe. No obstante, una mueca de suficiencia forzó el regreso de su sonrisa mientras sus manos se encendían de nuevo.

​Con un sutil movimiento de su índice, las raíces del suelo cobraron vida, retorciéndose como serpientes hacia el maestro. El anciano las evadió con pasos milimétricos, pero al notar que uno de los brotes cambiaba de rumbo hacia el niño, el viejo replicó el gesto; un imperceptible ademán de su mano bastó para congelar la madera en el aire.

​Aquella absoluta indiferencia desató la locura del encapuchado. Ciego de ira, arremetió a puño cerrado, con las manos hirviendo en energía. Lanzó una ráfaga de golpes; uno, dos, tres impactos que solo encontraron el vacío ante la soltura y agilidad del maestro. La desesperación se notaba en sus ojos. En un último intento, soltó una patada ascendente, pero el anciano se limitó a pivotar sobre su eje y arremetió con un golpe seco al costado.

​El encapuchado sintió como el aire se le escapaba, aprovechó el impacto para retroceder, patinando sobre el fango. Al hincar las manos en la tierra, la hierba mojada crujió y se licuó bajo los pies del anciano, tragándose sus botas en un lodo espeso. El agresor siseó un conjuro que reverberó entre los árboles, hileras de runas luminosas reptaron por su antebrazo, concentrando toda su energía en la punta de su dedo índice.

​El anciano al verse atrapado por el barro, no se inmutó. Alzó la mano libre y soltó un susurro ahogado por el viento. La tormenta obedeció: el rugido de la tormenta cesó y las miles agujas heladas que caían del cielo se paralizaron en el aire, suspendidas en un silencio antinatural.

​En cuanto el encapuchado estiró el brazo para atacar, las gotas estáticas estallaron al unísono con un silbido violento, transformándose en una cortina de vapor hirviente que tragó la silueta del maestro y de todo el entorno.

​El agresor vaciló. La densa cortina de vapor lo asfixiaba, sentía el sudor frío y el silencio que multiplicaba el eco de pasos invisibles en todas direcciones. Con el dedo cargado y temblando de tensión, esperó el impacto; en cambio, entre la blancura de la niebla, un agarre firme le prensó la muñeca.

​Intentó zafarse del agarre del anciano. La luz verdosa de su propio dedo destellaba de forma grotesca contra la niebla, pero a medida que la fuerza del anciano lo doblegaba, el brillo comenzó a pudrirse, tiñéndose de un gris moribundo.

​Ambos forcejearon, buscando que el letal hechizo tocara al rival. Al ver los ojos del encapuchado inyectados en un odio ciego, el viejo aprovechó ese impulso irracional y le propinó un rodillazo fulminante en el estómago; aprovechando el impacto, desvió su brazo obligándolo a tocar su propio rostro.

​La magia del sello se liberó directamente contra el encapuchado. El brillo grisáceo le devoró las facciones; no era fuego, pero se arañaba la piel con desesperación, clavándose las uñas en un intento inútil por arrancarse la luz de los ojos. Sus alaridos ahogaron el estruendo de la tormenta. El viejo retrocedió un paso, imperturbable, mientras el agresor comenzaba a tambalearse a ciegas. Entre tropezones y gritos sofocados, el hombre se internó en la espesura del bosque, hasta que su silueta y aquel resplandor enfermizo se ahogaron en las sombras.

​El sonido de la lluvia volvió a dominar el silencio. El viejo se giró hacia el niño, que seguía tendido en el lodo. Se acercó, con un paso tambaleante y contempló con desagrado aquel cuerpo delgado del niño; luego, a pesar de la molestia, lo cargó con cuidado. Sus pasos vacilaron un instante por el cansancio. Al dirigir la vista a la espada enterrada en la tierra fangosa, notó que el fuego ya se había extinguido. Aquella silenciosa arma carmesí solo le dio un profundo recelo antes de dar media vuelta y adentrarse de nuevo en la oscuridad del bosque.

​Entre ese pequeño balanceo, el niño sintió una extraña calidez. No logró despertar del todo y sus párpados, aún pesados, solo le permitieron vislumbrar la silueta del anciano que acababa de salvarle la vida.

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