PRÓLOGO: EL REFUGIO DE LOS INOCENTES
✧ Nota de la autora:
📌 Contenido adulto / Escenas explícitas (+18).
📌 Romance prohibido, drama y tensión.
Lectura bajo tu propia discreción. Por favor, mantengamos el respeto y recordemos que todo es ficción. ¡Mucho amor para todos! 🤍📖
Las pesadas campanas del monasterio de San Jerónimo acababan de anunciar el atardecer, tiñendo los muros de piedra gris con un tono dorado y melancólico.
En medio de aquel santuario apartado del mundo, Seong Gi-hun, un joven de veinticinco años, caminaba con paso sereno por los claustros.
Gi-hun era un monje devoto a Dios, cuya alma pura y desinteresada se reflejaba en cada una de sus acciones cotidianas.
En el pueblo le decían el ángel por ser siempre bondadoso y amable con el prójimo, pues no había habitante de los alrededores que no hubiera recibido una palabra de aliento, un trozo de pan o una sonrisa sincera de su parte.
Sin embargo, la vida dentro de aquellos muros sagrados se regía por un orden estricto y riguroso.
Adentro en el templo había reglas inquebrantables que todos debían obedecer sin cuestionar.
Por un lado, los hombres no tenían espejos; no podían ver sus cuerpos ni el de los otros, una norma diseñada para evitar la vanidad y mantener el enfoque espiritual alejado de la carne.
Por otro lado, las restricciones morales eran absolutas: también estaba prohibido el romance de hombre con el mismo sexo, completamente prohibido, considerado una ofensa imperdonable ante los ojos del Creador.
Debido a su aislamiento y a la pureza con la que había sido criado, Gi-hun era muy inocente, así que no sabía mucho sobre el amor; solo sabía que el amor de Dios, con eso bastaba.
Para él, la existencia se resumía en la oración, el trabajo manual en los campos del monasterio y la devoción divina.
En ese momento de la tarde, mientras Gi-hun estaba afuera del templo viendo unas flores que crecían junto a los antiguos maderos de la entrada, un sonido abrupto rompió la paz del lugar.
-¡Por favor... por favor, ayúdenme...! -se escuchó desde el exterior.
Era alguien sollozando que tocaba la puerta pidiendo ayuda.
Gi-hun dejó caer las tijeras de jardín con las que recortaba los tallos y, sin pensarlo dos veces, corrió hacia el portón principal.
Al abrir los pesados maderos, se encontró con una escena desgarradora: era un niño con rasguños y muy sucio, con la ropa desgarrada, temblando de frío, con la piel cubierta de polvo y marcas oscuras.
Con el corazón estrujado por la compasión, Gi-hun salió corriendo, abrió la puerta del templo y se agachó de inmediato a su altura, extendiendo las manos con infinita delicadeza.
-Ay, por Dios... ¿Qué te pasó, pequeño? -preguntó Gi-hun con la voz temblorosa de preocupación.
El niño, que había estado apretando los ojos con fuerza esperando un golpe o un rechazo, abrió lentamente los párpados.
Al enfocar la vista y ver el rostro bondadoso, los ojos oscuros y el cabello oscuro que caía suavemente alrededor de las facciones angelicales del monje, el niño alzó la mirada y parecía que hubiera visto un ángel.
La luz del atardecer iluminaba la silueta de Gi-hun de tal manera que parecía una aparición celestial en medio de su infierno personal.
Sin embargo, al cabo de unos segundos, abrumado por la abrumadora diferencia entre la belleza de aquel hombre y su propia miseria, entonces bajó la cabeza y dijo:
-No tengo a dónde ir... mi papá murió y estoy completamente solo.
Las palabras cayeron como plomo en el aire. Gi-hun sintió un nudo apretarse en su garganta; su naturaleza bondadosa no soportaba el sufrimiento ajeno, y ver a una criatura tan desamparada le rompió el alma.
Y entonces Gi-hun, con una sonrisa cálida y triste, le dijo:
-Ya no lo estás, pequeño. Ya no estás solo.
Sin vacilar ni un instante, cargo al niño en sus brazos con una fuerza firme y protectora, pegándolo a su pecho.
En el preciso instante en que fue levantado del suelo frío, el niño, con sus brazos pequeños, los enrollo en el cuello de Gi-hun.
Hundió la cara contra la piel del monje y, de inmediato, mientras olía el cuello de Gi-hun que tenía un olor muy suave a vainilla, penso que era un olor tan embriagante, no como el de su padre, que olía a alcohol y cigarros.
Aquel aroma limpio, dulce y seguro hizo que el cuerpo del pequeño se relajara por primera vez en años, sintiendo una paz que su mente infantil apenas lograba procesar.
Mientras el joven monje daba la vuelta para cruzar el umbral, gi-hun, mientras caminaba para entrar de vuelta al templo, le preguntó:
-¿Cómo te llamas, pequeño?
El niño apretó un poco más los brazos alrededor del cuello del monje, respirando hondo ese perfume a vainilla antes de responder.
-Hwang In-ho.
Gi-hun esbozó una sonrisa maternal y comprensiva, mirando las pequeñas manos que se aferraban a él con desesperación.
-Qué bonito nombre, In-ho -respondió con dulzura, acariciando con torpeza pero con infinita ternura la espalda del chico-. No temas, estás a salvo aquí. Nadie te hará daño en este lugar sagrado.
Al escuchar su nombre pronunciado con tanta suavidad, In-ho levantó la cabeza mirando a Gi-hun a los ojos con desamparo, estudiando cada facción de su rostro con una intensidad inusual para su edad.
Sus ojos oscuros, cargados de una madurez prematura y un trasfondo sombrío, no se apartaban del monje ni por un segundo.
Deseando aferrarse a la única áncora de luz que había conocido en su corta y dolorosa vida, inho pregunto con la voz ronca por el llanto:
-Y usted... ¿cómo se llama?
Gi-hun, con una sonrisa radiante que iluminaba toda la estancia de piedra, contestó con total humildad y cercanía:
-Seong Gi-hun, un placer.
Hizo una breve pausa, evaluando el estado lamentable en el que se encontraba la ropa y la piel del pequeño, antes de agregar con tono práctico pero sumamente afectuoso:
-Bueno, In-ho, para comenzar, primero tengo que darte una ducha. Te quitaré toda esa suciedad, te daré ropa limpia y abrigada, te lo prometo.
In-ho no dijo nada ante la propuesta, limitándose a asentir lentamente con la cabeza, mientras sus pequeños dedos se aferraban con más fuerza a la tela de la sotana de Gi-hun, como si soltarlo significara hundirse de nuevo en la pesadilla de la que huía.
El eco de los pasos de Gi-hun resonó por los pasillos de piedra pulida mientras se adentraban en el monasterio, cerrando lentamente la pesada puerta de madera y dejando atrás un mundo cruel, sin saber que al cruzar ese umbral estaban sellando un destino del que ninguno de los dos podría escapar jamás.
Gi-hun caminó por los oscuros y silenciosos pasillos del monasterio, con In-ho aún aferrado a su cuello, hasta llegar finalmente al área de los baños comunitarios donde se encontraba una gran tina de piedra rústica.
Al llegar junto al recipiente, gi-hun bajo a inho, sosteniéndolo con suavidad por los hombros para que mantuviera el equilibrio.
Mientras inho estaba parado temblando ligeramente sobre el suelo frío de piedra, Gi-hun llenaba la tina con agua tibia, probando la temperatura con la parte posterior de su mano para asegurarse de que fuera cómoda para el niño.
Una vez que el vapor comenzó a elevarse suavemente, y entonces Gi-hun empezó a quitarle la ropa a In-ho lentamente , desabrochando con torpeza pero con suma paciencia las prendas sucias y desgarradas que se pegaban a su piel.
Sin embargo, en el instante en que la tela cayó por completo al suelo, hasta que lo que vio lo dejó sin aliento y en shock.
Gi-hun se quedó completamente paralizado, con los ojos abiertos de par en par, sintiendo cómo el aire se le escapaba de los pulmones.
En toda su apacible y protegida vida monástica, jamás había visto algo así.
La espalda del niño era un mapa desgarrador de crueldad; la espalda de In-ho tenía muchas cicatrices profundas, algunas pálidas y viejas, otras más recientes, cruzando su piel de lado a lado como marcas imborrables de castigos inhumanos, y su espalda baja estaba muy magullada, con grandes hematomas de tonos violáceos y negruzcos que delataban golpes brutales y recientes.
Con el corazón latiéndole desbocado en el pecho y las manos temblando de horror e indignación, y entonces Gi-hun le pregunto a In-ho:
-Por el amor de Dios... ¿Quién te hizo esto? ¿Quién pudo ser tan cruel, pequeño?
In-ho no se movió.
Permaneció con la cabeza baja, sin sollozar y manteniendo una postura rígida, como si el dolor ya fuera parte de su propia estructura ósea.
Levantó lentamente la vista hacia el monje, revelando con una mirada vacía que parecía haber visto el fondo del infierno, y respondió con una voz plana, desprovista de toda emoción infantil:
-Fue mi padre... Mi mamá se fue hace mucho tiempo, nos abandonó, y mi papá siempre descargaba su furia contra mí. Y cuando le hacía falta dinero para sus apuestas y el alcohol... a cambio de dinero me vendía. Decía que solo soy un objeto, que mi cuerpo sirve para ser utilizado.
Las palabras cayeron en el baño de piedra como cuchillos afilados.
Gi-hun sintió que el alma se le caía a los pedazos; la inocencia con la que conocía el mundo exterior se derrumbó en mil pedazos al escuchar semejante monstruosidad.
Incapaz de contener la compasión, y entonces Gi-hun agarro el rostro de In-ho y lo acuno con ambas manos, obligándolo a mirarlo a los ojos, mientras las lágrimas comenzaban a brotar de sus propios ojos limpios.
Con un tono de voz lleno de un fervor casi sagrado, le dijo:
-Escúchame bien, In-ho. No fue tu culpa. Nada de esto fue tu culpa, ¿me oyes? Tu padre era un hombre enfermo de maldad, pero ahora él está siendo juzgado por Dios, mi niño. Ya estás a salvo, te lo juro por el Creador.
In-ho parpadeó lentamente, sintiendo el calor de las manos ajenas sobre sus mejillas, un tacto que no implicaba dolor ni demanda, sino una devoción pura que lo descolocaba por completo.
Siguiendo con su labor, y entonces Gi-hun ayudo a In-ho a sumergirse en la tina, guiándolo con extremada delicadeza para que el agua cálida envolviera su cuerpo martirizado.
En cuanto el agua tocó sus múltiples contusiones, donde In-ho empezó a sollozar con un quejido ahogado, sintiendo que le dolía todo, desde la piel hasta los huesos, como si el calor abriera de golpe todas sus memorias de dolor.
Al ver las lágrimas silenciosas del niño, y entonces Gi-hun lo calmo y le empezó a decir cosas tiernas, arrullándolo como si fuera un infante, prometiéndole que el sufrimiento había terminado y que él se encargaría de cuidar cada una de sus heridas.
Tomando una esponja suave y un poco de jabón natural, y entonces empezó a limpiar las heridas lentamente con una paciencia infinita, evitando presionar los hematomas, lavando con sumo cuidado la mugre, la sangre seca y el polvo acumulado en la piel de In-ho, transformando el baño en un ritual casi sacramental de purificación.
Luego, tomando un poco de agua limpia con una jofaina, y entonces Gi-hun empezó a lavarle el cabello a In-ho , masajeando el cuero cabelludo con movimientos rítmicos y circulares.
Mientras In-ho cerraba los ojos disfrutando de aquella caricia inesperada y del calor reconfortante, le recordaba mucho cuando su mamá, antes de abandonarlo, le lavaba el cabello y le revisaba si no tenía piojos.
Aquella memoria lejana, el único destello de ternura que guardaba de su temprana infancia antes de que el mundo se volviera un abismo, hizo que el pecho de In-ho se contrajera, mientras dejaba que el monje lo meciera entre sus atenciones, sintiendo por primera vez que tal vez, en ese monasterio olvidado, el infierno por fin había quedado atrás.
Después de terminar de lavar con infinita paciencia cada rincón de su cuerpo maltratado, Gi-hun sacó a inho de la tina, lo secó con delicadeza usando una toalla de algodón limpia y suave, y lo envolvió en una toalla para protegerlo del frío de los pasillos.
Sin perder un instante, lo cargo firmemente en sus brazos, sintiendo cómo el cuerpo del niño se acurrucaba de inmediato contra su pecho buscando refugio.
Con paso lento y cuidadoso, Gi-hun empezó a caminar por los pasillos donde habían muchas habitaciones de niños como la edad de In-ho, pequeños huérfanos o abandonados que crecieron aquí desde que eran unos bebés bajo el amparo de la orden religiosa.
Para Gi-hun era la primera vez que traía a un niño de 10 años aquí, ya que la mayoría llegaban en brazos siendo recién nacidos.
Mientras caminaba por los pasillos tenuemente iluminados por antorchas, solo deseaba que ojalá los hermanos aceptaran a In-ho y que el pequeño pudiera encontrar la paz que tanto le había sido negada en el exterior.
Después de doblar un par de esquinas, y entonces gi-hun llevo a inho a una habitación muy amplia.
Aquel dormitorio era un espacio pulcro y acogedor; tenía paredes de piedra clara adornadas con un pequeño crucifijo de madera en la cabecera, una cama individual cubierta con mantas de lana blanca y tejidas a mano, una ventana alta por la que se filtraba la suave luz de la luna, un pequeño armario de madera oscura y una mesa de noche con una vela apagada.
Todo en la estancia respiraba una calma absoluta y un silencio sagrado.
Al cruzar el umbral, y entonces gi-hun con una sonrisa cálida le dijo:
-Esta será tu habitación.
In-ho, que jamás en su vida había tenido un espacio propio, ni una cama limpia, ni mucho menos un lugar seguro donde dormir, abrió los ojos con total asombro.
In-ho confundido preguntó:
-¿En serio... es mi propia habitación?
Mirándolo con una ternura infinita que le desarmaba el alma, Gi-hun dijo:
-Claro que sí, pequeño, es toda tuya. Aquí nadie te molestará jamás, te lo prometo.
Con la misma suavidad, y entonces Gi-hun bajo a In-ho para que pusiera los pies sobre el suelo de madera limpia.
Una vez que el niño estuvo de pie, el monje empezó a buscar en las gavetas una toga limpia y de su talla, adecuada para los novicios del monasterio.
-Ven aquí, déjame ayudarte a vestirte -murmuró Gi-hun con voz suave.
Y entonces empezó a vestir a In-ho, pasando la suave tela de la túnica por sus brazos y acomodándola con cuidado para no rozar las zonas magulladas de su espalda.
In-ho se dejó hacer en completo silencio, observando cada movimiento del monje con una devoción casi ciega.
Terminada esa tarea, y después busco un peine en la repisa del armario, se acercó al niño y empezó a peinar el cabello castaño oscuro de In-ho que caía sobre su frente, desenredando con paciencia los mechones apelmazados por el polvo y las lágrimas de la calle.
Al ver el cambio radical en el aspecto del niño, limpio, peinado y con ropas dignas, y entonces gi-hun con una sonrisa dijo:
-Ahora eres otro, Inho. Pareces todo un hombrecito.
In-ho, sintiéndose extrañamente renovado pero con la curiosidad carcomiéndole la mente, alzó la vista y entonces In-ho preguntó:
-¿Me puedo ver en el espejo?
Al escuchar la palabra prohibida, la sonrisa de Gi-hun se desvaneció levemente por la costumbre, y Gi-hun dijo con una sonrisa:
-No, mi niño, aquí está totalmente prohibido verse en los espejos.
In-ho frunció el ceño, completamente desconcertado por una regla que iba contra cualquier lógica mundana.
In-ho confundido le preguntó:
-¿Por qué?
Paciente y con la tranquilidad que lo caracterizaba, y Gi-hun le dijo la razón:
-Porque en este lugar creemos que la vanidad aleja el espíritu de Dios, Inho. Los espejos alimentan el ego y nos hacen mirar el envoltorio en lugar de cuidar el alma, que es lo verdaderamente importa ante los ojos del Creador.
In-ho lo analizó por un momento, procesando la idea de que nadie en ese enorme edificio supiera exactamente cómo lucía su propio rostro,
In-ho le preguntó:
-Entonces... ¿tú nunca te has visto en el reflejo?
Negando con la cabeza de forma serena, Gi-hun le respondió:
-No, nunca. No tengo la menor idea de cómo soy, ni me importa demasiado; me basta con saber lo que hay en mi interior y servir con el corazón.
Al escuchar esa respuesta tan pura y desinteresada, una chispa extraña brilló en los ojos oscuros del niño, quien lo examinó con una intensidad impropia de su edad, y In-ho le respondió:
-Pues deberías saberlo... eres lo más hermoso que mis ojos han visto en este mundo.
Al oír un halago tan directo y desprovisto de malicia -pero cargado de una fijación que rozaba lo devocional-, y entonces Gi-hun se sonrojo levemente, sintiendo un calor inesperado en sus mejillas que hacía tiempo no experimentaba.
Incapaz de tomárselo a mal dada la inocencia aparente del niño, sacudió la cabeza con afecto le respondió:
-Ay, In-ho, eres un niño muy ocurrente... digo, un niño muy bueno.
Intentando desviar el nerviosismo que de repente se había instalado en su pecho, y entonces Gi-hun le dijo:
- Ahora vamos al comedor, nuestros hermanos querrán conocerte y también hay niños que tienen tu misma edad; te aseguro que harás buenos amigos.
La mención de enfrentarse a más personas hizo que el cuerpo de In-ho se tensara de inmediato.
Recordando los horrores del pasado y el miedo al rechazo, In-ho bajo la cabeza y le dijo con un hilo de voz temblorosa:
-Me prometes... ¿me prometes que me protegerás y no dejarás que nadie me haga daño?.
Sintiendo que el corazón se le estrujaba ante tanta inseguridad, Gi-hun dijo que sí con una firmeza absoluta, arrodillándose un poco para quedar a su altura y mirándolo fijamente a los ojos:
-Te lo juro, Inho. Nadie te tocará nunca más mientras yo esté aquí. Estás bajo mi cuidado.
Un destello de triunfo silencioso cruzó la mirada del niño, aunque su rostro exterior volvió a adoptar una expresión frágil y sumisa.
Y entonces Gi-hun salía de la habitación junto con In-ho, quien caminaba junto a él mientras sus manos pequeñas apretaban la sotana de Gi-hun, aferrándose a la tela como si fuera la única salvación posible en un mundo que, para bien o para mal, estaba a punto de cambiar para siempre.
Nota de autora: ¡Holis queridos lectores! Espero de todo corazón que les haya gustado.
Recuerden que todo es 100% ficción creado con muchísimo cariño para entretener, así que abramos la mente y el corazón sin hate, porfis 🥺💖.
¡Pronto les traeré más capítulo! Muchísimas gracias por el apoyo, los quiero montones.✨








