Prólogo
NOTA DE AUTORA:
Esta es una historia sobre personajes complejos con sombras oscuras. Incluye dinámicas de odio-amor, violencia, comportamiento posesivo y toxicidad extrema. Si eres sensible a estos temas, por favor, lee con responsabilidad.
No se romantiza el abuso, se explora la psicología de estos personajes.
El silencio en el departamento en Sangam-dong era absoluto, roto únicamente por el zumbido eléctrico de la nevera.
Eran las doce de la noche cuando Seong Gi-hun cerró la puerta principal, dejando caer su pesada mochila de mensajero.
Estaba exhausto; sus piernas, a menudo tensas por las largas jornadas de reparto, se sentían como plomo.
Caminó hasta el centro de la sala, donde la única luz provenía de una lámpara de pie en un rincón, bañando la estancia en sombras alargadas.
Hwang In-ho estaba allí, sentado a la mesa del comedor, con la mirada fija en el vacío antes de alzar la vista al notar la presencia de Gi-hun.
Llevaba una camiseta sencilla que se ceñía a su torso, dejando ver la amplitud de sus hombros y la estructura atlética que mantenía a pesar de la rutina estática de su trabajo.
-Llegas tarde otra vez -dijo In-ho. Su voz no era un reproche a gritos, sino algo mucho más pesado, un murmullo contenido que cortaba el aire viciado del departamento.
Gi-hun soltó un suspiro, dejándose caer sobre la silla frente a él.
La luz de la lámpara perfilaba su figura; a pesar del cansancio, su complexión seguía siendo imponente.
Sus hombros se encogieron al quitarse la chaqueta, resaltando la forma en que su cintura estrecha conectaba con sus muslos robustos, ahora tensos por la fatiga.
-El tráfico estaba imposible, In-ho. Tres entregas de último minuto -respondió Gi-hun, frotándose la cara con las manos-. No he parado desde las seis de la mañana.
In-ho se levantó y se acercó, caminando con esa precisión mecánica que siempre lo caracterizaba.
Se detuvo detrás de Gi-hun, apoyando las manos en sus hombros con una firmeza que denotaba posesividad.
-Es el mismo horario desde hace tres meses. ¿Crees que esto es vivir? -preguntó In-ho, bajando la cabeza hasta casi tocar el oído de su pareja-. En la preparatoria, cuando te acercaste a hablarme por primera vez, no éramos esto. Éramos algo real. Ahora solo somos dos desconocidos que comparten una dirección.
Gi-hun giró la cabeza, encontrándose con los ojos penetrantes de In-ho.
A pesar de los años, esa mirada calculadora y disciplinada todavía lograba intimidarlo y atraerlo por igual.
-No me digas eso. Hago este trabajo por nosotros, para salir de este agujero -insistió Gi-hun, aunque su voz sonó débil incluso para él.
-No quiero salir de ningún agujero si el precio es que tú nunca estés aquí -replicó In-ho, apretando los dedos contra los hombros de Gi-hun-. Te estás deshaciendo, Gi-hun. Te miro y veo cómo la rutina te está consumiendo hasta los huesos. No voy a permitir que te pierdas en esa empresa.
-¿Y qué quieres que haga? -Gi-hun se puso de pie, enfrentándolo. La diferencia de postura era evidente: el desorden emocional de Gi-hun frente a la gélida compostura de In-ho-. ¿Renunciar? ¿Dejarnos sin nada?
-Ya no tenemos nada si no estamos juntos en esto -dijo In-ho, invadiendo su espacio personal. La proximidad obligó a Gi-hun a retroceder hasta chocar con el borde de la mesa.
In-ho bajó la vista, recorriendo con frialdad la figura de Gi-hun, desde la estrechez de su cintura hasta la robustez de sus piernas, un análisis que siempre hacía que a Gi-hun le diera un vuelco el corazón.
-Te veo, Gi-hun. Veo cómo te tensas cuando crees que no te observo. Veo el esfuerzo que haces por mantenerte entero.
Gi-hun sintió que el aire se le escapaba.
La frustración de la jornada laboral parecía evaporarse bajo la intensidad de In-ho.
-A veces me pregunto si me ves a mí o si solo estás calculando cuánto tiempo más puedo aguantar antes de romperme -susurró Gi-hun.
In-ho soltó una carcajada seca, carente de humor, y rodeó la cintura de Gi-hun con sus manos, un contacto que se sintió como una orden y un refugio al mismo tiempo.
-Si supieras lo que estoy calculando, te darías cuenta de que no pienso dejar que te rompas -afirmó In-ho, acercándose aún más-. Mañana no vas a trabajar hasta tarde. Me voy a asegurar de ello.
-¿Cómo? -preguntó Gi-hun, sintiendo una mezcla de miedo y alivio ante la determinación del otro.
-De una forma u otra -repitió In-ho, separándose apenas lo suficiente para mirarlo a los ojos-. Ahora, siéntate. Voy a buscar algo de comer. No vas a colapsar bajo mi techo.
Gi-hun se dejó caer de nuevo en la silla, observando a In-ho moverse hacia la cocina.
La elegancia de cada uno de sus gestos, la solidez de sus músculos bajo la ropa sencilla, le recordaban al chico tímido al que había rescatado de su propia sombra hace tantos años.
Esa noche, el silencio en Sangam-dong ya no se sintió como una tumba, sino como una tregua peligrosa.
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