𝐏𝐫𝐨́𝐥𝐨𝐠𝐨
Nuestra historia se sitúa en alguna parte de Argentina, presúntamente entre los bastos montes de Chaco, según las malas lenguas.
Era un día como cualquier otro, la paz se hacía dentro de cierta vivienda de aspecto particularmente tercermundista: Polvo, mugre, grietas, una chimenea que muy seguramente acumulaba sus meses pudriéndose de ollín y un sofá rojo mugroso aplastado. Pero hey, al menos resultaba algo acogedor, ¿no?
Pues, sí. Para el primer vagabundo que se cuele... o para un mendigo digital. De las dos opciones, sólo una es la correcta. Ya se imaginarán ustedes de cuál estamos hablando.
El que todo estuviera particularmente tranquilo resultaba un evento casi milagroso, no era normal tanta calma en un lugar donde era más común que se metan monos, resuenen gritos estridentes a la par que quejas bajitas por parte de quienes de alguna forma lograban tolerar al dueño de los berridos ya mencionados sin echarlo de su propia casa, y para terminarla de embarrar, sumemosle a los chillidos de simio unas carcajadas que le taladrarían los tímpanos a cualquiera que esté cerca.
Saborear el silencio era como apreciar la comida en tiempos de escasez, pues convivir con el desequilibrado de azúl era algo que conllevaba tiempo, estómago, mucha paciencia y las ideas bien puestas sobre la mesa para no tomar la decisión extrema pero ciertamente práctica en este caso de matarse.
Pero es de Mageneker de quien estamos hablando. El bastardo azúl peludo más impredecible, que llevaba la palabra asqueroso de la mano de encantador cada vez que debía ser descrito de alguna manera que no incluya otras palabras como "brainrot", "deidad" o "bodrio" de por medio. Aunque esa última era más cercana a la realidad si te pones a pensarlo.
Y cuando se trataba de Mage haciendo una estupidez en cualquier momento del día, era imposible que la tranquilidad durara más tiempo.
-"GGGGGGHNMMMMN... AH. ¡OH, POR EL AMOR DE DIOS!"-
Una sinfonía proveniente del baño sería lo que partiera en dos el silencio perfecto que a tan poco tiempo de desvanecerse se sintió tan irrecuperable que le dolería a cualquiera.
Se hicieron eco las quejas del chico de pelaje celeste como los aullidos agónicos de un perro amedrentado, desde el excusado.
-"¡JAMES! ¡¿POR QUÉ NO ME DIJISTE QUE LA LECHE ESTABA CORTADA?! AH. Oww..."- Lloriqueó como una magdalena, encorvandose de modo que sus brazos envolvieran su panza en un cálido abrazo que, esperaba, pudiera aliviar el retortijón. Con la tela grisácea de sus pantalones contrastando el azúl marino de su traje arrugado, ahora caída a sus pies a la espera de ser subida alguna vez cuando acabe de tratar de depurar mientras culpa a su amigo científico de sus males. - " Tsk." - A lo que, en respuesta recibió un chasquido de molestia.
- "Te terminé de decir hace menos de media hora que caducó. Además, ¡Estoy ocupado haciendo ciencia! ¿Qué acaso no te fijas tú en las cosas que te vas a tragar antes de hacerlo? por favor, Mage. Es algo básico." - Con una mano se frotaba las cienes de frustración el científico, y con la otra apretaba el mango de su quinta taza de café del día. Mencionandolo con la irritabilidad de quien se veía en la obligación de recordarle al otro una obviedad universal, desde la cocina de su propia casa.
Mage se mordió el labio inferior, comenzando a replantearse la situación aún sentado en aquella taza como un miserable. James tenía razón, la había cagado. O bueno, no realmente, porque ahí estaba su dilema. No podía cagar.
Con todos los graznidos exóticos que daba su estómago, se encontró con la situación de que no le podía salir ni un triste pedo de ese hueco azúl cobalto.
¡Y debía hacer algo cuanto antes! ¿Pedirle un laxante a James? ¿Pedirle a Jineto que le traiga otro cartón de leche pero de la vaca más obesa de toda su granja que haga que su intestino performe al máximo? ¿Pedirle "una mano" a Jey Jey?... ew. Eso último no. Pobre robot.
-"Gghuuu... piensa, Mage, piensa."- Murmuró para sí el idiota azúl, ¿qué demonios se supone que haría en una situación como esta? tranquilamente podía pararse, subirse los pantalones e ir a buscar algo fuera que lo ayude. ¿Pero y si la mierda se le salía justo en el momento en el que lo hiciera? ¡Sería espeluznante!
Miró hacia todas partes de aquél baño mugriento. Un cepillo... Una toalla... Jabón... Una cucaracha muerta en medio de la ducha. Algo tenía que haber entre lo que tenía a la mano que lo ayudara.
-¿Una cuchara?-
El único objeto de metal desubicado en tiempo y lugar, puesto casi a propósito en plena humedad del lavabo. Los ojos de Mage se abrieron de par en par, pues, ¿Quién sería tan imbécil de dejar una cuchara en el baño? él probablemente, ¿pero para qué la usaría, para
comer
qué? ¿O para
metersela
en el culo?
Fue en ese momento donde la chispa de una solución corrió con la velocidad eléctrica de un rayo por la única neurona funcional que le quedaba a Mageneker, quien siempre tendría ingenio para saber qué estupidez hacer y decir en cada video u short, pero que sin embargo se quedó atascado en esta circunstancia hasta este preciso momento.
Pero así como la idea parecía brillante en su cabeza, también, poco a poco a se dio cuenta de que el remate de esta no sería igual de hegemonico.
¿Pero qué opciones tenía realmente? por hermético que pareciera su recto, creía imposible que otro objeto le quepa mejor ahí dentro. Si fuera cualquier otra situación se cuestionaría qué carajo estaba pensando, pero estando desesperado y sintiendo como otra ola fuerte de dolor se estamparía pronto y haría que se retuerza de nuevo, poco le importó. ¿Quién estaría ahí para juzgarlo de todas formas?
Así que, nuestro desgraciado de pelaje azúl celeste se levantó apenas del excusado, con la panza rugiendole como si hubiera cometido el peor de los atrevimientos al hacerlo, pero a pesar de las molestias, logró estirarse lo suficiente para alcanzarla con una mano temblorosa, peluda y sudorosa.
Al poco tiempo, su trasero ansioso se hallaba de vuelta contra el excusado, pero esta vez, a la espera de que tomara una decisión definitiva.
Miró la cuchara, se miró en el espejo... o lo poco que se veía de él al estar sentado, y...
Suspiró.