Capítulo 1: Cuando el Caos Tomó Forma
Al principio el mundo era un lugar hostil, donde reinaba el caos, una fuerza absoluta que dominaba todo sin forma ni orden, extendiéndose sin límites ni propósito. Nada permanecía, nada se definía, y todo cuanto existía lo hacía dentro de una inestabilidad constante que no conocía equilibrio alguno.
Sin embargo, dentro de ese mismo caos, algo comenzó a cambiar. De manera lenta e imperceptible, aquel desorden infinito empezó a tomar forma, como si su propia naturaleza lo empujara a definirse. Lo informe dejó de ser completamente indistinto, y en medio de esa transformación surgió algo que no había existido antes.
De la nada, el caos dio origen a un ser.
Su figura era la de un humano, imponente y perfectamente definida en contraste con el entorno que lo rodeaba. Medía dos metros de altura, con una presencia firme que no mostraba inestabilidad alguna. Su piel era blanca, uniforme y limpia, destacando entre la naturaleza caótica que lo había creado. Su cabello era rojo como el fuego, largo y visible, aportando a su apariencia una intensidad imposible de ignorar. Sus ojos, también rojos, poseían una profundidad que imponía su existencia sin necesidad de acción alguna.
Aquel ser había nacido del caos cuando este comenzó a tomar forma.
Con el tiempo sería conocido como Ignivar el Renacido, y también como el dios primordial.

Cuando Ignivar observó el caos que era la tierra, comprendió la necesidad de imponer orden. Aquella extensión dominada por el desorden no poseía equilibrio ni propósito, por lo que decidió intervenir. Sin prisa ni duda, comenzó a dar forma a lo que antes no la tenía, estableciendo una estructura donde antes solo existía inestabilidad.
Primero creó las plantas.
De la tierra surgieron las primeras formas de vida, extendiéndose con firmeza y ocupando el espacio que antes había sido vacío e incierto. Cubrieron la superficie con una presencia constante, marcando el inicio de un mundo que comenzaba a sostenerse por sí mismo.
Luego creó a los animales.
Estos poblaron la tierra, moviéndose entre la vida que ya había sido establecida. A diferencia de las plantas, los animales poseían movilidad y comportamiento, añadiendo dinamismo a un entorno que hasta entonces había sido estático. La tierra dejó de ser silenciosa y comenzó a mostrar signos de actividad.
Por último, creó a los humanos.
Aquellos que serían conocidos como los primeros hombres surgieron como la última de sus creaciones, distintos al resto de la vida que los precedía. Su existencia marcó un cambio en el equilibrio que Ignivar había establecido, pues no solo habitaban el mundo, sino que interactuaban con él de una manera diferente.
Ignivar observó.
Con el paso del tiempo, vio cómo los humanos comenzaron a generar conflicto con el resto de la vida. Su presencia alteraba el orden que había sido impuesto, creando tensiones donde antes había estabilidad. Aquello no pasó desapercibido para él.
Por ello, tomó una decisión.
Decidió crear a quien reinara sobre cualquier especie.
Para ello, ascendió a la montaña más alta, elevándose por encima de todo cuanto existía en la tierra que había ordenado. Desde ese punto, donde nada lo superaba, llevó a cabo su acción sin vacilación.
Se cortó uno de sus dedos.
Y dejó caer una gota de su sangre.
La gota descendió al vacío.
Cuando la gota tocó el suelo, la tierra la absorbió sin dejar rastro visible. Durante un breve instante, todo permaneció en silencio, como si el mundo contuviera su propia existencia. Entonces, la tierra comenzó a retumbar.
El sonido no fue leve ni distante; fue profundo, constante, extendiéndose a través de toda la superficie como una señal de que algo estaba por surgir. El suelo se tensó, se quebró desde sus profundidades, y en el centro mismo de la tierra, una fuerza comenzó a abrirse paso hacia el exterior.
De ese punto emergió el primer dragón.
Era una criatura colosal, de proporciones imposibles, cuyo tamaño por sí solo cubría al menos un continente entero. Su presencia dominaba todo cuanto existía, eclipsando la tierra, el cielo y cualquier forma de vida creada hasta ese momento. No era una bestia común, sino una manifestación de poder absoluto, nacida directamente de la sangre de Ignivar.

Ignivar lo observó.
Sin necesidad de duda ni deliberación, decidió su nombre.
Obsidian.
El padre de los dragones.
El título no era simbólico, sino una verdad impuesta desde el instante mismo de su creación. Aquella criatura no solo era la primera de su especie, sino el origen de todo lo que vendría después.
Ignivar entonces le otorgó una habilidad.
A diferencia de cualquier otra criatura, su rugido no exhalaría fuego. En su lugar, liberaría un rayo de luz capaz de desintegrar todo lo que tocara, una manifestación de destrucción absoluta que no dejaba rastro alguno. No era un poder caótico, sino preciso, directo, inevitable.
Además, le concedió la capacidad de modificar su tamaño.
Una criatura que ya era colosal no estaría limitada por su propia magnitud. Podría expandirse o reducirse según su voluntad, adaptándose sin restricción a cualquier necesidad que surgiera.
Así nació Obsidian.
El primer dragón.
Durante años, Ignivar observó cómo los primeros hombres le adoraban y respetaban sus reglas, manteniendo el orden que él había impuesto sobre la tierra. Su autoridad no era cuestionada, y su presencia se mantenía como una verdad absoluta entre aquellos que reconocían su origen.
Con el paso del tiempo, los primeros hombres comenzaron a organizarse en clanes, separándose entre sí y estableciendo territorios propios. Aquella división no permaneció en calma, pues pronto surgieron conflictos entre ellos, iniciando batallas por el dominio de las tierras y alterando el equilibrio que había sido establecido desde su creación.
Ignivar contempló estos cambios y su molestia creció al ver cómo el orden comenzaba a quebrarse, por lo que decidió actuar enviando un periodo de oscuridad que sería conocido como la larga noche.
Durante este periodo, los primeros hombres se vieron obligados a unirse para poder sobrevivir, dejando de lado sus conflictos ante la necesidad de resistir en un mundo que se había vuelto más hostil. A pesar de ello, la población humana se redujo considerablemente.
Al ver esto, Ignivar decidió otorgarles una bendición, creando a los alfas, betas y omegas.
Los omegas eran personas que, sin importar distinción de género, podían llevar vida en su interior, mientras que los alfas, también sin distinción de género, podían engendrar vida con un omega. Los betas, por otro lado, eran personas comunes dentro de aquella nueva estructura que había sido otorgada como bendición.
Cuando la larga noche terminó, los primeros hombres volvieron a unirse en clanes, pero esta vez sin caer en los conflictos que antes habían marcado su existencia. A partir de estas uniones comenzaron a formarse familias, y con el paso del tiempo estas crecieron hasta dar origen a distintos territorios organizados.
Así surgieron los primeros países.
Entre ellos, el más grande fue Westeros, una vasta extensión de tierras donde múltiples familias coexistían bajo un mismo orden. Y, entre todos los territorios, el más poderoso fue el Feudo Valyrio, cuya influencia se elevó por encima del resto.
A estos últimos, Ignivar escogió a la familia Casa Targaryen, y por su adoración les otorgó el poder para controlar a los dragones, siempre y cuando un dragón los aceptara como jinetes. Este don no era absoluto ni impuesto, sino condicionado por el vínculo entre la criatura y quien pretendiera montarla.
Con el tiempo, los Targaryen se volvieron una Casa muy respetada dentro del Feudo Valyrio, destacando por encima de muchas otras debido a su conexión con los dragones y la autoridad que esto les confería.
Sin embargo, como ocurre cuando el poder se acumula, este comenzó a corromper.
El Feudo Valyrio se volvió hostil con los demás continentes, expandiendo su dominio y sometiendo a otros bajo su influencia, con los Targaryen a la cabeza de muchas de estas acciones. Lo que en un inicio había sido una bendición, comenzó a transformarse en una fuerza de imposición.
Ignivar observó este cambio.
Y decidió ponerles un alto.
Entonces provocó la destrucción del Feudo Valyrio, causando la muerte de quienes vivían allí y poniendo fin al poder que había crecido sin medida.
Solo unos pocos Targaryen sobrevivieron.
Aquellos que no buscaban participar en esas batallas fueron preservados, pues Ignivar decidió darles una oportunidad distinta. Para ello, envió un sueño a una de las hijas de la casa Casa Targaryen, anunciándole el inminente cataclismo que arrasaría el Feudo Valyrio.
El señor de la Casa Targaryen que logró sobrevivir a lo que sería conocido como la Maldición de Valyria, comprendiendo que había sido Ignivar quien los había salvado, realizó una promesa en su nombre y en el de su linaje.
Juró que el próximo omega de sangre valyria sería consagrado o consagrada al servicio de Ignivar, entregado como consorte en honor a la vida que les había sido concedida cuando todo lo demás había sido destruido.
Sin embargo, el tiempo avanzó sin cumplir aquella promesa.
Después de ese juramento, solo nacieron alfas y betas dentro de la sangre Targaryen, sin que ningún omega llegara a existir entre ellos. Con el paso de las generaciones, la promesa dejó de mencionarse, y poco a poco fue olvidada por los hombres, quedando relegada al silencio de aquello que ya no se esperaba cumplir.
Pero no fue olvidada por Ignivar.
Durante años, Ignivar observó cómo los hombres comenzaban a adorar a otros dioses: las Catorce Llamas, los Dioses Antiguos, los Fe de los Siete, el Dios Ahogado o el Rey Merling. Sin embargo, ese detalle no le importaba, porque en esencia cualquiera de esos dioses era él mismo, adaptado a las diferentes creencias de los hombres.
Ignivar, al ver que, a pesar de algunas escaramuzas, el mundo se mantenía en paz, tomó una decisión. Se retiró a una isla en el mar, desde donde observaría todo lo que ocurría, interviniendo solo cuando fuera necesario para mantener el orden.
Antes de apartarse, ordenó a Obsidian descender y dormir en el centro de la tierra, permaneciendo allí hasta que su presencia fuera requerida nuevamente. Cuando el caos volviera a imponerse, él regresaría para restaurar el equilibrio.

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