De Enemigos A Amantes (Karmax Nagisa) by Katherine at Inkitt
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De enemigos a amantes (KarmaxNagisa)

Summary

Tengo diecisiete años. Mis manos ya no tiemblan cuando sostengo un cuchillo. Mis ojos ya no lloran cuando veo sangre. Mi corazón ya no late cuando alguien me dice "te quiero". Soy un asesino. Y no siempre fue así. Hubo un tiempo en que yo era solo un niño. Un niño que creía en el amor. Un niño que no sabía que el destino le tenía preparada la peor de las traiciones. Este es el día en que todo comenzó a romperse.

Genre
Lgbtq
Author
Katherine
Status
9h ago
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1

Tengo diecisiete años. Mis manos ya no tiemblan cuando sostengo un cuchillo. Mis ojos ya no lloran cuando veo sangre. Mi corazón ya no late cuando alguien me dice “te quiero”.

Soy un asesino. Y no siempre fue así.

Hubo un tiempo en que yo era solo un niño. Un niño que creía en el amor. Un niño que no sabía que el destino le tenía preparada la peor de las traiciones. Este es el día en que todo comenzó a romperse.

─── Nueve años atrás ───

Tengo ocho años y el corazón me late muy rápido mientras camino por el pasillo de la casa. Mis pies descalzos hacen un sonido suave contra el piso de madera. En mis manos aprieto el dobladillo de mi camisa, como si eso me diera valor.

Solo es una pregunta, me digo. Solo una pregunta. Mamá no se va a enojar.

Pero sé que me equivoco. Sé que algo va a salir mal. Lo he aprendido: con mamá, siempre algo sale mal.

Asomo la cabeza por la puerta de la sala. Ahí está ella, sentada en el sofá, con el periódico en una mano y la taza de café en la otra. Se ve elegante, imponente. Su aroma de alfa llena toda la habitación: madera quemada. Mi cuerpo, siendo omega, reacciona instintivamente: bajo la mirada, inclino un poco la cabeza. Es un reflejo que no puedo controlar. Su aroma me asfixia, me hace sentir pequeño, insignificante.

Y lo peor es que su aroma no me reconoce como suyo. No hay marca. No hay vínculo. Nunca me marcó. Nunca mordió la glándula de mi cuello para decirle al mundo que soy su cachorro. Soy un omega sin marca de alfa, un cachorro rechazado por su propia madre. Un error.

Trago saliva.

—Mamá... ¿estás ocupada?

Mi voz sale más pequeña de lo que quiero. Quería sonar firme, como los alfas de la televisión. Pero solo suena como lo que soy: un niño asustado.

Hiromi alza la cabeza. Sus ojos fríos me recorren de arriba abajo, como si evaluara si valgo la pena para interrumpir su mañana. Su aroma de madera quemada se intensifica, volviéndose más punzante, más ardiente.

—¿Qué quieres, Nagisa?

No hay cariño en su voz. Nunca lo hay. Pero hoy, por alguna razón, sus palabras duelen más de lo normal.

Respira, me digo. Solo di lo que quieres decir.

—P-podemos ir al parque de diversiones, por favor...

Las palabras salen atropelladas. Mi voz me traiciona, se quiebra en los lugares equivocados. Quiero retractarme, quiero decir “no importa, olvídalo”, pero ya es tarde.

Hiromi deja el periódico sobre la mesa. El sonido del papel contra la madera resuena como un trueno en mis oídos. Me mira con esa expresión que ya conozco tan bien: indiferencia mezclada con desdén. Su aroma de madera quemada se vuelve asfixiante, llenando cada rincón de la sala.

—¿Para qué quieres ir? Tienes que concentrarte en estudiar y no estar perdiendo el tiempo en tonterías.

Siento cómo algo dentro de mí se encoge. Las tonterías. Eso es lo que soy para ella. Una tontería.

Pero entonces, sin pensarlo, las palabras salen de mi boca. No puedo detenerlas. Es como si una parte de mí, esa parte pequeña y desesperada que todavía quiere ser amado, hablara por su cuenta:

—Mamá... ¿por qué no me quieres?

El silencio que sigue es el más largo de mi vida.

Hiromi me mira. Y por un segundo, solo un segundo, creo que va a cambiar de opinión. Creo que va a sonreír, va a abrazarme, va a decir “ay, mi niño, claro que te quiero, perdóname”.

Pero no.

—Porque me arruinaste la vida, Nagisa.

Las palabras me golpean como puñetazos. Siento que el aire me falta. El suelo parece moverse debajo de mí. Su aroma de madera quemada se vuelve cortante, ardiente, como fuego contenido a punto de explotar.

—P-por q-qué... —mi voz tiembla, las lágrimas ya están empezando a formarse—. N-no entiendo q-qué hice mal.

Hiromi suelta una risa seca, sin gracia. Hay ira en su voz, contenida pero presente.

—¡¿Por qué?! ¡Porque tenía un futuro espléndido, pero en el momento en que tu padre llegó a mi vida, la arruinó por completo! Y, para el colmo de males, se empeñó en quedar embarazado y traer un omega al mundo. ¡Mi vida se destruyó, mis sueños, mis metas, todo se acabó por culpa de ese embarazo!

El mundo se detiene.

Yo la arruiné. Yo soy el problema. Yo soy el error.

Mi propio aroma, que normalmente es dulce como flor de cerezo, se vuelve amargo, ácido, como flor marchita. El miedo me invade, y mi cuerpo omega lo traiciona, revelando mi terror. La glándula de mi cuello, sin marca de alfa, duele más que nunca. Es el recordatorio constante de que no pertenezco a nadie. De que soy un omega sin protección, sin familia, sin hogar.

Las palabras se atropellan en mi garganta, mezcladas con sollozos que ya no puedo contener:

—M-mamá, y-yo l-lo s-siento por haber arruinado tu vida.

Lo digo en serio. Lo siento de verdad. Quisiera poder desaparecer, quisiera poder borrar mi existencia para que ella sea feliz.

Hiromi ni siquiera me mira cuando responde:

—Ja, como si esas disculpas fueran a traer mi vida de vuelta a como era antes. No me hagas reír. Vete a tu cuarto, no quiero ver tu miserable cara.

Miserable. Esa es la palabra que se queda grabada en mi mente mientras corro hacia mi habitación. Soy miserable. Soy un error. Ojalá no hubiera nacido.

Cierro la puerta de un golpe y me desplomo contra ella. Las lágrimas caen sin control, empapan mi camisa, resbalan por mi mejilla hasta el suelo. Mi aroma de flor de cerezo se apaga casi por completo, volviéndose gris, casi ausente. Es la señal de un omega roto, de un cachorro que ha perdido toda esperanza.

—S-si no me quiso... ¿p-por qué me tuvo? —susurro al vacío.

Y lloro. Lloro hasta que no me quedan lágrimas. Lloro hasta que mi garganta duele. Lloro hasta que me duermo, abrazado a mi almohada, deseando ser alguien más.

Cualquiera menos un omega.

Cualquiera menos el error que arruinó la vida de mamá.

No sé cuánto tiempo ha pasado cuando escucho la puerta de entrada abrirse. Es papá.

Antes incluso de verlo, lo huelo. Vainilla. Es el aroma más seguro del mundo. Es el aroma de hogar. Y lo más importante: su aroma me reconoce. Su aroma me envuelve como una manta invisible, diciéndole al mundo que soy suyo, que estoy protegido, que tengo un lugar. Aunque no tenga la marca física de sus colmillos en mi cuello —papá nunca me mordió, dijo que yo debía elegir si quería su marca cuando fuera mayor—, su vínculo conmigo es más fuerte que cualquier mordida.

Mi cuerpo, que estaba tenso por el aroma asfixiante de mamá, por fin se relaja un poco.

Me quedo quieto en mi cama, fingiendo que duermo. No quiero que me vea llorar. No quiero que se preocupe. Él ya tiene suficientes problemas con mamá.

Escucho sus pasos en el pasillo, luego su voz en la sala. No puedo entender lo que dice, pero sé que está hablando con mamá.

Unos minutos después, escucho la voz de papá, más fuerte esta vez, llena de preocupación:

—¿Dónde está Nagisa?

Luego la voz de mamá, fría y cruel:

—En su cuarto, creo que llorando. Jajaja, qué patético.

Su aroma de madera quemada se vuelve más fuerte, más cruel. Siento un nudo en la garganta. Mamá se burla de mí. Soy patético.

La voz de papá cambia, se vuelve furiosa. Su aroma de vainilla se agria, se vuelve cortante, inusual en un omega. Es la señal de un omega furioso, protegiendo a su cachorro. El vínculo entre nosotros, ese hilo invisible que nos conecta, vibra con su furia. Siento su enojo como si fuera mío.

—¡¿Q-qué fue lo que le hiciste a mi hijo?!

No escucho bien la respuesta de mamá, pero sé que dice algo como “no le hice nada”.

Papá no le cree:

—Ja, entonces, ¿por qué está llorando mi hijo?

Mamá responde con esa tranquilidad que me hiela la sangre:

—Solo le contesté una pregunta. Jajaja, y se puso a llorar. Qué débil.

Papá grita, furioso:

—¡¡QUÉ CARAJOS LE DIJISTE A MI HIJO!!

Mamá se burla de él:

—Vaya, parece que alguien está muy enojado, jajaja. Pregúntale a tu hijo, omega patético.

Escucho los pasos de papá corriendo hacia mi habitación. Se detienen frente a mi puerta. Luego, un toque suave:

—Pequeño, ¿estás aquí?

Mi voz sale rota, apenas un susurro:

—S-sí, papá, pasa.

La puerta se abre rápidamente. Papá entra y me ve. Sus ojos se llenan de preocupación al ver mis ojos rojos, mi cara hinchada por el llanto.

—Mi niño, ¿qué pasó?

No puedo hablar. Solo lo abrazo. Lo abrazo lo más fuerte que puedo, como si quisiera fundirme con él, como si quisiera que nunca se vaya.

Papá me abraza de vuelta. Siento sus manos acariciando mi cabello con suavidad, y entonces lo huelo completamente: su aroma. Vainilla. Es envolvente, cálido, protector. Es lo opuesto al aroma frío y dominante de mamá. Y el vínculo entre nosotros se activa con fuerza: siento su amor, su preocupación, su furia hacia mamá, todo al mismo tiempo. Es como si nuestras almas se tocaran. Las lágrimas vuelven a caer, pero esta vez son de alivio. Mi cuerpo, que estaba tenso, por fin se relaja por completo. Me dejo envolver por él.

—Tranquilo, mi niño, papá siempre estará contigo.

Aprieto mi cara contra su cuello y siento algo diferente. Una cicatriz. Grande, irregular, como si alguien hubiera arrancado un pedazo de piel y lo hubieran vuelto a coser a la fuerza. Está justo donde los alfas ponen su marca.

No pregunto. Nunca pregunto. Sé que duele, porque a veces, cuando papá cree que no lo veo, se toca esa cicatriz con los dedos y su aroma de vainilla se vuelve amargo por un segundo, como si el recuerdo le quemara por dentro.

Lo único que sé es que esa cicatriz tiene algo que ver conmigo. Una vez, cuando era más pequeño, le pregunté por qué la tenía. Papá se quedó en silencio mucho rato, me abrazó muy fuerte y solo dijo:

—Es la prueba de que casi te pierdo antes de que nacieras. Pero tú me salvaste, mi niño. Tú me salvaste.

No entendí qué quiso decir. Pero sentí que era algo muy grande y muy triste, así que no volví a preguntar.

Lo miro a los ojos. Veo calidez, amor, preocupación. Es lo opuesto a los ojos de mamá, que siempre reflejan odio, repulsión, asco hacia mí. Nunca me ha mirado con calidez. Y eso duele. Duele mucho.

Papá no me presiona. Solo me abraza más fuerte. Su aroma de vainilla se vuelve más intenso, más envolvente, como si quisiera protegerme de todo el mundo. Como si quisiera marcar su territorio sobre mí sin usar los colmillos.

Finalmente, reúno el valor y le cuento todo. Le cuento lo que mamá me dijo. Le cuento cómo me hizo sentir.

Papá se queda en silencio por un momento. Veo cómo su expresión cambia, cómo se enfurece. Pero no conmigo. Con mamá. Su aroma de vainilla se vuelve más cortante, más furioso. El vínculo entre nosotros vibra con su ira.

Veo que papá está enojado, sumergido en sus pensamientos. Intento tranquilizarlo. Lo abrazo más fuerte.

Tengo que ser fuerte por mi papá, me digo. Él me ha apoyado tanto. No puedo rendirme ahora...

Papá se calma al ver mi reacción. Su aroma de vainilla se suaviza, volviendo a ser cálido y reconfortante. El vínculo se calma, volviéndose un hilo suave y constante de amor. Me mira con voz suave:

—Mi niño, ¿aún quieres ir al parque de diversiones?

Mis ojos se iluminan. ¿En serio? ¿Después de todo lo que pasó?

—¿En serio, papá?

Papá responde con calidez:

—Sí, mi niño.

Me seco las lágrimas con la manga de mi camisa. Papá me sonríe. Es una sonrisa triste, pero es una sonrisa.

Nos alistamos para salir. Cuando estamos listos, cruzamos la sala. Mamá sigue ahí, sentada en el sofá, con su periódico y su café. No nos mira. Su aroma de madera quemada sigue ahí, frío e indiferente. Sin marca, sin vínculo, sin amor.

Papá y yo decimos al unísono:

—Ya venimos.

Mamá no responde. No levanta la vista.

Salimos de la casa. El aire fresco me golpea la cara. Es liberador. El aroma de mamá se queda atrás, reemplazado por el aroma cálido de papá. Su vínculo me envuelve como un escudo invisible.

Papá me toma de la mano. Su mano es grande, cálida, segura.

Papá siempre estará conmigo, pienso. Papá me quiere. Papá me marcó con su amor, aunque no haya usado los colmillos. Eso es lo único que importa.

Y por un momento, solo un momento, creo que todo va a estar bien

Perspectiva de Hiromi

Después de que se fueron, Hiromi se quedó sentada en el sofá, con el periódico abierto frente a ella pero sin leerlo.

Creo que fui demasiado dura con ellos, pensó. En fin, no entenderán nada.

Se levantó con un suspiro. Su aroma de madera quemada se suaviza un poco, volviéndose menos asfixiante. Bueno, no importa. Como se fueron, yo también voy a salir. Como ya está anocheciendo, voy a tomar un par de tragos.

Y quizás encuentre a algún omega interesante. Alguien que sí sepa cómo comportarse. Alguien que sí merezca mi marca.

Se cambió de ropa, eligiendo algo elegante y provocativo. Se miró en el espejo y sonrió. Estaba lista para ir a una discoteca.

Que se jodan los dos, pensó mientras se ponía el perfume. Yo merezco divertirme. Y merezco un omega que me dé lo que ese patético de Raiden no puede.Tengo diecisiete años. Mis manos ya no tiemblan cuando sostengo un cuchillo. Mis ojos ya no lloran cuando veo sangre. Mi corazón ya no late cuando alguien me dice “te quiero”.

Soy un asesino. Y no siempre fue así.

Hubo un tiempo en que yo era solo un niño. Un niño que creía en el amor. Un niño que no sabía que el destino le tenía preparada la peor de las traiciones. Este es el día en que todo comenzó a romperse.

─── Nueve años atrás ───

Tengo ocho años y el corazón me late muy rápido mientras camino por el pasillo de la casa. Mis pies descalzos hacen un sonido suave contra el piso de madera. En mis manos aprieto el dobladillo de mi camisa, como si eso me diera valor.

Solo es una pregunta, me digo. Solo una pregunta. Mamá no se va a enojar.

Pero sé que me equivoco. Sé que algo va a salir mal. Lo he aprendido: con mamá, siempre algo sale mal.

Asomo la cabeza por la puerta de la sala. Ahí está ella, sentada en el sofá, con el periódico en una mano y la taza de café en la otra. Se ve elegante, imponente. Su aroma de alfa llena toda la habitación: madera quemada. Mi cuerpo, siendo omega, reacciona instintivamente: bajo la mirada, inclino un poco la cabeza. Es un reflejo que no puedo controlar. Su aroma me asfixia, me hace sentir pequeño, insignificante.

Y lo peor es que su aroma no me reconoce como suyo. No hay marca. No hay vínculo. Nunca me marcó. Nunca mordió la glándula de mi cuello para decirle al mundo que soy su cachorro. Soy un omega sin marca de alfa, un cachorro rechazado por su propia madre. Un error.

Trago saliva.

—Mamá... ¿estás ocupada?

Mi voz sale más pequeña de lo que quiero. Quería sonar firme, como los alfas de la televisión. Pero solo suena como lo que soy: un niño asustado.

Hiromi alza la cabeza. Sus ojos fríos me recorren de arriba abajo, como si evaluara si valgo la pena para interrumpir su mañana. Su aroma de madera quemada se intensifica, volviéndose más punzante, más ardiente.

—¿Qué quieres, Nagisa?

No hay cariño en su voz. Nunca lo hay. Pero hoy, por alguna razón, sus palabras duelen más de lo normal.

Respira, me digo. Solo di lo que quieres decir.

—P-podemos ir al parque de diversiones, por favor...

Las palabras salen atropelladas. Mi voz me traiciona, se quiebra en los lugares equivocados. Quiero retractarme, quiero decir “no importa, olvídalo”, pero ya es tarde.

Hiromi deja el periódico sobre la mesa. El sonido del papel contra la madera resuena como un trueno en mis oídos. Me mira con esa expresión que ya conozco tan bien: indiferencia mezclada con desdén. Su aroma de madera quemada se vuelve asfixiante, llenando cada rincón de la sala.

—¿Para qué quieres ir? Tienes que concentrarte en estudiar y no estar perdiendo el tiempo en tonterías.

Siento cómo algo dentro de mí se encoge. Las tonterías. Eso es lo que soy para ella. Una tontería.

Pero entonces, sin pensarlo, las palabras salen de mi boca. No puedo detenerlas. Es como si una parte de mí, esa parte pequeña y desesperada que todavía quiere ser amado, hablara por su cuenta:

—Mamá... ¿por qué no me quieres?

El silencio que sigue es el más largo de mi vida.

Hiromi me mira. Y por un segundo, solo un segundo, creo que va a cambiar de opinión. Creo que va a sonreír, va a abrazarme, va a decir “ay, mi niño, claro que te quiero, perdóname”.

Pero no.

—Porque me arruinaste la vida, Nagisa.

Las palabras me golpean como puñetazos. Siento que el aire me falta. El suelo parece moverse debajo de mí. Su aroma de madera quemada se vuelve cortante, ardiente, como fuego contenido a punto de explotar.

—P-por q-qué... —mi voz tiembla, las lágrimas ya están empezando a formarse—. N-no entiendo q-qué hice mal.

Hiromi suelta una risa seca, sin gracia. Hay ira en su voz, contenida pero presente.

—¡¿Por qué?! ¡Porque tenía un futuro espléndido, pero en el momento en que tu padre llegó a mi vida, la arruinó por completo! Y, para el colmo de males, se empeñó en quedar embarazado y traer un omega al mundo. ¡Mi vida se destruyó, mis sueños, mis metas, todo se acabó por culpa de ese embarazo!

El mundo se detiene.

Yo la arruiné. Yo soy el problema. Yo soy el error.

Mi propio aroma, que normalmente es dulce como flor de cerezo, se vuelve amargo, ácido, como flor marchita. El miedo me invade, y mi cuerpo omega lo traiciona, revelando mi terror. La glándula de mi cuello, sin marca de alfa, duele más que nunca. Es el recordatorio constante de que no pertenezco a nadie. De que soy un omega sin protección, sin familia, sin hogar.

Las palabras se atropellan en mi garganta, mezcladas con sollozos que ya no puedo contener:

—M-mamá, y-yo l-lo s-siento por haber arruinado tu vida.

Lo digo en serio. Lo siento de verdad. Quisiera poder desaparecer, quisiera poder borrar mi existencia para que ella sea feliz.

Hiromi ni siquiera me mira cuando responde:

—Ja, como si esas disculpas fueran a traer mi vida de vuelta a como era antes. No me hagas reír. Vete a tu cuarto, no quiero ver tu miserable cara.

Miserable. Esa es la palabra que se queda grabada en mi mente mientras corro hacia mi habitación. Soy miserable. Soy un error. Ojalá no hubiera nacido.

Cierro la puerta de un golpe y me desplomo contra ella. Las lágrimas caen sin control, empapan mi camisa, resbalan por mi mejilla hasta el suelo. Mi aroma de flor de cerezo se apaga casi por completo, volviéndose gris, casi ausente. Es la señal de un omega roto, de un cachorro que ha perdido toda esperanza.

—S-si no me quiso... ¿p-por qué me tuvo? —susurro al vacío.

Y lloro. Lloro hasta que no me quedan lágrimas. Lloro hasta que mi garganta duele. Lloro hasta que me duermo, abrazado a mi almohada, deseando ser alguien más.

Cualquiera menos un omega.

Cualquiera menos el error que arruinó la vida de mamá.

No sé cuánto tiempo ha pasado cuando escucho la puerta de entrada abrirse. Es papá.

Antes incluso de verlo, lo huelo. Vainilla. Es el aroma más seguro del mundo. Es el aroma de hogar. Y lo más importante: su aroma me reconoce. Su aroma me envuelve como una manta invisible, diciéndole al mundo que soy suyo, que estoy protegido, que tengo un lugar. Aunque no tenga la marca física de sus colmillos en mi cuello —papá nunca me mordió, dijo que yo debía elegir si quería su marca cuando fuera mayor—, su vínculo conmigo es más fuerte que cualquier mordida.

Mi cuerpo, que estaba tenso por el aroma asfixiante de mamá, por fin se relaja un poco.

Me quedo quieto en mi cama, fingiendo que duermo. No quiero que me vea llorar. No quiero que se preocupe. Él ya tiene suficientes problemas con mamá.

Escucho sus pasos en el pasillo, luego su voz en la sala. No puedo entender lo que dice, pero sé que está hablando con mamá.

Unos minutos después, escucho la voz de papá, más fuerte esta vez, llena de preocupación:

—¿Dónde está Nagisa?

Luego la voz de mamá, fría y cruel:

—En su cuarto, creo que llorando. Jajaja, qué patético.

Su aroma de madera quemada se vuelve más fuerte, más cruel. Siento un nudo en la garganta. Mamá se burla de mí. Soy patético.

La voz de papá cambia, se vuelve furiosa. Su aroma de vainilla se agria, se vuelve cortante, inusual en un omega. Es la señal de un omega furioso, protegiendo a su cachorro. El vínculo entre nosotros, ese hilo invisible que nos conecta, vibra con su furia. Siento su enojo como si fuera mío.

—¡¿Q-qué fue lo que le hiciste a mi hijo?!

No escucho bien la respuesta de mamá, pero sé que dice algo como “no le hice nada”.

Papá no le cree:

—Ja, entonces, ¿por qué está llorando mi hijo?

Mamá responde con esa tranquilidad que me hiela la sangre:

—Solo le contesté una pregunta. Jajaja, y se puso a llorar. Qué débil.

Papá grita, furioso:

—¡¡QUÉ CARAJOS LE DIJISTE A MI HIJO!!

Mamá se burla de él:

—Vaya, parece que alguien está muy enojado, jajaja. Pregúntale a tu hijo, omega patético.

Escucho los pasos de papá corriendo hacia mi habitación. Se detienen frente a mi puerta. Luego, un toque suave:

—Pequeño, ¿estás aquí?

Mi voz sale rota, apenas un susurro:

—S-sí, papá, pasa.

La puerta se abre rápidamente. Papá entra y me ve. Sus ojos se llenan de preocupación al ver mis ojos rojos, mi cara hinchada por el llanto.

—Mi niño, ¿qué pasó?

No puedo hablar. Solo lo abrazo. Lo abrazo lo más fuerte que puedo, como si quisiera fundirme con él, como si quisiera que nunca se vaya.

Papá me abraza de vuelta. Siento sus manos acariciando mi cabello con suavidad, y entonces lo huelo completamente: su aroma. Vainilla. Es envolvente, cálido, protector. Es lo opuesto al aroma frío y dominante de mamá. Y el vínculo entre nosotros se activa con fuerza: siento su amor, su preocupación, su furia hacia mamá, todo al mismo tiempo. Es como si nuestras almas se tocaran. Las lágrimas vuelven a caer, pero esta vez son de alivio. Mi cuerpo, que estaba tenso, por fin se relaja por completo. Me dejo envolver por él.

—Tranquilo, mi niño, papá siempre estará contigo.

Aprieto mi cara contra su cuello y siento algo diferente. Una cicatriz. Grande, irregular, como si alguien hubiera arrancado un pedazo de piel y lo hubieran vuelto a coser a la fuerza. Está justo donde los alfas ponen su marca.

No pregunto. Nunca pregunto. Sé que duele, porque a veces, cuando papá cree que no lo veo, se toca esa cicatriz con los dedos y su aroma de vainilla se vuelve amargo por un segundo, como si el recuerdo le quemara por dentro.

Lo único que sé es que esa cicatriz tiene algo que ver conmigo. Una vez, cuando era más pequeño, le pregunté por qué la tenía. Papá se quedó en silencio mucho rato, me abrazó muy fuerte y solo dijo:

—Es la prueba de que casi te pierdo antes de que nacieras. Pero tú me salvaste, mi niño. Tú me salvaste.

No entendí qué quiso decir. Pero sentí que era algo muy grande y muy triste, así que no volví a preguntar.

Lo miro a los ojos. Veo calidez, amor, preocupación. Es lo opuesto a los ojos de mamá, que siempre reflejan odio, repulsión, asco hacia mí. Nunca me ha mirado con calidez. Y eso duele. Duele mucho.

Papá no me presiona. Solo me abraza más fuerte. Su aroma de vainilla se vuelve más intenso, más envolvente, como si quisiera protegerme de todo el mundo. Como si quisiera marcar su territorio sobre mí sin usar los colmillos.

Finalmente, reúno el valor y le cuento todo. Le cuento lo que mamá me dijo. Le cuento cómo me hizo sentir.

Papá se queda en silencio por un momento. Veo cómo su expresión cambia, cómo se enfurece. Pero no conmigo. Con mamá. Su aroma de vainilla se vuelve más cortante, más furioso. El vínculo entre nosotros vibra con su ira.

Veo que papá está enojado, sumergido en sus pensamientos. Intento tranquilizarlo. Lo abrazo más fuerte.

Tengo que ser fuerte por mi papá, me digo. Él me ha apoyado tanto. No puedo rendirme ahora...

Papá se calma al ver mi reacción. Su aroma de vainilla se suaviza, volviendo a ser cálido y reconfortante. El vínculo se calma, volviéndose un hilo suave y constante de amor. Me mira con voz suave:

—Mi niño, ¿aún quieres ir al parque de diversiones?

Mis ojos se iluminan. ¿En serio? ¿Después de todo lo que pasó?

—¿En serio, papá?

Papá responde con calidez:

—Sí, mi niño.

Me seco las lágrimas con la manga de mi camisa. Papá me sonríe. Es una sonrisa triste, pero es una sonrisa.

Nos alistamos para salir. Cuando estamos listos, cruzamos la sala. Mamá sigue ahí, sentada en el sofá, con su periódico y su café. No nos mira. Su aroma de madera quemada sigue ahí, frío e indiferente. Sin marca, sin vínculo, sin amor.

Papá y yo decimos al unísono:

—Ya venimos.

Mamá no responde. No levanta la vista.

Salimos de la casa. El aire fresco me golpea la cara. Es liberador. El aroma de mamá se queda atrás, reemplazado por el aroma cálido de papá. Su vínculo me envuelve como un escudo invisible.

Papá me toma de la mano. Su mano es grande, cálida, segura.

Papá siempre estará conmigo, pienso. Papá me quiere. Papá me marcó con su amor, aunque no haya usado los colmillos. Eso es lo único que importa.

Y por un momento, solo un momento, creo que todo va a estar bien

Perspectiva de Hiromi

Después de que se fueron, Hiromi se quedó sentada en el sofá, con el periódico abierto frente a ella pero sin leerlo.

Creo que fui demasiado dura con ellos, pensó. En fin, no entenderán nada.

Se levantó con un suspiro. Su aroma de madera quemada se suaviza un poco, volviéndose menos asfixiante. Bueno, no importa. Como se fueron, yo también voy a salir. Como ya está anocheciendo, voy a tomar un par de tragos.

Y quizás encuentre a algún omega interesante. Alguien que sí sepa cómo comportarse. Alguien que sí merezca mi marca.

Se cambió de ropa, eligiendo algo elegante y provocativo. Se miró en el espejo y sonrió. Estaba lista para ir a una discoteca.

Que se jodan los dos, pensó mientras se ponía el perfume. Yo merezco divertirme. Y merezco un omega que me dé lo que ese patético de Raiden no puede.

Continuara...

Chapters
1. Capítulo 1
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