Piso cuarenta (Harco)
El cristal de la ventana del piso cuarenta temblaba con cada embestida. Draco Malfoy, de veinte años recién cumplidos, tenía las manos pegadas al vidrio mientras sentía el peso de Harry Potter detrás de él, marcándolo, poseyéndolo con una ferocidad que había estado contenida durante meses de miradas furtivas y encuentros cargados de tensión en los pasillos de la empresa.
—Joder, Draco... —gruñó Harry contra su oído, sus dedos morenos clavándose con fuerza en las caderas pálidas del rubio—. Aprieta más, cabrón. Aprieta esa polla que llevas meses frotando contra mi escritorio cada vez que te inclinas a dejar los informes.
Draco gimió, arqueando la espalda, presentándose más. Sus cabellos platino caían sobre su rostro sudoroso, sus ojos plateados—ese rasgo peculiar que tanto fascinaba a Harry—se habían vuelto opacos de lujuria. Llevaba puesta solo la camisa blanca, desabrochada, mientras sus pantalones y ropa interior yacían hechos jirones a unos metros de distancia, víctimas de la urgencia con la que Harry lo había arrinconado tras firmar el contrato multimillonario que acababan de cerrar.
—Fóllame, joder... —suspiró Draco, la voz entrecortada—. Deja de joderme con palabras y fóllame como llevas queriendo hacerlo desde que me contrataste, Potter.
Harry soltó una risa gutural, oscura. A sus treinta y cinco años, viudo desde hacía tres, había aprendido a reprimir sus impulsos más oscuros, a mantener la compostura frente a los tabloides y los accionistas. Pero esta noche, con el sabor del éxito en la boca y el cuerpo del joven secretario ofreciéndose ante él como un regalo profano, esa compostura se había hecho añicos.
—¿Así que quieres que te trate como a la putita que eres, Malfoy? —siseó Harry, empujando con fuerza, hundiéndose hasta el fondo en ese calor apretado que lo volvía loco.
Draco gritó, un sonido ronco que reverberó en la oficina vacía. La ciudad brillaba bajo ellos, millones de luces testigos mudo de su degradación mutua. Harry comenzó a moverse con un ritmo brutal, despiadado, cada embestida calculada para hacer gemir al rubio, para marcarlo por dentro, para que mañana, cuando se sentara en su silla ergonómica de cuero, recordara quién coño era el jefe.
—Más duro... —rogó Draco, escupiendo las palabras contra el cristal—. Fóllame como si odiaras mi puta cara de niño rico, Potter. Rómpeme.
Harry agarró un puñado de aquellos cabellos plateados, tirando hacia atrás, forzando a Draco a arquear el cuello, a ofrecer su garganta expuesta. Sus ojos verdes—esmeraldas oscuras, brillantes de algo peligroso—se encontraron con los plateados del joven en el reflejo del cristal.
—No te odio, pequeño zorra —murmuró Harry, mordiendo el hombro desnudo, dejando marcas rojas que mañana serían moretones púrpuras—. Te deseo. Y eso es mucho peor.
El ritmo se volvió frenético. El sonido de sus cuerpos chocando—carne contra carne, húmedo, obsceno—llenaba la habitación. Draco se masturbaba contra el cristal frío, su polla palpitante dejando rastros viscosos en el vidrio. Cada embestida de Harry lo empujaba contra la ventana, aplastando sus pezones sensibles, haciéndolo sentir expuesto, usado, poseído de la manera más primitiva posible.
—Vas a correrte para mí —ordenó Harry, su voz grave, autoritaria, ese tono que usaba en las juntas de accionistas, pero ahora degradado por la lujuria—. Sin tocarte más. Solo con mi polla clavada en tu culo apretado, Draco. Quiero sentir cómo me aprietas, cómo lloriqueas mi nombre cuando te vacío dentro.
—Harry, por favor...
—Dime quién es tu jefe, puta.
—Tú... tú eres mi jefe... —jadeó Draco, los ojos rodando hacia atrás, su cuerpo temblando incontrolablemente—. Joder, Harry, me vas a hacer venirme, me vas a...
Harry aceleró, sus caderas golpeando con fuerza, buscando ese punto dentro del joven que lo volvería loco. Cuando lo encontró, Draco chilló, un sonido estridente y desinhibido que contrastaba con su apariencia pulcra, su imagen de secretario eficiente y distante.
—¡Ahí, joder, ahí, no pares!
Harry no tenía intención de parar. Empujó más profundo, más duro, sintiendo la tensión acumulándose en la base de su columna, en sus pelotas apretadas contra el culo pálido de Draco. La vista del rubio deshecho, despeinado, marcado por sus dedos y sus dientes, con la espalda arqueada y el cuello expuesto, era la imagen más erótica que había visto en años.
—Ven para mí —gruñó Harry, alcanzando su propio límite—. Ahora, Draco. Joder, ahora.
Draco explotó con un alarido que seguramente se filtró hasta el pasillo exterior. Su cuerpo se contrajo violentamente, su culo apretándose con fuerza alrededor de Harry, pulsando en oleadas que arrastraron al hombre mayor al abismo. Harry gruñó, enterrándose hasta la base, y se vació dentro del joven, chorros calientes marcando territorio, una posesión cruda y primitiva que ningún contrato podría igualar.
Permanecieron así durante largos momentos, jadeando, sudorosos, unidos por la humedad y la respiración agitada. Harry no se retiró de inmediato; se quedó dentro, besando la nuca de Draco, mordisqueando la piel sensible mientras ambos descendían de la cima.
Cuando finalmente se separaron, Draco se deslizó contra el cristal hasta sentarse en el suelo de alfombra, piernas temblorosas, mirando a Harry con una mezcla de desafío y satisfacción. Su camisa estaba arrugada, manchada, su cabello un desastre plateado.
Harry se arrodilló frente a él, sus ojos verdes suavizándose apenas, y le pasó el pulgar por el labio inferior hinchado.
—Mañana —dijo Harry, su voz ronca pero firme— vas a venir a trabajar sin ropa interior. Y cada vez que pases por mi puerta, vas a recordar quién coño te poseyó esta noche.
Draco sonrió, perezoso, satisfecho, y capturó el pulgar de Harry entre sus labios, mordiéndolo suavemente.
—Sí, señor Potter.










aquí estoy reportándome ahora a leer otra vez estos jugoso One Shot