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HIDDEN DESIRE

Summary

Jimin siempre creyó conocer al hombre que amaba. Pero había una verdad que comenzaba a abrirse paso y ya nada encajaba, todo lo que creía seguro se tambaleaba. Jungkook llevaba demasiado tiempo ocultando quién era y lo que sentía. Ahora, cuando sus caminos se cruzaron de nuevo, la atracción entre ambos se volvió imposible de ignorar. Jimin tendrá que descubrir si está dispuesto a dejar atrás lo que creía conocer para elegir al hombre que siempre estuvo frente a él. ¿Será el deseo, el poder y una verdad capaz de cambiarlo todo? ⚠️ Contenido para mayores de 18 años. Hay escenas explícitas. Léelo bajo tu responsabilidad.

Status
Complete
Chapters
15
Rating
n/a
Age Rating
18+

1

La lluvia golpeaba contra los cristales del ventanal con fuerza. Fuera, la luz de los rascacielos de Seúl se veía borrosa entre la niebla. En el dormitorio, la luz del baño iluminaba apenas la tarima y la esquina de la cama deshecha.

Oí el sonido metálico de la hebilla al encajar y supe, sin girarme, que a Jungkook le quedaban dos minutos para estar listo. Yo estaba apoyado en el borde del mueble del lavabo, pasándome las manos por el pelo húmedo después de la ducha, con la camisa de seda negra abierta hasta la mitad del pecho.

—La correa izquierda te está quedando torcida —dije.

Jungkook se detuvo con los dedos sobre el cuero. Siguió mi movimiento desde el espejo, inclinando apenas la cabeza.

—Está bien así —contestó. Tenía la voz grave de recién levantado—. Si la suelto más, la pistola choca contra la costilla cuando camino rápido.

—Pero si la aprietas tanto, te va a dejar una marca en la espalda. Y esta noche vas a estar insistiendo para que te dé un masaje porque te molesta el hombro.

Me levanté sin prisa y caminé hacia él. Me detuve justo enfrente, en su espacio. Olía al café cargado que se había servido diez minutos antes. Sin pedirle permiso, levanté las manos y le desenganché el pasador.

—No me pongas esa cara —murmuré mientras le ajustaba la tira unos milímetros más abajo—. Llevas tres días durmiendo cuatro horas. Tienes la espalda tensa desde el martes. Te mueves más despacio cuando te levantas de la cama y crees que no me doy cuenta.

No protestó ni se echó hacia atrás. Él no solía ofrecer resistencia, dejaba que yo manejara la hebilla hasta colocarla en el punto exacto. Le tiré del borde de la camisa para que la tela dejara de arrugarse debajo del cuero.

Cuando terminé y di un paso atrás, su mano derecha se movió de forma automática hacia mi cintura. Me sujetó la cadera con los dedos bien abiertos, presionando la tela con la fuerza justa para mantenerme cerca.

—Siempre tiene que ser como tú digas —dijo.

—Tengo razón el noventa por ciento del tiempo, Sr. malhumor. Ya deberías saberlo.

Alcé la mano y le pasé los nudillos por la mandíbula acariciando la pequeña cicatriz, sentí la suavidad de su piel. Cerró los párpados un instante y dejó caer una parte de su peso contra mi palma. Fue un movimiento casi imperceptible, el tipo de respuesta física que jamás tenía delante de nadie más.

—Como te duermas de pie, cojo el coche y me voy yo solo al muelle —le dije, manteniendo los dedos en su piel—. Y le explico a Han que llegas tarde porque estabas echándote una siesta apoyado en mí.

—No lo harías —contestó, alzando la cara—. Sin mí no negocias igual.

—Negocio de maravilla. Lo que pasa es que a ti te gusta más pegar y luego te aburres cuando toca hablar.

No me contradijo. Le agarré la solapa de la chaqueta y se la coloqué recta con dos tirones cortos, aprovechando para comprobar de paso que la funda no le rozara el cuello.

—Han va a intentar cambiar las condiciones —dije—. Lleva semanas perdiendo dinero y necesita demostrarle a su gente que todavía tiene capacidad de mando. Si lo dejas hablar demasiado, se va a poner pesado.

—No voy a dejarlo hablar —contestó, y la mandíbula se le tensó un segundo—. Solo tiene que firmar.

Me incliné y le di un beso corto en el borde de la mandíbula, justo debajo de la oreja. Apretó el agarre en mi cintura un segundo más antes de soltarme.

—Vamos —dijo, cogiendo las llaves de casa de encima de la cómoda—. El coche está abajo.

El trayecto hasta la zona industrial de Incheon duró unos cuarenta minutos. La lluvia no cesaba y el limpiaparabrisas mantenía un ritmo constante contra el cristal.

Jungkook iba callado en el asiento trasero, con las manos apoyadas en las rodillas. Yo a su lado revisaba en la tablet las licencias de entrada de la mercancía. A veces movía la pierna y rozaba la mía, a veces yo le enseñaba una cifra en la pantalla y él asentía sin decir nada.

—Faltan dos sellos de la capitanía en el manifiesto de octubre —dije al llegar al peaje, girando la pantalla hacia su regazo—. O el administrativo de Han es un desastre o está guardándose mercancía por su cuenta.

Le echó un vistazo al documento y dejó caer la cabeza contra el reposacabezas.

—Es un desastre.

—Podrían ser las dos cosas —insistí, sin bajar el tono.

—Es posible —admitió—. Pero lleva veinte años sin saber usar una impresora.

El Minsu tomó la salida hacia el puerto y el olor a gasóleo empezó a colarse por la rejilla del aire.

Seguí con la tablet cuando el coche entró en la carretera hacia el atracadero. Había algo en los manifiestos que no me cuadraba desde la tarde y no pensaba dejarlo para después de la reunión, aunque eso significara llegar al muelle de mal humor.

—Espera —dije, ampliando una de las páginas con dos dedos y pasando a la siguiente. Las fechas coincidían. Los números, no—. Espera, espera.

—Algo muy importante debe de ser para que digas tres veces “espera” —contestó Jungkook, girándose hacia mí mientras entrelazaba los dedos sobre los muslos—. ¿Qué pasa?

Giré la pantalla hacia él y le marqué la línea con la yema del dedo, arrastrándolo hasta el número del contenedor.

—Este salió anoche a las once y cuarto —le dije—. Han lo tiene registrado esta mañana dentro de su almacén, esperando una descarga que encima vamos a pagarle nosotros al diez por ciento.

Jungkook se inclinó sobre la luz del cristal. Estuvo un rato largo así, con el hombro pegado al mío, hasta que se echó hacia atrás en el asiento y cerró la mano en un puño sobre la rodilla.

—Alguien manipuló el registro.

—Alguien lo cambió bien —dije, y noté que se me tensaba el estómago mientras volvía a comparar las dos hojas de cálculo—. Si no llego a cruzarlo con el parte de la capitanía, esto pasa por la contabilidad de este mes y nadie levanta la cabeza hasta marzo.

Sacó el teléfono del bolsillo interior de la chaqueta y me lo puso en la mano.

—Llama a Ryu y dile que vengan ya.

—Podrías llamarlo tú, que para eso te tiene miedo —contesté, dándole vueltas al aparato entre los dedos mientras sentía el peso del metal.

—Tú lo pones nervioso más rápido —dijo, apoyando la espalda en el cuero con la mandíbula apretada.

—Es el mejor cumplido que me has dicho en toda la semana —contesté, y marqué.

Ryu descolgó al segundo tono, con el ruido de puerta metálica y lluvia de fondo. Apoyé el codo en el reposabrazos y bajé la voz.

—¿Quién tuvo acceso a los manifiestos después de que salieran del despacho?

Hubo un silencio breve al otro lado de la línea. Se escuchó el golpe sordo de una ráfaga de viento contra una nave.

—Solo administración.

—Administración son ocho personas, Ryu. Dime un nombre —insistí, dando un golpecito con la uña sobre la pantalla apagada.

—Yoshimura de Osaka —dijo, y la palabra le costó salir.

Conocía ese nombre. Llevaba tres años con nosotros, había estado sentado en reuniones a dos sillas de mí, había acompañado transportes por toda la costa y tenía acceso a documentos que la mitad de los hombres de la organización no iba a ver en su vida. Por Año Nuevo le había regalado a Jungkook una botella de whisky malísimo que todavía estaba en el mueble.

—Ponme con él —dije, irguiéndome en el asiento.

—Lo intenté antes y no contesta —dijo Ryu, marcando un deje de prisa en la voz.

—¿Desde cuándo? —corté, sintiendo la postura de Jungkook tensarse a mi lado.

—Desde hace una hora.

Le pasé el teléfono a Jungkook y me quedé con la pantalla encendida sobre las rodillas.

—Que nadie salga del puerto —ordenó él, con un tono más grave—. Que revisen todos los accesos de esta noche. Todos. Y tú ven lo más rápido posible.

Colgó antes de que Ryu terminara de decir que sí y se guardó el teléfono en el bolsillo de la chaqueta.

—¿Crees que nos está vendiendo? —le pregunté, buscando su perfil entre las luces de la calle.

—Existe esa posibilidad. Creo que alguien ya lo está haciendo —contestó, ajustando la postura frente a la ventanilla.

Volví a la tablet. La cifra seguía allí, perfectamente registrada, cuadraba al céntimo, y ahora sabía que alguien se había tomado la molestia de que lo pareciera.

—Qué cabrón —murmuré.

Jungkook me quitó el dispositivo de las manos y lo apagó con el pulgar antes de dejarlo sobre el maletín.

—Después.

—No me gusta dejar una traición para después —dije—. Se pudre.

—Sabes que a mí tampoco.

Esperé una réplica y no llegó. Estaba demasiado tranquilo, quizá, aunque a esas horas y con tres noches sin dormir yo tampoco andaba para exigirle entusiasmo.

El coche entró en la zona del puerto entre los contenedores apilados y Han ya nos estaba esperando dentro del almacén.

—Después de la reunión quiero encontrar Yoshimura.

—Lo encontraremos —dijo, y abrió la puerta antes de que el vehículo hubiera terminado de frenar.

Al bajar del coche, el aire frío del muelle nos dio de lleno en la cara. Dos escoltas se adelantaron para abrir la puerta lateral de la nave, mientras el resto se quedaba fuera vigilando el perímetro.

Dentro, estaba oscuro y era amplio. Solo tres focos grandes iluminaban la zona central, donde había una mesa de madera sobre varios palés. El viejo Han estaba allí de pie, acompañado por cuatro jóvenes de su confianza.

—Park —saludó Han al verme entrar—. Llegaste a tiempo a pesar del agua.

Jungkook caminó en silencio hasta detenerse a mi derecha, un par de pasos por detrás de mí, guardando la posición frente a los acompañantes de Han. Yo me coloqué a dos metros de la mesa.

—Los papeles —dijo Jungkook, sin perder tiempo en saludos.

Han cruzó los brazos sobre el pecho y carraspeó antes de hablar.

—Tenemos un problema con la tarifa de esta noche, Park. Las tasas de aduana han subido desde el lunes. Si mantengo el diez por ciento que hablamos, me quedo sin margen para pagar a la gente de la descarga. Necesito un catorce.

Esperaba que Jungkook respondiera con alguna amenaza o con una negativa rotunda. Era lo habitual cuando alguien intentaba renegociar a última hora.

Sin embargo, guardó silencio.

Se mantuvo imperturbable, con el rostro sereno y la postura exactamente igual. Fue una pausa rara, sin ninguna tensión visible. Mostrando sobre el viejo una expresión fría, casi apagada.

—Vas a firmar con el diez por ciento —dije. Hablé con calma, sin levantar la voz.

Uno de los acompañantes de Han, molesto por la actitud, dio un paso al frente y metió la mano por dentro de la cazadora para coger un teléfono o buscar algo en el bolsillo interno. Esperé a que Jungkook dijera algo.

Se movió hacia adelante con tres pasos cortos y firmes. Le agarró el brazo y se lo estampó contra el borde de la mesa de madera con un golpe seco. Antes de que el chico pudiera gritar, le apretó hacia abajo hasta que se oyó un chasquido claro.

El acompañante cayó de rodillas al suelo, agarrándose el brazo roto y soltando un quejido. Los otros hombres de Han fueron a sacar las armas, pero nuestros escoltas ya les estaban apuntando a la cabeza.

No me moví de mi sitio. Uno de los focos parpadeó sobre la mesa y el chico siguió gimiendo contra el suelo de cemento. Lo que me desconcertó no fue el brazo roto sino lo fácil que lo rompió.

Jungkook volvió a encarar a Han. Tenía la expresión completamente neutra.

—Firma —dijo, sin mover un solo músculo más que la boca.

El viejo Han, con las manos temblándole por la sorpresa y el miedo, agarró el bolígrafo que había sobre la mesa y firmó las tres hojas de la carpeta sin decir una sola palabra más. Recogí los documentos, los doblé por la mitad con cuidado y se los entregué.

—Nos vamos —añadió, dándose la vuelta para salir hacia la calle.

Tardé un segundo en seguirlo, observando el trazo de su espalda mientras caminaba hacia la salida. Había algo en su forma de pisar, una ligera rigidez en los hombros. Fui detrás de él, pasando por encima del bolígrafo que Han había dejado caer al suelo. Fuera, uno de los escoltas sostenía la puerta del coche abierta bajo el aguacero y Jungkook se metió dentro sin esperarme.

Volvimos al coche en silencio. Las puertas se cerraron de golpe, aislando el interior del ruido del motor de los camiones del muelle.

Jungkook se sentó a mi lado, como siempre, justo detrás del conductor, y apoyó la espalda en el asiento. Dejó la carpeta a mi lado y la guardé con el documento firmado en mi maletín, lo dejé en el suelo del coche y me giré hacia él, apoyando un brazo en el respaldo para quedar más cerca.

—¿Qué te ha pasado ahí dentro? —le pregunté.

Tardó un par de segundos en volverse hacia mí.

—Han estaba dando largas —contestó. Tenía la voz de nuevo baja.

—Ya sé lo que quería Han —dije, acortando la distancia entre los dos—. Pero le has roto el brazo a ese chico sin necesidad. Ni siquiera había sacado nada del bolsillo. No sueles reaccionar así a menos que busques dar un escarmiento para todos los demás, y hoy no hacía falta.

Me sostuvo la cara con una expresión desdibujada, despojada de foco, sin encontrar la respuesta que debía darme.

Luego su actitud cambió. Alzó la mano y me agarró la nuca con los dedos, buscando el punto exacto bajo el pelo donde siempre me tocaba para tranquilizarme. Me acarició, su palma se sentía caliente y firme contra mi piel.

—Tengo un dolor de cabeza horrible desde esta mañana —dijo—. Solo quería terminar con esta mierda y salir de allí de una vez.

Solté un suspiro, incliné la cabeza y apoyé la frente contra su mejilla. No volví a preguntárselo.

—Te dije que tenías que descansar —murmuré, dejando ir la tensión que se me había acumulado en la espalda durante la transacción—. Te pones insoportable cuando no duermes. Un día vas a romperle el brazo a un camarero por traerte el café frío.

—El café frío también es un motivo —contestó, y dejó ir una respiración profunda antes de agarrarme por la cintura y tirar de mí hasta pegarme a su costado.

—En cuanto lleguemos a casa te metes en la cama —añadí, hundiendo la cara en el cuello de su chaqueta para oler el resto de colonia en su piel—. Y voy a apagar tu teléfono para que nadie te moleste hasta mañana por la tarde.

—Haz lo que quieras —dijo suavemente, pasándome los dedos por la espalda con un movimiento lento—. Mientras te quedes conmigo, me da igual el teléfono.

Cerré los ojos y me relajé contra su hombro en el trascurso que el coche avanzaba por la autopista de vuelta al centro de la ciudad.

Calculé cuánto quedaba de camino. Media hora, quizá menos. Tiempo suficiente para decidir si pedíamos algo de cena antes de llegar o si me tocaba hacer algo rápido y discutir con él para que comiera antes de meterse en la cama.

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