EL BRINDIS
Toc, toc… ¿Quién es? Ya, hemos desgastado tanto esta broma si así se la puede llamar, que… en fin, es realmente esto lo que acaba de pasar. He llamado a la puerta del ático de Milena, mi compañera de trabajo desde hace apenas un mes. Ella me acaba de responder desde detrás de la maciza puertas de su piso “quien es”. Observo cómo se levanta levemente la tapa de la mirilla de la puerta. Saludo, acercándome inconscientemente a este observador tratando de facilitarle la vista a mi mentora escolar. Siento una profunda verguenza al instante. Por dios, la estoy tratando como a una de mis alumnas de primaria. Deja de ser tan estúpida, pienso, pero no me detengo desde hace ya tiempo entre tropiezo y tropiezo. Tras varios incómodos segundos escucho con claridad varios cerrojos de seguridad abriendo paso a la manija para poder ser usada. La entrada me abre paso a un cálido abrazo por parte de la mujer. Grita mi apodo Lis cual primer día de fiesta de pijamas con sus amigas a los diez años.
—Sobra la seguridad en este… —observo el interior del asombroso piso— precioso sitio ¿no?
—Aha —sonrisa generosa tras dejar de estrujarme— nunca se sabe querida, precisamente por el lujo es por lo que los ladrones se ven atraídos.
Distingo en el ambiente un ligero hilo de un sofisticado jazz de fondo. Todo en ella es de envidiar. Su calidez, limpieza y, por supuesto, su vida.
—¿Todavía no ha vuelto tu marido, Helena? —pregunto con fines de entablar conversación, mientras ella me ubica en una de las seis sillas de la mesa redonda que preside lo que podría ser un salón o un semejante al escenario de un teatro por sus dimensiones.
—Tranquila, los invitados estarán al caer. De verdad, me hace mucha ilusión haber organizado esta maravillosa cena, Lis. Ha costado coordinar tiempos libres, ya sabes, cuando uno está dispuesto otro se enferma de forma imprevista. —mi relación con los invitados es prácticamente nula, a excepción de con su marido, Álvaro. Me invade la duda de imaginar si esta mujer habrá estado tan desesperadamente falta de entretenimiento como para hacer una ruleta y traer a su mansión en altura a seis simples desconocidos.
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—¡Hagamos un brindis! —oh, no. Otro no. Tengo un profundo resentimiento hacia el vino. No quiero estropear el momento con todos los invitados frente a mí, y especialmente frente a ella, que lo ha propuesto. Haré un esfuerzo.
—¡Por esta amistad que está apunto de iniciar! —efectivamente todos somos desconocidos entre nosotros, unidos por el fino hilo del destino; Milena. Un estruendoso sonido cristalino invade el comedor, que por su misma grandeza hace eco en el pitido ensordecedor de las copas. Me mojo los labios. Los demas sorbos son intensos y ligeramente mas largos. Hago un segundo intento esta vez vaciando ligeramente el vaso. Este se desprende lentamente de mis labios y una inoportuna gota de vino tinto cae sobre mis pantalones color blanco marmol. Maldita sea. No puedo estar asi toda la noche. Mantengo con angustia el sorbo previo de vino entre paladar y lengua. Engullo angustiosamente el trago y me levanto velozmente.
—Disculpad —la escandalosa conversación oculta mi salida de la mesa en dirección al baño. Tras ubicarme a paso ligero enfrente de la taza del baño un par de arcadas me invaden y en una tercera exagerada expulso hasta la última gota de alcohol bebida. Me seco los labios cuidadosamente para evitar deshacer los retoques de pintalabios hechos en casa. Me lavo el pantalón de forma frustrante, pues la mancha solo hace que esparcirse. me miro al espejo. Me retoco el pelo rápidamente y de forma instintiva, dado que dudo que ellos se fijen en mi salida de la conversación elegante.
Toc, toc… ¿Q-quien es? Pregunto.
—Soy Álvaro, ¿estás bien Lis? —devuelve.
—Si, ¡por supuesto! —mi carisma disminuye por momentos conforme le respondo con tono estupido. Un silencio se prolonga durante un par de segundos.
—Bien… creo que Milena quiere comentarnos algo a todos.
El silencio que sigue a las palabras de Milena es tan denso que casi puedo escuchar el zumbido de los fluorescentes ocultos en el techo. Nadie se mueve. Los cuatro nos quedamos petrificados alrededor de la mesa redonda, congelados en una macabra última cena.
—Milena, por el amor de Dios, esto no tiene ninguna gracia —la voz de Álvaro suena extraña, aguda, despojada de toda su habitual seguridad de hombre de negocios. Da un paso hacia su esposa, pero se detiene en seco cuando ella mete la mano en el bolsillo de su vestido blanco—. Baja eso. Estás sufriendo un brote. Voy a llamar a tu psiquiatra ahora mismo.
—No hay señal, Álvaro. Te lo acabo de decir —replica ella con una parsimonia que me hiela la sangre. Con la mano libre, señala la pantalla de su propio teléfono sobre el aparador: Sin servicio. El búnker que acaba de activar aísla por completo las ondas telefónicas—. Y no es ningún brote. El cianuro modificado tarda exactamente seis horas en paralizar vuestro sistema respiratorio. Hugo ya ha empezado.
Miro a Hugo, el contratista de la empresa de Milena. Sus ojos, antes llenos de una arrogancia lasciva, están desorbitados. Se presiona el estómago con las dos manos, encorvándose sobre la mesa redonda. Un hilo de sudor frío le corre por la sien, humedeciendo su cabello engominado.
—Me... me quema por dentro... —consigue bramar, y el sonido de su voz, rota por un dolor jodidamente real, desata el caos.
—Alguien yaciente en esta habitación mató a mi hijo hace diez años, y si no se confiesa en el plazo de 6 horas, morireis todos.








