THE DRAGON´S BRIDE
𝕊us manos tiemblan e intenta controlar los movimientos involuntarios de las mismas, colocando una sobre la otra, ejerciendo presión y tranquilizando su respiración levemente agitada.
La prenda transparente que lleva no le parece incómoda, sin embargo, si la encuentra innecesaria. Es igual a estar desnuda y de hecho piensa que eso hubiera sido mucho más eficaz. La ornamentación pesada en su cabeza y el velo que cubre su rostro le parecen obstructores para lo que realmente hará esa noche, y aunque, sabe que no debe decirlo en voz alta no puede evitar que sus pensamientos tengan vida propia en su interior.
No fue educada para contradecir, ni siquiera para pensar demasiado en lo extraño que era entregarse a algo que desconocía, pero se suponía que debía ser para vivir en armonía. No sabía que le esperaba, no exactamente, pero había escuchado muchas leyendas o los posibles destinos que le deparaban, y aunque no lo expresara con su rostro e intentara negarlo, tal vez sentía miedo...
Miedo de que su cuerpo fuera usado y desechado, que no fuera algo más que una ofrenda sin valor esperando su muerte. Desde pequeña le enseñaron a ser "útil" (si se le pudiese llamar así) y que respondiera a un solo nombre, novia, aún si el suyo estuviera existiendo en algún lugar de su mente que se empeña en no borrar.
No tiene gustos, sueños ni creencias, su único deseo debe ser servirle a su rey; al menos eso es lo que ha repetido por veinte años, incluso se atreve a asegurar que majestad fue la primera palabra que dijo de manera correcta.
Ahora que está intentando recomponer su tembloroso cuerpo se pregunta: ¿Este es su fin? No hizo nada con su vida, nada que la haga sentir orgullosa, no vivió mal, al menos no fue horrible a comparación con otros. Quizás tuvo suerte de ser la ofrenda entre humanos y dragones, la alimentaron bien, tuvo un techo, fue servida; ser elegida por el rey dragón era una especie de mérito, un honor. quizás le faltó amor, pero hubiera sido peor recibirlo y que se lo arrancarán abruptamente de las manos más adelante, no dejo amigos ni familia a la cual extrañar y sorprendida se encontraba agradecida por ello. No todos tenían los privilegios de los que alguna vez gozó, pero tampoco nadie envidiaba su posición.
Todos estaban conscientes de como terminaría, de hecho, tan pronto como salió de sus aposentos y se dirigía a las afueras del pueblo de Naeri, vio como preparaban su lápida Novia Núm. 300 tan pronto su día de entrega llegaba, las novias eran dadas por muertas, nunca regresaban, jamás se volvía a saber de ellas. Pero mientras más pensaba en eso la pelinegra, más aliviada se sentía, no había nada que pudiera esperar, nadie que la recibiría. Por lo menos esperaba que todo terminara rápido.
Aunque había estado semanas en el castillo sintiendo una presencia extraña por la noche, era un poco desconcertante si lo pensaba, no sabía cómo era el dragón, ni tampoco porque habían alargado tanto su tortura para acabar en el mismo punto, con el propósito ya esperado.
La habitación ostentosa estaba iluminada por la tenue luz que irradiaba las velas, con un ligero aire que le engranujaba la piel por el frío, quizás se debía a la altura en la torre en la que estaba, pensó. Estaba al borde de la cama como lo había practicado un millón de veces a la espera de su rey dragón, por noches en las que nunca se presentó, hasta hoy. aunque aún no estaba muy claro para ella si un adjetivo masculino era el adecuado, quizás eso sería blasfemia.
Sabia pocas cosas que fueran del todo reales, los libros que alguna vez leyó sobre los dragones parecían estar más afiliados a fantasías y leyendas, nada que le pudiera ayudar. Inmortalidad, parejas destinadas, amantes trágicos… Pero era consciente de una cosa, los dragones eran seres mutables y podrían tener la figura que desearan aún si nacieron con un físico o sexo pospuesto. Sus cuerpos eran algo que podían manejar a su antojo y solo por mero gusto y si así lo desearan mostrarían su forma de dragón, había escuchado historias horrorosas que terminaban en tragedia con eso último, pero intentó no pensar en ello en ese justo momento. Suspiró de una forma que pareció hacer eco antes de que anunciarán la llegada de su verdugo: El rey dragón.
Un sonido estruendoso se escuchó, un instrumento molesto para los seres inferiores como ella, pero siendo la representación de la gracia y magnificencia que representaba a los de la especie escamosa.
—Su majestad ha venido a la espera de consumar con su esposa, su reina y compañera hasta la muerte — temió que lo último fuera pronto, ni siquiera hubo una ceremonia de boda real, era de su propiedad desde el momento en que nació. Su corazón empezó a latir tan rápido que creyó que explotaría matándola al instante — que la novia mortal, presente sus respetos ante la gloriosa presencia de su alteza — la mencionada se arrodilló en el suelo, con dificultad extendió su cuerpo con todo el peso de la ornamentación en su cabeza y se inclinó, mostrando elegancia y gracia, siendo delicada con cada movimiento. La habitación era tan grande que la llegada ajena sería una especie de travesía, sentía los pasos firmes acercarse, sin apuro alguno ni ruidosos. No tenía idea de con quien se encontraría, ni siquiera había una pintura que sirviera como carta de presentación para la figura del dragón y como mucho había escuchado que era un devorador de novias, terrorífico sin dudas.
Sintió la presencia frente a ella, no se atrevía siquiera ver hacia adelante, podría jurar que, si lo hacía sin orden alguna, moriría al instante y sería una de muchas... Una más, había otras en espera sino servía como debía o eso creía. El aire cálido se torna caliente a su alrededor, casi imposible de soportar, pero ella debía hacerlo, ni un quejido involuntario debería salir de sus labios, su respiración tenía la obligación de ser suave y calmada, casi como si no fuera un humano que enfrenta el peligro.
—No tienes que contener tu respiración, podrías hacerte daño — es lo primero que escucha de una voz que la envuelve y le parece un acertijo. No puede identificarla, suena un poco distorsionada, es suave, pero grabe como si hablara con una bestia sumisa, parece hacer eco y se diluye en el ambiente fácil, no puede descifrar del todo si es hombre, mujer o... aleja el pensamiento "cosa" no es algo que deba ni siquiera pensar. Estaba tan sumergida que no había notado que por segundos dejó de respirar, así que terminó por regular su respiración — levanta la cabeza — duda sobre el pedido y niega haciendo sonar los pesados accesorios en su cabeza por el movimiento.
—¿Cómo podría, su majestad? — pregunta con voz dulce ocultando su temor — no soy merecedora de su presencia y menos de apreciar su figura — sabe lo que dice, ella conoce sobre el orgullo en la sangre dorada que corre por las venas ajenas, al menos de eso le hablaron toda su vida. Adularlos y engrandecer su ego, era una jugada infalible para sobrevivir, y aunque no tenía ninguna prueba tangible para asegurarlo, en sus adentros sentía que podía funcionar y sino... Sería su fin.
El ser contrario suspira suave y se inclina casi a la altura de quien es su esposa y compañera, quiere verle el rostro de cerca; en esta ocasión sin el velo de por medio, como en aquellas veces que lo intentó, sin la tenue luz de luna que abrazaba su belleza por las noches. Sabe que oculta una gran belleza, una que fue resguardada solo para sus ojos, para que fuera su preciado tesoro, del cual se podría satisfacer.
Quiere que levante la cabeza, pero asustarla no es su propósito, incluso... La mujer ya tiembla, aunque no parece ser consciente de eso.
—Tiemblas — le hace saber en un tono suave, pero la joven niega ante esa suposición que acaba de notar.
—Es emoción, su alteza — el mencionado esboza una sonrisa para sí mismo por lo que escucha — al fin, podré unirme a usted como corresponde — ve las manos delicadas y aparentemente suaves sobresalir del velo; con uñas bien cuidadas y con un tono perlado en ellas, solo esa parte es suficiente para que desee ver más, quiere conocer cada parte de la mujer que se oculta, pero se contiene. Al contrario de lo que creen los humanos, no es una bestia, no del todo: al menos no quiere serlo para ella.
No es un dragón dispuesto a matar solo por lo que es, ni por la reputación que procede a su especie. De hecho, sabe que dicen sobre su ser y sin embargo, le preocupa que ella lo crea y por eso le tema al punto en el que no pueda acercarse.
—¿Es así? — le sigue el juego viéndole asentir — ya veo... — suelta en un tono extraño que alerta a la contraria, no es como lo esperaba. Si, su presencia es infernalmente caliente, literalmente, y su aura es abrasadora e imponente, pero no es violenta ni asfixiante. No hay tono rudo ni palabras duras, no parece querer intimidarla, nada que se le asemeje — dime tú nombre — pide, aunque ya lo conoce, pero quiere escucharlo de ella, de su dulce y tierna voz. Duda, la chica duda, no recuerda la última vez que dijo su nombre ni a quien se lo dijo, siquiera... ¿Por qué el gran rey dragón quisiera saberlo? ¿Por qué si solo fuese una esclava? empieza a cuestionarse que es lo que quiere y porque le preguntaría algo tan insulso, piensa en que, el tan esperado encuentro con el dragón fue más escalofriante en sus sueños, sin duda no era esto lo que esperaba. Días de miedo, preocupación y largas horas de insomnio para ser tratada de una forma delicada como si fuera una flor.
—Park Sunghoon, su excelencia — responde por fin. Sus labios hormiguean al decir su propio nombre y remoja los mismos con su lengua luego de pronunciarlo.
—Eres mi esposa, no mi esclava — dice para que la mujer pueda soltarse pero sabe que le tomara tiempo adaptarse a su nueva realidad, conoce el miedo que inculcan a las novias en los dárseles, sabe que no son educadas para nada más que no sea darle placer y obedecerle pero no quiere eso, nunca ha sido lo que ha querido de ella — eres libre... de ser como quieras, eres libre de pedirme lo que desees — le asegura y las palabras confunden a Sunghoon, es más desconcertante que cualquier amenaza, en realidad parece una broma, un juego cruel donde le hacen creer que puede empezar a vivir.
Levanta un poco la cabeza, lo suficiente para ver la silueta ajena que ante sus ojos se forma y deforma de manera anormal. ¿Libertad? Era la primera vez que escuchaba dicha palabra sin que tuviera restricciones de por medio, sin un "las novias no pueden, no deben, y no desean..." Pasa saliva con dificultad por su garganta y responde sin mostrarse ansiosa.
—Yo no... Yo no tengo deseos, su alteza. Yo nunca podría, jamás me atrevería — miente porque eso es lo que aprendió cuando se trataba de sus propios anhelos. Sus manos se unen una vez más para anclar la mentira y ocultar su nerviosismo, que, sin darse cuenta, de a poco se dispersa.
El dragón se acerca aún más, peligrosamente hacia ella, envolviéndola en su calor, tan dulce como asfixiante.
—Yo no creo eso — susurra para ella paseando sus ojos por el cuerpo aún arrodillado — todos desean algo, aún si lo intentan ocultar — dice con poco peso.
Sunghoon levanta el rostro por completo, apretando sus párpados, tiene curiosidad sin duda, pero teme dar un paso en falso, equivocarse y hacer que el rostro violento del dragón se dispare por su insolencia.
—Abre los ojos, Sunghoon — pide con dulzura haciendo que la mencionada sienta arder sus entrañas por como su nombre es pronunciado delicadamente por el rey dueño de sus pesadillas. Él no puede ver su rostro aún, pero ve como le obedece está vez sin rechistar. La pálida no ve nada a través de la tela, es igual que antes, una figura que se diluye y no deja de hacerle ruido, no es así como se imaginó que sería un dragón escamoso, tampoco es intimidante viéndole de esa forma, pero sabe que no conoce nada de su alteza y esa figura podría ser la más peligrosa de todas sin saberlo, es confuso pero no por eso bajará la guardia — sabes... — retoma el habla — puedo tomar la forma que quieras, un hombre, una mujer, ambos o simplemente mostrarme en mi forma natural ante ti ¿Qué te haría sentir menos amenazada por mi presencia? — Sunghoon no sabía cómo tomar aquello, desconocía si era un juego y en un descuido bromeó.
—Quizás la figura de una dama sea más agradable para la primera noche, su alteza — no consideraba que sus palabras tuvieran algún peso, pero sintió la impotencia en ellas — yo no quise... discúlpeme su magnificencia — cubrió sus labios con arrepentimiento, eso podría herir el ego contrario. ¿Y si era una prueba? ¿Y si había fallado? Tal vez esperaba que eligiera un hombre, su figura de dragón o simplemente que dijera "lo que usted encuentre conveniente y de su agrado". Temió por su vida, pero antes de que el miedo e incertidumbre la embriagara más, noto la figura frente a ella brillar en una luz dorada intensa y cegadora.
Vio con dificultad bajo sus largas pestañas la silueta borrosa tomar una forma más definida, delicada y fémina, con curvas pronunciadas y pechos exuberantes, una piel bronceada con zonas brillantes por escamas tornasol y un cabello dorado intenso y llamativo, con rizos suaves y largos, tan impresionantes como el oro mismo, uno que hacía contraste con el suyo, tan negro como la noche misma y ondulado como olas después de un pacífico atardecer.
La figura contraria, con ojos fieros pero asequibles, que cambiaban constantemente de un color ámbar amarillento a un azul celeste, labios carnosos y unas piernas voluminosas acompañadas por caderas anchas, aunque ahora era más claro, el velo no permitía hacerle justicia a la belleza frente a ella, pero lo que pudo observar la hizo sentir que estaba frente a una diosa que acababa de nacer, digna hija de la diosa Afrodita.
—Ponte de pie — ahora, la voz era más clara, es dulce pero no suave, es cariñosa pero dominante. La joven hace caso sin rechistar en esta ocasión, la figura femenina se le acerca hasta no dejar espacio entre ellas y retirar el velo con sumo cuidado. Revela una hermosura inmaculada, que le hipnotiza, dormida era hermosa, pero sus ojos verdes; brillantes y llenos de vida eran simplemente algo que esperaba poder ver hasta que la misma desvaneciera. La mujer más bella del mundo, ella siempre lo es…
Su piel pálida, rostro fino y de mejillas sonrosadas, labios pequeños pero abultados, ojos de un tono verdoso, brillantes y expresivos que dicen más que sus palabras.
Es increíble... La admira con cuidado y ve su cuerpo cubierto por la seda transparente que define su figura de curvas suaves y pechos pequeños. Un aroma a jazmín la endulza y la melena ondulada y oscura, hace que pierda su mirada en ella y en los adornos pesados que la hacen lucir como una reina, su reina.
Sunghoon se pierde en su escrutinio, ve un brillo en los ojos ajenos que no puede describir con una palabra, pero le hacen sentir confianza, justo ahora siente cada vez menos miedo. Ahora aprecia con más claridad lo preciosa que es la dragona, está cautivada y siente un revoltijo en su vientre por la emoción creciente que alberga. Lo dicho antes había sido una pésima broma que pudo haberle costado la vida, pero ahí estaba viendo al rey dragón tomar una forma similar a la suya para su comodidad, mirándole con un deseo desbocado que alberga un cariño el cual la confunde, era algo que realmente no esperaba en lo más mínimo.
Para Sunghoon los dragones no albergaban ningún sentimiento que pudiera compararse al suyo, al menos eso era lo que le habían enseñado en su cárcel dorada, pero estaban equivocados, hasta ahora la empatía que la dragona había mostrado ante ella, la hacía parecer ser más humana que cualquier otra.
—Su majestad... — su voz fue cortada por las manos suaves al tacto acariciando su rostro con delicadeza.
—Imaginé que eras una belleza... — inició anonadada, algo no muy digno de su sangre — ni mi imaginación, ni las noches que pasé esperando por verte despertar pueden hacerte justicia — Sunghoon entiende rápidamente que ella era la presencia que sentía pesada en sus noches de temor cuando el sueño hacía que sus parpados cayeran. Las manos ajenas se dirigen al riguroso ornamento que por su fuerza siente como una pluma y lo elimina lanzándolo con tanto ímpetu que termina expulsándolo de la torre, haciéndose añicos fuera de su vista al estrellarse con las cumbres borrascosas y empinadas, bajo la altura.
Acaricia el pelo ondulado que llega más abajo de los muslos pálidos y desnudos, acercando un puñado de este a su nariz, sintiendo el aroma a jazmín más intenso, Sunghoon se deja hacer y hace un sonido extraño cuando la diestra delicada de la rubia pasa por su cintura y la apega a ella. La pálida siente bochorno, uno real cuando la nariz de la dragona se aleja de su pelo y se hunde en su cuello, la olfatea de manera obsesiva como si quisiera grabarse su olor, hace un desastre de ella y aún sin tocarla de manera indecorosa hace que tiemble.
Sunghoon no es tonta y aunque nadie ha ultrajado su cuerpo, conoce. En el darsel, le mostraron como otorgar placer, un poco limitado si contamos que nunca le enseñaron como darlo a un dragón, pero sabe de cuerpos; tanto de hombres como de mujeres, fue expuesta desde muy joven a la anatomía de estos, mientras otros aprendían de cosas más bellas como música o poesía, ella aprendía dónde y cómo tocar puntos sensibles, y llegar al placer por su propia mano.
La de piel bronceada se alejó aún examinando a la pelinegra, deseosa de hacerla completamente suya, quería darle más tiempo, aunque su añoranza le hacía imposible esperar más, pero claro no quiere hacerle daño, mucho menos obligarla, aunque pudiera. Sin esperarlo ve a Sunghoon deslizar hacia el suelo la prenda, si se le podría llamar así, que cubría su desnudez, ahora sí, mostrándole de forma más nítida ese cuerpo hermoso y perfecto. Piel aparentemente suave, abdomen plano y... su pequeño monte de Venus, le parece perfecto, no se pierde en los detalles pues de alguna forma a experimentado esto varias veces antes y aunque siempre es diferente, se siente de alguna forma igual y correcto.
—Su alteza, estoy agradecida con usted... — inicia la pelinegra con un tono formal que desea corromper — permítame cumplir con mi deber...
—Llámame por mi nombre — le pide — Sunghoon, en esta alcoba, nuestra... llámame por mi nombre — repite con esa voz aterciopelada que ha Sunghoon le parece única y erótica — llámame, Jaeyun... — la pelinegra quería negarse, era como si no le respetara, pero ella se lo pedía, así que asintió.
—Como guste, su ma... Jaeyun — se corrige rápidamente, sonríe temblorosamente por las ansias cuando nuevamente la figura contraria se acerca más.
Jaeyun está vestida, con una prenda ceñida, una especie de vestido celeste y un escote pronunciado que Sunghoon no puede dejar de mirar, aunque intenta ser respetuosa, se le dificulta apartar la mirada, es hermosa y no puede negarlo.
La diestra de la dragona viaja hacia uno de sus senos y luego son ambos los que son masajeados por la mujer, Sunghoon cierra los ojos y se deja hacer, como debe hacerlo hasta que siente los labios voluptuosos sobre los suyos, al principio es un choque casto, pero luego escala a medida que, para sorpresa de ambas, Sunghoon quiere más. Es extraño, nunca se imaginó sintiendo deseo real por el dragón, se siente atraída por un imán, como si la conociera de toda la vida, como si desde hace tiempo fueran amantes, ahí estaba, exigiendo por su cuenta un beso más profundo uniendo su lengua a la dividida de la contraria, quien envuelve su cintura y la lleva sin desespero, y con gracia hasta la enorme cama donde solo existen ellas.
Sunghoon con una confianza nueva acaricia la espalda descubierta de la rubia y luego hunde sus dedos delicados en el cabello rizado cuando el hormigueo que le golpea el estómago crece al sentir a la dragona besar más que sus labios.
Ambas respiran con dificultad y hacen sonidos que solo los amantes hacen cuando se entregan, aún si no han hecho más que besarse, pero se siente más que eso; el calor que emana del cuerpo bronceado ya no es infernal, es cálido y abrasador como si la temperatura ajena se hubiera adaptado a la otra.
—Sunghoon, mi reina — dice en un susurro que desarma a la mencionada, quien gime sin palabra ante la mención de su nombre — no deseo obligarte, pero, a ti es a quien quiero conocer por completo está noche. ¿Querrás cumplir tu deber? — Sunghoon en su ida, se pregunta si sería solo deber si empieza a desearlo.
Pero no responde solo se remueve apartando el cuerpo que está sobre ella cambiando las posiciones.
—Jaeyun, mi reina — repite el título a la otra — mi deber, será un placer por cumplir — responde, a pesar del bochorno anterior por las caricias y un beso, Sunghoon no es tímida en lo absoluto, lo conoce todo y en un movimiento inesperado está sobre la dragona deshaciéndose del vestido que porta sin mucha dificultad.
No se sorprende ante su desnudez, pero si por sus atributos, pechos grandes que en sus manos no habrían de caber, cintura marcada y caderas anchas, su vientre ligeramente abultado, el cual parece una masa suave y... Una vagina rechoncha que le hace pensar en cosas indebidas, unas que jamás imaginó pensar y que encima le parecieran de lo más atractivas.
—Es parecida a la tuya, no debería sorprenderte — dice la de piel dorada llevando su mano a la nuca de la pelinegra acariciándola con delicadeza.
—Es que... Escuché algo curioso sobre los de su especie, majestad — dice llevando sus ojos a los azules intensos y luego a la expresión graciosilla que tiene la dragona en su rostro. Su nariz está arrugada y sus cejas fruncidas, le dan un toque juguetón e inocente a su rostro tan atractivo.
—Ah... Eso, no quería que te asustaras — le dice, deslizando sus manos y acariciando los hombros pálidos — o... ¿Tienes curiosidad? — Sunghoon no se consideraba curiosa, hasta ahora, pero la verdad lo que veía también le gustaba. ¿le gustaba? La leve idea le hacía cosquillas.
—¿Puedo disfrutar de esto hoy? — pregunta para su propia sorpresa, las manos que se deslizaban por sus hombros se refugian en su rostro acariciando sus mejillas.
—Voy a concederte lo que quieras — responde con ojos que parecen sonreírle, que la miman sin siquiera pedirlo. Sunghoon asiente y la besa de nuevo esta vez con más calma, pero con la misma pasión que albergaba el anterior, sus lenguas se unen una y otra vez, sus labios se consumen y ni siquiera se cuestionan por qué se siente tan bien. Al menos Sunghoon no lo sabe.
Sunghoon se desliza, su lengua recorre todo lo que se atraviesa de la contraria, su cuello, sus senos y su abdomen, absolutamente todo, hasta llegar a su vagina húmeda la cual lame sin pensarlo demasiado, al principio es suave, lo hace una y otra vez sin apuro alguno, mientras las manos contrarias acarician dulcemente su cabeza y no pierden de vista sus movimientos. La pálida mira con gusto como Jaeyun se retuerce de placer entre sus atenciones, se siente bien ser la causante de que la dragona gima y escuchar como le llama con voz sumisa le gusta y se pregunta ¿Por qué? ¿Es acaso porque disfruta tener el control de algo por primera vez en su vida? ¿Es el aroma o el sabor incomparable? Son las cuestionantes que le envuelven mientras devora la zona íntima de la rubia. No sabe con exactitud que le inspira tanto, pero la total entrega de la mujer bajo sus trucos, le gusta.
Chupa, lame y roza con sus dientes de forma indolora, se hunde una y otra vez en la intimidad ajena hasta que su respiración ya no es suficiente. Sus delgados dedos se unen a su lengua, jugueteando sin penetrar a su reina, haciendo que está se retuerza en placer del más puro, las piernas ajenas tiemblan. Se aleja y Jaeyun le mira con la respiración entrecortada.
—Para alguien que dice que no tiene deseos...— dice la mujer entre jadeos — pareces disfrutar de tener el control en esto — Sunghoon agacha su cabeza, está avergonzada por el comentario, quizás lo disfruto demasiado y eso es un problema, pero pronto siente el cuerpo que estaba bajo sus acciones, moverse y acercarse. Siente sus labios húmedos de los fluidos ajenos, pero evita lamerlos por la cercanía de la mujer quien busca su mirada mientras sonríe de forma extrañamente dulce — está bien si te gusta… — le hace saber, tomándola de las mejillas y acariciando las mismas, acercándose más y más, hasta pasar su lengua por los labios abultados y repletos de sus fluidos. Lo que inicia como cortas lamidas se convierte en otra secuencia de besos, está vez más apresuradas; Jaeyun chupaba la lengua de su reina quien gemía por lo mismo, hasta que sus labios eran atrapados nuevamente — es un sabor curioso — dice entre jadeos la dragona mirando como Sunghoon parece deshecha por aquel beso — me pregunto ¿Cómo sabrás tu?...
Ahora es Sunghoon quien se retuerce bajo las atenciones de la dragona, ella lo es todo. se empeña tanto en hacerla sentir bien que la pálida siente no merecer tal inclinación de la mujer que la consume.
Sus manos se aferran a las sábanas porque le asusta dejarse llevar demasiado e irrespetar a la reina. los dedos largos la penetran mientras la lengua bífida se desliza con suavidad y lentitud sobre su clítoris, haciendo que suspire y gima entregada al placer inexplicable que le es otorgado. Jaeyun la mira, tiene los ojos cerrados y la respiración irregular, mueve sus caderas de forma que parece automática, lo disfruta en sobremanera, sigue estirando la vagina de la menor hasta que un temblor se adueña de ella. succiona el punto sensible hasta sentir que un líquido tibio brota de la joven. Es abundante, pero se desliza tranquilo bajo ella y sobre la boca cálida de la dragona.
—Es dulce, tal como lo imagine — dice con suavidad, relamiendo sus labios con lentitud, saboreando sin culpa los deliciosos fluidos de su ahora esposa, su reina, su mujer. Sunghoon respira agitada, pero no dice nada, no hay manera de que pueda formular alguna oración con sentido. Jaeyun se incorpora y la besa.
El beso es cuidadoso, dulce, amoroso y la pálida siente un extraño deja vu junto al hormigueo que consume sus labios. La lengua ajena explora su boca incrementando su éxtasis de esa forma que se siente correcta y esperada como un reencuentro entre amantes pasados.
—Volviste a mí, una vez más — murmura la rubia entre el beso, suena emocionada, Sunghoon no lo comprende y le resta importancia al comentario, los labios ajenos en busca de otorgarle libertad para respirar se separan de los suyos y se deslizan por su mejilla hasta el cuello largo, suave y níveo. La sensación es embriagadora, las manos acariciándola provocando gemidos que no puede controlar.
—M-mi reina…— su voz temblorosa intenta desesperadamente llamar la atención de la mujer quien dirige sus hermosos ojos azules hacia ella volviéndola muda nuevamente.
—Tan hermosa — dice la dragona — quiero tenerte más cerca, quiero hacerme una contigo, mi adorada esposa — hay algo nuevo que Sunghoon no había notado, la reina poco a poco suena más familiar, admite que eso le hace sentir como si por fin luego de años en su cárcel, hubiera encontrado un hogar amoroso.
Jaeyun toma la cintura contraria y con delicadeza envuelve sus cuerpos, sus piernas se enredan y sus partes íntimas se encuentran.
—No tengas miedo — dice la rubia sobre los labios de la pelinegra, pasando su lengua lentamente por el belfo inferior de la misma — Sunghoon… amada mía — empieza con movimientos suaves, aún sus manos se encuentran en la cintura ajena, hasta descender y empujar con cuidado la espalda baja de la pálida. Sus vaginas rozan y chocan sin mucho ímpetu, la humedad que crece en ambas crea una melodía erótica que solo combina a la perfección con sus voces quebradas por la excitación.
La adoración con la cual la dragona besa sus hombros sin detener sus movimientos la teletransporta a un lugar desconocido, Sunghoon nunca fue instruida para sentir la emoción desbordante y relajante que ahora la envuelve.
—Mi reina… yo… — su voz se desgasta de a poco y sus brazos débiles encuentran la fuerza para rodear el cuello ajeno — yo…
Jaeyun parece entenderla y con sumo cuidado hace que Sunghoon quedé recostada, sus caderas aún no se detienen, sigue siendo suave pero el remolino de los movimientos las hace delirar haciéndolas llegar juntas hasta las estrellas.
El néctar de ambas mujeres se mezcla y sus respiraciones se regulan mientras pasan los minutos. Jaeyun besa la frente sudorosa de la pálida quien no se ha perdido ni un poco de las expresiones de la de piel dorada, aún si está algo borrosa por sus ojos nublados que intentan descifrar porque hay tanta devoción en la mirada de una dragona, no cualquiera, un ser magnífico, una deidad.
—¿Tengo algo en el rostro su majestad? ¿Puedo hacer algo más por usted? — sus preguntas son ignoradas, Jaeyun lleva su mano cálida a una de las mejillas, acurrucándola al punto de transmitir algo que no puede dejar ir con palabras.
—Belleza — responde luego de unos segundos con la voz suave — Sunghoon, te dije que podrías llamarme por mi nombre — le recuerda vagamente. en su timbre no hay reproche, pero la pálida se siente avergonzada.
—Lo lamento — dice sin mas sintiéndose atraída cada vez mas por el calor del cuerpo ajeno que parece tener un imán que le llama — es difícil acostumbrarse cuando siempre ha sido toda una vida, llamarle… su alteza… — su rostro no puede evitar mostrar decepción, no es culpa de la joven y sabe que llevarla despacio es lo mejor. La luz de la luna se filtra y las ilumina más que las vagas velas que se consumen.
—Quiero mostrarte algo ¿Me acompañas? — Sunghoon no entiende porque le pregunta, ella lo hará, la seguirá, se arrastrará si se lo pide y de alguna forma no siente que es su deber, solo un deseo que parece crecer de forma natural. Sus pensamientos son una locura, estar con la mujer parece haberle mostrado una llave que uso sin consecuencias, sin embargo, no le asusta, por extraño que parezca ya no.
Asiente a la pregunta y ve una sonrisa preciosa en la mayor, que ilumina todo como si el sol eclipsara la luna esa noche. Cuando ambas están adecuadamente vestidas, Jaeyun toma la mano pálida y la une a la suya. En los días que estuvo sin contacto fue libre de hacer lo que quisiera, pero admite que por miedo no exploró lo suficiente, sin embargo, la mujer que la guía a paso cuidadoso parece mostrarle sin palabras gran parte (o eso cree) del castillo que ahora es su hogar.
Caminan por lo que se sienten horas en absoluto silencio, pero Sunghoon no siente que sea necesario la plática, no es incómodo de hecho se siente tan bien que le perturba disfrutar el silencio ahora. Aunque cuando se encuentran frente una enorme puerta el silencio deja de ser el protagonista.
—Aquí es… — dice la mayor con algo que parece ser temor en su voz, pero Sunghoon piensa que algo así es imposible.
La puerta es abierta con algo que parece un ligero empujón pero que es más fuerte de lo que imagina, iluminándose de inmediato como si estuviera encantado, es una sala, de hecho, es un largo pasillo que no parece tener un final, repleto de cuadros al óleo.
Trazos delicados, tan suaves y perfectos que parecen haber sido hechos con tanto amor y devoción, que quizás fueron creados por alguien tan enamorado que nunca perdió el toque.
Caminan despacio y Sunghoon nota… todas son pinturas magistrales que tienen una figura central con ropajes de diferentes épocas. hay algo extraño que le parece curioso, aunque ninguna de las protagonistas parece compartir parentesco, hay algo familiar que las conecta.
La pálida siente un estremecimiento al ver un corazón de rubí en todas las pinturas, algunas como un amuleto, un anillo pesado, un ornamento para el pelo, incrustados en alguna joyería o en el pecho… todas damas hermosas, con semblantes calmados, llenos de paz que mostraban una felicidad llena de tranquilidad.
Sunghoon no tiene reparo en preguntar:
—¿Quiénes son? — Jaeyun no detiene su caminata, pero responde con suavidad.
— Mi esposa — Sunghoon frunce el ceño e inevitablemente siente recelo de la respuesta en singular porque entiende que todas ellas han sido las novias anteriores. Simplemente divinas, elegantes sin importar su tono de piel, cabello, origen, idioma o complexión.
Sunghoon está cansada, hay tantos retratos hasta el punto en el que no quiere seguir mirando, escuchó alguna vez de los celos, pero cree inaceptable que sea algo que sienta, se siente inmoral e inmaduro, ni siquiera le corresponde sentir tal cosa, pero parece tan normal como si tuviera años de matrimonio con la dama que no la suelta ni un segundo, hasta que llegan a un último retrato.
Ella identifica rápidamente que es la novia doscientos noventa y nueve, pero hay algo que le parece un poco aterrador, no es del todo igual, pero reconoce alguno de sus rasgos en la rubia mujer de ojos ámbar en el retrato enmarcado, en un marco dorado como los demás.
Sus vestiduras están ciento y tanto de años atrasadas, pero Sunghoon podría admitir que cada línea de su vestido está definida con el más fino hilo de oro. Sus mejillas regordetas y sonrojadas, labios abultados y rosas, cabello abundante, rostro angelical y más animado que el suyo, pero es… similar. El corazón de rubí cuelga del escote de su vestido que está lleno de joyería bañada en oro y en distintos diamantes sin color, haciendo al rubí el protagonista de tal espectáculo visual.
Sunghoon hace un gesto que le hace sonreír, Jaeyun siente nostalgia al verlo, no dice nada, sin embargo, siente cálido en su pecho al tener tal visión que la hace viajar en sus recuerdos.
—Ella es… muy hermosa — dice la menor con un suspiro derrotado — en realidad, todas lo fueron — agrega aun sin apartar la vista del hermoso retrato. En un atrevido movimiento toca la figura como si añorara algo, hasta que es consciente de los ojos puestos sobre ella — disculpe, yo…
—No tienes que disculparte, Sunghoon — asegura — puedes tocar todo lo que quieras — su voz se tornó baja ante eso último ganándose toda la atención de la pálida.
Los iris azules, se tornan color sol, es algo que la envuelve y se pregunta en sus adentros. ¿Por qué ella es tan dulce? ¿Por qué tan permisiva? ¿Por qué quiere darle tantas libertades?... ¿Por qué siente tanta curiosidad por las novias anteriores que parecieron ser amadas?
—Mi reina, quiero saber… si es pertinente — Jaeyun asiente apenas, algo da vueltas en su cabeza — ¿Usted… las amó? — los ojos brillantes se posicionan otra vez en la pálida que traga con dificultad, no sabe porque su curiosidad no hace más que incrementar, pero pronto se pregunta si no está excediendo sus límites.
—Si, la amé y aún lo hago — responde firme viendo a la pelinegra abrazarse así misma de una forma extraña, como si se protegiera.
—Habla como si solo amara a una — dice sin pensarlo mucho por la forma tan singular en la que la mujer responde — solo…
—Ella es mortal, Sunghoon, y yo he sido castigada con la inmortalidad — su voz suena melancólica, aunque no del todo triste — un dragón milenario, que espera pacientemente por su predestinada, cada cien años… — Sunghoon le escucha con atención sin perderse un solo detalle — la veo nacer, vivir y llegar a mí una y otra vez hasta que solo desvanece — Sunghoon ve como la mayor toca con cuidado la pintura, como ella hace unos segundos atrás. Suave trazando las líneas débiles de esta —El ciclo es interminable, la veo florecer y marchitarse en mis brazos — Sunghoon atenta a su relato siente su piel engranujarse y su cuerpo vibrar por solo la voz ajena que parece contarle una historia de amor que ya ha vivido — plasmo en óleo su belleza y juventud, luego solo vivo hasta su último suspiro, hasta que el destino nos une otra vez — dice. Sunghoon está maravillada por el descubrimiento del talento que la dragona posee, pero también las palabras ajenas le dan mil vueltas.
—¿La encontró en esta vida? — pregunta inocente. Jaeyun la ve, sus ojos brillan a un en inocencia y le hace sonreír con algo de nostalgia.
—Yo siempre la elijo — Sunghoon parpadea lento como si hubiera entendido algo, vuelve a mirar la última pintura y jadea girándose nuevamente ante la mujer de hermosos ojos azules, ahora entiende ese sentimiento extraño y aquella mirada dulce. No quiere decirlo en voz alta, pero sabe que su silencio a dicho mucho más cuando la reina asiente con lentitud ante su pregunta silenciosa: “¿Acaso soy ella?”
—¿C-como…? — su voz se corta y busca con sus ojos algún lugar donde reposar su sorpresa, se siente mareada y es cuestión de tiempo para que, en una intromisión a su espacio personal, la rubia la rodee con sus brazos, sirviéndole de apoyo — ¿Por qué? — cuestiona, aunque no sabe que pregunta exactamente. Pero la duda late en todos sus sentidos ¿Por qué ella? ¿Por qué vuelve? ¿Por qué se siente así?. Cómo si acabara de entender porque sus sentimientos le hacían hincapié en que había encontrado su hogar.
—Es… una larga historia — responde con dificultad ayudando a la pálida con su equilibrio. Sunghoon no procesa la información del todo, pero ahora entiende porque se tardaba tanto en elegir una esposa, sin más ella toma asiento tembloroso en un taburete cercano por una verdad que se siente fantasía.
—Entonces… soy la simple reencarnación de tu amor — Jaeyun se arrodilla ante ella y niega. Su pelo rubio se agita con elegancia y delicadeza, sus ojos color zafiro se inundan como si pidiera disculpas por algo que no entiende.
—No es así… — responde pronto — no eres solo una reencarnación, eres mi amor — para ella, no había diferencia alguna, la ahora llamada Sunghoon, podría tener mil nombres y mil rostros, y ella sería siempre la misma.
Sunghoon no sabe que decir, sus labios tiemblan, al igual que sus manos, pero de alguna forma lleva su diestra al rostro delicado y hermoso. Jaeyun deja caer una lágrima y la pálida la limpia con su pulgar. Levanta la vista y fija la misma en el rubí de color rojo una vez más que se repite en cada pintura.
—De alguna forma… ¿Ellas recordaron nuestro pasado? — pregunta convencida de que quizás hubiera alguna forma.
—Si, la hay — responde de pronto la mayor, poniéndose de pie y alejándose unos centímetros para tomar un cofre que se encontraba frente la última pintura. Suspira y abre el objeto para mostrar lo que hay dentro a la mujer. Sunghoon ve el corazón de rubí incrustado en una corona despampanante, con cristales, perlas y un sin número de ostentosidades que jamás pensó que se le ofrecerían — el rubí… podría hacerte recordar todo… — dice con cuidado tomando una ligera pausa antes de proseguir — si lo deseas, si quieres recordar, solo debes tocarlo.
Sunghoon observa lo llamativo que es, lo hermoso y delicado que luce, siente un resplandor del que solo ella parece consiente, Jaeyun le extiende el cofre, del cual la palida acaricia los bordes y los detalles de una forma minuciosa, parece pensarlo, podría recordar todas esas vidas en las que quizás fue feliz junto a su reina, pero… ¿Esos recuerdos serían suyos? Los sentimientos que siente florecer por su cuenta ¿Luego no serían de alguien más? Se cuestiona mientras detiene la exploración y cierra el cofre con delicadeza.
—No quiero — suelta aún sin apartar las manos del objeto que ha cerrado. Jaeyun la mira fijamente buscando la razón que la joven no deja filtrar hasta que habla — no quiero los recuerdos de vidas pasadas — dice firme llevando sus orbes color esmeralda a la mujer frente a ella — dices que soy tu amor, quiero saber su majestad, si usted también es el mío sin esos recuerdos — por alguna razón siente que puede decir aquello sin represalias y no se equivoca, Jaeyun no la lastimaría ni aunque le clavara una daga, sin embargo le ha sorprendido su negación, nunca lo había hecho pero admite que de cierta forma se alegra porque puede demostrarle que eran destinados sin importar que.
—Si es lo que deseas, te mostraré que soy tu amor — en su voz había una confianza que estremecía a la menor, pero no de una manera desagradable, de nuevo se sentía correcto, estaba donde debía estar.
—Dijiste que todos tienen deseos… — murmura, bajando la mirada hacia el cofre sellado una vez más — quizás el mío sea vivir. Vivir siendo yo… y aprender a amarte como yo — Jaeyun la mira con mucho más amor del que nunca creyó haber imaginado. Cayendo en cuenta de algo que quizás nunca, en todos los años de vida que tuvo, que una novia no sentía nada por su cuenta. Eso le hizo reflexionar sobre su amor egoísta — quiero conocerte por mi — dice mirándole fijamente — deseo conocer el amor por mi propia cuenta, no adquirirlo de recuerdos pasados que no viví en carne propia, si me lo permite…
Había sido tan cruel, es en lo único en lo que la rubia puede pensar, creyo que recuperarla, que ofrecerle sus vidas posteriores la haría feliz, pero la cohibió de lo mas importante… su derecho a elección.
—Perdóname… — dijo en un susurro dolido apartando el cofre de la vista de su dama — haré que tengas una vida feliz, en esta y en muchas otras más — toma sus manos entre la suyas — serás libre… me aseguraré de que tengas elección cada día de tu vida, en lo que resta de tu vida a mi lado y en las vidas que te pertenezcan. En el futuro decidirás si regresas a mi — Sunghoon quiere sonreír, pero le es imposible, siente que hay cierto dolor en la mayor, además su motivación siempre ha sido servir, por lo cual no es tan fácil aceptarlo así nada más.
—Si este es nuestro destino… — inicia llevando sus manos al rostro ajeno — volveré a ti sin que tengas que intervenir — Jaeyun se entrega a las caricias en su rostro, aquellas palabras la reconfortan grandemente porque está segura de que esa mujer, su gran amor volverá a ella sin importar que — quiero pedirte una última cosa — dice acaparando la atención ajena.
—Lo que tú desees, mi reina…
—¿Como eres? — pregunta — quiero verlo. No con lo que me sienta cómoda sino, a ti… como eres en realidad — lo que dice hace suspirar con nerviosismo a la mujer.
—¿No te gusta cómo me veo ahora? — pregunta — elegí ser una mujer muy bella ¿No fui lo suficiente? — no lo dice dolida en absoluto de hecho Sunghoon nota que hay un tono espumeante y bromista por lo que, para su propia sorpresa, una risilla se le escapa.
—No es eso, es… — lo piensa unos minutos antes de decir su pensamiento — definitivamente usted conoce sobre belleza, pero no eres tú. No la verdadera tú — Jaeyun parpadea pronto y su rostro se torna un poco serio, muerde su labio inferior y parece algo dudosa. Tenía siglos sin mostrarse como realmente era, pues se acopló a los deseos de su amor.
—Si te muestro ¿No estarás decepcionada? — pregunta en un murmullo.
—No lo sabré si no me muestras — dice encogiéndose de hombros. Aunque parece que no le toma relevancia siente nervios. El cuerpo de Jaeyun se tensa, pero intenta no mostrarse demasiado vulnerable ante su cambio. Sunghoon mira fijamente como de manera suave las curvas y el pelo rubio y rizado desaparecen, la altura se acorta y una figura más varonil se hace presente.
La piel morena, besada por el sol hace contraste con las escamas doradas que se encuentran en puntos estratégicos, el cuerpo más formado y menos curvilíneo le parece como un imán, brazos más fuertes y marcados, pelo oscuro sin llegar a ser de su tonalidad, y luego…
Su rostro, ojos de un tono indescriptible, brillantes, dulces y enigmáticos, que aun poseyendo un color distinto no deja de ofrecer una mirada suave y amorosa. Su nariz es prominente, pero crea armonía, sus labios voluptuosos parecen un sueño y Sunghoon podría decir que es el hombre más atractivo que alguna vez tuvo la oportunidad de ver.
Sus orejas tienen una curvatura algo extraña y curiosa, con algo parecido a espinas que no la asustan en lo absoluto. Sunghoon se levanta del asiento que la mantenía estable y se acerca hasta su rey, su esposo…
Toca su rostro, lo guarda muy bien en su mente como si esperara recordarlo en sus próximas vidas. Lo acaricia con tanta delicadeza que hace a sus delicados dedos hormiguear cuando estos pueden sentir las pequeñas escamas de dragón en sus mejillas.
Sunghoon lo ve con fascinación, le parece majestuoso.
—Así soy en realidad — dice, su voz es como música para la pálida, es profunda, pero no le asusta en lo absoluto, es sedosa como caricia de seda, aterciopelada seria una mejor definicion — bueno, mi forma de dragón está algo oxidada por el tiempo que he perdurado sin adquirirla, si no te…
—Tu forma de dragón volverá, haremos que vuelva — dice hipnotizada, esta encantada por el, aún llevando sus ojos a cada parte del rostro ajeno que estudia. Ha hecho una promesa sin pesar en que es imposible — este es el rostro que debes mostrarme siempre, para siempre, incluso en mis próximas vidas, quiero ver estos ojos, está nariz, estos labios… — dice lo último pasando su pulgar sobre ellos.
—¿Por qué querrías eso? — preguntó con cuidado y parece que Sunghoon no entiende su pregunta.
—Es tu rostro... — dice como si fuera la respuesta más obvia — eso es suficiente — la forma tan inocente en la cual agrega eso ultimo hace a Jaeyun sonreír de forma inconsciente.
—Entonces, así lo hare... — su voz se vuelve un poco más baja y su mirada color oro se suaviza en espera de algo que Sunghoon no sabe como, pero lo entiende. Su mente está un poco revuelta, ha servido a su rey y esposo como corresponde, solo para descubrir que... ha repetido este ciclo en todas sus vidas, y fuera de sentirse ofendida, es extraño el alivio que experimenta, no teme morir, ni ser lastimada nunca más pues, está segura de que no sucederá.
Sunghoon se inclina y le da un corto beso, se siente extraño con todo lo hecho antes y lo que ha descubierto, pero no le cuesta continuar y profundizar la acción. Jaeyun es dulce, siente el calor de sus labios envolver los suyos y no es hasta que necesita respirar que el dragón le otorga el oxígeno que tanto necesita.
Quedan unos minutos en silencio, hasta que de la enorme puerta se filtra la luz del sol que empieza a despertar, es tenue, pero crece en brillantez. Sube de a poco y Sunghoon no puede evitar quedar completamente maravillada por los rayos luminosos, que mientras incrementan, iluminan su rostro, el miedo anterior y el encierro constante nunca le permitieron disfrutar del amanecer de aquella forma que hacía que una sonrisa creciera en su rostro.
—¿Te gusta? — pregunta el mayor mientras sigue los pasos de su esposa que de manera automática ha empezado un camino silencioso y enamorado hacia la fuente de luz.
—Es... hermoso — su respuesta es simple, pero Jaeyun de alguna forma la entiende. Todos esos años esperando por ella le cegaron en cierto punto, giro su rostro solo un poco con nostalgia viendo lo que seria abandonado para siempre, aunque no estaba triste, su esposa seguiría siendo ella, aunque no recordara sus vidas pasadas, el la amaría, la haría feliz y la conocería cientos de veces hasta que el sol dejara de brillar, los mares fueran drenados y los desiertos se convirtieran en oasis. Sunghoon era su estrella, su destino, su todo.
Cuando estuvieron fuera de aquel pasillo de recuerdos, la esfera solar ya abarcaba los largos senderos y las enormes, y extensas columnas del castillo, el horizonte desplegaba una vista esplendida que Sunghoon jamás imagino poder disfrutar, pero lo hacía, en ese momento, el aroma de una libertad que desconocía podía ser respirada.
—Podrás disfrutar de esto... — empieza el dragón tomando su mano con cuidado — todos los dias de esta vida. Si lo quieres — los ojos de Sunghoon se achican ocasionado por la misma luz que impacta en sus dulces e inocentes iris esmeraldas, haciendo que gire hacia el y entrelace las manos que eran libres.
—Yo... ¿Crees que mi retrato podría ser junto al sol? — su pregunta perspicaz y teñida de una seriedad divertida, hacen que sea imposible no sonreír nuevamente ante eso, es tal que una risilla se le escapa y Jaeyun no podía recordar la última vez que rio antes de que ella volviera a sus brazos.
—Por supuesto que sí, reina mía — lleva los dorsos suaves y los besa, hasta que ambos labios se encuentran una vez más, sellando su destino, un nuevo comienzo y una promesa de amor verdadero.
Sunghoon le amo tanto, que el destino del que su rey, su amado y esposo, le hablo le parecía limitante y triste. cada mañana, cada tarde y cada noche fueron un despertar para todo su ser junto al dragón que siempre le mostro su corazón.
Jaeyun la amo tanto, sus ideas recién formadas, sus experiencias, su risa, su aroma, su voz, el amor que le entrego, aun sin la necesidad de sus recuerdos. Todo de ella amo, fue feliz una vez más gracias a la mujer que lo acepto y le dio una libertad que desconocía necesitar.
Reinaron juntos, por muchos años, un parpadeo para el dragón, una vida plena y maravillosa para su reina. No hubo más novias, no hubo más sacrificios innecesarios, solo un retrato más. Antes de dar su último suspiro en la tierra, cuando su rostro arrugado y su pelo canoso, perdía brillo y color, Sunghoon dijo por última vez: ´´te amo, nos veremos en mi proxima vida, mi amado´´
Y así nada más, sus parpados se cerraron en la espera del descanso, entre los brazos del dragón quien beso sus labios por última vez en aquella vida efímera.
—Es hermosa ¿verdad? — la mirada que se encontraba absorta en el retrato parece afectada por la voz que escucha, es magnética, lo cual hace inevitable que se desconcentre de su apreciación.
—Si que... — su voz se corta por unos segundos al mirar al hombre a su lado — sí que lo es — culmina soltando un suspiro involuntario cuando logra tener todos sus sentidos puestos en el hombre a su lado, el cual le mira de una forma extraña, no sabría decir que es, pero no se siente incómodo al respecto.
Se pregunta si es porque es atractivo, es un hombre apuesto y de buen porte, se ve elegante y hay algo que le resulta difícil describir, pero nota rápidamente que no es el único que se ha quedado embobado con su presencia tan sentida. De repente se muestra avergonzado, se ha excedido con su estudio, sobre todo cuando nota una pequeña sonrisa formarse en los labios ajenos que se curvan en otra dirección volviendo a la pintura.
—¿Le gusta el arte? — el pelinegro se alarma, pensando que quizás el joven habla con alguien más, pero se da cuenta rápidamente que en efecto es con él.
—Eh, bueno... en realidad... — duda antes de dar una respuesta concreta, pues sus pies lo han llevado hasta la exposición que ha vislumbrado — no me consideraría un conocedor, menos un amante, pero... — bufa y ríe por lo bajo negando con la cabeza llamando la atención del castaño a su lado — no, si lo digo pensara que estoy loco — dice apenado haciendo un movimiento particular con las manos mientras no retira sus ojos de los trazos delicados que poseen la pintura.
—Pruébeme — la voz profunda resuena entre los demás murmullos, hay una suavidad que siente cercana y conocida, aunque nunca ha escuchado una igual en su vida, pero para su sorpresa, siente que puede soltar la locura que su mente ha estado trabajando desde que sus pies inconscientes lo llevaron al lugar.
—Siento como si, este lugar me hubiera llamado — inicia perdiéndose por completo en cada detalle — quizás esta obra lo hizo — continua mientras que sin que lo note es admirado de una forma peculiar por el hombre a su lado — es hermosa y delicada, tiene un algo que me ha cautivado, no sabría decir que es, pero le digo, no tengo ninguna afinidad con las artes; por lo que me es ajeno expresar más que esto — agrega vislumbrando a la dama que se encontraba en una especie de balcón.
Su largo cabello negro, recae como una cascada de suaves olas en la oscuridad de la noche, con ropajes de época en tono blanco ángel, sus ojos verdes brillantes transmiten un tipo de felicidad que le parece impactante que haya sido retratada, sus labios rojos cual carmín llevan una leve sonrisa enamoradiza, las joyas que le adornan, delicadas en todo su esplendor, el paisaje de fondo, mostrando los infinitos de una tierra verde y viva y luego ella, bañada por los rayos del sol en un atardecer mágico, casi celestial, como si de un cuento de hadas se tratase.
—No hay que tenerla para reconocer la belleza de las mismas — le responde refiriéndose a su idea de las artes, el pelinegro le escucha, aunque su vista permanece en el foco de su admiración — y no creo que este loco, de hecho, podría ser que... haya algo en ella que le resulte familiar — eso en el pálido genera un ligero clic que le hace mirar de reojo al desconocido, se siente como si tuviera todas las respuestas.
—Ya que lo menciona... siento como si la dama retratada fuera alguien cercana de alguna forma — su voz se quiebra un poco, teme que lo llamen tonto por lo que se adelanta — es absurdo lo sé — se burla de sí mismo, pero el moreno a su lado niega.
—De hecho, no... — dice suave — no me parece absurdo en lo absoluto — sus ojos de un mágico tono dorado se posicionan en él y por un momento el pelinegro cree que lo imagina, parpadea rápido y asiente ligeramente, siente que pierde la cabeza por segundos ante la jugada visual que proyecta su cerebro.
—Es usted muy amable, pero me siento algo delirante — dice mirando hacia la vitrina de vidrio bajo el retrato — ´´Corazón de rubí: el verdadero amor del dragón´´ — lee en voz alta sin poderlo evitar, siente un picor en la punta de su lengua y un pequeño estirón en el pecho, nada que le sienta mal, pero sin dudas es algo que lo descoloca.
—Tanto el rubí como esta pintura tienen más de mil años de antigüedad... — interviene el desconocido con prontitud delicada, acercándose un poco más al pálido que no se muestra incomodo por su cercanía — podrían estar relacionados con usted y ni lo sabría — aunque el pelinegro parece sentir el jugueteo en la voz ajena siente que se filtra algo más que desconoce.
—No estoy tan seguro, pero... usted tiene algo de razón — dice contrariado por sus propias palabras — por cierto ¿por qué le conoce tanto? ¿tiene alguna relación o solo es amante de las historias románticas? — pregunta con genuina curiosidad, volviéndose al hombre que imita su acción, ambos tienen sus manos en los bolsillos, como si ocultaran algo, pero ninguno se muestra preocupado por ese hecho.
—Digamos que sí y si — el más joven enarca una ceja ante su respuesta llena de ambigüedad pero nota que el contrario está dispuesto a aclararse — han estado en mi posesión durante muchos años — suelta, aunque se aclara la garganta con suma eficacia — quiero decir, han sido una reliquia familiar desde muchas generaciones — especifica, algo que deja pensando al pálido.
—Oh.... ¿Usted es dueño de esta colección? — pregunta intrigado y algo emocionado, el hombre contrario puede ver cómo se iluminan los ojos cafés, asiente sin más completamente cautivado — creo que ahora lo entiendo mejor — el moreno lo estudia con cuidado y mesura, parece querer guardar cada detalle del menor frente a él.
—Imagino, no conoce la historia que se esconde tras esta hermosa pintura — lo que dice parece un reto que el pelinegro toma con gracia. Sacude sus hombros y suelta una risa sin perturbar su posición.
—La galería es muy explicita en contar el mito del dragón y su última novia — expresa como si ya lo supiera todo, su tono divertido y ligero parece ser ajeno a todo sufrimiento y eso remueve algo en el mayor difícil de explicar, aun con todos sus años de vida ha construido su capacidad de expresión por medio del amor de su vida — la novia libre... — dice en un susurro que pudo ser inaudible pero no lo fue.
—Es más que eso... — es algo que se le escapa con nostalgia, una dura y fuerte, pero que no le hace extrañar viejos tiempos, él está aquí y ahora, justo con quien desea estar.
—¿Es así? — puede sentir como el ambiente se tornó pesado, no de una manera negativa, pero si indescriptiblemente cómoda, aun mas cuando el de cabellos castaños no dice nada ante su pregunta expectante por más. La idea que le ronda desde hace un rato brota de sus labios impulsivamente como si fuera una especie de burbuja cristalina haciendo que no pueda arrepentirse por su duda — disculpe que me atreva, pero ¿nos hemos visto antes? — el hombre le mira unos segundos, su mirada se vuelve blanda, sus parpadeos más lentos y su respiración se siente como si desapareciera ante sus ojos, pero su respuesta es un poco decepcionante.
—No lo creo — es lo que dice y el pálido no podría sentirse más engañado por alguna razón, así que empuja un poco más, insiste como si con eso pudiera tener una respuesta más satisfactoria.
—Siento que si... — la risa ajena hace eco en el salón y hace que más personas volteen a ver al hombre que les termina fascinando a todos, las manos de sus bolsillos se escapan y se encuentran en un aplauso que no es exactamente intencional, se da cuenta que ha llamado demasiado la atención y se recompone con rapidez, pero la sonrisa en su rostro no desaparece. Esta muy feliz ahora mismo.
—Bueno tal vez — dice animando al más alto que se siente un poco tonto por la reacción ajena a su insistencia — el mundo es muy pequeño probablemente pudo haber visto mi rostro por ahí, en la calle... — menciona sin mucha relevancia moviendo su balanceando su cuerpo con suavidad — quizás en una vida pasada — agrega eso ultimo con un tono bajo e inconscientemente seductor. ahora es el pálido quien ríe, acompañando al mayor en un momento cómplice del que no se ha dado cuenta. Sin embargo, puede decir que ahora está más satisfecho.
—Qué forma tan interesante de responder — dice cuando su ataque de risa casi silencioso ha terminado — soy Sunghoon por cierto, Park Sunghoon — se presenta extendiendo su mano para que sea estrechada. El castaño frente a él, no puede describir como se siente al escuchar su nombre, es una coincidencia con mil años de diferencia, pero que le parece hermosa y acogedora, mira la mano aparentemente suave, varonil, pero cuidada, como si no hubiera habido un solo día de trabajo duro en ellas y eso le hace aún más feliz.
—Jaeyun, Shim Jaeyun — Sunghoon siente un hormigo en la palma de su mano cuando el moreno por fin toma la suya y le da un fuerte apretón, el calor se transmite perfectamente, es una calidez reconfortante que Sunghoon no había sentido antes pero que le era tan familiar que provocaba estragos agradables en el inicio de su estómago.
Se miran unos pequeños segundos que se sienten eternos, sus manos no se sueltan y no les parece raro, es más Sunghoon siente que encajan perfectamente como si estuvieran hechas la una para la otra, se siente perdido por esos pensamientos tan inusuales, pero no le molestan, sabe de conexiones instantáneas, de personas que han hecho amistades eternas por una conversación sin mucha profundidad, aunque de alguna forma, siente que no es su caso.
—Sunghoon.... — Jaeyun le llama cuando decide soltar su mano, despertando al menor de su ensoñación.
—¿Sí? — el pálido siente de forma instantánea la ausencia de la mano ajena que estrechaba la suya, pero evita pensar demasiado en eso.
—¿Crees en las almas que están destinadas? — la pregunta ha sido elaborada con cuidado y Sunghoon se muestra levemente confundido por tal cuestionamiento, pero quizás sea por todo el tema del museo que parece cautivar a todos, incluso a alguien tan escéptico como él.
—Mmm... Creo más en que hay personas correctas e incorrectas para cada uno — responde sintiendo seguridad al hacerlo — alguien destinado podría hacerte mal. El destino no siempre implica ser feliz — agrega como algo que le parecía aclarar, la palabra destino para Sunghoon era de alguna forma limitante.
—Es una forma muy interesante de verlo, Sunghoon — el mayor dice su nombre tan dulcemente que parece una mentira, una fantasía, una especie de sueño envolvente que podría hacerte perder el hilo de las cosas — ¿te gustaría hablarme un poco más de esa visión? — pregunta sin muchas vueltas — quizás, tomemos algo de café, claro, si tienes tiempo y lo deseas — el pálido lo piensa unos segundos, rebuscando en sus pensamientos, alguna razón válida para declinar dicha invitación, pero no existe ninguna.
Sunghoon no sabe porque, pero decirle que no al desconocido no está entre sus opciones, hay algo en el que le inspira a confiar, tal vez es esa persona correcta o simplemente alguien incorrecto que es cautivador, no lo sabe, pero a puesta a que lo descubrirá, al menos es lo que espera cuando asiente con una sonrisa y decide aceptar aquella invitación.

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