Un castigo en Berlín
La nieve caía lentamente sobre Berlín.
No era una tormenta ni una de esas nevadas que cubrían por completo la ciudad. Eran pequeños copos que descendían con calma, acumulándose sobre los techos de los edificios, las ramas de los árboles y las calles que, a pesar del frío, continuaban llenas de gente.
Para la mayoría, era un día normal de invierno.
Para Alisa Morozova, era el comienzo de su castigo.
—¿Estás segura de que quieres hacer esto? —preguntó su madre por última vez.
Alisa sostuvo la correa de su maleta y miró hacia el exterior del aeropuerto.
—Completamente.
—Vas a estar un mes.
—Lo sé.
—En otro país.
—También lo sé.
—Y vas a tener que arreglártelas prácticamente sola.
Alisa sonrió.
—Mamá, tengo dieciséis años. No soy una niña.
Su madre la observó durante unos segundos.
—Eso mismo dijiste antes de romper la lámpara del salón.
—Fue un accidente.
—La lámpara estaba al otro lado de la habitación.
—Un accidente con circunstancias especiales.
Su madre suspiró.
Alisa sabía perfectamente por qué estaba allí.
Durante los últimos meses se había vuelto cada vez más caprichosa. Cuando quería algo, lo quería inmediatamente. Cuando algo no le gustaba, lo hacía notar. Y cuando sus padres intentaban ponerle límites...
Bueno.
Digamos que Alisa no era precisamente famosa por aceptar un "no" con facilidad.
Por eso habían decidido enviarla a Alemania durante un mes.
Un intercambio estudiantil.
Lejos de casa.
Lejos de sus padres.
Y, según ellos, con suficiente tiempo para aprender a valerse por sí misma.
Alisa, sin embargo, había encontrado un pequeño problema con esa idea.
A ella le parecía genial.
—Alemania... —murmuró mientras observaba la ciudad desde el vehículo que la llevaba a su alojamiento—. Un mes sola.
Sonrió.
—Esto no parece un castigo.
Todavía no sabía lo equivocada que estaba.
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Unas horas después, Alisa descubrió que vivir sola en otro país tenía una pequeña dificultad.
El idioma.
—Entschuldigung...
La palabra salió de su boca con una seguridad que no correspondía en absoluto con lo que vino después.
—¿Wo ist... eh...
Se quedó en silencio.
La persona frente a ella la miró.
Alisa miró su mapa.
Después volvió a mirar a la persona.
—...Max... Planck...
La expresión de la otra persona cambió ligeramente.
Alisa tragó saliva.
—Gymnasium.
La persona respondió algo en alemán.
Alisa parpadeó.
—...
No había entendido absolutamente nada.
—Sí.
La persona volvió a hablar.
—Sí.
Alisa asintió varias veces, aunque seguía sin entender.
—Danke.
Se alejó.
Solo cuando estuvo suficientemente lejos se detuvo.
—No entendí nada.
Miró el mapa.
—Nada.
Había estudiado alemán antes de venir.
O, al menos, eso creía.
Había memorizado algunas frases.
Había practicado pronunciaciones.
Incluso había visto vídeos.
Pero una cosa era escuchar alemán en una aplicación y otra completamente distinta era enfrentarse a una persona que hablaba con velocidad normal.
Alisa suspiró.
—Tal vez debería haber estudiado un poco más.
Continuó caminando.
Berlín era mucho más grande de lo que había imaginado.
Edificios antiguos mezclados con construcciones modernas. Cafeterías llenas de gente. Bicicletas pasando constantemente. Automóviles. Personas caminando con abrigos gruesos mientras la nieve comenzaba a acumularse lentamente sobre las veredas.
Todo parecía interesante.
Y al mismo tiempo...
Demasiado.
Alisa bajó la mirada.
Varias personas habían vuelto a mirarla mientras caminaba.
No era algo que le sorprendiera demasiado.
Desde pequeña había escuchado comentarios sobre su cabello rubio, sus ojos celestes, casi del color del hielo, y sus facciones.
Pero en aquel momento no le resultaba agradable.
Sentía las miradas.
Y eso hacía que caminara cada vez más rápido.
—¿Por qué todos miran...?
Se acomodó el cabello detrás de la oreja y continuó.
Entonces ocurrió algo extraño.
Un chico pasó junto a ella.
Alisa lo miró de reojo.
Era aproximadamente de su edad.
Cabello castaño.
Ropa sencilla.
Expresión tranquila.
Caminaba con las manos en los bolsillos, como si la nieve, el frío y toda la gente a su alrededor fueran parte del paisaje.
Alisa esperó que la mirara.
No lo hizo.
Pasó junto a ella.
Nada.
Ni una mirada.
Ni siquiera un segundo de curiosidad.
Alisa siguió caminando unos pasos.
Luego se detuvo.
Giró ligeramente la cabeza.
El chico ya se alejaba.
—...
Parpadeó.
—¿Ni siquiera me miró?
No sabía por qué aquello le había llamado tanto la atención.
Quizás porque era la primera persona desde que había llegado que parecía no prestarle la menor importancia.
Alisa volvió a mirar su mapa.
Max-Planck-Gymnasium.
Ese era el lugar al que debía llegar.
Su instituto durante el próximo mes.
Miró las calles.
Después el mapa.
Después las calles nuevamente.
—Estoy perdida.
Lo dijo en voz baja.
Intentó orientarse.
Giró el mapa.
Lo volvió a girar.
—¿Por qué hay tantas calles?
Suspiró.
Podía regresar al alojamiento.
Podía llamar a sus padres.
Podía pedir ayuda.
Pero ninguna de esas opciones le agradaba.
Especialmente la segunda.
No quería escuchar a su madre decir:
"Te lo dije."
Así que miró hacia adelante.
El chico de antes todavía estaba a cierta distancia.
Alisa dudó.
Era probablemente la única persona que había visto ese día que no parecía interesada en ella.
Y, aunque no sabía por qué, eso le daba un poco de confianza.
—...
Apretó el mapa entre sus manos.
—Bueno.
Respiró profundamente.
—Solo tengo que preguntarle.
Comenzó a caminar detrás de él.
—¡Espera!
El chico se detuvo.
Giró lentamente la cabeza.
Por primera vez, sus ojos se encontraron.
Alisa sintió que el corazón le daba un pequeño salto.
No porque estuviera enamorada.
Ni mucho menos.
Simplemente estaba nerviosa.
Era la primera vez que iba a intentar hablar con un desconocido en Alemania.
Se acercó unos pasos.
Abrió la boca.
Y entonces se dio cuenta de algo.
No sabía cómo formular la pregunta.
—Eh...
El chico esperó.
Alisa miró el mapa.
Después a él.
—¿Cómo se decía...?
Silencio.
La nieve continuó cayendo entre ambos.
Y así fue como, en una calle cualquiera de Berlín, dos personas que todavía no sabían absolutamente nada la una de la otra estaban a punto de conocerse.
Y, aunque ninguno de los dos lo sabía todavía...
Ese encuentro cambiaría sus vidas.
Continuará.








