Capítulo 1
El repicar de las gotas de lluvia fría contra el metal oxidado de un contenedor de basura fue lo primero que devolvió la conciencia a Son Gokú. Un segundo después, un rugido ensordecedor de motores y bocinas distantes le llenó los oídos, mezclándose con un espeso olor a asfalto mojado, humedad y humo de diésel.
El saiyajin abrió los ojos de golpe y se sentó sobre el suelo gris. No había rastro de la plataforma destruida del 23° Torneo de las Artes Marciales. No había olor a azufre, ni rastro de Piccolo, ni gritos de Krilin celebrando su victoria.
Se miró las manos. Estaban callosas y desgastadas, pero notablemente más pequeñas. Su cuerpo ya no tenía la altura ni la musculatura imponente con la que había peleado hace apenas unos instantes; había regresado a la complexión de sus dieciséis años. Concentró su mente un segundo y respiró aliviado: su Ki y sus recuerdos del entrenamiento con Kami-sama estaban intactos, pero sentía los músculos entumecidos y rígidos, como si el propio entorno bloqueara su fluidez por la falta de un entrenamiento pesado en este nuevo lugar.
—“¡Maldita sea! ¡Te dije mil veces que no tocaras ese artefacto en el laboratorio de mi papá antes de que el torneo terminara de distorsionar el espacio-tiempo!”—
Una voz aguda, cargada de frustración al aire y hablando un coreano absurdamente fluido que la mente de Gokú asimiló y tradujo al instante, lo hizo girar la cabeza.
A un par de metros, sentada sobre una caja de plástico volcada, estaba Bulma. Vestía un uniforme escolar coreano genérico de falda tableada y camisa blancaque claramente le quedaba un poco grande. Su cabello azul brillante estaba algo alborotado, y sostenía un folleto arrugado que parecía ser un mapa turístico de la ciudad. Ella también había regresado a sus dieciséis años.

—“¿Bulma?”— Gokú habló, extrañado por notar que su voz volvía a sonar un poco más juvenil. —“Vaya, este lugar es muy raro. No puedo sentir el Ki de nadie conocido... de hecho, el Ki de la gente a la redonda es increíblemente bajo. Es como si nadie aquí supiera lanzar un golpe”—
Bulma soltó un largo suspiro de exasperación, frotándose las sienes antes de ponerse de pie y clavarle una mirada intensa.
—“¡Porque no es nuestro mundo, genio!”—exclamó Bulma, agitando el mapa frente a su rostro y continuó diciendo:
—“No hay Cápsulas Hoi-Poi, no hay tecnología de nuestra corporación, y según este mapa y los letreros de la avenida, estamos en un lugar llamado Seúl, en Corea del Sur. Y para colmo de males, ¡tenemos dieciséis años otra vez! ¡Toda mi hermosa juventud se reinició por completo!”—
Gokú se rascó la nuca, soltando una risa ligera que contrastaba con la madurez y la calma de su mirada de guerrero experimentado y ni siquiera le importó que se encogió a 1.55 mt.

—“Bueno, al menos estamos juntos. Además, si la gravedad es normal, solo tendré que entrenar el doble de duro para recuperar mi condición. No pasa nada”—
Bulma arrugó el mapa con una mano, y una chispa de pura ambición y determinación brilló en sus ojos azules. Caminó hacia él, plantándose con los brazos cruzados y apuntándole con el dedo directamente al pecho.
—“Escúchame bien, Gokú. En este mundo no hay villanos con antenas, ni reyes demonio, ni Milicias mundiales con ganas de conquistar el mundo a las que puedas vencer a puñetazos. Aquí el poder no se mide en unidades de Ki... se mide en dinero, influencia, títulos académicos y estatus social. Aquí el mundo lo gobiernan monstruos corporativos gigantescos. Empresas como Y&M Food, filial del grupo Cosmos, el grupo HW, entre otras empresas tienen el control absoluto de lo que la gente come y de cómo vive”— terminó de decir la Brief que, en las vagas memorias del pasado de este cuerpo… solo recuerda que el tema tecnológico todavía está en pañales e innovar es algo que no esperarán en este país.
Gokú alzó una ceja, procesando las palabras y le hace la pregunta a su amiga:
—“¿Grupo Cosmos o Uju, Grupo HW u otras empresas? ¿Es una escuela de artes marciales?”—
—“Peor. Son corporaciones”—la sonrisa de Bulma se volvió astuta y calculadora para continuar sus dichos:
—“Si queremos comer tres veces al día, tener un techo digno y construir nuestro propio imperio desde cero... nuestra propia Corporación... vamos a tener que jugar bajo sus estrictas reglas. Yo soy un genio y pienso devorarme el sistema académico y tecnológico de este país a la velocidad de la luz. Pero tú... tú vas a tener que usar esa disciplina de acero que tienes. Vas a trabajar en lo que sea para capitalizarnos, y por las noches te vas a sentar a estudiar lo que yo te ordene. Nos meteremos en las entrañas de esa empresa y les quitaremos el mercado en sus propias caras. ¿Entendido?”— responde Bulma con ambición y apuntando en alto tal como lo hizo su padre en su vida en otra realidad.
Gokú la miró en silencio unos segundos, rascándose la nuca con cara de quien acaba de escuchar la peor noticia del día.
—“Estudiar… todas las noches…” —repitió despacio, como si las palabras le supieran amargas—. “Eso suena… terriblemente aburrido, Bulma. ¿De verdad tengo que hacerlo? Yo soy bueno golpeando cosas, cargando peso y entrenando hasta que el cuerpo no dé más. Pero sentarme a mirar papeles llenos de números raros… eso no es lo mío.”—
Bulma abrió la boca, pero Gokú siguió hablando antes de que pudiera interrumpirlo.
—“¿No puedo solo trabajar más horas? O entrenar el doble de duro. Si me hago más fuerte, seguro puedo conseguir dinero de otra forma. O… no sé, pelear en esos torneos que hacen por aquí. ¡Eso sí suena divertido! Estudiar suena a tortura.”—
—“¿Tortura?” — Bulma lo miró como si hubiera dicho la mayor estupidez del universo. Una vena le empezó a latirle con fuerza en la sien. —“Gokú, ¿me estás escuchando? ¡Este no es nuestro mundo! Aquí no hay torneos de artes marciales que te den prestigio ni dinero de verdad. Aquí si no tienes títulos, contactos y estatus, te aplastan. Y si tú no estudias, yo sola no puedo cargar con todo.”—
Gokú frunció el ceño, todavía resistiéndose.
—“Pero es que… se me da mal. Siempre se me ha dado mal. En la escuela de la Tortuga casi nunca prestaba atención a esas cosas. Prefería entrenar. ¿Y ahora de repente tengo que volverme un… un estudiante modelo? Suena imposible. Y aburrido. Muy aburrido.”—
Bulma dio un paso adelante y le clavó el dedo índice en el pecho con fuerza.
—“¡Escúchame bien, cabeza de chorlito! Yo no te estoy pidiendo que te conviertas en un genio de la noche a la mañana. Te estoy pidiendo que te esfuerces. Que uses esa misma terquedad que usas para pelear y la pongas en los libros. Porque si no lo haces… nos quedamos en este callejón comiendo sobras el resto de la vida. ¿Eso es lo que quieres? ¿Que yo tenga que renunciar a todo porque tú prefieres no aburrirte un rato?”—
Gokú bajó la mirada. Apretó los puños. Se notaba que la idea le repugnaba, pero también que no quería fallarle.
Pasaron varios segundos en silencio. Finalmente, soltó un largo suspiro derrotado.
—“…Está bien” — murmuró, todavía con cara de resignación total. —“Lo haré. Aunque me muera de aburrimiento… lo haré. Pero que quede claro que no me gusta ni un poco.”—
Bulma soltó el aire que estaba conteniendo, todavía visiblemente irritada, y se pasó una mano por el cabello alborotado.
Gokú la miró de arriba abajo en ese momento, como si recién se diera cuenta de algo, y abrió la boca con su típica sinceridad brutal:
—“Oye, Bulma… ahora que lo pienso. Tú que siempre estabas tan obsesionada con tu belleza… ¿por qué te ves tan horrible? El cabello lo tienes todo revuelto y esa chaqueta te queda grande…”—
¡Plaf!
El coscorrón llegó tan rápido que Gokú ni siquiera pudo esquivarlo. Se llevó ambas manos a la cabeza con una mueca de dolor.
—“¡Ay! ¡¿Por qué me pegas?!”—
—“Porque eres un idiota, cabeza hueca” — le espetó Bulma, todavía con el puño en alto. —“¿Horrible? ¡No estoy horrible, estoy desaliñada! ¿Y sabes por qué? Porque en este mundo no tengo nada. Estoy en las mismas condiciones que tú: sin dinero, sin laboratorio, sin Corporación Cápsula, sin nada. Primero voy a hacer un imperio. Primero voy a ser rica. Y cuando tenga todo eso… entonces me preocuparé de mi belleza otra vez. ¿Quedó claro, o necesitas otro coscorrón para que entre en esa cabeza de piedra?”—
Gokú, todavía frotándose el cogote, asintió con una sonrisa torcida y un poco arrepentida.
—“Quedó claro… quedó claro.”—
En el papel sonaba fácil. Una simple lista de tareas: trabajar, estudiar, ascender. Pero en la realidad coreana... aquello estaba a punto de convertirse en una tortura psicológica y física peor que estar entrenando bajo la gravedad aumentada o soportando los golpes del Rey Demonio Piccolo.
Mientras daban los primeros pasos fuera de aquel callejón bajo la llovizna de Seúl, los vagos recuerdos de una vida entera en ese país empezaron a asentarse en sus mentes, acoplándose con sus identidades originales y esa sensación de volverse uno, algo extraño. No eran extranjeros caídos del cielo; tenían un registro civil, una dirección asignada y nombres coreanos que debían usar para mimetizarse por completo en la estricta sociedad de los manhwas corporativos.
Bulma se detuvo frente al reflejo del vidrio de una tienda, acomodándose la chaqueta del uniforme escolar mientras revisaba su identificación de estudiante.
—“A partir de ahora, nada de “Bulma” en público”—dijo ella, mirando de reojo las calles llenas de ejecutivos apurados —“Aquí mi nombre legal es Chae Bu-rin (채부린). Suena elegante, inteligente y mantiene la esencia de mi nombre original. Nadie va a sospechar”— terminó de decir la peli turquesa mientras recordaba vagamente donde vivían.
Gokú parpadeó, hurgando en los bolsillos de su gastado pantalón de mezclilla hasta que sus dedos tropezaron con una pequeña tarjeta de identificación estudiantil, arrugada y con una foto de su rostro con el cabello azabache alborotado. La leyó en voz alta, arrastrando las sílabas con curiosidad:
—“Son Ho-guk (손호국)...”— Gokú sonrió, rascándose la nuca para seguir diciendo:
—“Vaya, se siente un poco raro, pero el apellido Son se queda igual. “Ho-guk” suena fuerte, como el nombre de alguien que protege algo. Me gusta”—
—“Te gusta porque no tienes idea de lo que te espera, “Ho-guk” — sentenció Bu-rin (Bulma) resaltando el nombre koreano de su mejor amigo, dándole un sutil pero firme golpe con el mapa en el hombro. —“Ser un estudiante de secundaria de dieciséis años en Corea del Sur significa competir contra millones de cerebros en el examen de ingreso a la universidad. Y como tu registro de calificaciones actual da pena, vamos a tener que reconstruir tu cerebro desde cero”— terminó de decir la peli turquesa recordando ese informe de notas de su mejor amigo y socio.
Llegando a su apartamento de acuerdo a los recuerdos de ambos… los vagos en la que fueron uno… y todavía estaban con esa sensación.
El apartamento de un ambiente en el que vivían estaba ubicado en un barrio regular de la periferia de Seúl. No era lujoso, pero tenía el espacio justo para dos camas individuales, una pequeña cocina donde Ho-guk cocinaba ollas monstruosas de arroz y una mesa de madera que Bu-rin no tardó en colonizar con su computadora portátil, planos y decenas de libros de texto que había conseguido en tiendas de segunda mano.
—“Muy bien, siéntate”—ordenó Bulma ya en el apartamento, cruzándose de brazos mientras señalaba la silla frente a la mesa. Su tono no admitía réplicas —“Antes de armar tu plan de estudio para los próximos años, necesito saber exactamente qué tienes dentro de esa cabeza alborotada. Te preparé un examen de diagnóstico con las asignaturas básicas de secundaria: matemáticas, ciencias, historia y literatura. Tienes dos horas. Haz tu mejor esfuerzo”—
El kokum miró las hojas llenas de símbolos extraños, suspiró y tomó el bolígrafo con la misma seriedad con la que se plantaba en una plataforma de combate.
El resultado del examen fue una mezcla de asombro y absoluta comedia. Cuando Bu-rin revisó las hojas una hora después, parpadeó sorprendida. En la sección de matemáticas primarias, Son Gokú o Ho-guk para el entorno en Korea no había fallado una sola respuesta. Sus cálculos de sumas, restas y multiplicaciones eran rápidos y perfectos. Pero al pasar a las páginas de matemáticas avanzadas de secundaria —álgebra, funciones trigonométricas y geometría analítica—, el examen se convertía en un desastre absoluto. Había dibujos de pescados, esquemas de golpes y un montón de signos de interrogación.
Gokú —ahora legalmente Son Ho-guk— sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Había mirado a la muerte a los ojos en la plataforma del torneo, pero la mirada calculadora de Bulma con el alias Bu-rin mientras planificaba su horario de estudio nocturno le dio un terror completamente nuevo.
El plan estaba trazado. Bulma o Chae Bu-rin usaría su intelecto de genio para saltarse años académicos y hackear el sistema financiero, mientras que Son kun comenzaría su infernal rutina monástica: el azabache que trabajaba de sol a sol en el barro de la construcción y los campos, para luego regresar a devorarse libros de economía bajo la dictadura de su amiga. Todo con un único objetivo en mente: prepararse para el día en que su camino chocara contra el grupo cosmos y el gigante corporativo del Grupo HW o las demás corporaciones.
Ahora en la realidad…
Bulma tomó las hojas del examen con impaciencia. Sus ojos azules recorrieron las respuestas a toda velocidad, primero con curiosidad, luego con incredulidad, y finalmente con pura frustración.
En matemáticas básicas… perfecto. Ni un solo error.
Pero al llegar a las páginas de álgebra, funciones y geometría analítica…
—“… ¿Revistas para adultos?”— murmuró Bulma, mirando un dibujo de un pez con signos de interrogación—“¿Contar piedras? ¿Esquemas de golpes de kamehameha? ¡¿En serio, Goku?!”—
Arrojó las hojas sobre la mesa con fuerza. El marcador rodó hasta el suelo.
—“¡No puedo con esto!”—exclamó, levantándose de la silla y pasándose ambas manos por el cabello azul. —“¡¿Me estás diciendo que tu educación formal se detuvo porque estabas ocupado peleando torneos y entrenando con un viejo pervertido en una isla tropical?!”—
Goku, sentado frente a ella con la misma cara de pez muerto de siempre, parpadeó.
—“Pero gané el último torneo, Bulma. Derrotar a Piccolo no fue fácil…”—
—“¡Eso no cuenta aquí, Goku!”— Bulma se giró hacia él, apuntándolo con el dedo índice —“¡A los directivos del Grupo hw o de Cosmos no les importa si puedes destruir una montaña de un golpe! ¡Les importa si sabes leer un balance financiero, si entiendes economía, si puedes negociar sin que te timen!”—
Se dejó caer de nuevo en la silla, frotándose las sienes con fuerza. Su voz bajó, pero seguía cargada de frustración acumulada.
—“Llegamos a este mundo sin nada… sin dinero, sin contactos, con dieciséis años otra vez. Yo puedo hackear el sistema académico, puedo inventar tecnología que ni se imaginan… pero tú…”— lo miró con una mezcla de cariño y exasperación —“Tú tienes que aprender todo esto desde cero. Y el tiempo corre, Goku. En dos años tienes que rendir el examen de ingreso a la universidad más competitivo del planeta. Si repruebas, todo se complica”—
Goku bajó la mirada hacia las hojas llenas de tachones y dibujos absurdos. Por primera vez, parecía realmente preocupado.
—“…Lo siento, Bulma. Sé que soy un desastre en esto”— lo dijo apenado y con vergüenza ante a su amiga.
Bulma suspiró profundamente. Su frustración no desapareció, pero se suavizó al ver la expresión sincera de su amigo.
—“No es tu culpa… no del todo”—murmuró ella —“Es este mundo. Es demasiado diferente al nuestro. Pero eso no significa que vayamos a rendirnos”— se animó más para motivar al kokún.
Se inclinó hacia adelante y puso una mano sobre la de él, más pequeña pero callosa.
—“Vamos a hacer esto juntos. Aunque tenga que amarrarte a la silla todas las noches. Aunque tenga que explicarte álgebra usando porciones de arroz y trayectorias de Kamehameha. No voy a dejarte atrás, idiota”—
Goku levantó la vista y sonrió con esa calidez simple que siempre desarmaba a Bulma.
—“Gracias, Bulma. No te voy a fallar”— dijo con voz firme el azabache, aunque sabe que será tedioso hacer esto, pero no hay de otra.
Ella resopló, pero una pequeña sonrisa traicionera apareció en sus labios.
—“Más te vale. Porque si no, te voy a matar antes de que cualquier corporación tenga la oportunidad”—
Ya después de tranquilizar las cosas y con los planes ya trazado. Bulma tomó un enorme libro de álgebra de secundaria y lo dejó caer sobre la mesa con un golpe seco que hizo eco en el pequeño apartamento de un ambiente.
—“Tu horario desde mañana está listo. Te vas a romper la espalda trabajando de medio tiempo en lo que encuentres para pagar las cuentas y la tonelada de arroz que te comes. Vas a entrenar en las montañas por la madrugada para no perder tu fuerza... pero a las siete de la tarde, te quiero sentado en esta silla. Te vas a aprender este libro página por página, aunque tenga que amarrarte. ¿Entendido?”— fue la voz amenazante de Bulma porque así puede guiar al inocente saiyajin en un mundo que lo quiere corromper.
Gokú tragó saliva, mirando el grueso libro de matemáticas como si fuera un enemigo de nivel de poder desconocido. Se rascó la nuca, soltando una risa nerviosa.
—“Vaya... creo que el entrenamiento de Kami-sama en el templo sagrado va a terminar siendo un juego de niños comparado con esto, Bulma. Pero está bien, si es para construir nuestro imperio, no me voy a rendir”—
—“Así me gusta”—sonrió Bulma suspirando profundamente, cerró el libro de álgebra con un golpe seco y miró a Gokú, cuyos ojos ya empezaban a ponerse un poco vidriosos por el cansancio mental.
—“Ya es suficiente por hoy, Gokú. Vete a dormir”— ordenó, suavizando un poco el tono. —“Mañana empieza tu pequeño reforzamiento y necesitas descansar. Si te duermes en alguna clase que te haga, juro que te duplicaré la tarea”—
—“¡Uff, menos mal! Buenas noches, Bulma”— respondió el azabache, soltando un suspiro de alivio genuino. Se levantó de la silla, se estiró haciendo crujir sus huesos y en menos de dos minutos ya estaba profundamente dormido en su cama, roncando con la tranquilidad de quien no tiene una sola deuda con el mundo.
Bulma lo miró un momento, negando con la cabeza, pero con una sonrisa ligera. Luego, se dio la vuelta hacia su escritorio. El verdadero trabajo para ella apenas comenzaba.
Tomó un cuaderno de apuntes completamente nuevo, abrió su bolígrafo y se quedó mirando la página en blanco bajo la tenue luz de la lámpara. Antes de poder diseñar un plan de negocios sofisticado —lo cual, para su intelecto de genio, era un mero trámite que podía resolver en una tarde—, su prioridad absoluta era otra: nivelar a Gokú para los exámenes universitarios de Corea del Sur.
Abrió una pestaña en su computadora vieja que estaba en ese apartamento para revisar las fechas del temido examen de admisión.
—“Gracias a Kami-sama...”—susurró para sí misma, soltando el aire y continuó hablando para sí mismo:
—“Debido al registro de edad de este mundo, exactamente dos años de colegiatura tiene el Son antes de que tenga que presentar el examen para la universidad. Dos años completos”—
Ese margen de tiempo era su salvación. Bulma apoyó los codos en la mesa y comenzó a trazar, con precisión quirúrgica, un plan de reforzamiento intensivo y a prueba de Gokú (o Son Ho-guk, como dirían sus papeles). Sabiendo que los métodos de enseñanza tradicionales de las escuelas coreanas harían que el cerebro de su amigo se apagara por completo, ella tenía que adaptar el conocimiento a la medida del guerrero.
En las primeras páginas del cuaderno, Bulma empezó a estructurar la estrategia:
Matemáticas Aplicadas a la Comida y el Combate: Traducir las ecuaciones y el álgebra abstracta en términos de porciones de arroz, distribución de peso y trayectorias de Ki. Si Gokú podía calcular inconscientemente el ángulo de un golpe, ella haría que lo entendiera en papel a través de la geometría analítica.
Economía de Campo: Aprovechar que mañana mismo Gokú empezaría a buscar trabajos de medio tiempo en la construcción y la periferia agrícola, también trabajar en un minimarket es un buen comodín. Bulma planeó usar esas experiencias reales para enseñarle microeconomía. Cada saco de cemento cargado o cada jornada en la ganadería o cada inventario en la bodega sería una lección práctica sobre costos de producción y cadenas de suministro.
El “Zenkai” Académico: Diseñar exámenes de simulación semanales que aumentaran gradualmente su dificultad. Al igual que en las artes marciales, cada vez que Gokú fallara, Bulma lo obligaría a analizar el error hasta que su mente “se recuperara” más fuerte, asimilando el conocimiento de forma permanente.
Una vez estructurado el plan para su amigo, Bulma pasó a las siguientes páginas del cuaderno. Con una velocidad de escritura asombrosa, comenzó a volcar todos sus conocimientos de su vida pasada en la Corporación Cápsula: fórmulas de ingeniería inversa, esquemas de automatización industrial y algoritmos de software que en este mundo ni siquiera se habían imaginado.
Las primeras tres semanas en la escuela secundaria de Seúl fueron un auténtico infierno para Gokú. El ritmo era asfixiante. Mientras los estudiantes coreanos llevaban años memorizando fórmulas y preparándose para la competencia, el azabache se sentía completamente perdido. Las letras en la pizarra se mezclaban, los conceptos de historia coreana le sonaban a otro idioma y los exámenes sorpresa semanales terminaron por hundirlo: sus calificaciones estaban en rojo, al borde de reprobar las materias básicas y perder el año escolar antes de siquiera empezar.
Para colmo, el desgaste físico era real. Ambos habían conseguido un trabajo de medio tiempo en un minimarket del barrio regular para poder pagar la renta y la descomunal cantidad de comida de Gokú.
El apartamento estaba en silencio, solo se escuchaba el tic-tac del viejo reloj de pared y el ruido distante de motos en la calle.
Una noche, después de terminar el turno de las once en la tienda, Goku (Son Ho-guk) entró arrastrando los pies. Su ropa estaba sucia de polvo en la bodega de la tienda, los hombros y piernas le dolían debido a la costumbre de adaptar su cuerpo a esta nueva realidad, y tenía hambre como siempre. Pero lo que más pesaba no era el cuerpo.
Se dejó caer en la silla frente a la mesa. Frente a él estaba el grueso libro de álgebra que Bulma le había dejado y como consiguieron trabajo, Gokú tenía que estar antes de las 11 de la noche en el apartamento para poder estudiar antes de dormir, junto con un cuaderno lleno de ejercicios y un examen de práctica sin corregir.
Miró las páginas.
Símbolos. Fórmulas. Números que se mezclaban como si se burlaran de él.
Tomó el bolígrafo con la misma seriedad con la que se enfrentaba a un rival poderoso… pero después de diez minutos, solo había logrado resolver tres ejercicios. Los demás estaban llenos de tachones, dibujos de puños y signos de interrogación.
Goku soltó el bolígrafo con fuerza. Se pasó ambas manos por el cabello azabache, despeinándolo más de lo normal.
—“…Esto es ridículo”— murmuró para sí mismo el saiyajin estando aburrido este tema del estudio como frustración.
Se levantó de golpe y caminó de un lado a otro del pequeño apartamento. Su frustración iba creciendo como una olla a presión.
“¿Cómo es posible que pueda esquivar ataques a la velocidad del relámpago, pero no pueda entender estas malditas funciones?” pensó el azabache con frustración.
“¿Cómo es que puedo destruir montañas, pero un simple libro me hace sentir… inútil?” continuó con sus pensamientos.
Se detuvo frente a la ventana, mirando las luces de Seúl. Su reflejo le devolvió la mirada: un joven de dieciséis años con un cuerpo fuerte, pero con ojos cansados.
—“Soy de la escuela de tortuga…” —susurró, apretando los puños —“He entrenado mi abuelo, con el maestro Roshi y con Kamisama. He peleado contra Piccolo, contra el Rey Demonio de su padre… ¿y ahora me estoy quebrando por unos exámenes y por cargar cajas?”—
Sintió un nudo en la garganta. No era rabia. Era algo más amargo.
Frustración pura.
Por primera vez en su vida, Goku sentía que no progresaba durante estas semanas. En las artes marciales, cada entrenamiento lo hacía más fuerte. Cada pelea, más hábil. Aquí, por más que se esforzaba, parecía que daba pasos hacia atrás.
Se dejó caer sentado en el borde de su cama, con los codos sobre las rodillas y la cabeza baja.
“¿Qué estoy haciendo mal?”
“Bulma me explica una y otra vez… y yo sigo sin entender. Ella está cargando con todo: inventando cosas, planeando el futuro, estudiando como loca… y yo solo soy un lastre que llega cansado y no puede ni resolver ecuaciones”
“Si sigo así… voy a retrasarla. Voy a ser un obstáculo para su nueva empresa”
“Tal vez… debería rendirme. Buscar trabajo full time en la construcción y renunciar a trabajar en la tienda. Al menos ahí soy útil. Al menos ahí puedo cargar cosas pesadas sin sentirme estúpido”
Esa idea le dolió más de lo esperado.
Goku, el guerrero que nunca se rendía ante ningún enemigo, estaba considerando rendirse ante un libro de secundaria.
Se quedó mirando el suelo durante varios minutos. El cansancio físico del día, sumado al agotamiento mental, lo estaba aplastando.
En ese momento escuchó la llave de la puerta. Bulma entró cargando unas bolsas de supermercado ya que estaba en sus días libres del trabajo y aprovechó de comprar despensa de la semana.
—“Goku, compré más arroz y…”— se detuvo al verlo sentado en la cama con esa expresión.
Era raro ver a Goku así. Normalmente siempre tenía esa sonrisa tonta y optimista. Ahora solo parecía… derrotado.
Bulma dejó las bolsas en la mesa y se acercó lentamente.
—“¿Qué pasó?”— preguntó con voz más suave de lo normal.
Goku levantó la vista. Sus ojos, normalmente brillantes y llenos de vida, estaban opacos.
—“Bulma… creo que esto es demasiado para mí”— confesó en voz baja. —“Estudiar, trabajar, entrenar… No avanzo. Siento que cuanto más lo intento, más me quedo atrás. Tú eres un genio. Yo solo… soy bueno para pelear. En este mundo, pelear no sirve de nada”—
Hizo una pausa y soltó lo que realmente le estaba carcomiendo:
—“…No quiero ser una carga para ti”—
El silencio que siguió fue pesado.
Bulma, que había estado ordenando las bolsas del supermercado, se detuvo en seco. Dejó todo sobre la mesa y se acercó lentamente. Se sentó a su lado en la cama, tan cerca que sus rodillas se tocaron.
—“Goku…”—dijo suavemente, llamándolo por su verdadero nombre.
Él no levantó la mirada.
Bulma respiró hondo, tomó una de sus manos callosas entre las suyas y la apretó con fuerza.
—“Mírame”— le ordenó ella colocando su otra mano en la mejilla del guerrero.
Goku levantó la vista lentamente. Sus ojos, normalmente llenos de esa energía inquebrantable, estaban opacos y cansados.
Bulma lo miró directamente, con una intensidad que solo ella podía tener.
—“Escúchame bien, Son Goku”— empezó, con voz firme pero llena de cariño. —“Tú no eres una carga. Nunca lo has sido. ¿Sabes cuántas veces me has salvado la vida? ¿Cuántas veces has protegido a todos sin pedir nada a cambio? Eres la persona más fuerte, más leal y más pura que he conocido en dos mundos”—
Hizo una pausa, apretando más su mano.
—“Sí, este mundo es diferente. Aquí no puedes resolver todo a puñetazos. Aquí hay reglas estúpidas, exámenes infernales y gente que te juzga por un pedazo de papel. Pero eso no significa que seas menos. Solo significa que estás en un nuevo tipo de combate. Y tú nunca te has rendido ante ningún combate, ¿o sí?”— Diría Bulma de forma cariñosa mientras acariciaba levemente la mejilla del son, pero este no respondió, pero escuchaba atentamente.
Bulma continuó, con la voz ganando fuerza y pasión:
—“Tú no eres bueno solo para pelear. Eres bueno para no rendirte. Para levantarte una y otra vez. Para seguir adelante, aunque el camino sea duro. Esa cualidad vale más que cualquier título universitario o cualquier genio como yo. Yo puedo inventar máquinas y hackear sistemas… pero sin ti, sin tu fuerza de voluntad, sin esa estúpida sonrisa tuya que nunca se apaga, yo ya me habría rendido hace semanas, tu mejor cualidad no es tu inteligencia o tu fuerza, lo que realmente te hace especial Goku es que siempre buscas mejorar y ser la mejor versión de ti mismo y a su vez inspiras a los demás a seguir tu ejemplo”— Dijo la peli azul tomando su rostro con ambas manos y se inclinó un poco más hacia él, mirándolo con ojos brillantes.
—“Así que no te atrevas a decir que eres una carga. Tú eres mi compañero, Mi mejor amigo y juntos vamos a comernos este mundo. Aunque tenga que explicarte álgebra usando porciones de arroz y trayectorias de Kamehameha, aunque tenga que arrastrarte todas las noches a esta mesa. No voy a dejarte atrás, idiota y tú tampoco vas a dejarte vencer por un libro, ¿verdad?”— dijo en tono firme finalizando para motivar a su amigo y recordarle quién es.
Goku se quedó mirándola en silencio durante unos segundos. Poco a poco, la opacidad en sus ojos fue desapareciendo y recordó las palabras del Maestro Roshi cuando entrenaban en la isla:
“Hay que trabajar, hay que entrenar, hay que comer y también, hay que jugar… esta es la forma de pensar del Maestro Roshi para tener una buena condición.”
Una pequeña sonrisa, débil pero genuina, empezó a formarse en su rostro.
—“…Tienes razón”— murmuró finalmente, rascándose la nuca con la mano libre y continuó:
—“Un guerrero no se queja del terreno. Solo se adapta y se vuelve más fuerte”—
Bulma sonrió con alivio y le dio un suave golpe en el hombro.
—“Exacto. Y mañana vamos a empezar de nuevo. Pero esta vez, no vas a estudiar solo. Vamos a hacer que entiendas todo esto a tu manera. Nada de fórmulas aburridas. Vamos a convertirlo en un entrenamiento”—
Goku asintió, y por primera vez en varias semanas, su sonrisa volvió a ser la de siempre: amplia, confiada y llena de esa chispa inquebrantable.
—“Está bien. Hagámoslo, Bulma… aunque me aburra”—
Bulma se levantó, pero antes de volver a la mesa, se giró una última vez.
—“Y Goku… nunca más digas que eres una carga. Porque si lo vuelves a decir, te voy a golpear más fuerte que el Kamehameha”—
El azabache soltó una risa genuina, y el peso en su pecho se alivianó un poco.
“Este es el Goku que me gusta ver, un Goku alegre y risueño que siempre busca la manera se ser mejor de lo que ya era” pensó Bulma con una sonrisa al ver a su mejor amigo recobrar su característica sonrisa.
Esa noche, por primera vez en mucho tiempo, estudió hasta tarde con renovada determinación.
A partir de esa noche, el minimarket se convirtió en su segundo salón de clases. Mientras ambos trabajaban a medio tiempo acomodando productos, Bulma le tomaba lecciones de aritmética usando el inventario de las bebidas y las raciones. Gokú empezó a ver los números no como enemigos, sino como una estrategia de combate.
Durante el mes de vacaciones que les quedaba antes de que empezaran las clases, el pequeño apartamento se convirtió en un campo de entrenamiento académico más brutal que el Templo Sagrado.
Bulma no tuvo piedad.
Todas las mañanas, después de que Gokú regresaba de entrenar en las montañas, lo esperaba con el material listo. Matemáticas básicas, coreano formal, historia mínima, ciencias… todo lo que un estudiante de secundaria debía dominar, aunque fuera a nivel superficial.
Y Gokú… sufría.
—“¡Otra vez no, Bulma! ¡Ya hice veinte problemas!” — se quejaba el azabache, desplomado sobre la mesa con la frente pegada al cuaderno.
—“Veinte problemas mal hechos no cuentan” — respondía ella sin piedad, dándole un coscorrón seco en la cabeza. —“Otra vez. Y esta vez sin dibujar peces.”—
Había días en los que Bulma terminaba con el cabello más alborotado de lo normal y una expresión de quien estaba a punto de asesinar a alguien. Más de una noche se quedó mirando el techo preguntándose cómo era posible que el mismo idiota que calculaba trayectorias de Kamehameha en milésimas de segundo no pudiera entender una simple regla de tres.
Aun así, a base de gritos, amenazas, coscorrones y analogías absurdas con combates y comida, Gokú fue avanzando.
Para cuando terminó el mes de vacaciones, al menos ya no se quedaba en blanco frente a una suma de fracciones ni confundía el sujeto con el predicado. Tenía una base. Débil, torpe y llena de lagunas… pero una base.
Bulma, por su parte, estaba convencida de que ese mes le había sacado al menos tres canas prematuras.
—“Si sobrevivo a enseñarte hasta la universidad” — le dijo una noche mientras él comía su tercera olla de arroz, —“voy a merecer un puto monumento.”—
Gokú solo se rió, rascándose la nuca donde todavía le ardía el último coscorrón del día.
—“Al menos ya no dibujo peces… ¿verdad?”—
—“Apenas, idiota. Apenas.”—
El primer día de clases llegó más rápido de lo que Gokú hubiera querido.
La secundaria era un edificio gris y funcional, lleno de estudiantes uniformados que caminaban con prisa y caras serias. El aire olía a piso recién trapeado y a ansiedad colectiva. Gokú (o más bien Son Ho-guk, según su identificación) se ajustó la chaqueta del uniforme, que le quedaba un poco grande en los hombros, y miró a su alrededor con esa mezcla de curiosidad y desconcierto que lo caracterizaba.
A su lado, Chae Bu-rin caminaba con paso firme, el cabello azul recogido en una coleta imperfecta y el rostro en modo “no me hables si no es necesario”.
—“Recuerda” — le dijo ella en voz baja mientras subían las escaleras. —“Aquí fuera somos Ho-guk y Bu-rin. Nada de nombres viejos. Y no te metas en problemas el primer día, ¿entendido?”—
—“Entendido…” —murmuró él, aunque su mirada ya se había distraído con un grupo de chicos que cargaban cajas de material deportivo. —“Oye, esos se ven fuertes. ¿Crees que entrenan artes marciales?”—
—“No. Entrenan para el examen de admisión” —respondió Bu-rin sin mirarlo. —“Aquí la única pelea que importa es la de las calificaciones.”—
El salón de primer año estaba lleno. Cuando entraron, varias cabezas se giraron. No era para menos: el chico de cabello azabache alborotado y estatura notablemente baja (apenas 1.55 m) contrastaba con la mayoría de sus compañeros, y la chica de cabello azul brillante era imposible de ignorar.
Gokú se sentó donde Bu-rin (Bulma cuando están a solas) le indicó, cerca de la ventana, una vez que hizo eso, ella se fue a su salón. Sacó el cuaderno que ella le había obligado a comprar y lo abrió con la misma seriedad con la que se preparaba para un combate. Aunque por dentro solo pensaba en que el asiento le quedaba incómodo y que ya tenía hambre.
La primera clase fue matemáticas.
A los diez minutos, Gokú ya estaba perdido. Los números en la pizarra se movían demasiado rápido y el profesor hablaba como si todos hubieran nacido sabiendo factorizar. Él solo lograba seguir la mitad de las explicaciones, y eso gracias a las noches de tortura académica que había sufrido durante el mes de vacaciones.
Bu-rin, desde la otra sala, solo pensaba en que en este primer día cause buena primera impresión: “No me hagas quedar mal el primer día.”
Cuando sonó el timbre del recreo, Gokú se levantó con un suspiro de alivio y se estiró hasta hacer crujir la espalda.
—“Por fin… tengo un hambre que no veas.”—
—“Primero vamos a la tienda de la escuela” — le ordenó Bu-rin al llegar a su salón y continuó diciendo:
—“Y no gastes todo en pan. Necesitamos que el dinero alcance hasta fin de mes.”—
Mientras caminaban por el pasillo lleno de estudiantes, Gokú no pudo evitar notar las miradas. Algunas de curiosidad, otras de burla disimulada por su estatura. Él, como siempre, no les dio mayor importancia. Mientras pudiera comer y entrenar, el resto le daba igual.
Al doblar el pasillo hacia las escaleras, un grupo de chicos venía en sentido contrario. Al frente iba uno de cabello perfectamente peinado hacia atrás, uniforme impecable y una expresión de quien camina como si el colegio le perteneciera. A su lado, una chica de mirada fría y otra de sonrisa burlona lo flanqueaban.
Kim Chang-seop pasó junto a ellos sin detenerse. Solo le dedicó a Gokú una mirada rápida, de arriba abajo, deteniéndose un segundo en su baja estatura. Una ceja se arqueó con desdén apenas disimulado… y siguió caminando como si no valiera la pena ni detenerse.

Nda: los personajes de este manwha llamado "Venganza imparable" aparecen en este capítulo.
Gokú ni siquiera se dio cuenta.
Bu-rin, en cambio, sí lo notó. Y aunque no dijo nada, sus ojos se entrecerraron un instante.
Todavía no sabían que ese breve cruce de miradas era solo el principio.
Al rato…
El patio trasero de la secundaria, a la hora del almuerzo, era el territorio de Kim Chang-seop.

Ese día el espectáculo era el de siempre: Han Jae-hyeon contra la pared, con la camisa del uniforme manchada de polvo, mientras Min-su estaba arrodillado a un lado, intentando no mirar. Chang-seop, con las manos en los bolsillos y esa sonrisa de quien nunca ha perdido nada, le estaba apagando un cigarrillo muy cerca de la cara a Jae-hyeon. Kang Min-jeong y un par de lacayos reían. Yu Seo-yeong observaba desde más atrás, con los brazos cruzados, sin ensuciarse las manos.

Kang Min-jeong

Yu Seo-yeong
—“Oye”— La voz no fue un grito. Fue tranquila, casi curiosa.

Todos se giraron.
Un chico de cabello azabache alborotado, uniforme un poco arrugado y una bolsa de pan de la panadería del barrio en una mano, estaba parado a pocos metros. Tenía el mismo uniforme que ellos, pero se notaba que no pertenecía a ninguno de los grupos. Y, sobre todo, se notaba su estatura: apenas 1.55 m, bastante más bajo que la mayoría de los chicos de su edad.
Detrás de él, a unos pasos, una chica de cabello azul brillante (recogido de forma imperfecta) observaba la escena con los ojos entrecerrados, evaluando.
Chang-seop arqueó una ceja, molesto por la interrupción. Luego soltó una risa corta al verlo bien.
—“¿Y tú quién mierda eres, enano?”—
Min-jeong soltó una carcajada inmediata.
—“Míralo. Hasta parece que le queda grande el uniforme. ¿Seguro que no se equivocó de primaria?”— dijo la rubia con desdén y llena de veneno.
Uno de los lacayos silbó.
—“Con esa altura ni para hacer de escudero sirve”—
Seo-yeong, desde atrás, sonrió con desdén.
—“Qué valiente… el más bajito del colegio quiere hacerse el héroe, ¿quién eres pequeño héroe?”—
El azabache inclinó la cabeza, como si realmente estuviera pensando la respuesta. Las burlas parecieron resbalarle por completo. Ni un músculo de su cara se tensó.
—“Son Ho-guk”— Se rascó la nuca con la mano libre, todavía con el pan en la otra y contunió diciendo:
—“Estaba yendo a comprar más pan… y los vi. ¿Por qué le están haciendo eso?”—
Chang-seop dio un paso adelante, soltando el cigarrillo al suelo. La sonrisa se le había vuelto más filosa.
—“Lárgate, don nadie. Esto no es asunto tuyo. Y menos de un enano que apenas me llega al hombro”—
Ho-guk no se movió. Solo miró a Jae-hyeon y a Min-su, luego a Chang-seop, y frunció un poco el ceño. No había rabia en su expresión. Solo esa confusión sincera de alguien que no entendía por qué alguien golpeaba a quien no podía devolver el golpe… y que, además, parecía no haber registrado ni una sola de las burlas sobre su altura.
—“Si quieren pelear, peleen conmigo”— Lo dijo como si estuviera ofreciendo un entrenamiento para continuar sus dichos:
—“Ellos no se están defendiendo. No tiene gracia”—
El silencio que siguió fue breve.
Chang-seop soltó una risa más alta esta vez, claramente ofendido de que alguien tan bajo lo desafiara con tanta naturalidad.
—“Tú no aprendes, ¿verdad, enano?”— preguntó preparando sus manos y se lanzó con un puñetazo directo al rostro del azabache. El golpe nunca llegó. Ho-guk simplemente inclinó el torso unos centímetros hacia un lado, con la misma naturalidad con la que alguien se aparta de una rama, y el puño de Chang-seop pasó de largo. El impulso hizo que el heredero tropezara un paso.
Ho-guk lo miró, todavía con el pan en la mano.
—“Vas muy lento. Y abres demasiado el hombro derecho”—
Chang-seop se puso rojo de pura humillación. Intentó otra vez, esta vez con una patada. El azabache la bloqueó con el antebrazo como si estuviera deteniendo una pelota de goma. No usó fuerza excesiva. Solo lo suficiente para que el impacto se sintiera como golpear una pared.
—“Suficiente”— La voz de la chica de cabello azul cortó el aire. Chae Bu-rin se acercó con pasos firmes. —“Ho-guk, tenemos clase de matemáticas en diez minutos. Y tú”— señaló a Chang-seop con el dedo, sin un ápice de miedo y dijo:
—“deja de perder el tiempo. Si quieres pelear en serio, hazlo después de clases en un lugar donde no haya cámaras. Ahora suéltalos”—
Chang-seop la miró como si no pudiera creer que una chica cualquiera le estuviera dando órdenes. Pero algo en la forma en que ella sostenía la mirada —fría, calculadora, sin un solo temblor— lo hizo dudar un segundo de más.
Ho-guk aprovechó ese segundo. Se acercó a Jae-hyeon y a Min-su, les tendió la mano a ambos y los ayudó a levantarse como si fuera lo más natural del mundo.
—“¿Están bien?”— preguntó, genuino. —“Si quieren, después puedo enseñarles a esquivar. Es más fácil de lo que parece”—
Jae-hyeon lo miró como si hubiera visto un fantasma. Min-su solo asintió, todavía temblando.

Jae-hyeon

Min-su
Desde el borde del patio, Kim Si-hyang —que había llegado tarde y solo alcanzó a ver la última parte— se quedó congelada. El chico de cabello negro no había gritado, no había amenazado, no había buscado reconocimiento. Ni siquiera había reaccionado a las burlas sobre su estatura. Solo había detenido la violencia como quien detiene algo absurdo… y luego había ofrecido ayuda.
Kim Si-hyang tenía el cabello negro, largo y perfectamente liso, siempre peinado con una pulcritud casi antinatural que no dejaba ni un solo mechón fuera de lugar. Su rostro era de líneas suaves pero frías: piel pálida y impecable, ojos oscuros de mirada tranquila y distante, labios finos que rara vez se curvaban en una sonrisa genuina.

Llevaba el uniforme de la secundaria con una precisión absoluta. La camisa blanca estaba siempre perfectamente planchada, la falda a la altura exacta del reglamento y la chaqueta sin una sola arruga cubriendo su ya cuerpo de infarto. Su postura era recta, elegante y contenida, como si hubiera sido educada desde niña para no mostrar debilidad ni descuido.
En conjunto, proyectaba una belleza fría y distante, de esas que imponen más respeto que atracción inmediata. No necesitaba alzar la voz ni gesticular para hacerse notar; su sola presencia ordenada y silenciosa bastaba para que la gente bajara un poco la mirada al pasar junto a ella.
Sus ojos se quedaron fijos en la espalda de Son Ho-guk mientras este se alejaba junto a la chica de cabello azul, discutiendo en voz baja sobre ecuaciones y la cantidad de arroz que faltaba en el apartamento.
Chang-seop apretó los puños hasta que los nudillos se pusieron blancos.
Ese día, por primera vez, el heredero del grupo Kim entendió que había alguien en la escuela que no le tenía miedo… y que, lo que era peor, ni siquiera lo consideraba un rival digno. Y mucho menos se había inmutado por ser más bajo que todos.
Y desde el otro lado del patio, Si-hyang guardó silencio, pero su mirada ya no se despegó del azabache, le interesó saber que un enano le haga frente a su hermano y ese grupo.
Esa misma noche, el apartamento de un ambiente olía a arroz recién hecho y a desinfectante barato del minimarket.
El saiyajin estaba sentado en el suelo con la espalda contra la cama, comiendo directamente de la olla. Todavía tenía un poco de polvo del patio en el hombro del uniforme. Bulma cerró la tapa de su computadora portátil y lo miró por encima del monitor.
—“Goku”— llamó Bulma a su socio y mejor amigo por nombre verdadero.
—“¿Mmm?”— dijo el mencionado sin voltear su mirada mientras hacía lo suyo, comiendo.
—“Hoy en el patio. Ese chico de pelo peinado hacia atrás y cara de “me deben el mundo” … ¿qué fue exactamente lo que pasó?”— preguntó la peli azul mientras repasaba la bolsa de valores y puliendo su plan de trabajo a largo plazo.
Goku masticó un momento, pensó y se rascó la nuca.
—“Ah, eso. Estaban golpeando a dos chicos que no se defendían. Uno se llama Jae-hyeon y el otro Min-su, creo. El de la cara arrogante se llama Chang-seop. Me dijeron después. Yo solo les dije que, si querían pelear, pelearan conmigo. Él intentó pegarme dos veces. Fue lento”—
Bulma se quedó callada un segundo. Luego se quitó las gafas que usaba solo para trabajar de noche y se las puso en la cabeza.
—“Lento según tus estándares de saiyajin, no según los de un adolescente coreano promedio.”— Suspiró y apoyó los codos en la mesa. —“Escúchame bien. Ese Chang-seop no es un delincuente cualquiera de barrio. Según lo poco que pude sacar de los murmullos en los pasillos, es hijo de una familia con mucho dinero. De las que mandan. De las que tienen abogados de guardia y contactos en la dirección del colegio. Si le rompes la cara, aunque sea un poco, no va a terminar en una pelea de escuela. Va a terminar en denuncias, presión a los profesores y posiblemente a nosotros dos sin apartamento y sin escuela”—
Goku dejó los palillos a un lado y la miró con sinceridad.
—“No le rompí nada. Solo lo detuve. Además… no me gusta ver a gente débil siendo golpeada. Me recuerda a cuando era niño y el abuelo me decía que los fuertes deben proteger a los que no pueden”—
Bulma lo observó en silencio. Esa era exactamente la razón por la que ella lo seguía queriendo, incluso después de dos mundos. Pero también era la razón por la que podía meterlos en problemas serios.
—“Lo sé”— Su voz se suavizó un poco. —“Y no te estoy pidiendo que te hagas el ciego. Solo… sé más inteligente. Si vas a intervenir otra vez, avísame. O al menos no lo hagas en medio del patio con veinte testigos. Yo puedo manejar información. Tú manejas los puños. Si combinamos las dos cosas, nadie nos mueve. Si actúas solo… nos van a aplastar con papeles y dinero antes de que puedas decir Kamehameha”—
Goku asintió, serio por una vez.
—“Entendido. La próxima vez te aviso… o te llevo conmigo”—
—“Mejor avísame”— dijo Bulma y le lanzó una almohada a la cara. —“Y termina de comer. Todavía tienes tres páginas de funciones trigonométricas que te dejé. Si no las terminas antes de dormir, mañana te despierto a las cuatro para entrenar y estudiar al mismo tiempo”—
Goku soltó una risa y atrapó la almohada.
—“Eres peor que el Maestro Roshi cuando se ponía estricto”—
—“Y tú sigues siendo un desastre en álgebra. Duerme temprano, Goku”—
Al día siguiente – Clase de física
El salón de física del segundo piso olía a marcador permanente y a aire acondicionado viejo.
Chae Bu-rin entró exactamente a tiempo, con su cabello azul recogido en una coleta imperfecta y el libro de física bajo el brazo. Buscó un asiento libre cerca de la ventana. Justo cuando se sentaba, la chica de al lado levantó la vista.
Se llama Kim Si-hyang.
Lleva Uniforme impecable, cabello negro largo y perfectamente peinado, postura recta. Tenía esa belleza fría y elegante que hacía que la mayoría de las chicas del salón la miraran de reojo. Cuando vio a Bu-rin, inclinó ligeramente la cabeza.
—“Buenos días”— dijo Si-hyang con voz educada y suave.
—“Buenos días”— respondió Bu-rin con la misma cortesía medida, sin sonreír de más.
El profesor, un hombre de mediana edad con gafas gruesas, entró y golpeó el escritorio con un bolígrafo.
—“Hoy empezamos el proyecto de dinámica de fluidos y fuerzas. Será en parejas. Como no quiero perder tiempo en que ustedes elijan a sus amigos, yo los asigno”—Empezó a leer la lista y continuó:
—“Chae Bu-rin y Kim Si-hyang. Ustedes dos. Mesa del fondo, lado izquierdo”—
Un pequeño murmullo recorrió el salón por ese anuncio.
Si-hyang parpadeó, sorprendida solo un instante, y luego asintió con elegancia. Bu-rin guardó el bolígrafo que tenía en la mano y se levantó sin quejarse. Las dos caminaron hacia la mesa asignada en silencio.
Cuando se sentaron una frente a la otra, Si-hyang fue la primera en hablar, todavía con tono cortés:
—“Parece que seremos compañeras. Espero que podamos trabajar bien juntas, Chae Bu-rin”—
Bu-rin la miró directamente. Sus ojos azules evaluaron a la otra chica en menos de dos segundos: postura perfecta, uniforme sin una arruga, mirada tranquila pero atenta. Peligrosa de una forma completamente distinta a su hermano.
—“Igualmente, Kim Si-hyang”— respondió con una sonrisa pequeña y profesional.
—“Yo soy eficiente. Si tú también lo eres, terminaremos esto antes que nadie”— continuó sus dichos la peliazul.
Si-hyang sostuvo la mirada un segundo más de lo necesario. Había visto a esta chica el día anterior, junto al chico de cabello azabache que había detenido a su hermano como si no fuera nada. Ahora estaban sentadas frente a frente.
—“Entonces… empecemos”— dijo finalmente Si-hyang, abriendo el cuaderno.
Bu-rin ya estaba sacando su propia libreta y un bolígrafo de gel.
—“Perfecto. Página 47. Fuerzas de arrastre. Yo hago los cálculos principales, tú verificas los datos experimentales. ¿Te parece?”—
Si-hyang asintió, pero por dentro su mente ya estaba trabajando en otra cosa.
El chico de ayer… Son Ho-guk. Y esta chica de cabello imposible era cercana a él.
Muy cercana.
En el recreo…
El recreo de media mañana apenas llevaba cinco minutos cuando la puerta del salón de física se abrió de golpe.
Son Ho-guk entró primero, con el cabello todavía un poco revuelto por el viento del patio y una libreta arrugada en la mano. Detrás de él venían Han Jae-hyeon y Min-su, ambos con cara de haber perdido una batalla contra los números.
—“Bu-rin”— llamó Goku en cuanto la vio. —“Necesitamos ayuda. Esta cosa de…”—miró la libreta, frunciendo el ceño y dijo:
— “factorización de trinomios” no tiene sentido. Min-su dice que el profesor lo explicó, pero yo solo veo letras peleándose”—
Bulma, que estaba sentada frente a Si-hyang revisando unos cálculos del proyecto de dinámica de fluidos, levantó la vista. Sus ojos azules pasaron de Goku a los otros dos y luego volvieron a él con una mezcla de resignación y “ya me lo esperaba”.
—“Te dije que practicaras anoche las páginas 32 a 35”— murmuró, pero igual hizo un gesto para que se acercaran.
Si-hyang, que hasta ese momento había estado concentrada en la tabla de datos, levantó la mirada. Al reconocer al chico de cabello azabache, su expresión cambió apenas un instante: los ojos se abrieron un poco más y una leve tensión apareció en sus hombros. Rápido la disimuló con una sonrisa educada.
—“Hola otra vez”— dijo con voz suave, dirigiéndose directamente a Goku. —“Ayer en el patio… fue impresionante cómo detuviste a mi hermano sin ni siquiera esforzarte”—
Goku parpadeó, todavía de pie junto a la mesa con la libreta abierta.
—“¿Tu hermano?”— preguntó sin malicia. —“Ah, el de la cara de enfadado. Sí, era lento”— continuó y luego, como si el tema ya estuviera cerrado, le tendió la libreta a Bulma. —“Mira, aquí. Este número no cuadra con el de abajo. Jae-hyeon dice que hay que sacar factor común, pero cuando lo intento me sale un pez”—
Min-su soltó una risa nerviosa. Jae-hyeon solo suspiró, acostumbrado ya a las explicaciones absurdas de su nuevo “protector”.
Si-hyang no se rindió. Se acomodó un poco en la silla, inclinándose sutilmente hacia adelante.
—“Si quieres, yo también puedo ayudarte con matemáticas. Soy bastante buena en álgebra. Podríamos estudiar juntos después de clases… o durante el almuerzo. Conozco un lugar tranquilo en la azotea donde no molestan”—
Goku la miró un segundo, procesando la oferta con esa sinceridad casi ofensiva que lo caracterizaba. Luego se rascó la nuca y sonrió, completamente ajeno a la invitación implícita.
—“Gracias, pero Bu-rin ya me tiene un horario. Si no termino los ejercicios antes de las siete, me duplica la tarea y me despierta más temprano para entrenar. Además…” — se pausó y su estómago gruñó en ese preciso momento, fuerte y sin vergüenza:
—“Tengo que ir a comprar dos raciones extras de kimbap en el recreo. Si no como ahora, después no rindo en el entrenamiento de la tarde”—
Bulma, que estaba corrigiendo el ejercicio con bolígrafo rojo, no pudo evitar una pequeña sonrisa de lado.
—“Lo que él quiere decir es que su prioridad número uno es no morir de hambre, la número dos es no reprobar por mi culpa, y la número tres es no perder músculo. El resto… queda muy abajo en la lista”—
Si-hyang sostuvo la mirada unos segundos más. Había una mezcla de decepción y curiosidad en sus ojos. La mayoría de los chicos de la escuela se derretían cuando ella les hablaba así. Este, en cambio, estaba más preocupado por el kimbap y por no fallarle a su amiga de cabello azul.
—“Entiendo”— dijo finalmente, recuperando la compostura elegante. —“Entonces… suerte con los trinomios, Son Ho-guk ya que lo necesitarás”—
Goku asintió con energía, ya recuperando la libreta que Bulma le devolvía corregida.
—“¡Gracias! Y si algún día quieres entrenar, avísame. Correr por las montañas a las cinco de la mañana despeja la cabeza mejor que cualquier fórmula”—
Dicho eso, se giró hacia Min-su y Jae-hyeon y dijo con firmeza:
—“Vamos. Si comemos rápido todavía nos da tiempo de repasar antes de la siguiente clase”—
Los tres salieron del salón casi tan rápido como habían entrado. Goku ya iba hablando de si el kimbap de atún tenía más proteína que el de carne.
Si-hyang se quedó mirando la puerta unos segundos después de que se cerrara. Bulma, sin levantar la vista de los apuntes, habló en voz baja pero clara:
—“No te lo tomes personal. Él es así con todo el mundo. Si no involucra comida, entrenamiento o que yo no lo mate por las notas… simplemente no lo registra, pero para la otra, le pegaré un coscorrón si se pone maleducado”—
Si-hyang giró lentamente la cabeza hacia ella. Por primera vez, su sonrisa educada se volvió un poco más genuina… y un poco más peligrosa.
—“Ya me di cuenta”—respondió suavemente y continuó diciendo:
—“Gracias, pero lo prefiero así. Eso solo lo hace más interesante”—
Bulma alzó una ceja, pero no comentó nada más. Solo señaló la página del libro de física.
—“Entonces terminemos esto antes de que el recreo se acabe. Fuerza de arrastre, segundo problema”—
Si-hyang asintió y volvió a los números, pero su mente ya no estaba del todo en los fluidos.
El chico de cabello azabache acababa de rechazarla sin ni siquiera notarlo… y eso, de alguna forma, la había dejado aún más atrapada.
Pocos días después del incidente en el patio, el grupo de Chang-seop volvió a aparecer.
Fue en el pasillo del segundo piso, cerca de los baños de los chicos, justo cuando el recreo estaba a punto de terminar. Son Ho-guk caminaba junto a Han Jae-hyeon y Min-su, hablando de la tarea de matemáticas que Bu-rin le había obligado a repasar. Los tres llevaban el uniforme todavía un poco arrugado por el día.
De pronto, el pasillo se cerró frente a ellos.
Kim Chang-seop estaba apoyado contra la pared con las manos en los bolsillos, sonriendo como si hubiera estado esperándolos. A su lado, Kang Min-jeong (la rubia) jugaba con un cenicero de metal que había sacado de quién sabe dónde. Detrás venían dos lacayos y, un poco más lejos, Yu Seo-yeong observaba en silencio con los brazos cruzados.
Kang Min-jeong era alta para su edad, de complexión delgada, pero con curvas marcadas que resaltaba deliberadamente con el uniforme. Llevaba el cabello rubio teñido, largo hasta la mitad de la espalda, siempre suelto y con un brillo artificial que contrastaba con el negro predominante del resto de las estudiantes.
Su rostro era bonito de forma agresiva: ojos alargados de mirada burlona, labios carnosos que casi siempre estaban curvados en una sonrisa de superioridad, y una expresión que mezclaba petulancia y aburrimiento. La piel clara y cuidada, sin un solo grano a la vista.
El uniforme lo usaba un poco más ajustado de lo permitido: la falda un par de centímetros más corta y la camisa un poco más abierta en el cuello. Caminaba con las caderas marcando el paso, segura de que todas las miradas (especialmente las de los chicos) se detenían en ella.
En conjunto, proyectaba la imagen de la típica chica popular y cruel: atractiva, consciente de su atractivo, y dispuesta a usarlo o a humillar con él según le conviniera.
—“Vaya, vaya…”— dijo Chang-seop con voz suave y venenosa. —“El enano y sus dos perritos falderos”—
Jae-hyeon se tensó de inmediato. Min-su bajó la mirada. Goku, en cambio, solo inclinó la cabeza con curiosidad.
—“¿Perritos falderos?”— repitió sin entender del todo el insulto.
Min-jeong soltó una risa corta y dio un paso hacia Jae-hyeon, levantando el cenicero.
—“Tú”— Le habló directamente al chico más alto. —“¿No te da vergüenza andar pegado a un enano que apenas te llega al hombro? Deja de seguirlo. O la próxima vez este cenicero no se va a quedar solo en el aire”—
Sin esperar respuesta, acercó el cenicero sucio hacia la cara de Jae-hyeon, claramente con la intención de aplastárselo contra la mejilla.
Goku se movió antes de que nadie pudiera reaccionar.
No fue un golpe. Solo extendió el brazo y atrapó la muñeca de Min-jeong en el aire, deteniendo el cenicero a escasos centímetros del rostro de Jae-hyeon. La presión de sus dedos no fue brutal, pero sí lo suficientemente firme como para que la rubia no pudiera avanzar ni un milímetro más.
—“No” — La voz de Goku fue tranquila, casi educada. —“Él no se está defendiendo. No tiene gracia hacer eso de nuevo”—
Min-jeong intentó soltarse, sorprendida por la fuerza inesperada del chico más bajo del pasillo.
—“¡Suéltame, enano de mierda!”—
Goku la miró sin enfado, solo con esa seriedad sencilla que a veces usaba.
—“Si quieren pelear, peleen conmigo. No con ellos”—
Chang-seop dejó de sonreír. Dio un paso adelante, la mandíbula apretada.
—“Cada vez te metes más donde no te llaman, Son Ho-guk. Te lo voy a poner fácil: aléjate de estos dos. Ellos ya tenían su lugar. Tú no perteneces aquí. Y si sigues haciéndote el héroe… vas a terminar arrepintiéndote”—
Goku soltó la muñeca de Min-jeong y se interpuso un poco más entre el grupo y sus dos compañeros.
—“No me gusta que golpeen a quien no puede devolver el golpe. Eso es todo”—
Hubo un silencio tenso. Seo-yeong, desde atrás, observaba con atención, como si estuviera evaluando hasta dónde estaban dispuestos a llegar.
Finalmente, Chang-seop chasqueó la lengua y hizo un gesto a los suyos.
—“Por ahora”— Miró a Jae-hyeon y a Min-su con desprecio. —“Ya veremos cuánto les dura la valentía de estar con el enano”—
El grupo se alejó por el pasillo, dejando atrás el olor a cigarrillo y la tensión.
Jae-hyeon soltó el aire que estaba conteniendo. Min-su todavía temblaba un poco.
—“Gracias…”— murmuró Jae-hyeon en voz baja. —“Otra vez”— terminó de forma avergonzada, pero de alivio ya que su amigo es sincero frente a tanta basura que hay en la prepa.
Goku se rascó la nuca, ya recuperando su expresión habitual.
—“No fue nada. Pero… ¿siempre son así de pesados?”—
Min-su asintió con amargura y dijo:
—“Desde hace años”—
Goku miró en la dirección por donde se habían ido los bully y, por primera vez, frunció un poco el ceño. No de miedo… sino de alguien que empezaba a entender que este tipo de pelea no se resolvía solo con esquivar puñetazos.
Más tarde…
Esa misma tarde, en el estacionamiento trasero de la escuela, Kim Chang-seop aplastó una lata de café contra el capó de su auto.
—“Ese hijo de…”— masculló entre dientes. —“Primero me humilla delante de todos y ahora resulta que mi hermana no le quita los ojos de encima”—
Kang Min-jeong, apoyada contra la puerta del auto con los brazos cruzados, levantó una ceja.
—“¿Y qué piensas hacer? ¿Mandarlo a golpear otra vez para que te vuelva a dejar plantado?”—
Chang-seop le lanzó una mirada fría.
—“No. Esta vez no voy a ensuciarme las manos”— Giró la cabeza hacia la chica que estaba un poco más atrás, casi escondida y le dijo: —“Ha Min-Young. Tú vas”—
Ha Min-Young dio un pequeño respingo. Era más baja que Min-jeong, de cabello castaño claro recogido suelto y expresión habitualmente nerviosa. Siempre iba un paso detrás del grupo, como si no estuviera del todo segura de querer estar ahí.

—“¿Y-yo…?”— preguntó en voz baja.
—“Sí, tú. Acércate a él. Sé amable. Habla suave. Invítale a comer o lo que sea. Haz que baje la guardia. Quiero que se confíe… y después lo destrozamos desde adentro”—
Min-Young apretó los labios, claramente incómoda, pero no se atrevió a negarse. Asintió en silencio.
Al día siguiente, durante el almuerzo, Ha Min-Young interceptó a Goku cerca de las máquinas expendedoras.
Llevaba el uniforme correctamente puesto, sin ajustes provocativos, y tenía las manos entrelazadas frente a ella como si no supiera qué hacer con ellas. Cuando habló, su voz salió más baja de lo que pretendía.
—“Oye… Son Ho-guk…”—
Goku, que estaba contando monedas para sacar tres botellas de leche de plátano, se giró y la miró con curiosidad sincera.
—“¿Sí?”— preguntó mirándola fijamente en ella.
Ha Min-Young tragó saliva. Se notaba que le costaba mantener la mirada.
—“Yo… te vi el otro día. En el patio. Y… bueno. Eres… diferente”— Se mordió el labio un segundo. —“¿No querrías… comer conmigo? Yo invito. Hay un lugar que… sirve porciones grandes”—
Goku la observó un momento, procesando la invitación con esa honestidad casi ofensiva que lo caracterizaba. Luego se rascó la nuca y sonrió con amabilidad.
—“Gracias, pero ya comí dos raciones de kimbap. Además, Bu-rin me está esperando para repasar derivadas. Si llego tarde me pone a resolver problemas hasta las once”—
Min-Young parpadeó, descolocada.
—“¿…Derivadas?”—
—“Sí. Son como… funciones que cambian. Bu-rin dice que, si no las entiendo, no voy a sobrevivir al examen de mitad de semestre”— respondió y sacó las botellas y le ofreció una sonrisa sincera. —“Si tienes hambre, puedes venir con nosotros. Pero vamos a estudiar. No a hablar mucho”—
La chica se quedó en silencio. Claramente no era la respuesta que le habían ordenado conseguir. Intentó una última vez, aunque su voz salió todavía más insegura:
—“Podríamos… ir solo nosotros dos. Sin estudiar. Solo… un rato”—
Goku la miró como si le hubiera hablado en otro idioma.
—“¿Pasar el rato sin comer ni entrenar ni estudiar?”— Negó con la cabeza, ya alejándose. —“Suena aburrido. Gracias de todas formas”— terminó de decir el azabache y se fue.
Ha Min-Young se quedó plantada frente a las máquinas expendedoras, con las orejas rojas de vergüenza y el estómago revuelto. No solo había fallado… sino que, por un momento, se había sentido aliviada de que él rechazara la invitación.
Cuando regresó con Chang-seop, su expresión era de pura incomodidad.
—“No… no funcionó”— murmuró. —“Ni siquiera me miró de esa forma. Solo habló de estudiar y de comida”—
Chang-seop apretó la mandíbula. El plan había fallado de la forma más humillante posible.
Al día siguiente en la mañana…
Durante el recreo de media mañana, Chae Bu-rin y Kim Si-hyang estaban sentadas en la mesa del fondo del salón de física, revisando por última vez los cálculos del proyecto de dinámica de fluidos. El resto de la clase había salido, así que el lugar estaba en silencio.
Si-hyang cerró el cuaderno con delicadeza y miró a la chica de cabello azul.
—“Tus cálculos son… impecables”— admitió ella en voz baja y continuó:
—“Nunca había visto a alguien resolver las ecuaciones de arrastre con tanta velocidad y precisión. Ni siquiera los de segundo año”—
Bu-rin no levantó la vista de su propio cuaderno, pero una pequeña sonrisa de lado se le escapó.
—“Gracias. Tú tampoco eres manca verificando datos. Eres metódica. Me gusta trabajar con gente que no comete errores tontos”—
Hubo un breve silencio. Si-hyang jugó un segundo con el bolígrafo antes de hablar otra vez, esta vez con un tono más cuidadoso.
—“También he notado cómo tratas a Son Ho-guk”— Hizo una pausa. —“Eres… paciente con él. Más de lo que la mayoría sería con alguien que claramente no destaca en lo académico”—
Bu-rin finalmente levantó la mirada. Sus ojos azules evaluaron a la otra chica durante un par de segundos.
—“Él no es tonto. Solo piensa diferente. Y tiene una voluntad que la mayoría de los genios no tiene. Alguien tiene que asegurarse de que no se estrella contra la pared mientras aprende”—
Si-hyang sostuvo la mirada. Por primera vez, su expresión fría se suavizó un poco.
—“Eso… es interesante”—
Antes de que pudiera decir algo más, la puerta se abrió y entró Goku con Jae-hyeon y Min-su, hablando en voz alta sobre si el kimbap de atún tenía más proteína que el de carne.
—“¡Bu-rin!”— llamó Goku con una sonrisa amplia. —“¿Ya terminaron? Tengo hambre”—
Bu-rin suspiró y se levantó, pero antes de salir se giró hacia él y le dio un suave coscorrón en la cabeza.
—“Primero saluda como persona civilizada, cabeza de chorlito. Ella se llama Kim Si-hyang, la que ni te dignaste en presentarte y ha sido una compañera de proyecto decente. Sé cortés”—
Goku se rascó el cogote, un poco avergonzado, y se inclinó ligeramente hacia Si-hyang.
Nda: Rascarse el cogote es un gesto físico que suele mostrar duda, confusión, vergüenza o que alguien está pensando qué decir o hacer.
—“Ah… hola otra vez. Perdón. Gracias por ayudar a Bu-rin con lo de los fluidos y llámame Ho-guk”—
Si-hyang parpadeó, sorprendida por el regaño tan natural y por la forma en que la chica de cabello azul lo corregía sin humillarlo. Asintió con elegancia.
—“No hay de qué, Ho-guk un gusto”—
Mientras salían del salón, Bu-rin caminó un momento al lado de Si-hyang y, sin mirarla, dijo en voz baja:
—“Si alguna vez quieres estudiar juntas de verdad… o simplemente no tener que lidiar sola con la estupidez de este colegio, avísame. No soy de hacer amigas, pero odio desperdiciar talento. Y tú no pareces desperdiciarlo”—
Si-hyang se detuvo un segundo, mirándola con una expresión claramente extrañada. Nadie en su círculo le había ofrecido algo así sin esperar algo a cambio. Y mucho menos con esa franqueza tan directa.
Al final, solo asintió una vez, casi imperceptible.
—“Lo pensaré”—
Bu-rin no insistió. Simplemente siguió caminando, como si la conversación nunca hubiera tenido más peso del que tenía.
Pero Si-hyang se quedó unos segundos más en el pasillo, mirando la espalda de la chica de cabello azul y del enano que iba a su lado hablando de arroz.
Por primera vez en mucho tiempo, la idea de tener una aliada… no le pareció del todo absurda.
Más tarde…
Kim Si-hyang observaba desde la distancia, casi como siempre.
En el patio, cerca de las escaleras del edificio de ciencias, Son Ho-guk estaba sentado en el suelo con las piernas cruzadas, rodeado de Han Jae-hyeon y Min-su. Los tres compartían un par de kimbap y hablaban en voz baja. El azabache gesticulaba con las manos mientras explicaba algo (probablemente una forma absurda de recordar una fórmula), y los otros dos reían con una naturalidad que hacía tiempo no se les veía en la escuela.
Si-hyang apoyó la espalda contra la pared fría del pasillo y cruzó los brazos. No era su tipo. En absoluto. Demasiado bajo, demasiado despeinado, demasiado ajeno a las reglas no escritas del colegio. Y sin embargo… había algo.
Esa forma de sonreír sin cálculo. Esa manera de tratar a Jae-hyeon y Min-su como si realmente le importaran, sin esperar nada a cambio. Esa paciencia absurda cuando Chae Bu-rin lo corregía delante de todos.
Su hermano, por supuesto, no pensaba lo mismo.
Chang-seop había intensificado el acoso en los últimos días. Comentarios venenosos en los pasillos, empujones “accidentales”, rumores que se esparcían como pólvora. Cada vez que el azabache se cruzaba con él, la tensión subía. Y cada vez que la cosa amenazaba con pasar a mayores, aparecía Chae Bu-rin.
La chica de cabello azul no necesitaba gritar. Bastaba una mirada fría y un par de frases precisas para que la vena de la frente de Chang-seop latiera con fuerza. Si-hyang lo había visto más de una vez: su hermano apretando la mandíbula, conteniendo la rabia porque no podía aplastar a alguien que no le tenía miedo… y que además tenía a una genio de aliada.
Esa tarde, al terminar la última clase, Si-hyang salió del salón de artes cargando una maleta pesada llena de materiales: lienzos enrollados, frascos de pintura, pinceles y un caballete desmontado. El peso le hacía inclinar el cuerpo hacia un lado y el asa se le clavaba en la palma.
Iba a mitad del pasillo cuando una voz conocida la detuvo.
—“¿Quiere que se la lleve?”—
Levantó la vista. Son Ho-guk estaba frente a ella, con el uniforme todavía un poco arrugado y esa expresión sincera que parecía no conocer la hipocresía. Jae-hyeon y Min-su lo esperaban unos pasos más atrás.
Si-hyang parpadeó, sorprendida.
—“No es necesario. Puedo…”—
—“Pesa”— dijo él simplemente, señalando la maleta. —“Y usted va ladeada. Si me la da, llego más rápido al estacionamiento… o a donde sea que vaya”—
Hubo un segundo de silencio. Ella podría haber rechazado. De hecho, era lo que siempre hacía. Pero algo en la forma tan natural en que lo ofrecía… sin coqueteo, sin interés oculto, solo porque había visto que le costaba… la hizo soltar el asa, ella suspiró y cedió.
—“…Está bien. Gracias”—
Goku tomó la maleta con una sola mano como si no pesara nada y empezó a caminar a su lado sin decir mucho más. Jae-hyeon y Min-su los siguieron en silencio.
Si-hyang lo observó de reojo mientras bajaban las escaleras. No era su tipo. Seguía sin serlo. Pero esa pequeña acción absurda e innecesaria se le quedó grabada con más fuerza de la que esperaba.
Y por primera vez, se preguntó qué más habría detrás de esa sonrisa tan simple.
Una semana después
Yu Seo-yeong había notado algo que no le gustaba nada.
Su apariencia es de una belleza fría y calculada. El cabello negro, liso y perfectamente cortado a la altura de los hombros, siempre caía con una precisión que parecía ensayada. Su rostro era de facciones finas y angulosas: pómulos marcados, labios delgados y una mirada oscura, afilada, que raramente mostraba emoción genuina.
La piel pálida y cuidada contrastaba con la expresión habitualmente distante o ligeramente aburrida que llevaba. El uniforme lo usaba impecable, sin un solo desajuste, como si la perfección externa fuera una extensión de su control. Caminaba erguida, con pasos medidos, y casi nunca gesticulaba de más.
En conjunto, proyectaba la imagen de alguien que observaba todo desde una posición superior: elegante, contenida y peligrosamente callada. No necesitaba alzar la voz para imponerse; su silencio y su forma de mirar bastaban para hacer sentir a los demás que estaban siendo evaluados… y casi siempre encontrados insuficientes.
En los últimos días, Chang-seop había mencionado más de una vez a “la de cabello azul”. No con interés romántico… pero sí con una molestia distinta. La miraba demasiado cuando pasaba por los pasillos. Comentaba su forma de hablar. Incluso había preguntado en voz baja quién era exactamente.
Para Seo-yeong, eso ya era suficiente.
Durante el cambio de clase la interceptó en el pasillo del tercer piso.
—“Chae Bu-rin”— dijo con voz cortante, bloqueándole el paso.
Bulma se detuvo, ajustándose la correa de la mochila. Su expresión no cambió.
—“¿Sí?”—
Seo-yeong dio un paso más cerca, mirándola de arriba abajo con desprecio calculado.
—“No sé qué te crees, pero sería mejor que dejaras de llamar la atención. Hay gente aquí que no tolera que una cualquiera se meta donde no le corresponde”—
Bulma la observó en silencio un segundo. Luego inclinó ligeramente la cabeza, como si estuviera evaluando una ecuación mal resuelta.
—“¿“Cualquiera”?”— repitió con calma volvió a decir: —“Qué curioso. Yo pensaba que el mal gusto era de tu novio, no mío”—
Seo-yeong se tensó.
—“¿Qué acabas de decir?”— preguntó ella.
—“Que, si tu pareja se fija en mí, aunque sea un segundo”— continuó Bulma, sin subir el tono, —“el problema no soy yo. Es que tiene el gusto bastante cuestionable con la que se conformó. O tal vez solo está aburrido de lo mismo de siempre”— Se encogió de hombros y pasó a su lado sin detenerse. —“Como sea. Tengo clase. Y tú… deberías preocuparte más por mantener su atención que por interrumpir la mía”—
Seo-yeong se quedó parada en medio del pasillo, con la boca entreabierta y las mejillas ardiendo de humillación. La rabia le subió tan rápido que, sin pensarlo, levantó la mano dispuesta a abofetearla.
Justo cuando el brazo bajaba, otra mano la detuvo en el aire.
Kim Si-hyang había aparecido sin hacer ruido y sujetaba la muñeca de Seo-yeong con firmeza suficiente para impedir el golpe, pero sin usar más fuerza de la necesaria.
—“Basta”— dijo con voz fría y controlada.
Seo-yeong giró la cabeza, sorprendida y furiosa.
—“¿Qué haces…?”—
—“Dije que basta”— fue la respuesta de Si-hyang no alzando el tono, pero su mirada era de acero. —“No vas a golpear a nadie en medio del pasillo. Para de una vez”—
Hubo un segundo de tensión. Finalmente, Seo-yeong retiró el brazo con un movimiento brusco y se alejó unos pasos, todavía temblando de ira contenida. Sin decir una palabra más, se dio media vuelta y se fue por el pasillo contrario.
Si-hyang bajó la mano y miró a Bulma. Su expresión volvió a la compostura habitual, aunque había un leve destello de algo distinto en los ojos.
Bulma se ajustó la mochila y le hizo una pequeña inclinación de cabeza, formal y precisa.
—“Gracias por la intervención, Kim Si-hyang. Aunque no era necesario”—
Si-hyang sostuvo la mirada un instante.
—“Lo sé” — Hizo una pausa. —“Aun así… no estaba dispuesta a dejar que cruzara esa línea delante de mí”— terminó de decir ella de forma sincera.
Bulma asintió una sola vez, sin sonreír de más, y continuó su camino hacia el aula.
Si-hyang se quedó unos segundos mirando su espalda antes de seguir en dirección contraria.
Desde el otro extremo del corredor, Kang Min-jeong había visto toda la escena. Y por primera vez en mucho tiempo, no se rió. Solo pensó, con una mezcla de incomodidad y amargura:
Primero el azabache ignora a su compañera como si no existiera y se pone de frente sin miedo a ellos. Ahora la de cabello azul deja en ridículo a la novia del líder… y hasta la hermana interviene a su favor.
En cuanto a ella, todavía siente esa sensación de fuerza cuando el azabache sostuvo su muñeca, “¿de dónde sacó tanta fuerza ese enano?” pensó la rubia mientras se sobaba la muñeca afectada cada vez que se le venía ese recuerdo.
El grupo de Chang-seop empezaba a sentir, por primera vez, que había gente a la que no podían controlar.
Al cabo de unas semanas…
La acusación llegó un martes por la mañana, como un golpe seco.
Son Ho-guk y Chae Bu-rin fueron llamados a dirección a primera hora. El director, un hombre de mediana edad con gafas y expresión cansada, los esperaba junto a dos profesores jefes. Sobre el escritorio había una carpeta delgada.
—“Se ha presentado una denuncia formal”— dijo el director con tono grave y continuó:
—“Ha Min-Young afirma que Son Ho-guk la ha estado acosando durante las últimas semanas: acercamientos no deseados, comentarios inapropiados y presión para que pasara tiempo a solas con él. Además, se señala que Chae Bu-rin ha cubierto estos comportamientos e incluso ha intimidado a la denunciante para que guardara silencio”—
Goku parpadeó, genuinamente desconcertado.
—“¿Acosarla? Yo solo… le dije que podía venir a estudiar con nosotros una vez. Y me lo negó”—
Bu-rin, en cambio, no mostró sorpresa. Solo cruzó los brazos y miró al director con calma absoluta.
—“¿Hay pruebas? ¿Mensajes, grabaciones, testigos neutrales?”—
El director carraspeó.
—“De momento solo el testimonio de la alumna y de dos compañeros que afirman haber visto interacciones… incómodas”—
Bu-rin sonrió apenas, fría.
—“Entonces no hay pruebas. Solo palabras. Y yo puedo traer mañana mismo a Han Jae-hyeon, Min-su y al menos cuatro alumnos más que han estado presentes en cada una de esas “interacciones”. Además de las cámaras del pasillo de las máquinas expendedoras. ¿Las han revisado ya?”—
El silencio que siguió fue incómodo. Los profesores se miraron entre ellos. Nadie quería profundizar demasiado.
Porque Chae Bu-rin era la alumna con promedio más alto del año y proyectos que varios docentes usaban como material de ejemplo. Y Son Ho-guk, a pesar de su estatura y su torpeza académica inicial, se había convertido en el mayor medallista deportivo del colegio en los últimos meses. Perderlos por una denuncia débil era un precio que la dirección no estaba dispuesta a pagar fácilmente.
—“De momento… la investigación queda abierta”— dijo finalmente el director y continuó:
—“Ambos deberán mantener distancia con la denunciante hasta nuevo aviso. Si aparecen más pruebas, se tomarán medidas”—
Salieron del despacho en silencio.
Esa misma tarde, en la azotea del edificio de artes, Kim Si-hyang estaba sentada en el borde de una jardinera, mirando hacia el patio. Había pasado las últimas semanas compartiendo algunas comidas con Ho-guk y Bu-rin. Al principio solo observaba. Luego empezó a quedarse. El azabache, con su extraña mezcla de inocencia y fuerza, le había permitido ese espacio sin hacer preguntas ni exigir nada. Era… agradable. Más de lo que esperaba.
Cuando escuchó lo de la denuncia, algo se le retorció en el pecho.
No le cuadraba.
Había visto a Ho-guk rechazar a Min-jeong sin siquiera entender el coqueteo. Había visto cómo trataba a Ha Min-Young con la misma amabilidad torpe con la que trataba a todo el mundo. Y sobre todo, conocía a su hermano.
Chang-seop llevaba semanas cada vez más obsesionado. Y la familia Kim tenía contactos. Demasiados.
Si-hyang apretó los dedos sobre la falda.
Sabía que su hermano era capaz de usar a alguien como Ha Min-Young—débil, presionable, necesitada de pertenecer— para fabricar una acusación. Y sabía que el objetivo real no era solo el azabache… sino también a la chica de cabello azul que lo protegía con una inteligencia peligrosa.
Por primera vez, Si-hyang sintió que estaba del lado equivocado de la línea.
Y que, si no hacía algo, iba a dejar que hundieran a las dos únicas personas del colegio que le habían tratado con algo parecido a honestidad.
Al día siguiente, antes de que la dirección pudiera avanzar con la investigación, Kim Si-hyang pidió hablar a solas con el director y los profesores jefes.
Entró al despacho con su habitual compostura impecable, pero esta vez había una firmeza distinta en la mirada.
—“He revisado los hechos”— dijo sin rodeos. —“Y no pienso quedarme callada mientras se usa una acusación falsa contra dos alumnos que no la merecen”—
El director frunció el ceño.
—“Señorita Kim, esto es un asunto delicado…”—
—“Lo sé. Por eso estoy aquí”— Si-hyang abrió una carpeta delgada que había traído.
—“Ha Min-Young fue presionada. Puedo asegurar que su testimonio no es voluntario. Además, he estado presente en varias de las ocasiones que se mencionan como “acoso”. Son Ho-guk nunca tuvo un comportamiento inapropiado. Y Chae Bu-rin tampoco intimidó a nadie”—
Uno de los profesores carraspeó, incómodo.
—“¿Y por qué debería creerle a usted por encima de la denunciante?”—
Si-hyang sostuvo la mirada sin parpadear.
—“Porque yo también me beneficié de ellas”— Hizo una pausa breve. —“Chae Bu-rin tiene una metodología de estudio extremadamente eficaz. Gracias a las sesiones en las que me permitió participar, mis ya buenas calificaciones subieron de forma notable en materias donde tenía puntos débiles. Y Son Ho-guk… simplemente me trató con una honestidad que no es común en este colegio. No les debo amistad. Les debo respeto. Y no voy a permitir que mi hermano use contactos de la familia para destruir a dos personas que, como mínimo, no merecen esto”—
El silencio que siguió fue pesado.
Nadie en esa oficina ignoraba quién era la familia Kim. Pero tampoco ignoraban que Si-hyang nunca se involucraba en estos asuntos… hasta ahora. Y que, si ella estaba dispuesta a declarar en contra de la versión de su propio hermano, la denuncia se volvía extremadamente frágil.
Dos días después, la acusación fue archivada por falta de pruebas consistentes. Ha Min-Young retiró la denuncia con una excusa débil. No hubo disculpas públicas. Solo un silencio incómodo en los pasillos.
Esa tarde, en la azotea, Si-hyang se encontró con Bu-rin y Ho-guk. No dijo mucho.
—“Solo… no iba a dejar que los hundieran con algo tan sucio —explicó con voz controlada. —“Ustedes me trataron bien. Y su forma de estudiar… funciona. Incluso para alguien como yo”—
Bu-rin la miró un segundo y asintió con formalidad.
—“Entendido. Gracias por la intervención, Kim Si-hyang”—
Goku, más directo, le sonrió con sinceridad.
—“Gracias. De verdad, aunque teníamos las evidencias, pero con lo tuyo, estamos más tranquilo”—
Si-hyang desvió la mirada hacia el horizonte, como si le costara sostener ese tipo de agradecimiento.
—“No fue por amistad”— aclaró, casi para sí misma. —“Solo… no me gusta que usen métodos tan bajos. Especialmente contra quienes no los merecen”—
Aun así, cuando se alejó, ninguno de los tres pudo ignorar que algo había cambiado.
Por primera vez, la hermana del enemigo había puesto un límite claro.
Y lo había puesto del lado de ellos.
Dos días después del escándalo del supuesto acoso sexual…
Kim Si-hyang llegó a la azotea con el ceño ligeramente fruncido y el uniforme todavía más impecable de lo normal, como si la perfección externa pudiera ocultar el nudo que llevaba desde la noche anterior.
Su padre la había llamado al despacho de la casa. No gritó. Nunca gritaba. Solo le habló con esa voz fría y medida que dolía más que cualquier insulto:
“Has puesto en duda la unidad de esta familia delante de extraños. La reputación de los Kim no se negocia. Ni siquiera por tu sentido de la justicia.”
Había salido de esa habitación sintiendo que había traicionado algo más grande que a su hermano. Y aunque no se arrepentía del todo, el peso seguía ahí.
Bu-rin ya estaba sentada en el borde de la jardinera, revisando unos apuntes. Jae-hyeon y Min-su hablaban en voz baja cerca de la baranda. Y Goku… Goku estaba ocupado repartiendo algo en recipientes de plástico.
—“Llegas justo a tiempo”— dijo él cuando la vio, con esa sonrisa abierta que parecía no conocer las complicaciones del mundo. —“Hoy cociné. Arroz salteado. Es mi primera vez, así que… no esperen milagros”—
Si-hyang se detuvo un segundo. El olor a arroz, huevo y un poco de salsa de soja subió hasta ella. Era simple. Casi humilde.
Goku le tendió un recipiente con total naturalidad, como si fuera lo más obvio del mundo compartir comida con ella.
—“Tome. Todavía está caliente”—
Ella lo aceptó después de una breve duda. Se sentó un poco apartada del grupo, pero no tanto como otras veces. Abrió el recipiente y dio un primer bocado pequeño, contenida.
Estaba… bien. Un poco pasado de sal. El arroz un poco pegajoso. Claramente la primera vez de alguien que normalmente solo se preocupaba por comer, no por cocinar.
—“Está… pasable”— dijo al fin, con honestidad fría. —“Para ser la primera vez”—
Goku se rascó la nuca, soltando una risa suave.
—“¡Lo sé! Bu-rin me dijo que estaba “aceptable con esfuerzo”. Pero al menos nadie se ha envenenado”—
Bu-rin, sin levantar la vista de sus apuntes, añadió:
—“Todavía le falta técnica. Pero ha mejorado desde el intento del otro día. Eso ya es algo”—
Jae-hyeon y Min-su asintieron mientras comían con ganas. El ambiente era ligero, sencillo, sin la tensión constante de los pasillos ni las miradas calculadoras de su casa.
Si-hyang dio otro bocado. Luego otro.
El regaño de su padre seguía ahí, al fondo de la mente. La decepción, la presión, la sensación de haber puesto en riesgo la imagen familiar… todo seguía presente. Pero mientras el arroz calentaba sus manos a través del plástico y escuchaba a Goku discutir con Min-su sobre si el próximo intento debería llevar más huevo o más verduras, ese peso se sentía… un poco más lejos.
No desapareció.
Solo se hizo a un lado, aunque fuera por un rato.
Y por primera vez desde la noche anterior, Si-hyang soltó un poco el aire que no sabía que estaba conteniendo.
—“…Gracias por la comida”— murmuró, casi para sí.
Goku solo le sonrió, con la boca todavía medio llena.
—“Cuando quiera. La próxima vez saldrá mejor”—
Ella no respondió. Solo siguió comiendo en silencio, rodeada de personas que no le pedían que fuera perfecta ni que defendiera un apellido.
Y aunque todavía no podía nombrarlo, algo dentro de su pecho se había aflojado un milímetro más.
Al Final del semestre…
El último día de exámenes del semestre llegó sin el caos que Chang-seop había esperado.
Después del incidente del supuesto acoso a una compañera, las cosas se aplacaron porque su Bu-rin y su hermana intervinieron a favor del Son.
Los profesores, aunque algunos preferían no meterse con la familia Kim, tampoco estaban dispuestos a sacrificar a sus dos alumnos más convenientes. Bu-rin era la alumna estrella del departamento de ciencias: notas casi perfectas, proyectos que los mismos docentes usaban como ejemplo. Ho-guk, por su parte, había pasado de estar al borde del suspenso a subir de forma constante. Además, en las pruebas físicas y en las competencias Inter escolares de atletismo y fuerza, el instituto había ganado más trofeos en dos meses que en los últimos tres años juntos. Perderlos por unas cuantas denuncias sin pruebas sólidas era un precio que nadie quería pagar. Eso se lo tienen bien grabado cada cuerpo docente hasta el director de establecimiento no se atrevió.
Chang-seop lo notaba. Cada vez que intentaba mover los hilos, la tortilla se daba la vuelta. Y eso lo tenía cada vez más callado… y más furioso.
El viernes por la tarde, cuando se publicaron los resultados preliminares en el tablón, Goku y Bulma se quedaron mirando las notas en silencio.
—“Aprobaste todo”— dijo Bulma, sin esconder una pequeña sonrisa de satisfacción—“Incluso álgebra. Con un 85. No es brillante, pero para alguien que hace tres meses dibujaba peces en los exámenes… es un milagro”—
Goku se rascó la nuca, sonriendo con alivio genuino.
—“Fue gracias a ti. Aunque todavía odio las funciones”— Luego miró su propio nombre y añadió:
—“Y tú sacaste casi todo perfecto, como siempre”—
Bulma guardó el móvil donde había tomado foto de las notas.
—“Obvio. Ahora viene lo importante. Ya hablé con la dirección. Nos dieron permiso provisorio de una semana. Oficialmente es para “completar proyectos externos vinculados a formación práctica”. En realidad…”—
—“En realidad tienes que terminar el turno extra en la tienda y yo el proyecto de acabados en la constructora”— completó Goku, ya acostumbrado a los planes de ella.
—“Exacto. La constructora me pidió que entregue el informe de materiales y el prototipo de sellado mejorado que me pidieron que lo llevara contigo antes del viernes que viene. Y bueno… si no cubrimos esos turnos de noche en el minimarket, no llegamos a pagar la renta del mes que viene y tu montaña de arroz”—
Goku asintió con seriedad.
—“Una semana sin escuela. Entrenaré más temprano y estudiaré por las noches. No voy a bajar el ritmo”—
Bulma lo miró de reojo mientras guardaban las cosas en las taquillas.
—“Más te vale. Porque cuando volvamos, Chang-seop va a estar todavía más amargado. Y yo prefiero que lleguemos con las cuentas al día y con tus notas estables… por si intenta algo más sucio”—
Esa misma tarde, mientras salían por la puerta principal del instituto, Kang Min-jeong y Yu Seo-yeong los observaron desde lejos. Ninguna dijo nada. Solo siguieron con la mirada cómo el azabache y la peli azul se alejaban caminando juntos, hablando de horarios de trabajo y de cuántos sacos de cemento había que mover.
Chang-seop, que estaba un poco más atrás, apretó el puño dentro del bolsillo.
Una semana. Solo una semana sin tenerlos encima.
Y él pensaba aprovecharla.
Esa semana… el día 5, en un lugar de construcción…
El sol ya se había escondido detrás de los edificios de Seúl cuando Son Ho-guk terminó la última habitación del piso en construcción. Tres oficinas seguidas. Pasta muro, lijado y dos manos de pintura blanca. El supervisor había pasado, había asentido y le había dicho que podía irse. Goku se limpió las manos en el pantalón de trabajo, todavía manchado de blanco, y se ajustó la mascarilla que colgaba del cuello. Estaba cansado, pero satisfecho.
Fue entonces cuando escuchó las voces.
Subió un tramo de escalera improvisada hasta el piso superior, donde el esqueleto del edificio todavía estaba abierto al viento. Allí, bajo la luz amarilla de un foco portátil, vio la escena.

Min-su y Jae-hyeon forcejeaban cerca del borde, empujándose y lanzándose golpes torpes. Chang-seop y su grupo formaban un semicírculo, riéndose. Kang Min-jeong tenía los brazos cruzados. Yu Seo-yeong miraba con expresión aburrida y Ha Min-Young miraba con desconcierto.

Chang-seop, visiblemente harto de la pelea mediocre, soltó un suspiro exagerado y dio un paso adelante.
—“Qué aburrido…”—murmuró, mirando a Min-su con desprecio. —“Este es un golpe de verdad”—
Sin aviso, lanzó una patada fuerte y precisa directamente al pecho de Min-su.

El impacto fue brutal. Min-su salió despedido hacia atrás, perdió el equilibrio y chocó de lleno contra la baranda de seguridad provisional. La estructura, mal anclada y debilitada, crujió con un sonido seco… y cedió.
El cuerpo de Min-su desapareció hacia el vacío.

El grito de Jae-hyeon se cortó en la garganta. Chang-seop y los demás se quedaron congelados un segundo. El silencio fue absoluto.

Goku no la pensó dos veces.
Agarró la cuerda de seguridad más cercana, se la amarró a la cintura con un nudo rápido y seguro, corrió, dio un impulso y se lanzó detrás de él.

El viento le pegó en la cara. En menos de dos segundos alcanzó a Min-su, lo rodeó con un brazo y tensó la cuerda con la otra mano. El tirón fue brutal, pero aguantó. Ambos quedaron colgando varios metros por debajo del piso, balanceándose sobre el vacío de cinco pisos.
—“¿Estás bien?”— preguntó Goku, con la voz tensa por el esfuerzo.
Min-su, blanco como el papel y temblando, solo pudo asentir. Tenía los ojos muy abiertos, mirando el rostro de su protector manchado de pintura y sudor.
Goku subió primero, arrastrando a Min-su con él hasta dejarlo a salvo sobre el concreto. Luego se incorporó, se quitó la mascarilla y miró directamente al grupo.

El silencio era absoluto.


—“¿Fue idea tuya?”— preguntó con calma, pero había algo distinto en su tono. Ya no era el chico distraído que solo pensaba en comida y ecuaciones.
Chang-seop recuperó la compostura a la fuerza. La rabia le subió a la cara al verse pillado con las manos en la masa.
—“Tú… no viste nada, enano de mierda”— escupió. —“Y no vas a decir nada”—
Hizo un gesto. Dos de sus matones se lanzaron hacia adelante para darle una paliza y callarlo.
Goku no los golpeó. Solo se desplazó un paso hacia un lado, dejó que el primero pasara de largo y le pasó el pie por detrás de los tobillos. El chico cayó de bruces. Al segundo le hizo lo mismo con un movimiento casi perezoso. Ambos quedaron en el suelo, gruñendo de dolor y vergüenza.
Goku levantó la vista hacia Chang-seop. Después miró a Min-jeong, Ha Min-Young y a Seo-yeong, que estaban tensas, sin saber cómo reaccionar.
—“Una más”— dijo con voz baja y firme. —“Una sola más… y les cuento a los profesores y a la policía exactamente lo que hicieron esta noche. Incluyendo quién dio la patada”—
No gritó. No amenazó con los puños. Solo los miró con esa seriedad que casi nunca usaba… y que ahora pesaba más que cualquier golpe.
Luego se giró, ayudó a Jae-hyeon a ponerse de pie (el chico todavía estaba en shock, tartamudeando cosas que casi vio morir a su amigo) y caminó hacia Min-su, que lo esperaba con una expresión de pura gratitud y terror contenido.
—“Vamos”—le dijo simplemente. —“Ya es tarde”—
Los tres bajaron juntos por la escalera de servicio, dejando atrás el piso a medio construir, la baranda rota y a un grupo de adolescentes que, por primera vez, no sabían qué hacer con alguien que no les tenía miedo… y que además tenía pruebas de lo que acababa de ocurrir.
Desde la oscuridad del piso superior, Chang-seop apretó los dientes hasta que le dolió la mandíbula.
Esta vez no había sido una simple humillación en el patio.
Esta vez él mismo había empujado a alguien al vacío… y el azabache lo había visto todo.
La noticia se filtró entre los estudiantes tanto en la prepa y en los alrededores como un susurro pesado: en la obra en construcción donde Son Ho-guk trabajaba de medio tiempo, Min-su había estado a punto de caer al vacío. La baranda provisional había cedido. Y el único que se lanzó detrás de él, amarrándose una cuerda improvisada a la cintura, había sido el azabache.
Lo había atrapado en el aire. Lo había subido. Y después había mirado a Chang-seop y a su grupo con una calma que asustaba más que cualquier grito.
Kim Si-hyang se enteró esa misma noche.
Estaba en su habitación, todavía con el uniforme, cuando recibió el mensaje de una compañera. Leyó las palabras una vez. Luego otra. El teléfono se le quedó temblando un segundo entre los dedos.
Se sentó en el borde de la cama.
El corazón le latía rápido. Demasiado rápido.
Ese chico… ese enano que apenas le llegaba al hombro, el mismo que repartía arroz salteado “pasable” en la azotea, el mismo que sonreía como si el mundo no pudiera ensuciarlo… había arriesgado su vida sin pensarlo dos veces. Por alguien que ni siquiera era su familia. Por alguien que solo era su amigo.
Si-hyang apretó los labios y bajó la mirada hacia sus manos.
En su casa, la protección siempre había tenido un precio. Un cálculo. Una transacción. Nadie se lanzaba al vacío por otro sin esperar algo a cambio.
Pero él sí.
Cerró los ojos un momento y, sin poder evitarlo, una sonrisa triste se le escapó en la penumbra de la habitación.
“Si tan solo te tuviera cerca…”
La frase le dolió al formarse. Porque sabía que no era posible. No de la forma en que una parte de ella empezaba a desearlo. Él pertenecía a otro tipo de mundo: uno más simple, más limpio, más lejano de los pasillos fríos de la familia Kim.
Y aun así, esa noche, mientras el resto de la casa dormía, Kim Si-hyang se quedó mirando la oscuridad con el corazón todavía acelerado, sintiendo por primera vez con total claridad que algo dentro de ella ya no le pertenecía del todo.
Algo que había empezado a latir al ritmo de un chico demasiado bajo, demasiado honesto… y demasiado dispuesto a saltar al vacío por los demás.
Ahora. La cosa no se quedó solo en el bullying y la casi muerte de Minsu…
Chang-seop, después de agotar todos sus contactos e intentos por sacar a Ho-guk y a Bu-rin de Seúl, estaba cada vez más acorralado. Fue entonces cuando Yu Seo-yeong, su novia, cruzó una línea que ni él se había atrevido a tocar.
Una noche, en el interior del auto de Chang-seop, Seo-yeong habló con la voz fría y cargada de veneno:
—“Esa de cabello azul me tiene harta. Se cree superior. Me humilló delante de todos y todavía se pasea como si nada. Si no podemos sacarlos por las buenas… entonces quemamos el problema de raíz. Literalmente”—
Chang-seop dudó solo un segundo. La rabia acumulada pudo más que la cautela. Asintió.
Esa misma noche, él y dos de sus lacayos se acercaron al edificio donde vivían el azabache y la peli azul con la intención de provocar un incendio en su apartamento. No contaban con que Bulma, precavida como siempre, había instalado cámaras de seguridad tanto en la entrada del edificio como frente a la puerta de su vivienda.
Cuando los tres, con el rostro cubierto, se acercaron a la puerta, una figura salió de la oscuridad del pasillo. Son Ho-guk, que había regresado más temprano de su turno, los interceptó con una patada voladora que mandó a Chang-seop hacia atrás. Uno de los lacayos lo sujetó a tiempo para que no cayera por las escaleras.
—“Ya te advertí”— dijo Goku con la voz baja y tensa, listo para continuar.
Bulma, que había visto todo desde el interior gracias a las cámaras, salió al pasillo con el teléfono en la mano.
—“Mejor átalos y quítales las capuchas”— ordenó con calma. —“Ya llamé a la policía”—
Goku obedeció. En pocos minutos los vecinos empezaron a asomarse por el ruido y, poco después, llegaron los agentes. Los tres fueron detenidos en el acto. Las cámaras mostraron con claridad la intención de incendio, y Seo-yeong, aunque no estuvo presente en el edificio, quedó implicada por los mensajes y la planificación.
El escándalo, sin embargo, no llegó a ser mediático. Los padres de Chang-seop se reunieron rápidamente con los afectados. Min-su y Jae-hyeon estaban dispuestos a testificar también sobre lo ocurrido en la obra en construcción y lo primero que iba a hacer el jefe de la familia Kim es amenazar con no denunciar al hijo de oro de la familia o si no había consecuencias de hacerlos desaparecer de Seul…
Fue entonces cuando Kim Si-hyang intercedió directamente ante su padre ya que supo que eso era la intención de su padre.
En el despacho principal de la residencia Kim, de pie frente al hombre que controlaba una de las corporaciones más poderosas del país, ella habló con voz firme:
—“Padre. Son Ho-guk actuó en legítima defensa. Mi hermano y sus acompañantes fueron a su domicilio con la intención de provocar un incendio. El golpe que recibió Chang-seop fue consecuencia directa de esa agresión. No tiene sentido perseguir al chico por defenderse”—
El señor Kim la observó en silencio durante varios segundos, evaluando.
—“La reputación de esta familia ya ha sufrido suficiente por las imprudencias de tu hermano, pero aun así, es de nuestra sangre” —dijo finalmente con tono frío y continuó:
—“Si no silenciamos a esos dos expulsándolos de Seúl, la reputación de la familia se verá afectada, te guste o no te guste”—
Si-hyang mantuvo la postura recta, aunque por dentro sentía el peso de cada palabra. Respiró hondo y habló con voz clara, sin temblor:
—“Padre, expulsarlos solo va a generar más ruido. Ellos tienen pruebas. Cámaras, testigos, el incidente de la constructora… Si los empujamos contra la pared, pueden hablar. Y si hablan, el daño será mucho mayor”—
El señor Kim alzó una ceja, esperando.
—“Propongo otra solución”—continuó ella. —“Compensemos económicamente a los afectados a cambio de su silencio absoluto. Una suma generosa, suficiente para que no tengan motivos de quejarse. A cambio, Chang-seop y yo terminaremos nuestros estudios en el extranjero. Yo cortaré cualquier tipo de relación con Son Ho-guk y Chae Bu-rin. No habrá más contacto. Y me comprometo personalmente a vigilar a mi hermano para que no vuelva a cometer este tipo de imprudencias y prepararlo para que tome las riendas de la empresa, es lo que siempre has querido”—
Hizo una breve pausa, sosteniendo la mirada de su padre.
—“De esa forma protegemos la imagen de la familia, evitamos un escándalo mayor y con nosotros fuera en el extranjero y el tiempo a nuestro favor, olvidarán el incidente… y yo asumo la responsabilidad de mantener a Chang-seop bajo control. Es lo más limpio”—
El señor Kim permaneció en silencio varios segundos más, evaluando cada palabra de su hija. Finalmente, apoyó los codos sobre el escritorio y entrelazó los dedos.
—“…Aceptable”— dijo al fin con tono frío. —“Habrá compensación. Ustedes dos salen de Corea en cuanto se cierren los trámites. Y tú, Si-hyang… no falles en vigilar a tu hermano. La próxima vez no habrá segunda oportunidad”—
Si-hyang inclinó ligeramente la cabeza.
—“Entendido, padre”—
Al salir del despacho y cerrar la puerta tras de sí, la compostura perfecta que había mantenido frente a su padre se resquebrajó solo un instante.
Caminó por el largo pasillo de mármol con pasos medidos, pero dentro del pecho algo se le apretaba con fuerza. Había ofrecido cortar todo contacto con Son Ho-guk como si fuera un simple trámite. Como si no importara.
Pero importaba.
Ese enano de cabello azabache, el mismo que le había cargado la maleta sin pedir nada a cambio, el que compartía arroz salteado “pasable” en la azotea, el que sonreía con una honestidad que nadie en su familia poseía… se había colado en un lugar que ella creía inaccesible.
Y ahora tenía que alejarlo. Por la familia. Por la reputación. Por el control.
Si-hyang detuvo un segundo el paso, apoyando apenas los dedos contra la pared fría. Cerró los ojos y dejó que el dolor se asentara en silencio, sin permitir que una sola lágrima asomara.
“Si tan solo…”
No terminó el pensamiento. No podía permitírselo.
Abrió los ojos, recuperó la expresión impasible y siguió caminando.
Había tomado la decisión correcta para la familia Kim y sus aliados por así decirlo.
Aunque le costara una parte de sí misma que recién estaba empezando a descubrir.
Está llegando el período de vacaciones de invierno y, antes de desaparecer del colegio, Si-hyang los buscó una última vez.
Los encontró en la azotea, el mismo lugar donde tantas veces había compartido silencio y comida sencilla. Goku estaba sentado en el suelo con las piernas cruzadas, terminando de empaquetar el último recipiente de arroz salteado. Esta vez había salido considerablemente mejor. Bu-rin estaba a su lado, revisando algo en el teléfono, y Jae-hyeon y Min-su hablaban en voz baja cerca de la baranda.
Cuando Si-hyang se acercó, los cuatro levantaron la vista.
Hubo un segundo de silencio incómodo. Todos sabían que era una despedida.
Goku fue el primero en ponerse de pie. Se rascó la nuca con esa sonrisa torpe y sincera que siempre la desarmaba un poco.
—“Oye… escuché que te vas. Al extranjero”—
Si-hyang asintió con compostura, aunque por dentro el pecho le pesaba.
—“Sí. Es lo mejor para la familia”—
Goku no entendió del todo las implicaciones, pero sí captó que algo se terminaba. Sin pensarlo demasiado, le tendió un recipiente todavía caliente.
—“Entonces… lleva esto. Esta vez sí quedó decente. Ya no está solo “pasable”.
Ella lo aceptó con ambas manos, sorprendida por el gesto tan simple y tan él.
Bu-rin se acercó entonces. No sonreía con superioridad ni con lástima. Solo con una calma suave, casi comprensiva.
—“Cuídate, Kim Si-hyang”— dijo con voz serena. —“Y… gracias. Por lo de la denuncia. No era necesario, pero lo hiciste igual”—
Si-hyang sostuvo la mirada de la chica de cabello azul un segundo más de lo habitual. No dijo nada sobre lo que realmente sentía. No mencionó el nudo en la garganta ni la forma en que el azabache se le había metido debajo de la piel sin permiso. Solo asintió.
—“Fue lo correcto”—
Fue entonces cuando Bu-rin sacó del bolsillo de la chaqueta una pequeña fotografía impresa, todavía un poco cálida por haberla sacado hace poco.
En la imagen se veía a los cinco: Si-hyang sentada un poco apartada pero no del todo, Goku riéndose con la boca llena, Bu-rin mirando de reojo con una media sonrisa, y Jae-hyeon y Min-su levantando los palillos como si brindaran. Todos comiendo el arroz salteado que, esa vez sí, había salido bastante bien.
—“Quédate con esto”— dijo Bu-rin, entregándosela. —“Para que no se te olvide que, aunque sea un rato, formaste parte de algo sencillo”—
Si-hyang tomó la foto con cuidado, como si fuera algo frágil. La miró en silencio. En la imagen su propia expresión era más suave de lo que recordaba. Casi… cómoda.
Goku, a su lado, le dedicó una última sonrisa amplia y sin reservas.
—“Si algún día vuelves… o si nos cruzamos otra vez… todavía te puedo cocinar. La próxima vez saldrá aún mejor”—
Si-hyang apretó ligeramente los dedos alrededor de la fotografía. Esta vez no pudo mantener la máscara del todo. Una sonrisa cálida, genuina y un poco triste, se le escapó mientras miraba directamente a Goku.

—“Lo tomaré en cuenta…”—dijo con voz más suave de lo habitual. —“Y… gracias. Por todo”—
Inclinó la cabeza con elegancia y dio media vuelta, alejándose por las escaleras sin mirar atrás.
Solo cuando estuvo lo suficientemente lejos, donde nadie pudiera verla, apretó la foto contra su pecho y dejó que el calor de esa promesa se asentara en silencio.
— “No hay nadie como él”— murmuró para sí misma mientras seguía caminando a la salida de la prepa.
Se llevaba consigo la única prueba tangible de que, aunque fuera por poco tiempo, había conocido algo genuino.
Y a alguien que, sin pretenderlo, le había enseñado que existía otra forma de mirar el mundo.
Durante la semana de vacaciones de invierno, los cuatro quedaron en un pequeño local de comida cerca de la casa de Jae-hyeon. Era un sitio sencillo, de mesas de madera y vapor constante saliendo de la cocina. El olor a caldo y carne asada llenaba el aire.
Jae-hyeon levantó su vaso de refresco con una sonrisa cansada pero genuina.
—“Por haber sobrevivido a este semestre de mierda”—
Min-su asintió con fuerza y agregó:
—“En serio. Si no fuera por ustedes dos… yo no estaría aquí contándolo. Ni en la constructora ni con todo lo demás”—
Goku, que ya iba por su segundo plato, se rascó la nuca con una sonrisa amplia.
—“Solo hice lo que cualquiera haría”—
—“No”— lo corrigió Jae-hyeon con seriedad. —“Cualquiera no se lanza al vacío por otro. Ni se pone enfrente de Chang-seop como si nada. Ustedes dos… nos salvaron el semestre. Y más que eso”—
Bu-rin, sentada a su lado, solo bebió un sorbo de su bebida y no negó el cumplido. Por una vez, dejó que el agradecimiento se quedara en el aire.
Hubo un rato de conversación ligera, risas y quejas sobre exámenes, hasta que Min-su, más callado de lo normal, miró a los dos y preguntó con curiosidad genuina:
—“Oye… ustedes viven solos en ese apartamento, ¿verdad? ¿Y sus padres? ¿O algún pariente?”—
Goku se quedó pensativo un momento, con los palillos detenidos a mitad de camino. Los recuerdos de este mundo eran borrosos, como imágenes vistas a través de agua turbia, mezclados con los de su vida anterior. Bulma le había explicado que, tras el experimento fallido, sus cuerpos y conciencias se habían fusionado con las versiones coreanas de sí mismos. Tenían registro, historial… pero los recuerdos de esta vida llegaban a trozos.
Finalmente, dejó los palillos y habló con naturalidad:
—“Bueno… mis padres murieron cuando yo tenía tres años. Me crió mi abuelo hasta que falleció cuando cumplí los diez años. Después de eso estuve un tiempo en el orfanato… y ahí conocí a Bu-rin”—
Bu-rin asintió con calma, sin drama innecesario.
—“Yo quedé huérfana a los dos años. Mis padres murieron en un accidente durante un experimento que salió mal. En el orfanato conocí a Ho-guk. Desde entonces nos tenemos el uno al otro. Vivimos la vida como podemos… al máximo. Y el casero del edificio es un anciano buen samaritano. Nos alquiló el apartamento sin hacer demasiadas preguntas sobre de dónde veníamos. Solo dijo que mientras paguemos a tiempo y no quememos el lugar, no había problema”—
Jae-hyeon y Min-su se miraron entre sí, un poco sorprendidos por lo directo de la respuesta. No había autocompasión en sus voces. Solo hechos.
—“Vaya…”— murmuró Min-su. —“No sabía”—
Goku se encogió de hombros y volvió a su comida con una sonrisa ligera.
—“No es para tanto. Al final terminamos juntos, ¿no? Y eso es lo que importa”—
Bu-rin lo miró de reojo y, por un instante, su expresión se suavizó.
—“Exacto. Lo que importa es que seguimos aquí”—
El ambiente volvió a relajarse poco a poco, pero esa pequeña revelación quedó flotando entre ellos: dos chicos que, sin familia de sangre en este mundo, se habían convertido en el único hogar el uno del otro.
Después de que Kim Chang-seop abandonara el colegio y saliera del país, el resto de su grupo se desmoronó con rapidez. Sin la protección ni la influencia de su líder, y con la mala reputación que arrastraban por los incidentes del semestre, Kang Min-jeong, Yu Seo-yeong y los lacayos se vieron obligados a transferirse a otros institutos en distritos distintos para evitar el rechazo constante de compañeros y profesores. Solo Ha Min-Young permaneció en el mismo colegio, manteniéndose al margen y evitando cualquier tipo de conflicto, como si quisiera borrar por completo su antigua pertenencia a ese círculo.
Pasó el tiempo volando hasta que llegó el día de la graduación para el azabache.
Para Gokú (Son Ho-guk), el día de la graduación de la preparatoria no significó absolutamente nada. Ahora medía casi 1.75 m y su cuerpo se había vuelto más proporcionado y fuerte después de dos años de entrenamiento constante. Mientras la mayoría de sus compañeros se preparaban con nervios y emoción, él ya había vuelto al apartamento después de una intensa jornada de entrenamiento en las montañas y solo pensaba en recuperar un poco de sueño antes de seguir con su rutina.
Fue entonces cuando Min-su y Jae-hyeon aparecieron en la puerta, todavía con el uniforme de la ceremonia y el cabello más peinado de lo habitual.
—“Ho-guk, ven con nosotros”— insistió Min-su, apoyándose en el marco de la puerta. —“Es la graduación. Todos van a la fiesta después. Aunque sea un rato”—
—“Sí”— añadió Jae-hyeon, más serio. —“Después de todo lo que pasó… no estaría mal que salieras un poco. Bu-rin también va a ir”—
Goku, que estaba sentado en el borde de la cama terminando de atarse los tenis de entrenamiento, levantó la vista y negó con la cabeza de inmediato.
—“No. Todavía me falta completar la rutina de la tarde y después tengo que repasar lo que Bu-rin me dejó para el examen de admisión. Si voy a una fiesta, pierdo tiempo. Además… no me gusta mucho ese tipo de cosas”—
Min-su y Jae-hyeon se miraron entre sí y soltaron un suspiro. Sabían que cuando el azabache se ponía así de terco, no había forma de moverlo.
—“Está bien…”— murmuró Jae-hyeon. —“No te obligamos a ir a la gala”—
—“Pero el fin de semana vamos los cuatro al karaoke”— añadió Min-su, señalándolo con el dedo. —“Tú también. No te escapes”—
Goku se rascó la nuca, ofreciendo una sonrisa disculposa pero esta vez un poco más rendida.
—“…Está bien. El fin de semana sí”—
Min-su le dio una palmada en el hombro antes de girarse hacia la puerta.
—“Cuídate, Ho-guk. Y no te pases de entrenar”—
Ambos salieron del apartamento y se reunieron con Bulma, que los esperaba abajo. Le contaron que Goku no iría a la gala, pero que habían quedado los cuatro para ir al karaoke el fin de semana. Ella solo suspiró con una mezcla de resignación y diversión, aceptando el trato.
El fin de semana llegó más rápido de lo esperado.
Tal como habían quedado, los cuatro se reunieron frente a un KTV de tamaño medio cerca de la estación. Goku llegó puntual, con el cabello todavía un poco revuelto por el entrenamiento de la mañana y una expresión de quien aceptaba la salida más por compromiso que por entusiasmo. Bulma que vino con él lo empujó suavemente hacia adentro cuando intentó quedarse mirando el menú de la entrada demasiado tiempo.
Reservaron una sala mediana. En cuestión de minutos la mesa se llenó de platos: pollo frito, tteokbokki, patatas fritas, kimbap y varias bebidas. Goku fue el primero en atacar la comida con su apetito habitual, mientras Jae-hyeon y Min-su discutían qué canción poner primero.
Lo que siguió fue un desastre musical absoluto.
Jae-hyeon desafinaba sin ninguna vergüenza. Min-su se reía tanto que apenas podía terminar las estrofas. Bu-rin, contra todo pronóstico, tenía una voz decente, pero se negaba a cantar nada empalagoso. Y Goku… siendo Goku se limitaba a seguir el ritmo con la cabeza y a reírse a carcajadas cada vez que alguien se equivocaba de letra, sin atreverse demasiado al micrófono.
En medio del ruido y las luces de colores, Ha Min-Young, que trabajaba a medio tiempo en ese KTV, reconoció al grupo al abrir la puerta para dejar más bebidas. No dijo nada. Solo asintió con educación y, cuando salió, aprovechó un ángulo discreto del pasillo para tomar varias fotos con su teléfono en dirección al azabache. Esa misma noche las envió por correo a Kim Si-hyang. Horas después recibió una transferencia de dinero a cambio de esas imágenes.
Dentro de la sala, entre canción y canción, Jae-hyeon dejó el micrófono sobre la mesa y miró a Bu-rin con curiosidad genuina.
—“Oye… ahora que estamos más calmados. ¿Qué hicieron finalmente con el dinero de la compensación que les dieron los Kim?”—
Bu-rin dejó su vaso a un lado y respondió con naturalidad, como si hablara de cualquier otra gestión:
—“Dejé una parte para gastos personales y otra se la pasé al casero para que mejorara el sistema de aire acondicionado del apartamento. El resto lo deposité en una cuenta que genera intereses y en el fondo estudiantil de los dos. No pensaba desperdiciarlo”—
Luego los miró a ambos con la misma calma práctica.
—“¿Y ustedes? También recibieron compensación. ¿Qué hicieron con ella?”—
Min-su fue el primero en responder, un poco tímido, pero sonriendo y respondió:
—“Mis padres y yo… compramos una casa nueva. Una más pequeña, pero nuestra. Y el resto lo vamos a usar para los estudios. Por fin podemos respirar un poco sin estar tan agobiados con la renta”—
Jae-hyeon asintió despacio, más serio y dijo:
—“Yo se lo di todo a mis padres. Ellos… sufrieron mucho con todo el acoso que me hicieron en los últimos dos años. Cada vez que volvía golpeado o callado, se les notaba la preocupación. Cuando les conté lo de la compensación y de ustedes dos, casi no lo podían creer”— Hizo una pausa breve, mirando a Goku y a Bulma y continuó:
—“Mis padres los adora mucho. Dicen que es como si el cielo les hubiera escuchado sus plegarias después de tanto tiempo”—
Goku, que estaba terminando el último trozo de pollo, se rascó la nuca con una sonrisa un poco avergonzada.
—“No hicimos tanto…”— dijo tratando de bajarle el perfil.
—“Sí hicieron”— lo cortó Jae-hyeon con suavidad, pero con firmeza. —“Y mis padres nunca lo van a olvidar”—
Bu-rin no dijo nada más, pero por un instante su expresión se suavizó. Min-su levantó su vaso otra vez.
—“Entonces… por haber sobrevivido a estos años de locos. Y por las personas que lo hicieron un poco más llevadero”—
Los cuatro chocaron los vasos en un brindis improvisado. Las luces del karaoke seguían cambiando de color, la música volvía a sonar desafinada y, por un rato, el peso de los problemas, las amenazas y las despedidas quedó fuera de esa pequeña sala.
Solo quedaban cuatro personas comiendo de más, cantando mal y celebrando que, contra todo pronóstico, seguían juntos.
Después de esa noche en el KTV, la vida siguió su curso. Cada uno se concentró en sus propios estudios y responsabilidades. Jae-hyeon y Min-su tomaron caminos distintos dentro de la ciudad, mientras Goku y Bulma se sumergían por completo en la preparación del examen de admisión y en los planes que ella ya estaba trazando en silencio. Se separaron con una promesa sencilla: volver a verse cuando todo estuviera más estable.
El tiempo pasó más rápido de lo esperado.
Gracias al implacable “Zenkai” académico que Bulma había forzado en él durante dos años, Gokú logró un puntaje más que destacado y aseguró su ingreso directo a una universidad respetada de Seúl. El destino —o más bien la abismal genialidad de su mejor amiga— hizo que sus caminos volvieran a converger en el mismo campus.
Bulma, habiendo adelantado materias a una velocidad ridícula gracias a su intelecto superior, ya se encontraba cursando su segundo año universitario cuando Son Ho-guk apenas pisaba el patio principal como estudiante de primer ingreso.
Volvían a estar juntos en el mismo centro de operaciones.
Listos para la siguiente fase de Paozu Corp, mientras ella comenzaba a cocinar en silencio su nuevo proyecto, New Capsule Corp.
Fin del capítulo...
Epílogo capítulo 1…
En el extranjero, en un barrio universitario lejos de Seúl o de su país de origen, Kim Si-hyang estaba sentada frente al escritorio de su habitación cuando el correo llegó.
Abrió el mensaje de Park Hye-rin sin muchas expectativas. Dentro había varias fotografías adjuntas del KTV. En la mayoría aparecía el grupo completo: Bu-rin, Jae-hyeon, Min-su y él, riendo, comiendo y cantando desafinado bajo las luces de colores. Se veían… felices. Libres. Una versión de la vida que ella ya no compartía.
Pero fue la última imagen la que la hizo detenerse por completo.
Era una foto de Son Ho-guk solo. Estaba de pie, con los brazos cruzados y una sonrisa tranquila, casi distraída, mirando hacia un lado. La iluminación del karaoke resaltaba los contornos de su rostro y de su cuerpo con una claridad cruel.
Si-hyang amplió la imagen con dedos que apenas temblaron.
Ya no era el enano que aparentaba trece años. Los rasgos infantiles habían desaparecido por completo. Ahora, con casi diecinueve años, su cara se veía más angular, más varonil. La mandíbula más marcada, la mirada más segura… y la estatura. Claramente más alto que ella. El uniforme ya no le quedaba grande. Se ajustaba a unos hombros anchos y a un torso definido por años de entrenamiento constante. Los músculos de los brazos, aunque no exagerados, se notaban firmes y atléticos bajo la tela. Había dejado de ser el chico al que podía mirar desde arriba. Ahora era un hombre.
Ella, la misma que durante años había mantenido una expresión impecable, que nunca se permitía fisuras frente a su padre ni a su hermano, se quedó mirando la pantalla en silencio durante casi un minuto.
Luego imprimió esa foto.
Cuando la hoja salió de la impresora, todavía caliente, la tomó con cuidado entre los dedos. La observó otra vez, como si necesitara confirmar que no era un error de la cámara. Ese chico que una vez le cargó la maleta sin pedir nada a cambio, el que compartía arroz “pasable” en la azotea, el que se lanzó al vacío por un amigo… ahora tenía esta apariencia.








