Desde mi soledad
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Desde mi soledad

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Resumo

Liam un hombre profundamente marcado se cruza con su contraparte, sin saber cuál de los dos es la desgracia del otro

Gênero
Young Adult
Autor
Edmi
Status
há 3 dias
Capítulos
8
Classificação
n/a
Classificação Etária
18+

Prólogo

Nací siendo un chico normal (así consta en mi acta de nacimiento): pelo negro, dos kilos ochocientos gramos, criado en el seno de una familia de clase media donde mis padres aparentaban amarse con locura. Tenían grandes grietas, eso lo descubrí mucho después.

Crecí en un urbanismo rodeado de dificultades, pero con todo lo necesario para ser un hombre de bien. Mi madre, católica y extremadamente presente, me amaba tanto que llegaba a ser doloroso; traspasaba la delgada línea entre el amor y la obsesión.

Fui protegido por mi madre e ignorado por mi padre. Noches enteras de confusión y soledad marcaron mi adolescencia:

-Deja de ser tan sensible, compórtate como un hombre. Los hombres no lloran.

-Pero quiero... -alcanzaba a decir, sollozando desesperado.

-¿Realmente crees que importa lo que quieres? Vístete y vienes a practicar. Los hombres necesitamos estas actividades, desarrollan la personalidad. Mi único hijo no va a ser un marica. ¿Qué es eso de dibujitos? ¡No, señor!

-Podrías dejarlo, estás lastimándolo.

-¡Por eso es así de delicado! Cuando tenga dieciséis se convierte en marica gracias a tus mimos.

Gritaba tan fuerte que lo único que sentía era asco. Estaba rodeado de mentiras, pero solo podía callar y obedecer; tratar de hacer lo contrario me costaría literalmente la vida.

Mi padre era un hombre duro, responsable hasta la locura, pero extremadamente machista. Yo siempre me sentí muy sensible: amaba la música, las artes, los colores y las cosas hermosas.

En ese momento sentía atracción hacia las chicas, aunque casi nunca me notaban. Como era callado, tímido y algo extravagante -habiendo estado siempre con mi madre había desarrollado costumbres más delicadas-, en el colegio siempre me calificaron de raro o maricón.

Cómo odiaba esa palabra. Odiaba que me calificaran o me etiquetaran. Mi madre me trataba como a un bebé, pero si dejaba salir alguna de "mis rarezas", recibía un sermón y la orden de rezar. Nunca entendí dónde estaba el pecado, pero con el tiempo comencé a sentirme sucio.

La casa no era un refugio; era un escenario donde cada miembro representaba un papel ensayado mil veces para evitar el colapso. Mi madre se aferraba a mí como a una tabla de salvación en un naufragio matrimonial que ella misma se negaba a admitir. Para ella, protegerme de las garras del mundo exterior -y de la furia silenciosa de mi padre- era una misión mística.

Me rezaba novenas para alejar los malos pensamientos, como si la sensibilidad artística que me habitaba fuera un parásito espiritual que podía arrancarse a base de avemarías.

En paralelo, mi padre me miraba como a un espejo roto. Cada vez que sostenía un lápiz de colores o me detenía a escuchar una melodía en la radio, él veía el fracaso de su legado. Para él, la masculinidad era una armadura de hierro que debía forjarse a golpes de disciplina y silencio.

No importaba que me ahogara dentro de ella; lo único crucial era que no se notara la costura.

Esa dualidad me dejó sin herramientas para entenderme.

Si las chicas me gustaban, ¿por qué me dolía tanto no encajar con los chicos? ¿Por qué mi forma de caminar, de hablar o de inclinar la cabeza era motivo de burla en el patio del colegio y de castigo en la mesa familiar? Me sentía como un intruso en mi propia piel, atrapado entre el fervor religioso de una madre que me ahogaba con ternura culpabilizadora y la dureza implacable de un padre que me exigía ser alguien que jamás podré ser.

El punto de quiebre no llegó con un grito estruendoso ni con una puerta rota a patadas, sino una tarde de martes, bajo la luz cenicienta que se filtraba por la ventana de mi habitación.

Tenía catorce años. Había pasado las últimas tres horas encerrado, con el pestillo echado, traduciendo en un cuaderno viejo el torbellino de colores que mi mente no lograba callar. No eran simples garabatos; era un autorretrato deforme donde las manos se me convertían en raíces y el pecho se abría para dejar escapar una bandada de pájaros negros.

Por primera vez, no estaba intentando complacer a nadie ni dibujar lo que se suponía que debía gustarle a un "hombre de bien". Estaba sangrando sobre el papel.

El golpe seco en la puerta me devolvió de golpe a la realidad.

-Ábreme -la voz de mi padre sonó al otro lado, con esa autoridad imperturbable que me encogía las entrañas-. Tu madre dice que llevas demasiado tiempo ahí dentro. ¿Qué es lo que ocultas?

Intenté ocultar el cuaderno bajo el colchón, pero mis manos temblaban tanto que una de las hojas sueltas se deslizó por el suelo y quedó a la vista justo cuando la cerradura cedió con un chasquido metálico.

Mi padre entró despacio. No miró mi rostro pálido ni el temblor de mis rodillas. Sus ojos oscuros, afilados como cuchillos viejos, cayeron directamente sobre el papel en el suelo. Se agachó con una lentitud desesperante, recogió el dibujo y lo sostuvo entre sus dedos callosos como si se tratara de una plaga.

El silencio que siguió pesaba toneladas. En ese segundo exacto, comprendí que el miedo que le había tenido toda la vida no era nada comparado con lo que sentí en las entrañas: una mezcla de rabia helada y una repulsión profunda hacia su incapacidad de verme.

-¿Esto es lo que haces con tu tiempo? -su voz no temblaba; era un susurro seco, cargado de una decepción tan densa que asfixiaba-. ¿Basura de marica?

Mi madre apareció detrás de él, pálida, santiguándose de inmediato al ver el dibujo. Sus labios se movían en silencio, rezando un rosario frenético, atrapada entre el deseo de defenderme y la culpa de haber fallado como madre.

-Papa, por favor... -empecé a decir, pero por primera vez mi voz no salió quebrada por el llanto. Salió firme, hueca, como si viniera de muy lejos.

Él rompió el papel en cuatro pedazos exactos, sin prisa, y los dejó caer sobre mi cama.

-Se acabaron los cuadernos. A partir de mañana vienes conmigo. Vamos a ver si el trabajo duro te saca esta porquería de la cabeza.

Dio media vuelta y salió de la habitación, seguido por mi madre, que me miró con una lágrima temblando en el rabillo del ojo, una mezcla de compasión y condena.

Miré los trozos de papel sobre la colcha.

Algo dentro de mí se rompió, pero al romperse, dejó de doler. Ya no quedaba nada que salvar de la persona que ellos querían que fuera. Esa tarde, mientras escuchaba los pasos de mi padre alejarse por el pasillo, supe que me había convertido en un extraño en mi propia casa, y que el precio de sobrevivir sería aprender a mentir con maestría, o escapar antes de que terminaran de arrancarme el alma.

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