Prólogo
El precio del equilibrio
—Treinta días.
Park Jimin sonrió mientras dejaba caer su teléfono sobre la mesa.
—¿Otra vez con eso? —preguntó su amigo, entre divertido y resignado.
—Treinta días es suficiente para saber si una relación vale la pena.
—O suficiente para aburrirte.
Jimin levantó una ceja.
—Es prácticamente lo mismo.
La cafetería de la universidad estaba llena aquella tarde. Entre conversaciones, apuntes y el sonido de las máquinas de café, Jimin parecía estar exactamente donde debía estar: rodeado de personas que querían conocerlo.
Era imposible no mirarlo.
Heredero de una de las familias empresariales más importantes del país, estudiante de la Facultad de Economía y dueño de una sonrisa capaz de conseguir prácticamente cualquier cosa, Park Jimin estaba acostumbrado a ganar.
En los negocios.
En las fiestas.
En las apuestas.
Y, sobre todo, en el amor.
Aunque llamarlo amor era demasiado generoso.
Para Jimin, las relaciones tenían reglas muy sencillas.
No promesas.
No sentimientos.
No más de treinta días.
Había aprendido que mientras mantuviera las cosas bajo control, nadie podía hacerle daño.
O eso creía.
Su teléfono vibró.
Esta vez era un mensaje de su padre.
“Ven a casa. Tenemos que hablar.”
La sonrisa desapareció de su rostro.
Una hora después, Jimin estaba sentado frente a su padre en el despacho familiar.
—Tus calificaciones son inaceptables.
—No son tan malas.
Su padre deslizó un documento sobre el escritorio.
—Econometría: reprobado. Microeconomía: apenas aprobado. Macroeconomía: una calificación que prefiero no mencionar.
Jimin suspiró.
—Puedo recuperarlas.
—No.
La respuesta fue tan firme que Jimin dejó de sonreír.
—¿Qué quieres decir?
Su padre lo observó durante unos segundos.
—Tienes dos opciones. Mejoras tus calificaciones este semestre o renuncias a cualquier expectativa de heredar la empresa.
Jimin se quedó inmóvil.
Aquello sí era serio.
—No puedes hacerme esto.
—Puedo y lo haré.
—Papá…
—Ya contraté a un tutor.
Jimin frunció el ceño.
—No necesito un tutor.
—Lo necesitas.
—¿Quién es?
Su padre tomó una carpeta y la dejó frente a él.
En la portada había un nombre.
Jeon Jungkook.
—Es el estudiante con el promedio más alto de tu generación. Ha aceptado ayudarte.
Jimin soltó una pequeña risa.
—¿Y cuánto tiempo se supone que tendré que soportarlo?
—Hasta que mejores.
—¿Y si no quiero?
Su padre lo miró directamente.
—Entonces olvídate de la empresa.
Por primera vez en mucho tiempo, Jimin tuvo una respuesta.
Al día siguiente, Jimin llegó a la biblioteca veinte minutos tarde.
No le preocupaba.
La mayoría de las personas esperaban por él.
Pero cuando entró en la sala de estudio, encontró a un joven sentado frente a una montaña de libros.
Jeon Jungkook.
Traía una camisa blanca, un chaleco tejido y una corbata ligeramente desordenada. Tenía varios apuntes abiertos frente a él y estaba tan concentrado que ni siquiera levantó la mirada cuando Jimin entró.
Jimin se sentó enfrente.
—¿Tú eres Jungkook?
—Sí.
Nada más.
Jimin esperó.
Jungkook continuó escribiendo.
—Soy ParkJimin.
—Lo sé.
—¿No vas a decir nada más?
Jungkook finalmente levantó la mirada.
Sus ojos se encontraron.
Y durante un segundo, ninguno de los dos dijo una palabra.
Jimin sintió algo extraño.
No era admiración.
No era miedo.
Era algo mucho más incómodo.
Interés.
Jungkook cerró su libro.
—Tenemos cuatro horas.
—¿Cuatro?
—Si quieres aprobar.
Jimin sonrió.
—¿Y si quiero que sean menos?
Jungkook lo miró con absoluta tranquilidad.
—Entonces tendrás que encontrar otro tutor.
Aquella fue la primera vez que alguien no cayó bajo el encanto de Park Jimin.
Y, sin saberlo todavía, también fue el comienzo del problema más grande de su vida.
Porque algunas variables no aparecen en ningún gráfico.
Y algunas personas llegan para destruir todos los cálculos.








