Capítulo 1
Nota 1: Les voy a ser sinceros desde el principio, esta historia no estaba en mis planes, pero vi cierto episodio titulado “No Such Luck” (No tanta suerte) y dije ¿Por qué no? Y aquí estamos xd.
Escribí varias veces esta historia al punto de tener cuatro versiones diferentes (si, ya se, me pase de vrg xdxd) y decidí subir esta, pero si quieren puedo subir las otras tres.
Eso seria todo, disfruten de la historia.
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Descargo de responsabilidad: No soy dueño de la serie de televisión animada “The Loud House”. De lo único que soy dueño es de esta historia alternativa/paralela que he escrito por diversión para lectoras/lectores curiosos.
Estúpida Mala Suerte...
Capítulo 1: Ya NO Hay Vuelta Atrás
Guía de Lectura:
—Diálogos—
«Pensamientos»
¡Rasengan! (Ataques / Habilidades / Chakra / Jutsu / Ki / Técnicas)
[Lectura / Noticias / Intercomunicadores]
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El viento de noviembre en Royal Woods no era simplemente frío; era una entidad cruel y afilada que cortaba la piel y congelaba el aliento. En el patio trasero de la residencia Loud, una solitaria figura de felpa yacía acurrucada en una esquina del porche de madera. El traje de ardilla, con su enorme y ridícula cabeza sintética, había sido diseñado para animar en un estadio abarrotado, no para servir como saco de dormir en una noche donde la temperatura había descendido muy por debajo del punto de congelación.
Lincoln temblaba de manera incontrolable. Llevaba horas intentando frotar sus manos enguantadas, pero sus dedos ya habían perdido por completo la sensibilidad. El sudor que había acumulado durante la tarde, cuando el sol aún brindaba un falso consuelo, se había enfriado contra su piel, convirtiendo su propia ropa en una trampa de hielo. Miró hacia la casa, su casa, buscando alguna luz, algún indicio de que esta broma de mal gusto, este castigo desproporcionado, había llegado a su fin.
Pero las ventanas estaban a oscuras y, peor aún, bloqueadas.
—Mamá... Papá... —susurró, aunque su voz no fue más que un estertor rasposo que el viento se llevó al instante.
Se arrastró hasta la puerta trasera y golpeó la madera con los gruesos nudillos del traje. El sonido fue sordo, inútil. Sabía que habían cerrado con seguro. Sabía que Lynn había insistido en que su “mala suerte” podía filtrarse por las rendijas si no sellaban la casa, y sus padres, en un acto de sumisión incomprensible a la locura de sus hijas, lo habían permitido.
Al principio, Lincoln pensó que cederían. Creía conocer a su familia. Eran ruidosos, caóticos, a veces egoístas, pero se amaban. Siempre había una resolución, un abrazo, una disculpa al final del día. Sin embargo, a medida que las horas pasaban y el frío le calaba hasta los huesos, una desesperación sombría y desconocida comenzó a apoderarse de él. Su mente de once años no lograba comprender cómo una mentira piadosa para conseguir un poco de tiempo libre se había metamorfoseado en esto: ser desterrado de su propio hogar, tratado como un paria, como una maldición andante.
El temblor de su cuerpo, que había sido violento y agotador durante las últimas tres horas, comenzó a disminuir. Lincoln, en su inocencia, pensó que esto era una buena señal. Creyó que finalmente se estaba acostumbrando a la temperatura. Incluso empezó a sentir una extraña y letárgica calidez extendiéndose por su pecho. No sabía, ni podía saber, que la hipotermia severa estaba apagando sus sistemas vitales, que su cerebro privado de calor estaba dejando de enviar las señales de auxilio a sus músculos para conservar la poca energía que le quedaba en el corazón.
Cerró los ojos dentro de la enorme y oscura cabeza de la mascota. Solo iba a descansar un momento. Solo hasta que saliera el sol y su mamá abriera la puerta para ofrecerle el desayuno, aunque fuera en un plato de papel en el suelo, como lo habían hecho la noche anterior. Soñó vagamente con el olor a panqueques de su padre, con el ruido de sus hermanas peleando por el control remoto, con su propia cama caliente. Y luego, el blanco absoluto de la noche lo envolvió en un silencio definitivo, un letargo del que ya no despertaría.
El amanecer llegó con una crueldad indiferente. El cielo se tiñó de un azul pálido y cristalino, y la escarcha cubrió el césped del patio trasero, haciendo que las hojas muertas brillaran como navajas de cristal bajo los primeros rayos del sol.
Dentro de la casa, el caos habitual comenzó a encenderse. Leni buscaba desesperada una bufanda que combinara con sus botas, Luna afinaba su guitarra con el amplificador al mínimo, y Lynn Jr. rebotaba una pelota contra la pared del pasillo, llena de la energía arrogante que le daba sentirse victoriosa y libre de cualquier “mal augurio”.
En la cocina, Rita Loud bostezó mientras preparaba una gran jarra de café y apilaba rebanadas de pan tostado. Lynn Sr. canturreaba una tonada alegre mientras preparaba el tocino. Era una mañana de sábado aparentemente perfecta.
—Cariño —dijo Lynn Sr., volteando el tocino con unas pinzas—, ¿crees que deberíamos dejar que el chico entre hoy? Ya sabes, al menos al pasillo de la entrada. El pronóstico decía que anoche hubo una helada récord.
Rita suspiró, sirviéndose una taza de café negro. La locura de la mala suerte había escalado más de lo que ella hubiera querido admitir, pero era más fácil seguirle la corriente al alboroto de la casa que enfrentar el huracán de quejas de sus hijas deportistas y supersticiosas.
—Supongo que ya aprendió la lección —respondió Rita, tomando un plato de plástico desgastado y poniendo un par de tostadas secas sobre él—. Le llevaré el desayuno. Le diré que puede quedarse en el garaje hoy si promete no tocar nada importante y se mantiene alejado de las cosas de las chicas.
Rita caminó hacia la puerta trasera, quitó la pesada silla que bloqueaba el pomo y giró el cerrojo de seguridad. Al abrir, una ráfaga de aire helado la golpeó en el rostro con la fuerza de una bofetada, haciéndola parpadear y ajustar su bata de lana. Sus ojos buscaron de inmediato en el porche.
Allí estaba el enorme y ridículo traje de ardilla, desplomado contra la pared de madera en una postura extraña, con las rodillas encogidas hacia el pecho. El pelaje sintético estaba cubierto por una fina y brillante capa de escarcha blanca.
—Lincoln —llamó Rita, con un tono de voz que mezclaba la impaciencia maternal con la autoridad habitual—. Arriba. Ya es de día. Te traje algo de comer.
El traje no se movió. No hubo el menor indicio de respiración levantando el voluminoso pecho de felpa.
Rita frunció el ceño, genuinamente molesta. Pensó que su hijo estaba haciendo un berrinche, jugando a ignorarla para hacerla sentir culpable por la noche que pasó afuera.
—Lincoln Albert Loud, no estoy para juegos esta mañana. Hace demasiado frío para estar parada aquí. Levántate ahora mismo o te quedas sin desayuno hasta el almuerzo.
El silencio del patio fue la única respuesta. Ni el motor de un auto a lo lejos, ni el canto de un pájaro rompieron la absoluta y pesada quietud.
Un ligero cosquilleo de inquietud, muy leve al principio, comenzó a trepar por la nuca de Rita. Dejó el plato de plástico sobre la pequeña mesa de jardín y dio un paso hacia el traje. El sonido de sus pantuflas crujiendo contra la madera escarchada le pareció repentinamente ensordecedor.
—¿Lincoln? —Su voz perdió el filo autoritario, siendo reemplazado por un tono de vacilación.
Se arrodilló junto a la pesada cabeza de la mascota. Extendió la mano y tocó el hombro del traje. Estaba duro. Inflexible. Como si estuviera tocando una estatua de madera envuelta en tela. El corazón de Rita dio un vuelco repentino y doloroso en su pecho. Con manos que empezaban a temblar sin control, buscó el cierre en la base del enorme casco de felpa. Le costó bajarlo, sus dedos resbalaban torpemente, pero finalmente logró abrir la brecha suficiente para empujar la pesada cabeza de ardilla hacia atrás.
El rostro que apareció no era el de su hijo lleno de vida, expresivo y siempre tramando algún plan para sobrevivir a su caótica familia.
La piel de Lincoln tenía un tono azulado y translúcido, del color del mármol antiguo bajo la luz de la luna. Sus labios estaban partidos y de un tono morado oscuro, ligeramente entreabiertos. Sus pestañas blancas, aquellas que tanto le gustaba peinar cuando él era un bebé pequeño y frágil, estaban pegadas por gruesos cristales de hielo. Sus ojos, a medio cerrar, estaban opacos, nublados y completamente vacíos de cualquier chispa de vida.
—¿Linc...? —El nombre se ahogó en su garganta, convertido en un sonido gutural, casi asfixiado.
Rita dejó caer sus manos desnudas sobre las mejillas del niño. El contacto fue como tocar una placa de metal en invierno. El frío extremo de esa piel muerta se transmitió directamente a sus palmas, subió por sus brazos y le heló el alma de un solo golpe paralizante. No respiraba. No había pulso en su cuello rígido. No había nada.
La negación fue aplastada en un milisegundo por la monstruosa e ineludible realidad de lo que ella, su esposo y sus hijas acababan de hacer por una simple racha de partidos perdidos y un ego lastimado. El plato con las tostadas secas fue arrastrado por una repentina ráfaga de viento, cayendo al césped con un sonido patético.
De repente, el ruido de la familia discutiendo alegremente en la cocina fue rasgado por la mitad.
El grito que escapó de lo más profundo de los pulmones de Rita Loud no sonó humano. Fue un aullido de agonía pura, cruda y devastadora, un alarido tan penetrante que vibró en las paredes de la casa, haciendo que Leni soltara su ropa, que Luna detuviera su mano en seco sobre las cuerdas, y que Lynn Sr. dejara caer las pinzas de metal al suelo de la cocina con un fuerte estrépito.
¡Plaf!
El estrépito de las pinzas de metal rebotando contra las baldosas de la cocina apenas se registró en la mente de Lynn Sr. El grito de su esposa no había sido un simple susto por ver un insecto o una reacción a un desastre menor en la casa; tenía la textura del terror absoluto, un sonido primitivo que le heló la sangre antes incluso de que sus pies comenzaran a moverse.
—¡Rita! —gritó él, tropezando con la alfombra del pasillo en su carrera hacia la puerta trasera.
Detrás de él, el alboroto matutino de la casa de los Loud se apagó como si alguien hubiera cortado la electricidad. El ruido de los pasos pesados bajando las escaleras comenzó a resonar. Lori fue la primera en llegar al piso de abajo, con el teléfono aún pegado a la oreja, seguida de cerca por Leni, Luna y Luan. Sus rostros, antes llenos de la energía habitual del sábado, ahora mostraban una confusión teñida de alarma.
Lynn Sr. empujó la puerta trasera de un golpe, casi arrancándola de sus bisagras. Al salir al porche escarchado, el aire helado le cortó la respiración, pero lo que vio frente a él lo paralizó por completo, clavando sus pies en las tablas de madera.
Rita estaba sentada en el suelo helado, sin importarle que el frío traspasara su bata. Tenía la pesada y absurda cabeza de ardilla tirada a un lado, mientras con ambos brazos estrechaba contra su pecho el cuerpo inerte de su único hijo varón. Se mecía hacia adelante y hacia atrás, emitiendo sollozos ahogados, secos, sin lágrimas, como si el impacto le hubiera robado hasta la capacidad de llorar correctamente.
—¡Lincoln! ¡Hijo! —Lynn Sr. cayó de rodillas junto a ellos, con las manos temblando de forma espasmódica.
Intentó tomar el rostro del niño, buscando aquel calor familiar, esa sonrisa traviesa con el diente astillado que siempre lograba apaciguar cualquier desastre. Pero al tocar sus mejillas, el padre sintió que tocaba hielo sólido. La piel de Lincoln estaba tensa, azulada, y sus ojos entreabiertos miraban a la nada, nublados bajo una fina capa de escarcha. Lynn Sr. acercó su rostro al pecho del traje de felpa, rogando a cualquier deidad escuchar el leve latido de un corazón, el silbido de unos pulmones respirando.
Silencio. Solo el silbido del viento cortante.
—No, no, no, no, Dios mío, no... —murmuraba el hombre, tratando inútilmente de frotar los brazos rígidos de su hijo. Intentó hacer maniobras de reanimación, presionando el grueso traje, pero el pecho de Lincoln no cedía. Estaba duro. Congelado.
En el umbral de la puerta, las hermanas mayores se aglomeraron, deteniéndose en seco. La escena frente a ellas parecía una pintura grotesca y surrealista que sus mentes se negaban a procesar.
Lori dejó caer su teléfono celular. El aparato golpeó la madera y la pantalla se astilló en docenas de pedazos, pero ella ni siquiera parpadeó. Su respiración se volvió errática. —Esto... esto es literalmente una broma de mal gusto, Lincoln —susurró Lori, con la voz quebrada en un hilo agudo—. Levántate. No... no tiene gracia.
Leni inclinó la cabeza, su mente tardando unos segundos extra en conectar las piezas del cuadro. —¿Por qué Lincy está azul? —preguntó con inocencia genuina, aunque sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas por puro instinto al ver la desesperación de sus padres—. Mamá, le hace falta un abrigo, tiene frío...
Luna, la chica ruda que siempre tenía una actitud de acero, sintió que las piernas le fallaban. Se apoyó pesadamente contra el marco de la puerta, llevándose ambas manos a la boca para ahogar un jadeo de horror. Luan, que siempre tenía un chiste preparado para romper la tensión, se quedó muda, con los ojos muy abiertos y un temblor incontrolable apoderándose de su mandíbula. Por primera vez en su vida, no había remate. No había risas falsas grabadas.
Entonces, alguien se abrió paso a empujones por entre las piernas de las hermanas mayores. Era Lynn Jr., vestida con su camiseta de béisbol, con el ceño fruncido y una expresión de terquedad defensiva.
—¡Hagan a un lado! —exclamó la deportista, saliendo al porche—. ¡Oh, por favor! ¡Está fingiendo para que lo dejemos entrar! ¡Es un perdedor de mala suerte, solo quiere arruinar mi racha!
Lynn Jr. se acercó a grandes zancadas. En su mente, esto era solo otra estratagema de Lincoln, otra de sus estrategias elaboradas como las que leía en sus cómics. No podía estar muerto. La gente no se moría por dormir afuera una noche. Era solo su patio, por el amor de Dios.
—¡Levántate, apestoso! —le gritó, agachándose bruscamente e intentando agarrarlo del brazo para tirar de él.
Pero al momento de aferrar la muñeca desnuda de Lincoln, que sobresalía del traje de ardilla, el mundo entero de Lynn Jr. se detuvo.
No sintió la resistencia elástica de un niño vivo. Sintió la rigidez antinatural de una rama petrificada. La frialdad extrema que quemó las yemas de sus dedos no era fingida. Lynn Jr. bajó la mirada, encontrándose por primera vez con el rostro de su hermano. Vio sus labios morados y agrietados. Vio la ausencia total de vida en sus pupilas dilatadas y lechosas.
El castillo de naipes de su superstición, su arrogancia y su estupidez colapsó en ese preciso instante, aplastándola bajo el peso de una verdad insoportable: Ella había exigido que lo echaran. Ella había sellado las puertas por un maldito partido de béisbol de ligas menores.
Lynn Jr. soltó el brazo de Lincoln como si la hubiera quemado. Retrocedió trastabillando, chocando contra la baranda del porche. Su respiración se convirtió en hiperventilación. Sus manos se aferraron a su propia cabeza, tirando de sus cabellos oscuros mientras un gemido de pura agonía escapaba de su garganta. —Yo... yo no quería... yo solo quería ganar... —balbuceó, cayendo de rodillas sobre la escarcha.
Lynn Sr., con el rostro empapado en lágrimas y los ojos inyectados en sangre, salió de su estupor el tiempo suficiente para actuar con la poca racionalidad que le quedaba. Se levantó tambaleándose, apartó a Luan y entró corriendo a la casa. Agarró el teléfono fijo de la cocina con manos tan torpes que tiró varios imanes de la nevera en el proceso. Marcó el 911.
—Emergencias, ¿Cuál es su urgencia? —respondió la voz tranquila y metódica de la operadora.
—¡Mi hijo! ¡Mi hijo! —sollozó Lynn Sr., su voz era un alarido gutural, destrozado—. ¡Está afuera! ¡Está frío! ¡No respira! ¡Por favor, Dios, vengan a Royal Woods, a la casa de los Loud! ¡Ayúdenos! ¡Ayúdenos, por favor!
—Señor, cálmese. ¿Cuál es la dirección exacta? ¿El niño está consciente?
—¡No! ¡Está congelado! ¡Lo dejamos afuera y está congelado! —Las palabras salieron de su boca antes de que pudiera pensar en las implicaciones penales de lo que estaba diciendo. En ese momento no le importaba ir a la cárcel, no le importaba morir; solo quería que aquella pesadilla terminara.
A lo lejos, en la apacible quietud del vecindario, el aullido agudo y persistente de las sirenas comenzó a rasgar la mañana. Era el sonido del mundo real irrumpiendo en su delirio. El universo cerrado y ridículo en el que habían vivido, donde creían que podían tratar a un miembro de su familia como a un paria maldito sin sufrir consecuencias, acababa de ser destruido.
En el patio, las hermanas menores (Lucy, Lana, Lola, Lisa) habían bajado, asomándose tímidamente por la puerta, solo para encontrarse con un escenario que las marcaría de por vida. Lucy, que siempre escribía poemas sobre la muerte, comprendió de golpe que la muerte real no tenía rimas, ni belleza oscura, ni capas negras. Era fría, patética y apestaba a tragedia innecesaria.
Lisa, la mente más brillante de la casa, miró el cuerpo de su hermano mayor y luego miró a sus padres. Su intelecto superior procesó los datos al instante: temperatura bajo cero, ropa inadecuada, exposición prolongada. Causa de muerte: Hipotermia severa inducida por negligencia parental extrema. Lisa se quitó las gafas, que de repente se habían empañado, y por primera vez en su joven y cínica vida, empezó a llorar como una niña normal de cuatro años.
La ambulancia y dos patrullas de policía frenaron bruscamente frente al jardín delantero de la casa, destellando luces rojas y azules contra la pintura blanca de la fachada. La burbuja había estallado. La justicia y el castigo acababan de llegar a la puerta de los Loud.
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Fin del Capítulo 1
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Subido: 27/09/26
Actualizado (Corregido): ¿?/¿?/¿?
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Nota 2: Voy a ver si pongo Omakes más adelante o si lo cambiare en los próximos días.
![Werewolf Hollow [GALATEA DATE TBA]](https://cdn-gcs.inkitt.com/vertical_storycovers/ipad_76bbf380fa2e8dc2f70694197487ab81.jpg)







