You Are So Pretty [Ye Hyun/Ye Kyu] by KyuBaby88 at Inkitt
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You Are So Pretty [YeHyun/YeKyu]

Summary

Kim Jong Woon es un chico de dieciséis años nada arraigado al mundo que siempre anda con la cabeza en las nubes. No se le da bien hacer amigos, tampoco es bueno hablando y es pésimo en eso de comunicar sus sentimientos. Su vida es simple, como la de cualquier otro. Sus calificaciones son malas y no no tiene ni idea de si la universidad es el siguiente paso en su vida. Aun así, no quiere complicarse. Sin embargo, su vida termina dando un giro inesperado cuando descubre que su compañero de clases, el ejemplar y perfecto, Cho Kyu Hyun, sale a la calle vestido como chica. ¿Qué es lo que hará al respecto? ¿Revelará el secreto de Kyu Hyun? Lo más importante, ¿por qué pensó que era lindo cuando lo vio vestido de esa forma? Historia inspirada en el Manga e idea original de Udagawachou de Mattete Yo (2012) de Hideyoshico Todos lo derechos para su autora. Esta adaptación en ninguno momento pretende ofender a los miembros de la comunidad LGTBTQ+, si de alguna manera te sientes ofendido por temas como estos, por favor no leas la obra. Por su comprensión, muchas gracias. ¡DISFRUTEN!

Status
10h ago
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
18+

Cap I. Un chico

Cap I.

Un Chico

°❀⋆.ೃ࿔*:・







Cuando no eres normal lo sabes, puedes darte cuenta, no es tan difícil descifrar el rompecabezas, pero siendo un adolescente lo peor que puede pasarte es cruzarte con otros adolescentes, porque aparte de pensar en sexo las veinticuatro horas del día, lo que mejor hacen es hablar mal a las espaldas de los demás. Sí, ciertamente no tenía muchos amigos, al menos no en el colegio, pero se las había arreglado para conseguirlos. Los chicos raros tienes intereses y pasatiempos raros, y Yesung amaba la música más que a otra cosa en el mundo. Sí, distaba mucho de los intereses de la mayoría, salir de fiesta, conseguir novia, perder la virginidad, entre otras cosas. Ya había perdido toda esperanza de ser comprendido y tampoco iba a esforzarse por encajar porque no le importaba. Si a los demás no les gustaba su forma de ser, no era su maldito problema.

Iba en segundo año de preparatoria, una etapa difícil si eres el rarito sin amigos del salón. Era una suerte que el espacio personal y él fuesen los mejores amigos, así se exentaba a sí mismo de ciertas y molestas personalidades con las que desgraciadamente tenía que convivir día con día. A algunas personas se les da bien hablar, tiene el don de la palabra y el magnetismo necesario, pero ese no era su caso. Conocer a las personas es lo mejor que puedes hacer antes de establecer cualquier etiqueta, así disminuía las posibilidades de ser juzgado, porque claro, podía ignorarlos, pero no disfrutaba que se lo dijeran a la cara cuando podía evitarse tal trago amargo.

¿Novia? No tenía una, de hecho, es lo que menos se le pasaba por la mente. Las mujeres resultaban un plano demasiado complicado, de hecho, todo a su edad lo era, pero tenía mejores cosas de las que ocuparse. Siendo un estudiante de preparatoria estaba el tema de sus malas calificaciones, un tema viejo y gastado porque no era ningún secreto que nunca había sido buen estudiante. La mayoría de alumnos en Corea del Sur se toma bastante en serio el tema de entrar a la universidad, lo que, estando en segundo año, ya no era algo lejano ni mucho menos. Pero Yesung aún no tenía ni la más remota idea de lo que quería hacer con su vida.

Había vivido en Seúl toda su vida en una modesta casa en un barrio un poco alejado del centro de Seúl, aunque no demasiado, solo lo justo, lo que les garantizaba un poco de quietud cuando del ajetreado ruido urbano se trataba. Aun así, debía tomar el autobús todos los días para ir a la escuela, pero no le molestaba en lo más mínimo. Tenía una hermana, su nombre era Ji Yeon. Entre los pasatiempos favoritos de la chica, como de todos los hermanos, era el de hacerle la vida imposible, eso y buscar buenas universidades. Los hermanos pelean todo el tiempo, no se puede evitar, se dejan de hablar y de alguna forma lo resuelve, es algo normal. Bueno, entre los hermanos Kim, ninguno estaba dispuesto a ceder.

Yesung despertó en su cama esa mañana, la mañana del viernes. Las vacaciones de invierno habían pasado demasiado pronto y las clases iniciaron hace dos semanas, aún así, el clima distaba mucho de mejorar. Las gruesas capas de nieve se habían derretido en mayoría, pero el viento seguía siendo gélido e implacable sobre el grisáceo paisaje urbano de Seúl. Su omma se quejaba de la calefacción en estas fechas, era el mismo monólogo de siempre. Las deliciosas batatas asadas aún se encontraban a la orden del día y no había nada mejor para amenizar el ánimo que una rica infusión de canela con frutos rojos. Su uniforme era bastante abrigadora aún y faltaba mucho para usar el uniforme de primavera.

Los viejos se quejaban de los dolores de huesos y articulaciones, todos en las calles seguían usando abrigos, guantes y bufandas, todos excepto las chicas de su edad. Poder sobre natural o no, eran las únicas a quienes no les importaba morir congeladas, pues solo ellas se atrevían a usar faldas cortas y medias.

En el invierno tenía menos ganas aún de salir de su cama, lo que implicaba una batalla por mantenerse con vida mientras se deshacía de su ropa para dormir, la que ya estaba calentita, por el frío uniforme. Las ventanas de su habitación se encontraban empañadas debido al vapor de su propia respiración y al calor de la calefacción. Yesung abrió los ojos lentamente y sus manos se deslizaron por debajo de la almohada como un grito de ayuda. El pequeño reloj al lado de su cama no dejaba de sonar y ya se estaba haciendo tarde.

El pelinegro dio vueltas sobre la cama, esforzándose por mantener los ojos abiertos. Apretó las sábanas entre sus manos y pataleó un par de veces, pero nada de eso cobró sentido porque finalmente tuvo que levantarse. Podía oler el aroma de su desayuno, el que provenía de la cocina y se filtraba hasta su habitación, además, su omma no iba a dejar que faltara a la escuela, ni ella ni su noona, pues esta última estaba demasiado preocupada por sus malas calificaciones aparentemente. No le quedó de otra que soltar un profundo suspiro, alejó la frazada y se incorporó sobre la cama. Anoche se había duchado, por lo mismo de evitar que su cuerpo se enfriara dolorosamente durante las mañanas y para no pescar un resfriado mientras iba con el cabello húmedo a la escuela.

Sus pies descalzos se apoyaron sobre el piso de madera. La calefacción estaba activada, pero seguía padeciendo aun así. Su uniforme se encontraba listo sobre el respaldo de la silla frente a su escritorio; no tuvo tiempo de planchar su camisa anoche, pero tenía la fe puesta en que nadie iba notarlo. Caminó arrastrando los talones mientras que con sus manos tallaba sus finos ojos rasgados. Su cabello había crecido bastante estos últimos meses, pero no se le había pasado por la mente cortarlo por mucho que los maestros se lo recordaran últimamente; probablemente lo haría en primavera, cuando el calor ya fuese insoportable.

Le tomó unos cuantos intentos enfocar su visión borrosa y cristalina, pero finalmente dio con el filo de su camiseta para dormir. Se desnudó frente al espejo y se observó a sí mismo con un ojo abierto y el otro cerrado mientras intentaba acostumbrarse a la luz, por suerte en los días de invierno el sol no brillaba con demasiada intensidad, pues permanecía firmemente resguardado detrás de cielos nublados y paisajes fríos. Le gustaba el invierno mucho más de lo que le gustaba la primavera o el otoño, pero amaba mucho más el verano porque era amante de la lluvia.

No reparó demasiado en su anatomía, una ya muy conocida y poco desarrollada. Su piel era ligeramente bronceada, tenía una fina cintura y casi o nada de músculos. Lo que tenía delante de él era la imagen de un típico adolescente sin ganas de ir al instituto un viernes en la mañana. Caminó al closet y tomó una de sus camisetas preferidas, esa que tenía el logo de Twisted Sister, y se la puso debajo de la camisa blanca del uniforme., luego tomó los pantalones, se los abrochó y se puso el cinto, todo con la misma poca delicadeza de siempre. Sobre la camisa se colocó el suéter del uniforme sin abrochar y su saco azul marino con una corbata negra. Dio unos pasos más cerca del espejo, agitó un poco su cabello con una de sus manos y apretó los labios.

Sobre el escritorio reposaban los libros y cuadernos que debía llevar el día de hoy, los que ya debían encontrarse dentro de su mochila desde anoche. Metió todo dentro de la mochila y se la llevó al hombro. Una vez listo, giró en dirección a su cama sin hacer y se encogió de hombros; igual planeaba dormir una pequeña siesta una vez regresara.

Yesung salió de la habitación y caminó por el corto pasillo hasta las escaleras, sujetándose del barandal mientras contaba uno a uno los chirriantes escalones de madera. El aroma a huevo frito, arroz blanco y pescado no le despertaba mucho el apetito, pero era eso o un triste estómago vacío.

En la cocina divisó la figura de su omma, delgada, pelinegra, con un mandil atado a la cintura y la mirada perdida en la cafetera mientras esta terminaba de moler los granos de café. Su omma era una mujer de unos cuarenta años. Había dedicado su vida entera a sus hijos luego de que Yesung naciera, luego de que su esposo decidiera que no podía cargar con la responsabilidad, tomara sus maletas y se fuera. Ambos pelinegros eran muchos pequeños como para recordarlo, así que, si alguien le preguntaba por su padre, no daba mucho pie a una conversación; era una suerte que casi no hablara con nadie en la escuela.

Allí estaba su hermana Ji Yeon, holgazaneando como siempre, pero jactándose de que era la única en esta casa que hacía algo de provecho. Había perdido un año de preparatoria trabajando a tiempo completo para ayudar a su omma con los gastos, por eso aún seguía en preparatoria y se estaba preparando para ingresar a una buena universidad. Ji Yeon tenía diecinueve años, pero iniciaría su carrera en agosto de este año, eso suponiendo que fuera admitida.

Su hermana vestía una falda como el resto de las chicas, una camisa de manga corta blanca, un chaleco azul marino y su saco gris descansaba sobre el respaldo de la silla mientras esta permanecía atenta a la pantalla de su celular. Apenas y volteó a ver al pelinegro y, cuando lo hizo, puso los ojos en blanco como si su sola presencia fuese motivo de molestia. Su hermano imitó el gesto y tomó asiento frente a ella y no al lado.

—Buenos días —dijo su madre mientras giraba levemente su rostro por encima de su hombro—. Tu almuerzo ya está envuelto.

—Gracias —dijo sencillamente mientras estiraba su mano hacia la jarra con té en la mesa.

Tampoco era bueno con las palabras ni siquiera con los miembros de su propia familia. Frío y desconsiderado. De esa forma lo había llamado Ji Yeon más de un par de veces. Tal vez lo era, es decir, era consciente de que no era bueno relacionándose con las personas, pero hasta el momento este no era un motivo que le ocasionara demasiadas complicaciones, al menos, no para que quisiera hacer algo al respecto.

Notó la mirada fría de Ji Yeon, una muy similar a la suya. La pelinegra lo observó unos segundos y luego suspiró con aparente cansancio. En serio, ella buscaba pelea por cualquiera cosa, por ver que aún respiraba incluso.

—¿Te está yendo bien en tus clases? —preguntó de pronto mientras el pelinegro tomaba su tazón con arroz junto con los palillos.

Se encogió de hombros—. Mmm

—¿Qué se supone que significa eso? —el pelinegro continuó comiendo.

No traía sus confiables auriculares. Su madre le había puesto como regla usarlos donde quisiera, menos en la mesa. Este era uno de esos momentos en donde desearía alejarse de la realidad, así podía ignorar la voz de su hermana y ese comportamiento pretencioso en el papel de buena hermana mayor.

—¿Vas a decirle algo? —le preguntó a la madre de ambos.

—Vamos, Ji Yeon, déjalo en paz —la señora Kim era alguien positiva y un poco despistada, al menos, eso aparentaba. Cada vez Yesung la veía a los ojos, podía verlo grabado en su frente, el deseo de que su hijo se esforzara más en la escuela y que hiciera algo de provecho con su vida, pero jamás lo decía abiertamente y él jamás preguntaba—. Aún tiene un año antes de entrar a la universidad.

—¿Lo dices en serio? —elevó el tono de su voz—. Jamás entrará a una universidad con lo despreocupado que es. Siempre se la pasa en su habitación haciendo quién sabe qué.

—Escucho música.

—Ah, escuchas música —sonríe ácidamente—. Es increíble saberlo. Lo más increíble aún es que consideres esa basura música.

—Cállate de una vez —dice con fastidio.

—Tú....

—¿Siempre tienen que estar peleando? —preguntó la mujer mientras se sentaba a la mesa al lado de sus hijos—. Terminen el desayuno y vayan al instituto —cuando su madre dejaba su tono amable y fruncía los ojos, era ahí cuando los hermanos Kim se encogían en sus asientos y daban inicio a una guerra fría.

La señora Kim sostenía una taza de café en sus manos. Yesung la observó de reojo. No es que la idea de preocupar a su madre, con todo lo que esta se había esforzado para darle una buena vida y la posibilidad de un futuro, le entusiasmara, pero la idea de la universidad lo hacía todavía menos; ni siquiera tenía idea de lo que quería comer más tarde, mucho menos iba a saber qué quería hacer con su vida una vez que la rutina de la preparatoria se terminara.

En lugar de la universidad, podía estar más preocupado por el nuevo álbum de Akira, su cantante japonés favorito. En lugar de la tarea, podía estar más preocupado por conseguir una nueva cuerda para su guitarra. En lugar de una novia, podía concentrarse en componer nuevas canciones. En lugar de perder el tiempo preguntándose qué sería de su vida, podía ir a la tienda de su hyung y conseguir nuevos discos. Sí, ese sonaba como un mejor plan.

—Nos vemos más tarde —se despidió la mayor mientras tomaba sus platos y los dejaba en el fregadero.

Caminó hacia la puerta, se calzó los zapatos, se colocó solo una bufanda y su saco, luego se marchó.

Yesung esperó unos minutos, no porque no tuviera que irse, sino porque no quería tener que caminar con su hermana hasta la parada de autobuses.

—¿Terminaste? —su madre tomó los platos vacíos y los llevo al fregadero.

—Gracias —respondió nuevamente.

Si, había escuchado lo estrechas que suelen ser las relaciones madre e hijo en algunos casos, pero no sucedía de esa forma con su madre. Como con el resto de personas, cada uno estaba en su propio mundo y de esa forma funcionaban bien las cosas. Su omma trabajando, viendo la televisión, cocinando o yendo de visita a casa de una de sus tías. Él, encerrado en su habitación ocupando en tiempo en decidir qué canción era mejor, traduciendo algunas letras y componiendo otras. Monótono y aburrido. Quizá así entenderían su modo de divertirse, pero a él le gustaba. No había nada mejor, después de un ajetreado día de clases, que regresar a casa y encerrarse en su habitación. Escuchar música. Cantar. Ver alguna que otra película. Tocar la guitarra. Perderse en su pequeño mundo.

La vida era buena tal y como estaba, ¿por qué tenía que volverse complicada?

—Nos vemos —dijo mientras terminaba de calzarse.

—Ten cuidado —dijo antes de que el pelinegro cerrara la puerta detrás de él.

No le gustaba usar el celular, pero resultaba una buena opción para tener algo que escuchar de camino a la escuela; lo era en lugar de comprometer alguno de sus viejos reproductores. El viento gélido se estampó duramente contra su mejilla. El pelinegro se encogió dentro de su chaqueta, metió las manos en sus bolsillos y camino de frente hacia la calle principal, de allí solo eran unos diez minutos hasta la parada. Caminó a paso lento, con la mirada en lo alto mientras se dejaba llevar por la melodía, la que lo absorbió en un instante. Su mundo comenzó a girar.

El camino a la parada era el mismo de todos los días, pero cobraba un sentido diferente cuando los sonidos propios de este eran reemplazados por acordes de guitarra y percusiones. Las personas, las ramas de los árboles, las aves que volaban y sus pasos sobre el pavimento, todo iba al mismo ritmo y lo hacía sentir en paz. Observó el paisaje de tonos fríos, alargó su mano y observó el movimiento, demasiado envolvente, controlado incluso, estético e hipnótico. Yesung jamás compartiría pensamientos tan personales como estos. ¿A quién se lo diría? Siempre estaría temiendo que dicha persona no lo comprendiera o que, en el peor de los casos, se burlara de su forma de ver las cosas, de esa forma tan suya de desprenderse del velo de la realidad. ¿Quién se molestaría en comprenderlo? Nadie.

Llegó a la parada de autobuses, esperó unos cinco minutos a que llegara el transporte mientras frotaba su mano una contra la otra. Luego de unos minutos, subió a este y deslizó su tarjeta sobre la ranura. No había asientos vacíos, una situación de casi todas las mañanas. Algunos chicos eran de su instituto, lo sabía por sus uniformes. Había unas cuantas chicas de Ulsan, chicas de Song Mang y, claro, quienes iban rumbo a sus trabajos.

Yesung se sostuvo de una de las barandillas de metal. Le ponían nervioso las multitudes y el alboroto y la melodía en sus oídos lo ayudaba con eso. Veía bocas moviéndose y silencios embargantes, aun así, todo iba a un ritmo perfecto, casi como el palpitar de su corazón. Su mirada permanecía en blanco, sus labios tambaleaban de vez en cuando mientras pronunciaba en silencio la letra de la canción; tal vez las personas se le quedaban mirando, pero con los auriculares era aún más fácil ignorarles.

Observó el paisaje en movimiento al otro lado del vidrio. Los autos, la rápida transición de las casas a los edificios. Prestó atención al par de parques cercanos a su casa —ahora solitarios porque nadie quería salir con este clima—, y también se fijó en el recorrido del alumnos que prefería ir caminando o en bicicleta. Se sintió profundamente inmerso en las sensaciones que se desbordaban. Este tipo de sensaciones, pequeñas y efímeras, eran pasadas por alto por el resto. Se sentía como si él fuese el único capaz de percibirlo. Solo mírenlos. Giro a los lados. Todos mantenían la vista hacia el frente o estaban demasiado ocupados charlando entre ellos. Nadie veía por la ventana, nadie parecía interesantemente perdido en sus pensamientos. Era aburrido.

El autobús finalmente se detuvo. Yesung cambió la canción poco antes de bajar. Una vez allí, se aferró la correa de su mochila y comenzó a andar por unas cuantas calles hasta su propio instituto. El instituto Sogang. El alumnado era mixto a diferencia de preparatorias como la Ulsan, estrictamente de mujeres, aunque ambos estaban muy cerca el uno del otro. Había escuchado decir a los chicos de su instituto diciendo algo colarse dentro de Ulsan para tentar a las chicas a ir con ellos, pero hasta ahora no había sabido de un escándalo como ese.

El pelinegro observó a dichas chicas, las que pasaron a su lado e ignoraron su presencia como el resto de personas. Faldas cortas, cabello largo y lacio, actitud indiferente y mucho maquillaje. Todas las chicas lucen iguales. Pensó y siguió su camino.

Incluso ese comportamiento lo separaba del resto. Cierto es que los chicos de su edad estaban entusiasmados con las chicas. Estaban en esa edad donde no tenías relevancia ni nada de que presumir si no había perdido tu virginidad. Muchos se jactaban de ello y no hacían otra cosa que hablar del tipo de chicas que llamaba su atención, quién tenía los senos más grandes y quién el mejor trasero. Yesung escuchaba en silencio, incluso, alguna vez se hizo esas mismas preguntas. Sin embargo se dio cuenta de algo particular, él no miraba morbosamente a las chicas, ni siquiera reparaba demasiado en ellas. Aparentemente eso era algo malo.

No tenía amigos en su clase, por eso no tenía la oportunidad de expiar sus dudas con nadie. Tenía un mejor amigo, uno a quien podía preguntarle ese tipo de cosas, pero antes de que estuviese dispuesto a hacerlo, solo tomaba la decisión de restarle importancia.

Las chicas llamaban pervertidos al resto porque miraban debajo de sus faldas o les lanzaban uno que otro halago subido de tono, luego se sonrojaban y reían entre ellas. Probablemente se hacían las mismas preguntas. ¿Qué chico es el más lindo? ¿Debería salir con él? Porque sí, se quejaban de la atención que recibían, pero al mismo tiempo les gustaba que fuese de esa forma, de lo contrario, no desobedecerían la regla de la falda un centímetro por encima de la rodilla, no usarían tanto maquillaje y no se besarían a escondidas con los chicos.

Las citas. Una relación. Sexo. Virginidad. Términos conocidos, pero para él todo tenía un valor distinto a como los percibía el resto. Las chicas, y todo lo que estas acarreaban, era complicado. Convencido estaba de que lo mejor era mantener distancia. Pensó mientras llegaba a su casillero, en donde dejó su calzado y tomó el que debía usar dentro de la escuela. Pronto sería su cumpleaños, pero en sus dieciséis años de vida, jamás sintió atracción hacia ninguna chica. ¿Extraño? Un poco. Podía decir, sinceramente, que hubo una que otra que llegó a agradarle, pero no lo suficiente como para obsesionarse con alguna parte de su cuerpo de manera obscena. En todo caso, ¿cómo se sabe que te gusta alguien? Obviamente debería gustarte su rostro, pero ¿y qué pasa después? Ladeo su cabeza con confusión. Suena difícil. Se dijo a sí mismo.

Tenía algo de experiencia en las relaciones amistosas, tenía unos cuantos amigos que le habían ayudado a forjar ese criterio. En lo demás, estaba totalmente perdido. Solía hablar con sus hyungs, estos tenían más edad, lo que automáticamente les daba más experiencia en este tipo de cosas. Desafortunadamente, el tipo de preguntas que solía hacerles tenía que ver con temas completamente ajenos a algo tan complicado como mujeres.

Tal vez, si ponía un poco de empeño en ello, podría encontrar algún encanto tentador en alguna de sus compañeras. Sí, podía hacer algo como eso, pero ¿qué ocurriría después? ¿Tendría que confesarse? ¿Y si lo rechazaban? ¿Tendría que dolerle, debería intentarlo de nuevo? ¿Tendría que fijarse en alguien más y seguir intentando?

Vaya, todo el panorama se ponía peor y peor. Pensó cuando llegó a la puerta del salón de clases. ¿Por qué todos están tan obsesionados con algo tan complicado como eso? ¿No era más sencillo hacerse cargo de sí mismos que de otra persona?

Quién sabe. Su mente tal vez divagó un poco en dirección errónea antes de que se diera cuenta. Se convenció de ello y dio por terminaba su absurda e inesperada reflexión sobre el primitivo comportamiento humano. Observó alrededor aún con sus auriculares puestos. El reloj sobre el pizarrón decía que faltaban cinco minutos antes de que iniciara la clase. La mayoría de asientos estaban ocupados, pero, por predilección o por conciencia, el asiento al fondo del salón estaba vacío. Ese era su lugar.

Todos permanecían en lo suyo, con sus grupos de amigos, farfullando cosas sin sentido y haciendo tonterías en lo que el profesor hacía su aparición. Yesung se deslizó con la mirada baja frente al pizarrón. Ignorado por todos llegó a su pupitre y tomó asiento. Dentro del salón, por fortuna, había calefacción, lo que le permitió respirar con un poco más de normalidad sin que sintiera resequedad en la garganta. Tomó sus auriculares y, tristemente, lo guardó dentro de su mochila junto con su celular, pues no estaban permitidos en clase.

—¿Viste el video que te envié anoche?

El chico apretó sus labios lascivamente—. No hay chicas con un culo así en esta escuela —respondió obscenamente.

Yesung mantuvo la mirada al frente, pero por que lo intentara, era imposible no escuchar lo que decían.

Choi Min Ho y Shim Chang Min, el par de tontos hormonales obsesionados con el tema del sexo, quienes seguramente seguían siendo los más vírgenes de aquí. Sus compañeros, ninguno de ellos, era de su predilección, por eso no hablaba con nadie a menos que fuese necesario, a menos que le profesor lo ordenara o a menos de que alguno de estos le preguntara algo en un tono serio y no para gastarle una broma. Entre sus menos preferidos estaban este par, el par de tontos a quienes no soportaba ni un poco. Todo en ellos era irritante.

Desvió la mirada.

—¡Hey, Kyu! —escuchó nuevamente la voz de uno de ellos.

Yesung desvió la mirada a la puerta del salón.

Allí bajo el marco de la puerta corrediza estaba el tercer miembro de los tres mosqueteros. , Sonrisa impecable, uniforme pulcro, flequillo inamovible y presencia ineludible. Cho Kyu Hyun. En otras palabras, prácticamente el líder y el más inteligente, no solo comparado con Choi y Shim, sino con el resto del salón. El pelinegro lo observó de reojo, como tratando de no darle demasiada importancia. Algunas chicas por supuesto que repararon en su presencia apenas entró. No, Cho Kyu Hyun no era el alumno más atractivo de la escuela, ese lugar lo ocupaban uno o dos antes que él, aun así, seguía siendo especial y difícil de ignorar.

Inteligente, amigable, atractivo, gracioso y gran deportista. Cho Kyu Hyun, sin importar si ocupaba el tercer o el primer lugar, terminaba destacando entre el resto. Al menos, Yesung lo veía de esa forma. Conoció a otros chicos como el castaño durante sus años escolares pasados. Siempre hay este tipo de personas, quienes no pueden ser pasadas por alto, las que no entran en el mismo grupo de rechazado como él, quienes encajan perfectamente como una más de las pieza del rompecabezas. Si los ponían uno al lado del otro, Cho Kyu Hyun era todo lo contrario a él.

Conscientemente o no, Yesung permanecía pendiente de los movimientos de esta persona. Tal vez era parte de eso a lo que llaman selección natural. Cho era lo más parecido a un alfa en el salón, lo que, de forma involuntaria, los ponía al tanto de su existencia aun cuando no fuesen especialmente cercanos a este, aun cuando no recordara cuándo fue la última vez que cruzó palabra con él. Sí, él destacaba sin lugar a dudas.

El chico caminó con la mirada en alto, confiado, sonriente y optimista a pesar de que aún era temprano, y que Yesung aún tenía sueño, además de unas incontrolables ganas de volver a la cama. El castaño caminó con la mano en alto mientras saludaba a ese par. Se le veía fresco y encantador. La perfecta sonrisa de Cho Kyu Hyun, esa hilera inferior y superior de dientes blancos, resplandecía brillantemente. Sus ojos marrones, ciertamente juguetones, permanecían fijos en Shim y Choi. Su cabello castaño, ese que jamás se movía de su lugar, se veía demasiado suave y limpio, como si hubiese tomado una ducha esta mañana a pesar del frío. Su uniforme, contrario al de Yesung, estaba perfectamente planchado e impecable por donde lo vieras. Si había un alumno perfecto, ese era Cho Kyu Hyun.

—Buenos días —mientras tomaba asiento. Shim y Choi golpearon su hombro amistosamente. Cho solo les regresó una sonrisa y un gesto de advertencia para que se detuvieran.

Yesung observó en silencio la escena. A personas como Cho no se les dificultaba entablar conversaciones o tratar con las personas, siempre estaba rodeado, ya se de esos dos o del resto de compañeros. Tampoco lucía perturbado por las multitudes o por la atención, se le veía tranquilo, confiado de sí mismo, pero nada prepotente sin embargo.

¿Las personas nacen de esa forma no es así? Es decir, algunos eran como el pelinegro y otros eran como Cho Kyu Hyun. Así de enorme era la brecha entre ambos.

—Bien, buenos días. De pie —dijo el profesor Park mientras entraba al salón. Sus gafas caían a la altura de las aletas de su nariz y llevaba, como siempre, un montón de hojas en las manos.

Todos se levantaron de sus asientos, hicieron una reverencia y dijeron “Buenos días” al unísono.

—Tomen asiento —así lo hicieron.

Las clases eran aburridas. Para Yesung no había nada más difícil que prestar atención a algo que no le motivaba en lo absoluto. Mientras el resto tomaba apuntes, el luchaba por mantener su mente en la clase y no en algún punto al otro lado de la ventanilla que daba al patio de la escuela. Cho Kyu Hyun estaba sentado a unos cuantos pupitres de distancia. Su espalda permanecía recta contra el respaldo. El movimiento de su mano derecha, mientras tomaba apuntes, era casi hipnótico. Cuando el profesor preguntaba algo, no levantaba la mano, aun así, era el único que sabía la respuesta. Se levantaba de su asiento, hablaba con una pronunciación perfecta y regresaba a lo suyo mientras todos murmuraban algo sobre lo inteligente y bien parecido que era.

Su actitud no era fanfarrona en lo absoluto ni siquiera con el exceso de halagos. El castaño estaba dispuesto a ayudar a los demás en cualquier cosa que no entendieran. Cho no era como su séquito de tontos, así que no, no tenía una opinión negativa sobre él. Es inteligente y parece gustarle a algunas chicas. Pensó el pelinegro. Vivir de esa forma luce un poco aburrido.

—Bien, pueden ir a su próxima asignatura —Yesung tomó sus cosas. Esperó a que el resto saliera por la puerta y él lo siguió de cerca.

Su única motivación residía en que hoy era viernes, que mañana sería fin de semana y que iba a poder permanecer en su habitación ordenando sus discos, o bien, podía aprovechar y hacerle una visita a su hyung. Sí, eso sonaba bien. Hace bastante tiempo que no lo visitaba. El mayor seguramente lo recibiría con un sermón propio de su edad, pero ya estaba acostumbrado al trato, generalmente rudo, del dueño de la tienda Cherry Star. Pensó mientras permanecía con los ojos cerrados.

—Kim —alejó su mentón de la palma de su mano.

Miró hacia el frente, luego a un costado y finalmente alzó la vista. Cho Kyu Hyun, para su sorpresa, estaba a un lado suyo, no solo eso, le estaba hablando.

—¿Eh? —sus labios apenas se abrieron suavemente.

—Tu cuaderno de ejercicios —dijo en un tono casi elegante, suave y frío.

No era la primera vez que cruzaban palabra, pero siempre era de esta forma. Preguntas simples y respuestas cortas. No había ningún grado de acercamiento y Cho solo le hablaba porque alguien más se lo ordenaba no porque estuviese interesado. Aun así, se comportaba siempre correcto e irreprochable.

Lo que le recordaba. No había hecho los deberes de esta clase.

—Yo.... —tartamudeó. Sí, sus pensamientos eran mucho más flexibles que cualquier oración que pudiese salir de sus labios—. No....

El castaño lo observó en silencio mientras trataba de mitigar una mirada de desaprobación.

—Bien —dijo tranquilamente—. Supongo que puedes hablar con el profesor después —dijo y se dio vuelta sobre sus talones.

Yesung lo observó en silencio mientras se alejaba con la espalda recta. Vaya, ¿quién lo diría? El chico, sin proponérselo siquiera, era bueno haciéndolo sentir mejor por no haber hecho sus obligaciones. Pensó en ello y dejó caer su frente contra el pupitre. A decir verdad, la amabilidad del castaño le hizo sentir un poco de vergüenza. Para nadie era un misterio lo bien que estaban las calificaciones de Cho Kyu Hyun. Probablemente el castaño era más ambicioso que él, probablemente quería graduarse con honores, ir a una buena universidad y tener un buen trabajo.

Sin duda, es diferente al resto. Pensó.

La hora del almuerzo llegó. Como siempre. Yesung comería en el salón de clases mientras escuchaba algo de música. De hecho, era esa época del año en la que todos preferían hacerlo porque la calefacción de la cafetería estaba fallando. La mayoría tomaba los pupitres y los ordenaba en círculo, junto con su grupo de amigos para charlar entre ellos. Por otro lado, Yesung permanecía aislado del resto en el fondo del salón.

Cuando el pelinegro desvió su mirada hacia la puerta, allí estaba nuevamente el castaño. Choi, Shim y él, habían ido a la cafetería, pero regresaron al poco rato con un sándwich cada uno. Yesung los observó de reojo mientras disfrutaba de su almuerzo. Los tres sonreían, reían y hacían una que otra mueca de vez en cuando, o bueno, Shim y Choi hacían ese tipo de tonterías, mientras que Cho solo les respondía con una sonrisa o un pequeño golpecito en el hombro o el pecho.

Conociendo a esos dos, Yesung se preguntó porque Cho era amigo de alguien así. ¿Al castaño también le gustaba hablar sobre chicas? ¿Esa fachada correcta suya era solo una mentira? Mejor aún. ¿Tenía novia o alguien con quien quisiera salir? Claro, ese tipo de cosas seguramente se le daban bien como todo lo demás. Cho se veía como el tipo de persona con experiencia en ello., o al menos, no hablaba tanto de sexo como sus amigos, lo que lo volvía un poco menos virgen que a estos.

Hoy se había vuelto uno de esos días en donde, aparentemente, no podía dejar de prestarle demasiada atención a Cho Kyu Hyun.

La hora del almuerzo terminó y el resto del día avanzó sin mayor pena ni gloria, con el típico sentimiento abochornado de cualquier viernes. Yesung guardó sus cosas y salió del salón rumbo a los casilleros. Guardó sus zapatos dentro de su locker con el número veinticuatro y se calzó los propios. Una vez fuera, el viento gélido volvió a golpearlo con fuerza. Maldijo por lo bajo, aun así, se ánimo a seguir, se colocó sus auriculares y comenzó a caminar mientras se encogía dentro de su abrigo en dirección a la parada de autobuses. Una vez allí tomó asiento y esperó con paciencia. Según los horarios, el autobús tardaría unos diez minutos en pasar.

Movió sus pies de arriba abajo sobre el concreto de la acera con el fin de contrarrestar el frío de sus extremidades, pero no funcionaba muy bien. Después de todo, era alguien delgado, no tenía suficientes municiones de grasa en el cuerpo para hacerle frente a las inclemencias del clima.

Observó las hileras de alumnos que se desviaban por distintas rutas hacia el centro, iban en grupos y se les veía armando un alboroto por las orillas. La mayoría de alumnos esperaba al viernes para salir a pasear, al karaoke, cafeterías y esas cosas, pero a él no se le daba bien, prefería, por mucho, estar en casa.

—¿En serio no vendrás con nosotros? —dijo una voz conocida.

—Tenemos exámenes pronto —respondió el castaño.

—¡Deja eso! Tenemos que divertirnos antes de que sea demasiado tarde.

Desvió la mirada con aparente desinterés—. Tal vez la próxima —Yesung vio cómo se aferraba a la corra de su mochila. Ninguno de estos tres había notado su presencia.

—Siempre dices eso —se quejó Min Ho.

No era la primera vez que los veía cerca de la parada de autobuses, era algo muy norma, pero nunca tomaban el mismo transporte que él. No estaba muy seguro del tipo de situación, pero por la forma en cómo Chang Min jalaba al castaño de la manga de su saco, como un niño pequeño, y este se resistía, pensó que al parecer estaban tratando de convencerlo de ir con ellos a algún lugar como los ya antes mencionados. Llevado por la curiosidad, se desprendió de uno de sus audífonos y prestó atención a la conversación, pero para disimular mantuvo la mirada al frente.

—Vamos, Kyu —insistió mientras juntaba las palmas de sus manos.

Negó nuevamente—. El autobús está por llegar. Ya tengo que irme —concretó mientras se zafaba del agarre del más alto—. Nos vemos luego.

—¿Luego? ¿No nos veremos mañana? —preguntó Chang Min.

—Tengo que ir de visita a la casa de la abuela junto con mis padres —dijo mientras mostraba una leve sonrisa.

—¿Prefieres eso a salir con nosotros?

¿Quién no? Se preguntó el pelinegro.

Se encogió de hombros—. No puedo cambiarlo, mis padres me matarían —desvió la mirada—. ¡Ah! Ya viene —Yesung giró en la dirección. Sí, el autobús había llegado, pero, como ya dijo, Cho Kyu Hyun nunca tomaba el mismo autobús que el suyo, esta sería la primera vez—. ¡Suerte! —se apresuró y Yesung hizo lo mismo. El bus se detuvo frente a ambos, pero el castaño fue el primero en subir.

No había asientos vacíos como esta mañana, por lo que no les quedó de otra que sujetarse de la barandilla de metal en lo que el transporte se ponía en marcha. El castaño sacudió su mano desde dentro mientras se despedía del par de tontos. Lo más probable es que Cho Kyu Hyun no hubiese notado su presencia, de no ser así, seguramente no habría soltado ese suspiro que parecía de alivio. Yesung lo observó de soslayo. Se preguntó adónde iba exactamente y por qué se había negado a ir con sus amigos si, obviamente, este no era el bus que iba a su casa. Por supuesto, no iba a preguntárselo. ¿Qué interés podía tener él en ese castaño? Ninguno.

Lo pensó un momento, pero antes de poder llegar a una conclusión, al menos un par de calles después, antes de que el transporte se alejara demasiado de la avenida principal del instituto, el castaño bajó de este con la mayor tranquilidad del mundo. Yesung lo vio a través de la ventanilla. Cho Kyu Hyun se quedó allí, en esa parada sin hacer nada hasta que la luz del semáforo cambió.

Que raro. Pensó. Pero como no era de su incumbencia, como no tenía nada que ver con él, solo negó levemente y fingió que nada había sucedido.

Esa fue la primera vez que vio a Cho Kyu Hyun actuar tan extraño.

°❀⋆.ೃ࿔*:・

Por fin era sábado. Se había desvelado como la mayoría de las noches, viendo una buena película slasher y con un tazón de palomitas. Las cortinas de su habitación aún permanecían cerradas y su cama sin hacer; ayer cuando llegó de la escuela se sentía tan abatido que no tuvo tiempo de hacerse cargo de esta. Solo se había dejado caer sobre el colchón para quedar profundamente dormido; eso, en parte, la esa razón por la que no pudo dormir anoche aunque se lo propuso.

De cualquier forma, se sentía bien, se sentía mucho mejor que ayer. Se levantó a las diez a hizo lo mejor que pudo ordenando su habitación. Puso todo su empeño en ordenar sus discos por orden alfabético sobre los estantes, incluso limpió un poco su escritorio y guardó la ropa que vagaba libremente por algunos rincones de su habitación. Su guitarra lo observaba tristemente desde una de las esquinas; si tenía algo de tiempo, compraría la cuerda que le hacía falta. Pensó mientras se colocaba sus jeans, una camiseta negra de manga larga y una chaqueta de mezclilla. Se observó en espejo, despeinó aún más su cabello, tomó su billetera, celular, auriculares y salió de la habitación.

Daba la una de la tarde. Su omma y su hermana habían salido de visita a casa de una de sus tías, pero su omma le aseguró que regresaría pronto con la comida, fue por eso que Yesung ni siquiera se molestó en decirle que saldría un momento, pues no le tomaría demasiado ir y venir antes de que su madre regresara.

El pelinegro bajó las escaleras, se calzó en la entrada y salió de casa. Los fines de semana no eran especialmente tranquilos, aun así, tuvo suerte de encontrar por fin un asiento vacío. Observó por la ventanilla. Hacía frío, pero ni eso lo obligó a regresar por una bufanda ni por otro suéter. Mientras el bus avanzaba, él ocupó sus pensamientos, como siempre en la melodía dentro de su cabeza y en el panorama al otro lado del cristal. Las personas iban y venían como si nada envueltos en sus abrigadores ropajes, excepto las chicas de su edad, por supuesto. Los fines de semana significaban para él la oportunidad perfecta de permanecer en casa, para las chicas, sonaba como la oportunidad perfecta para salir de compras. ¿Qué afición tenían las chicas con la ropa? Su hermana Ji Yeon, un pésimo referente femenino, era igual. Incluso su omma, a su edad, todavía se escandalizaba cuando veía algo brillante y de su color favorito en uno de los aparadores de las tiendas Cloud Rainbow.

Unos veinte minutos después Yesung finalmente bajó del autobús, lo hizo al mismo tiempo que la canción en su reproductor cambiaba. Había al menos tres pasos peatonales antes de llegar a la tienda de su hyung. Cherry Star, un nombre tan extravagante como el dueño de la misma. No mal entiendan, su hyung realmente era una buena persona, al menos, lo era si te dabas el tiempo de conocerlo; y miren que lo decía alguien como él, quien difícilmente se relacionaba con otra persona fácilmente. Tenía su carácter, es verdad, pero ¿quién no? Además, si lo soportaba, eso significaba un descuento considerable en los vinilos y otros artículos de su tienda. Sonrío ante este pensamiento. No tenía mucho dinero, al menos el que le daba su madre de vez en cuando, pero de una u otra forma de había hecho de una colección bastante decente, una guitarra, algunos reproductores y otras tantas curiosidades.

Sus gustos eran peculiares, pero, si él no se metía en los asuntos de los demás, nadie debía meterse en los suyos, ¿no es así? De todas formas, no iba a salvarse de lo comentarios agresivos de su noona, pero por suerte ya estaba acostumbrado.

Caminó tranquilamente por el primer paso peatonal. Se concentró en el ritmo de las personas al caminar. Ya era sábado, pero los oficinistas debían seguir trabajando. Los chicos de su edad iban en grupos con un caminar descuidado y montando el ridículo delante de todo el mundo. Vio los autos pasar y a los niños correr de un lado a otro mientras sus padres intentaban tenerlos quietos. Le agradaban los niños, aunque a estos parecía no caerles muy bien por su aspecto un poco intimidante. Pensó en ello mientras desviaba su mirada hacia arriba, hacia el movimiento de las nubes y las escasas señales del sol. Entonces cerró los ojos un instante.

Estaba tan inmerso en ello y en la melodía detrás de los auriculares, que no prestó suficiente atención al camino, lo que obviamente provocó que terminara chocando con alguien. Rápidamente giró hacia dicha persona. Estaba acostumbrado a la situación, esta no era la primera vez que le sucedía algo similar. Enfocó la vista, le hizo una reverencia y pidió perdón. Se trataba de una chica de cabello negro y un vestido amarillo. Le miraba con el ceño fruncido y las manos apretadas. La vio mover sus labios, pero antes de poder entender lo que decía, esta se marchó con paso rápido y fúrico. Lo más seguro es que lo había maldecido. Pensó el pelinegro.

Se encogió de hombros y solo siguió con su camino, lo hizo antes de que los autos tocaron sus cláxons y le pidieran que se moviera.

Nuevamente sumido en sus pensamientos, movió los labios levemente al ritmo de la canción. Observó a su alrededor y se dejó llevar por la atmosfera. Espero frente en el último paso peatonal a que la luz cambiara a verde, lo hizo segundos después.

Entre una extensa multitud que iba y venía en todas direcciones, se sintió un poco perdido, por eso odiaba los espacios repletos y las salidas angostas. Aun así, intentó mantenerse tranquilo. Cuando las personas se dispersaron, pudo enfocar mejor la vista. Tomó un poco de aire frío y suspiro vapor tibio. Aún faltaban unas cuantas calles más hasta la tienda de su hyung y parecía que ya le había tomado una eternidad.

—Tengo un poco de sed —dijo a sí mismo—. ¿Dónde....

¿Eh?

Los ojos de Yesung se agrandaron. Abrió y cerró estos un par de veces, convencido de que se trataba de un erro, pero no parecía serlo, aquella imagen no desapareció y su visión estaba perfectamente bien. No estaba soñando, de eso estaba seguro.

Entonces, ¿por qué no podía creer lo que estaba viendo? ¿Era una especie de alucinación? ¿Aquel auto lo había arrollado y ahora estaba delirando? Tragó con fuerza una y dos veces, pero para la tercera casi termina ahogándose.

Frente a él, a unos cuantos metros, estaba una chica de un vestido azul, tes blanca, rizos castaños y tacones altos. Sonreía como si fuese lo más normal del mundo, tal y como había visto sonreír a tantas otras chicas por la calle y en su salón de clases. Llevaba un maquillaje discreto, labios rosados, sombra de ojos y mejillas sonrojadas. Sostenía su bolso blanco con ambas manos mientras este colgaba por debajo de su vientre. Permaneció allí sin hacer nada, solo observando en silencio a su alrededor. Respiraba lenta y pausadamente. Llevaba una delgada bufanda al cuello, a la cual recurría en busca de calor cuando la brisa golpeaba con fuerza. La visión era encantadora, irreal y sumamente confusa.

Aquello no era lo importante. Yesung jamás se hubiese detenido a ver a una chica así porque sí. Esta era la primera vez que hacía algo parecido y tenía una buena razón.

Se quedó quieto, a la misma distancia, reparando cuidadosamente en los rasgos de esta persona. Era alguien atractiva, a decir verdad. También era la primera vez que pensaba de esa forma sobre otra persona. Era mucho más alta que la mayoría y con una figura más amplia en ciertas partes. Sus mejillas permanecían ligeramente elevadas, tenía una linda sonrisa bastante familiar. Aun así, pese a todo lo que ya le era familiar, hubo un detalle en específico que no pudo pasar por alto. Sus ojos. Esos ojos marrones, extrañamente grandes y brillantes. No era la primera vez que los veía, estaba completamente seguro de eso.

Ah....

Ahí fue cuando lo notó y entonces se escandalizó. Yesung descubrió que quien estaba frente a él no era una chica. Un hombre, se trataba de un hombre. Un hombre con vestido y maquillaje, luciendo igual a una chica. Pero eso no era lo peor de todo el asunto.

Este chico de allí era nada más y nada menos que su compañero de clases, Cho Kyu Hyun.

°❀⋆.ೃ࿔*:・

KyuBaby88

¡Holaaaaaa!

👀✨

La verdad, no sé muy bien cómo manejar esto, jejeje. Bueno, haré mi mejor esfuerzo.

He estado publicando esta historia desde hace dos años ya y, siendo sincera, con estas actualizaciones tan alejadas unas de las otras y otros proyectos, siendo esta una de mis historias más vieja en turno, se siente desactualizada a la forma en cómo estoy trabajando últimamente. Por eso ha sido tan difícil corregir y darle seguimiento, aun así, no estoy complacida con el resultado.

😔

Así que sí, volveré a escribir los capítulos para refrescarlos y ponerme al día. Esto será benéfico para mí para ir recuperando el hilo y el amor que le tenía a esta historia. Espero que no estén decepcionadas, o al menos, que le den una oportunidad a este nuevo enfoque.

Sé que no es lo que esperaban y comprendo si se sienten frustradas.

En esencia será lo mismo. Pienso que esta es una buena oportunidad de reiniciar y amar nuevamente a estos personajes y esta historia como ya lo hacían antes. Créanme que lo pensé y consideré demasiado, pero creo que es lo que más me favorece para no dejarla abandonada y darle un seguimiento y un final como se merece.

¡Gracias por quienes llegaron hasta aquí!

¡Nos vemos!

🐢🐧

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